El folleto del abierto oportunista alemán Wilhelm Kolb: «La socialdemocracia en la encrucijada» (Karlsruhe, 1915) apareció muy oportunamente después de la recopilación plejanovista «La guerra». El kautskiano Rudolf Hilferding, en «Die Neue Zeit», responde a Kolb de manera muy débil, silenciando lo principal y gimoteando a causa de la sincera declaración de Kolb de que la unidad de los socialdemócratas alemanes sigue siendo solo «puramente formal».

A aquellos que quieran reflexionar seriamente sobre el significado del hundimiento de la II Internacional, se les puede recomendar que comparen la posición ideológica de Kolb y Plejánov. Ambos (al igual que Kautsky) coinciden en lo fundamental: en negar y ridiculizar la idea de acciones revolucionarias en relación con la presente guerra; ambos acusan a los socialdemócratas revolucionarios de «derrotismo», empleando el vocablo predilecto de los plejanovistas. Plejánov, calificando la idea de la revolución en relación con esta guerra de «farsa de ensueño», chilla contra la «fraseología revolucionaria». Kolb, de paso, maldice la «frase revolucionaria», la «fantasía revolucionaria», a los «radicaluchos (Radikalinski) histéricos», el «sectarismo», etc. Kolb y Plejánov coinciden en lo principal: ambos están contra la revolución. Y la circunstancia de que Kolb esté en general contra la revolución, mientras que Plejánov y Kautsky están «en general a favor», constituye solo una diferencia de matices, de palabras: en realidad, Plejánov y Kautsky son lacayos de Kolb.

Kolb es más honesto, no en el sentido personal, sino en el político; es decir, la consecuencia de su posición no engendra en él hipocresía. Por eso no teme reconocer la verdad de que toda la Internacional, desde su punto de vista, pecaba de «espíritu de fantasía revolucionaria», lanzaba «amenazas» (¡amenazas de revolución, señores Plejánov y Kolb!) a propósito de la guerra. Kolb tiene razón en que es absurdo «negar en principio» la sociedad capitalista después de que los partidos socialdemócratas de Europa se alinearan en su defensa en el momento en que el Estado capitalista se resquebrajaba por todas las costuras, cuando «su existencia misma estaba en entredicho». Este reconocimiento de la existencia objetiva de una situación revolucionaria es veraz.

«La consecuencia [de la táctica de los partidarios de Liebknecht] —escribe Kolb— sería una lucha interna llevada al punto de ebullición dentro de la nación alemana y, con ello, un debilitamiento militar y político de la misma»... ¡¡en beneficio y para las victorias del «imperialismo de la Triple Entente»!!

¡He aquí el quid de los truenos oportunistas contra el «derrotismo»!

Aquí está realmente el quid de toda la cuestión. La «lucha interna llevada al punto de ebullición» es precisamente la guerra civil. Kolb tiene razón en que la táctica de los izquierdistas conduce a esto; tiene razón en que ella es un «debilitamiento militar» de Alemania, es decir, el deseo y la contribución a su derrota, es derrotismo. Kolb se equivoca solo —¡solo!— en que no quiere ver el carácter internacional de semejante táctica de los izquierdistas. En todos los países beligerantes es posible «llevar la lucha interna hasta el punto de ebullición», «debilitar la potencia militar» de la burguesía imperialista y transformar (en virtud de esto, en conexión con esto, mediante esto) la guerra imperialista en guerra civil. En esto reside todo el quid de la cuestión. Agradecemos a Kolb sus útiles deseos, confesiones e ilustraciones: cuando todo esto proviene del enemigo más consecuente, honesto y abierto de la revolución, resulta especialmente útil para desenmascarar ante los obreros la infame hipocresía y la vergonzosa falta de carácter de los Plejánov y los Kautsky.

«Sotsial-Demokrat» № 51, 29 de febrero de 1916.

Se imprime según el texto del periódico «Sotsial-Demokrat»