Habiendo examinado los datos generales sobre el trabajo asalariado, como el indicador más directo del capitalismo en la agricultura, podemos pasar ahora a un análisis más detallado de las formas particulares en que se manifiesta el capitalismo en esta rama de la economía nacional.

Nos hemos familiarizado con una región de disminución del tamaño medio de las granjas, a saber, el sur, donde este proceso significa el paso de los latifundios esclavistas a la pequeña agricultura mercantil. Existe otra región de disminución del tamaño medio de las granjas, concretamente una parte del norte: Nueva Inglaterra y los Estados del Atlántico Medio. He aquí los datos sobre estas regiones:

El tamaño medio de la granja en Nueva Inglaterra es el más pequeño de todas las regiones de los Estados Unidos. En el sur, este tamaño equivale en dos regiones a 42-43 acres, y en una tercera, donde aún hay colonización, el centro-suroeste, a 61,8 acres, es decir, casi lo mismo que en los Estados del Atlántico Medio. La disminución del tamaño medio de las granjas en Nueva Inglaterra y los Estados del Atlántico Medio, «en las regiones de cultura más antigua y de mayor desarrollo económico» (pág. 60 del Sr. Gimmer), en regiones donde no hay colonización, indujo a nuestro autor, al igual que a muchísimos otros economistas burgueses, a llegar a la conclusión de que «la agricultura capitalista se está destruyendo», que «la producción se fragmenta y empequeñece», que «no hay regiones donde no se haya producido ya el proceso de colonización y donde la gran agricultura capitalista no se descomponga y sea desplazada por la agricultura de trabajo».

El Sr. Gimmer llegó a estas conclusiones, directamente contrarias a la verdad, porque olvidó... ¡una «nimiedad»: el proceso de intensificación de la agricultura! Parece increíble, pero es un hecho. Y como toda una serie de economistas burgueses, casi todos, también se las ingenia para olvidar esta «nimiedad» cuando se trata de la pequeña y de la gran producción en la agricultura, aunque «en teoría» todos «conocen» y reconocen perfectamente el proceso de intensificación de la agricultura, es necesario detenerse en este problema con especial detenimiento. Precisamente aquí radica una de las fuentes fundamentales de todas las desgracias de la economía burguesa (incluyendo la populista y la oportunista) en lo que atañe a la pequeña agricultura «de trabajo». Olvidan esa «nimiedad» de que, debido a las peculiaridades técnicas de la agricultura, el proceso de su intensificación conduce muy a menudo a un aumento de las dimensiones de la explotación, al crecimiento de la producción y del capitalismo, con una disminución de la cantidad media de tierra cultivada en la explotación.

Examinemos ante todo si existen diferencias radicales en la técnica agrícola, en el carácter general y en la intensidad de la misma entre Nueva Inglaterra y los Estados del Atlántico Medio, por una parte, y el resto del norte y todas las demás regiones del país, por otra.

Las diferencias en la cultura agrícola se caracterizan por los siguientes datos:

La diferencia en las condiciones de la cultura agrícola es radical. Las dos primeras regiones nos muestran una agricultura altamente intensiva; las dos segundas, una agricultura extensiva. En estas últimas, los cereales proporcionan la parte abrumadora del valor total de la cosecha; en las primeras, no sólo una parte menor, sino a veces completamente insignificante (7,6 %), mientras que los cultivos «comerciales» especiales (hortalizas, frutas, etc.) proporcionan una parte mayor del valor de la cosecha que los cereales. La agricultura extensiva ha cedido su lugar a la intensiva. Se ha extendido ampliamente la siembra de pastos. En Nueva Inglaterra, de 3,8 millones de acres que producen heno y pastos forrajeros, 3,3 millones de acres están ocupados por pastos sembrados. En los Estados del Atlántico Medio, las cifras correspondientes son: 8,5 y 7,9 millones. Por el contrario, en los Estados Centrales del Noroeste (región de colonización y de agricultura extensiva), de 27,4 millones de acres que producen heno y pastos, 14,5 millones, es decir, más de la mitad, están ocupados por prados «silvestres», etc.

Las cosechas en los estados «intensivos» son considerablemente más altas:

El mismo fenómeno se observa con relación a la ganadería comercial y a la explotación lechera, particularmente desarrolladas en estas regiones:

De aquí se ve que en los estados «intensivos» observamos una explotación lechera considerablemente mayor que en todos los demás. Las regiones de las granjas más pequeñas —por la cantidad de tierra cultivada— son las regiones de las explotaciones lecheras más grandes. Este hecho tiene una importancia enorme, pues la explotación lechera, como es sabido, se desarrolla más rápidamente en las localidades suburbanas y en los países (o regiones) de industria especialmente muy desarrollada. La estadística de Dinamarca, Alemania y Suiza, en la que nos detenemos en otro lugar[52], nos muestra también una concentración creciente del ganado lechero.

En los estados «intensivos», como hemos visto, el heno y los pastos proporcionan una proporción considerablemente mayor del valor total de la cosecha que los cereales. Y el desarrollo de la ganadería se efectúa aquí en una medida considerable a base de forrajes comprados. He aquí los datos sobre esto para el año 1909:

Los estados extensivos del norte venden forrajes. Los estados intensivos los compran. Es comprensible que con la compra de forrajes sea posible una explotación de grandes dimensiones y de carácter altamente capitalista en una pequeña parcela de tierra.

Comparemos las dos regiones intensivas del norte, Nueva Inglaterra y los Estados del Atlántico Medio, con la región más extensiva del norte, la Central del Noroeste:

Vemos que en los estados intensivos corresponde más ganado por 1 acre de tierra cultivada (447: 36 = 12 dólares por 1 acre) que en los extensivos (1552: 164 = 9 dólares). Por unidad de superficie se invierte más capital en forma de ganado. Y el volumen total del comercio de forrajes (compra + venta) es incomparablemente mayor, calculado por unidad de superficie, en los estados intensivos (26 + 89 = 115 millones de dólares en 36 millones de acres) que en los extensivos (174 + 76 = 250 millones de dólares en 164 millones de acres). Es evidente que la agricultura tiene un carácter más comercial en los estados intensivos que en los extensivos.

Los datos sobre los gastos en fertilizantes y sobre el valor de los aperos y máquinas constituyen la expresión estadística más exacta del grado de intensificación de la agricultura. He aquí estos datos:

Aquí resalta con toda claridad la diferencia entre las regiones extensivas del norte, con un % insignificante de granjas que empleaban fertilizantes comprados (2-19 %) y con un gasto ínfimo en fertilizantes calculado por 1 acre de tierra cultivada (0,01-0,09 dólares), y los estados intensivos, donde la mayoría de las granjas (57-60 %) emplean fertilizantes comprados y el gasto en ellos alcanza una suma considerable. Por ejemplo, en Nueva Inglaterra este gasto alcanza 1,30 dólares por acre —cifra máxima para todas las regiones (¡de nuevo el tamaño más pequeño de la granja por superficie de tierra y el mayor gasto en fertilizantes!)— y supera la cifra de una región del sur (Estados del Atlántico Sur). Hay que señalar que en el sur, el cultivo del algodón, donde, como sabemos, se aplica con mayor intensidad el trabajo de los negros aparceros, requiere cantidades particularmente grandes de fertilizantes artificiales.

En los Estados del Pacífico vemos un porcentaje muy bajo de granjas que empleaban fertilizantes (6,4 %) y el gasto máximo por término medio por granja (189 dólares), contando, por supuesto, sólo las granjas que aplicaban fertilizantes. Aquí observamos otro ejemplo: el crecimiento de la agricultura grande y capitalista con la disminución de la superficie de tierra por explotación. De los tres Estados del Pacífico, en dos, Washington y Oregón, el empleo de fertilizantes es, en general, insignificante, en total 0,01 dólares por 1 acre. Sólo en el tercer estado, California, esta cifra es comparativamente alta: 0,08 en 1899 y 0,19 en 1909. En este estado desempeña un papel especial la producción de frutas, que crece con extraordinaria rapidez en forma puramente capitalista y que para 1909 proporcionaba aquí el 33,1 % del valor de toda la cosecha, frente al 18,3 % de los cereales y frente al 27,6 % del heno y los pastos. En la producción de frutas es típica la granja con una superficie de tierra inferior a la media y con un empleo de fertilizantes y de trabajo asalariado muy superior a la media. Todavía tendremos ocasión de detenernos en este tipo de relaciones, típicas para los países capitalistas con agricultura intensiva y las más ignoradas por los estadísticos y economistas.

Pero volvamos a los estados «intensivos» del norte. En Nueva Inglaterra no sólo es más alto el empleo de fertilizantes —1,30 dólares por acre— con la superficie de tierra más reducida por granja (38,4 acres), sino que el aumento de los gastos en fertilizantes es particularmente rápido. En 10 años, de 1899 a 1909, estos gastos subieron de 0,53 dólares por acre a 1,30, es decir, aumentaron dos veces y media. La intensificación de la agricultura, su progreso técnico, la elevación del nivel cultural avanzan aquí, por consiguiente, de manera extraordinariamente rápida. Para representar más claramente la importancia de este hecho, comparemos la región más intensiva del norte, Nueva Inglaterra, con la más extensiva: la Central del Noroeste. Esta última región casi no conoce los fertilizantes artificiales (2,1 % de las granjas y 0,01 dólares por acre); el tamaño de las granjas aquí es el mayor de todas las regiones de América (148,0 acres) y crece con la mayor rapidez. Generalmente se toma precisamente esta región —así lo hace el Sr. Gimmer— como modelo del capitalismo en la agricultura de los Estados Unidos. Esta opinión generalizada es incorrecta, como mostraremos más detalladamente a continuación. Se basa en la confusión de la forma más tosca y primitiva de la agricultura extensiva con la forma técnicamente progresiva de la intensiva. En la región Central del Noroeste, el tamaño de la granja es casi cuatro veces mayor que en Nueva Inglaterra (148,0 acres frente a 38,4), y el gasto en fertilizantes, calculado por término medio por granja que los empleaba, es dos veces menor: 41 dólares frente a 82.

En la realidad viva, por consiguiente, se dan casos en que una enorme disminución de la cantidad de tierra por granja está vinculada a un enorme aumento de los gastos en fertilizantes artificiales, de modo que la producción «pequeña» —si se sigue, por rutina, considerándola pequeña según el tamaño de la superficie de tierra— resulta ser «grande» por la cantidad de capital invertido en la tierra. Estos casos no son aislados, sino típicos para todo país en que se produce la sustitución de la agricultura extensiva por la intensiva. Y a esto se refieren todos los países capitalistas, y el ignorar esta característica típica, esencial y radical de la agricultura engendra los errores corrientes de los partidarios de la pequeña agricultura, que juzgan sólo por la magnitud de la superficie de tierra.