Los chovinistas alemanes, como es sabido, han colocado bajo su influencia a una inmensa mayoría de los dirigentes y funcionarios del llamado partido obrero socialdemócrata – que de hecho se ha convertido ahora en nacional-liberal. En qué medida debe decirse lo mismo de los chovinistas no alemanes, como los señores Potrésov, Levitski y Cía., lo veremos más adelante. Ahora nos vemos obligados a detenernos precisamente en los chovinistas alemanes, entre los cuales la justicia obliga a incluir también a Kautsky, aunque, por ejemplo, P. B. Axelrod, en su folleto alemán, defiende a Kautsky con mucho celo y muy erróneamente, declarándolo «internacionalista».

Uno de los rasgos del chovinismo alemán consiste en que los «socialistas» – socialistas entre comillas – hablan de la independencia de otros pueblos, excepto de los que son oprimidos por su propia nación. Poco importa que esto se diga directamente o que quienes lo dicen sean defendidos, justificados o encubiertos.

Los chovinistas alemanes, entre los que figura también Parvus, que edita un periodicucho titulado «Die Glocke», en el que escriben Lensch, Haenisch, Grünwald y toda esa pandilla de lacayos «socialistas» de la burguesía imperialista alemana, hablan mucho y con gusto, por ejemplo, de la independencia de los pueblos oprimidos por Inglaterra. Sobre la desvergonzada, violenta, reaccionaria, etc. dominación de Inglaterra en sus colonias, tanto los socialchovinistas de Alemania – es decir, socialistas de palabra, chovinistas de hecho – como toda la prensa burguesa alemana trompetean ahora con todas sus fuerzas. Acerca del movimiento de liberación en la India, los periódicos alemanes escriben hoy con fruición, con regodeo, con entusiasmo y embeleso.

No es difícil comprender las causas del regodeo de la burguesía alemana: espera mejorar su situación bélica avivando el descontento y el movimiento en la India contra Inglaterra. Por supuesto, son esperanzas tontas, pues influir desde fuera, a distancia, en un idioma ajeno, en la vida de un pueblo de muchos millones y sumamente peculiar, una influencia no sistemática sino casual, solo durante la guerra, semejante influencia no es seria, es absolutamente no seria. Hay aquí más intento de autoconsuelo por parte de la burguesía imperialista alemana, más deseo de engañar al pueblo alemán, de desviar su mirada de lo interior hacia lo exterior, que intención de influir sobre la India.

Pero se plantea por sí misma una cuestión teórica general: ¿dónde radica la raíz de la falsedad de semejantes razonamientos? ¿Cuál es el medio seguro, de acción infalible, para desenmascarar la hipocresía de los imperialistas alemanes? Pues la respuesta teórica correcta a la pregunta de dónde se oculta la falsedad sirve siempre para desenmascarar a los hipócritas, inclinados – por razones demasiado comprensibles – a encubrir la falsedad, a disimularla, a vestirla con diferentes y pomposos ropajes de frases, de toda clase de frases, frases sobre lo que sea, incluso frases sobre el internacionalismo. De palabra se declaran internacionalistas también Lensch, Südekum, Scheidemann, todos esos agentes de la burguesía alemana que, por desgracia, son miembros del llamado partido «socialdemócrata» alemán. Hay que juzgar a los hombres no por sus palabras, sino por sus hechos. Esto es sabido desde hace mucho. ¿Quién en Rusia juzgaría a los señores Potrésov, Levitski, Bulkin y Cía. por sus palabras? Desde luego, nadie.

La raíz de la falsedad de los chovinistas alemanes consiste en que, vociferando su simpatía por la independencia de los pueblos oprimidos por su adversario bélico, Inglaterra, guardan un modesto – a veces demasiado modesto – silencio sobre la independencia de los pueblos oprimidos por su propia nación.

Tomemos, por ejemplo, a los daneses. Al anexionarse Schleswig, Prusia, como todas las «grandes» potencias, se apoderó también de una parte con población danesa. La violación de los derechos de esta población era tan evidente que, cuando en virtud de la Paz de Praga del 23-30 de agosto de 1866 Austria cedió a Prusia sus «derechos» sobre Schleswig, en el tratado de paz se estipuló que la población de los distritos septentrionales de Schleswig debía ser interrogada mediante votación libre sobre su deseo de unirse a Dinamarca y, en caso de respuesta afirmativa, anexionada a Dinamarca. Prusia no cumplió esto y logró en 1878 la derogación de una condición tan «desagradable» para ella.

F. Engels, que no era indiferente al chovinismo de las naciones de las grandes potencias, señaló especialmente esta violación de los derechos de un pequeño pueblo por parte de Prusia {118}. Pero los actuales socialchovinistas de Alemania, que de palabra reconocen la libre determinación de las naciones, como también la reconoce de palabra Kautsky, nunca han llevado a cabo ni realizan de hecho una agitación consecuentemente democrática y resueltamente democrática por la liberación de la nación oprimida cuando se trataba de la opresión ejercida por «su» propia nación. Ahí está el quid. Ahí está el meollo de la cuestión del chovinismo y de su desenmascaramiento.

Entre nosotros se ha bromeado mucho sobre el hecho de que «Russkoye Znamia» {119} se comportaba muy a menudo como «Pruesskoye Znamia». Pero el asunto no se limita a «Russkoye Znamia», pues exactamente con el mismo espíritu de principio que Lensch, Kautsky y Cía., razonan entre nosotros los señores Potrésov, Levitski y Cía. Examinen, por ejemplo, el periódico liquidacionista «Rabóchee Utro» y verán exactamente los mismos argumentos y procedimientos de razonamiento «prusianos», o más exactamente internacional-chovinistas. El chovinismo sigue siendo chovinismo, cualquiera que sea su marca nacional, cualesquiera que sean las frases de género pacifista con que se encubra.

«Voprosy Strajovaniya», núm. 5 (54), 31 de mayo de 1916.

Se publica según el manuscrito.