La agrupación de las explotaciones agrícolas por la extensión de la tierra que ocupan o cultivan es la única clasificación empleada en la estadística norteamericana de 1910 y aplicada en la inmensa mayoría de los países europeos. En general, es indiscutible que, además de consideraciones fiscales y administrativo-estatales, existen ciertas razones científicas en favor de la necesidad y justeza de tal agrupación. No obstante, esta es claramente insuficiente, pues no refleja en absoluto el proceso de intensificación de la agricultura, el crecimiento de las inversiones de capital por unidad de superficie en forma de ganado, maquinaria, semillas mejoradas, métodos perfeccionados de cultivo, etc. Y sin embargo, este proceso es en todas partes —con excepción de muy pocas regiones y países de agricultura primitiva y puramente extensiva— precisamente el más característico de los países capitalistas. De ahí que la clasificación de las explotaciones según la cantidad de tierra, en la inmensa mayoría de los casos, introduzca una excesiva simplificación y un tosco esquematismo en las concepciones sobre el desarrollo de la agricultura en general y del capitalismo en ella en particular.

Cuando se leen en los economistas y estadísticos que expresan los puntos de vista burgueses más difundidos largos razonamientos sobre la heterogeneidad de las condiciones en la agricultura y en la industria, sobre la especificidad de la primera, etc., etc., constantemente dan ganas de observar: ¡señores, vosotros mismos sois los más culpables de apoyar y difundir concepciones simplificadas y toscas sobre la evolución de la agricultura! Recordad «El Capital» de Marx. Encontraréis allí la indicación de la extraordinaria diversidad de formas de propiedad de la tierra —feudal, clánica, comunal (agreguemos: de apropiación primitiva), estatal y demás— que el capital encuentra al aparecer en la escena histórica. El capital subordina y transforma a su manera todas estas diversas formas de propiedad territorial, mas precisamente para comprender, valorar y expresar estadísticamente este proceso es necesario saber modificar el planteamiento del problema y los métodos de investigación en correspondencia con las diferencias de forma del proceso{72}. El capitalismo subordina tanto la propiedad comunal de la tierra en Rusia, como la propiedad territorial de Siberia o del «Lejano Oeste» de América, basada en la ocupación libre o regulada por concesiones gratuitas de tierra en un Estado democrático o feudal, y la propiedad esclavista del Sur de los Estados Unidos, y la propiedad semifeudal de las provincias «genuinamente rusas». El proceso de crecimiento y victoria del capitalismo es homogéneo en todos estos casos, pero no idéntico en su forma. Para comprender y estudiar con precisión este proceso, no se puede uno limitar a las frases estereotipadas y filisteas sobre la agricultura «basada en el trabajo» ni a los procedimientos rutinarios de comparar únicamente las cantidades de tierra.

Encontraréis, además, en Marx un análisis del origen de la renta de la tierra de tipo capitalista y de su relación con las formas de renta históricamente precedentes, por ejemplo, la renta en especie, en trabajo (la corvea y sus supervivencias), en dinero (el censo, etc.). ¿Y qué economista o estadístico burgués o pequeñoburgués, populista, ha reflexionado siquiera un poco seriamente sobre la aplicación de estas indicaciones teóricas de Marx al estudio del surgimiento del capitalismo a partir de la economía esclavista en el Sur de América o de la economía basada en la corvea en el centro de Rusia?

Encontraréis, por último, en Marx indicaciones sistemáticas, que recorren todo el análisis de la renta de la tierra, sobre la diversidad de condiciones de la agricultura, engendrada no solo por las diferencias en la calidad y la ubicación de las parcelas, sino también por las diferencias en la magnitud de la inversión de capital en la tierra. ¿Y qué significa: aplicación de capital a la tierra? Significa cambios técnicos en la agricultura, su intensificación, el paso a sistemas superiores de cultivo, el empleo incrementado de fertilizantes artificiales, el perfeccionamiento de aperos y máquinas, el crecimiento de su empleo, el aumento del uso de trabajo asalariado, etc. La mera contabilización de la cantidad de tierra no puede expresar todos estos procesos complejos y diversos, y precisamente de estos procesos se compone el proceso general de desarrollo del capitalismo en la agricultura.

Los estadísticos rusos de los zemstvos, en particular los de la «buena y vieja» época prerrevolucionaria, se ganaron el derecho al respeto por haber abordado el objeto de su trabajo no de manera rutinaria, con un interés meramente fiscal o administrativo-estatal, sino con cierto interés científico. Ellos, quizá antes que otros estadísticos, notaron la insuficiencia de la clasificación de las explotaciones únicamente por la cantidad de tierra e introdujeron otros métodos de agrupación: por la superficie sembrada, por el número de cabezas de ganado de trabajo, por el empleo de trabajo asalariado, etc. Lamentablemente, el carácter fragmentario y asistemático de los trabajos de nuestra estadística de los zemstvos, que siempre fue, por así decirlo, un oasis en el desierto de la oscuridad feudal, de la rutina burocrática y de toda suerte de obtuso papeleo, determinó que no se lograra crear resultados consistentes ni para la ciencia económica rusa ni para la europea.

Observemos que la cuestión de la agrupación del material recogido por los modernos censos agrícolas no es en absoluto un problema tan estrechamente técnico, tan estrechamente especializado, como pudiera parecer a primera vista. Ese material se distingue por una enorme riqueza y exhaustividad de datos sobre cada explotación individual. Pero en virtud de una compilación y una agrupación torpes, irreflexivas, rutinarias, ese riquísimo material se pierde por completo, se desvanece, se descolora y a menudo se torna completamente inservible para el estudio de las leyes de la evolución de la agricultura. Sobre cada explotación individual se puede afirmar sin error, basándose en el material recogido, si es o no una explotación capitalista y hasta qué punto, si es intensiva y en qué grado, etc., mientras que en la compilación de los datos sobre millones de explotaciones desaparecen precisamente las diferencias, los rasgos, las características más esenciales, que sobre todo habría que haber sabido destacar, determinar y contabilizar, y el economista obtiene a su disposición columnas rutinarias y carentes de sentido de cifras, un «juego estadístico de numeritos» en lugar de una elaboración estadística sensata del material.

El censo norteamericano de 1910, que ahora nos ocupa, constituye el más ilustrativo ejemplo de cómo un material magnífico por su riqueza y exhaustividad es desvalorizado y arruinado por la rutina y la ignorancia científica de quienes lo procesaron. En comparación con el censo de 1900, la elaboración es incomparablemente peor, e incluso la tradicional clasificación de las explotaciones por la cantidad de tierra no ha sido aplicada integralmente, de modo que nos vemos privados de la posibilidad de comparar las explotaciones de diferentes grupos, por ejemplo, en cuanto al empleo de trabajo asalariado, a las diferencias en los sistemas de cultivo, a la aplicación de fertilizantes, etc.

Es preciso recurrir al censo de 1900. Este ofreció un ejemplo único en el mundo —que sepamos— de la aplicación no de uno, sino de tres métodos distintos de agrupación o «clasificación» (como dicen los norteamericanos) al riquísimo material recogido en un solo país, en un mismo tiempo, según un programa único y que abarca más de cinco millones y medio de explotaciones.

Es cierto que tampoco aquí ninguna de las agrupaciones fue llevada cabalmente respecto de todas las características esenciales del tipo y la magnitud de la explotación. Pero, no obstante, la imagen de la agricultura capitalista y de la evolución capitalista de la agricultura resulta, según esperamos mostrar, incomparablemente más completa, incomparablemente más fiel reflejo de la realidad que con el método de agrupación habitual, unilateral e insuficiente. Los más profundos errores y prejuicios de la economía política burguesa y pequeñoburguesa, populista, quedan al descubierto y son desenmascarados una vez que se ofrece la posibilidad de un estudio más completo de los hechos y las tendencias que muy bien pueden calificarse de universales para todos los países capitalistas del mundo.

En vista de la importancia tan grande de los datos de que se trata, tendremos que detenernos en ellos de manera particularmente detallada y recurrir a tablas con más frecuencia que hasta ahora. Comprendiendo perfectamente cuánto recargan las tablas el texto y dificultan la lectura, hemos procurado en la exposición precedente reducirlas al mínimo más indispensable. Esperamos que el lector no se quejará de nosotros si nos vemos obligados ahora a elevar ese mínimo, pues del análisis de las cuestiones aquí examinadas depende no solo la conclusión general sobre el problema principal —acerca de la dirección, el tipo, el carácter, la ley de la evolución de la agricultura moderna—, sino también la valoración de todos los datos, con tanta frecuencia aducidos y con tanta frecuencia tergiversados, de la moderna estadística agrícola.

La primera agrupación —«según la tierra»— ofrece el siguiente panorama de la agricultura norteamericana en 1900:

* En el valor del producto no se incluyen aquellos productos que se destinan a la alimentación del ganado.
** Menos de 1/10 del uno por ciento.

Puede afirmarse con certeza que la estadística de cualquier país capitalista dará un cuadro completamente homogéneo. La diferencia puede residir únicamente en detalles no esenciales. Alemania, Austria, Hungría, Suiza, Dinamarca, según sus últimos censos, confirman lo dicho. A medida que aumenta la cantidad total de tierra en las granjas de un grupo a otro, aumentan la cantidad media de tierra cultivada, el valor medio del producto, el valor de los aperos y la maquinaria, el valor del ganado (hemos omitido estas cifras) y la magnitud de los gastos en trabajo asalariado. (Del significado de la pequeña excepción que constituyen las granjas de hasta 3 acres, y en parte de 3 a 10 acres, ya hemos hablado antes.)

Parecería que no puede ser de otra manera. El aumento de los gastos en trabajo asalariado, al parecer, confirma de manera incondicional que la división de las explotaciones en pequeñas y grandes según la cantidad de tierra corresponde plenamente a su división en no capitalistas y capitalistas. Nueve décimas partes de los razonamientos corrientes sobre la «pequeña» agricultura se basan en tal identificación y en datos semejantes.

Tomemos ahora las magnitudes medias no por granja, sino por acre (de tierra total):

Con excepciones absolutamente insignificantes, vemos una regular disminución de los indicios de intensidad de la explotación desde los grupos inferiores a los superiores.

Aparentemente, se obtiene la conclusión del todo indiscutible de que la «pequeña» producción en la agricultura es más intensiva que la grande, de que con la disminución de las «dimensiones» de la producción aumentan la intensidad y la productividad de la agricultura, de que, «en consecuencia», la producción capitalista en la agricultura se sostiene solo por el carácter extensivo, primitivo de la explotación, etc., etc.

Dado que cualquier país capitalista, al clasificar las explotaciones por la cantidad de tierra (y esta es no solo la clasificación habitual, sino casi la única), puede presentar un cuadro completamente análogo, mostrar la misma disminución de los indicios de intensidad de la agricultura desde los grupos inferiores a los superiores, son precisamente estas conclusiones las que a cada paso, constantemente, se extraen en toda la literatura burguesa y pequeñoburguesa (oportunista-«marxista» y populista). Recordad, por ejemplo, la conocida obra del conocido Eduard David, ese compendio de prejuicios burgueses y de mentira burguesa bajo el manto de frases «también-socialistas»: «Socialismo y agricultura». Allí precisamente se demuestra con datos semejantes la «superioridad», la «vitalidad», etc., de la «pequeña» producción.

Una circunstancia facilita particularmente tales deducciones: por lo general, se dispone de datos análogos a los citados respecto a la cantidad de ganado, pero en cuanto al trabajo asalariado —especialmente en una forma tan generalizada como la suma de gastos en trabajo asalariado—, casi en ninguna parte se recogen tales datos. Mientras tanto, justamente los datos sobre el trabajo asalariado ponen de manifiesto la incorrección de todas esas deducciones. En efecto, si, por ejemplo, el aumento del valor del ganado (o, lo que es lo mismo, de la cantidad total de ganado) por unidad de superficie a medida que disminuyen las dimensiones de la explotación testimonia la «superioridad» de la «pequeña» agricultura, ¡pues bien, esta «superioridad» resulta estar vinculada con el aumento de los gastos en trabajo asalariado a medida que disminuyen las dimensiones de la explotación! Y este aumento de los gastos en trabajo asalariado —obsérvese que hablamos todo el tiempo de magnitudes referidas a la unidad de superficie, a 1 acre, 1 hectárea, 1 desiatina— significa el aumento del carácter capitalista de la explotación. Ahora bien, el carácter capitalista de la explotación contradice la noción habitual, más difundida, de la «pequeña» producción, pues por pequeña producción se entiende aquella que no está basada en el trabajo asalariado.

Se obtiene como un ovillo de contradicciones. Los datos generales sobre los grupos de explotaciones según la cantidad de tierra muestran que las explotaciones «pequeñas» no son capitalistas y las grandes son capitalistas. Y esos mismos datos testimonian que, ¡cuanto más «pequeña» es la explotación, tanto mayores son no solo su intensidad, sino también la suma de gastos en trabajo asalariado por unidad de superficie de tierra!

Para aclarar la cuestión pasemos a otra agrupación.