Como ya hemos señalado, la estadística norteamericana toma en este caso la suma del valor de los productos de la hacienda, con excepción de aquellos que se destinan a la alimentación del ganado. Tomados aisladamente, estos datos, que apenas se encuentran más que en la estadística norteamericana, son, naturalmente, menos precisos que los relativos a la cantidad de tierra o de ganado, etc. Pero, tomados en conjunto, con relación a varios millones de haciendas y, sobre todo, cuando se emplean para determinar las relaciones mutuas entre los diferentes grupos de haciendas de todo el país, estos datos no pueden, indudablemente, considerarse menos adecuados que los demás. En todo caso, acerca de las dimensiones de la producción —y en particular de la producción mercantil, es decir, de la suma de productos destinados a la venta—, estos datos hablan de un modo mucho más directo que cualesquiera otros. Y en todas las disquisiciones sobre el tema de la evolución de la agricultura y sus leyes, se trata precisamente de la producción en pequeña y en gran escala.

Es más. En semejantes casos se trata siempre de la evolución de la agricultura en el capitalismo o en relación con el capitalismo, bajo su influencia, etc. Para tener en cuenta esta influencia, hay que esforzarse, ante todo y sobre todo, por separar la economía natural de la mercantil en la agricultura. Es de sobra conocido que la economía natural, es decir, la producción no para el mercado, sino para el consumo propio de la familia del agricultor, desempeña precisamente en la agricultura un papel relativamente muy grande y cede su puesto con especial lentitud a la agricultura mercantil. Y si se aplican las tesis teóricas establecidas de la economía política, no de un modo estereotipado, ni mecánicamente, sino con sensatez, la ley del desplazamiento de la pequeña producción por la grande, por ejemplo, puede referirse únicamente a la agricultura mercantil. Es poco probable que alguien se ponga a discutir esta tesis en el terreno teórico. Y, sin embargo, es muy raro que los economistas y estadísticos presten, de un modo consciente, atención a destacar de manera especial, a seguir y, en la medida de lo posible, a tener en cuenta precisamente los índices que atestiguan la transformación de la agricultura natural en mercantil. La agrupación de las haciendas por la magnitud del valor en dinero de los productos no destinados a la alimentación del ganado constituye un gran paso hacia esa importantísima exigencia teórica.

Observemos que, cuando se habla del hecho indiscutible del desplazamiento de la pequeña producción por la grande en la industria, se toma siempre la agrupación de las empresas industriales por la suma de la producción o por el número de obreros asalariados. En la industria, en virtud de sus peculiaridades técnicas, la cosa es mucho más sencilla. En la agricultura, debido a la complejidad y entrelazamiento incomparablemente mayores de las relaciones, es mucho más difícil determinar las dimensiones de la producción y el valor en dinero de los productos, así como la magnitud del empleo de trabajo asalariado. En este último caso, es necesario tener en cuenta toda la cantidad anual de trabajo asalariado, y no la existente el día del censo, pues la agricultura tiene un carácter de producción particularmente «estacional»; además, hay que tener en cuenta no sólo a los obreros asalariados fijos, sino también a los jornaleros, que desempeñan en la agricultura un papel de suma importancia. Pero la dificultad no es sinónimo de imposibilidad. La aplicación de procedimientos de investigación racionales, adaptados a las particularidades técnicas de la agricultura —incluida la aplicación de agrupaciones por la magnitud de la producción, por la suma del valor en dinero de los productos, por la frecuencia y la magnitud del empleo de trabajo asalariado— deberá acrecentarse, abriéndose paso a través de la densa red de prejuicios burgueses y pequeñoburgueses, así como de tendencias a embellecer la realidad burguesa. Y se puede garantizar con toda seguridad que cada paso adelante en la aplicación de procedimientos racionales de investigación será un paso adelante en la confirmación de esa verdad de que, en la sociedad capitalista, no sólo en la industria, sino también en la agricultura, la pequeña producción es desplazada por la grande.

He aquí los datos sobre los grupos de haciendas en Norteamérica en 1900, distribuidos por la magnitud del valor del producto:

A las granjas sin ingresos, que arrojaron 0 (cero) de valor del producto, pertenecen, probablemente, en primer lugar, los *homesteads* recién ocupados, en los que el propietario no ha tenido aún tiempo de levantar construcciones, adquirir ganado, sembrar o recoger la cosecha. En un país con una colonización tan enorme como Norteamérica, la cuestión de cuánto tiempo hace que el agricultor posee la granja tiene una importancia singular.

Dejando a un lado las granjas sin ingresos, obtenemos un cuadro homogéneo al que ofrecía la agrupación anterior de estos mismos datos por la cantidad total de tierra en las granjas. A medida que aumenta el valor de los productos de la granja, aumentan también la cantidad media de tierra cultivada en las mismas, el gasto medio en la contratación de obreros y el valor medio de los aperos y las máquinas. En general y en conjunto, las granjas con mayores ingresos —teniendo en cuenta el ingreso bruto, es decir, el valor de todos los productos— resultan ser también mayores por la cantidad de tierra. Aparentemente, la nueva agrupación no aporta nada decididamente nuevo.

Pero tomemos ahora las magnitudes medias (valor del ganado y de los aperos, gastos en trabajo asalariado y en fertilizantes) no por granja, sino por 1 acre de tierra:

Constituyen una excepción, en ciertos aspectos, las granjas sin ingresos, que en general ocupan una posición completamente peculiar, y las de ingresos más elevados, que en tres de los cuatro índices que hemos tomado resultan ser menos intensivas que el grupo vecino. Pero, en términos generales, observamos un aumento regular de la intensidad de la agricultura a medida que se incrementa el valor de los productos obtenidos por la granja.

Un cuadro directamente opuesto al que vimos al agrupar las haciendas por la superficie de tierra.

Un mismo material proporciona conclusiones diametralmente opuestas con diferentes procedimientos de agrupación.

Con el aumento de las dimensiones de la hacienda, la intensidad de la agricultura *disminuye*, si se juzga de las dimensiones de la hacienda por la magnitud de la superficie de tierra; *aumenta*, si se juzga por el valor de los productos de la hacienda.

¿Cuál de estas dos conclusiones es correcta?

Es evidente que la cantidad de tierra no da ninguna idea de las dimensiones de la hacienda si la tierra no se cultiva (no olvidemos que en Norteamérica se toma como base de la agrupación no sólo la tierra cultivada, sino toda la superficie de tierra, y que en este país el porcentaje de tierra cultivada oscila, por grupos de haciendas, del 19 al 91 %, y por regiones, del 27 al 75 %); no da ninguna idea exacta si entre las distintas haciendas existen, en un número considerable de casos, diferencias sustanciales en los procedimientos de cultivo de la tierra, en la intensidad de la agricultura, en los sistemas de cultivo, en la magnitud del abonado, en la aplicación de máquinas, en el carácter de la ganadería, etc.

Precisamente este caso es el que se refiere, de modo manifiesto, a todos los países capitalistas e incluso a todos aquellos cuya agricultura está afectada por el capitalismo.

Vemos ahora una de las causas más profundas y generales de por qué las opiniones erróneas sobre la «superioridad» de la pequeña agricultura se mantienen tan firmemente, de por qué los prejuicios burgueses y pequeñoburgueses de este tipo coexisten tan fácilmente con el gran progreso de la estadística social y, en particular, de la estadística agrícola en los últimos decenios. Por supuesto, la firmeza de estos errores y prejuicios se ve sostenida también por los intereses de la burguesía, que tiende a velar la profundidad de las contradicciones de clase de la sociedad burguesa contemporánea; y cuando se trata de intereses, las verdades más indiscutibles, como es sabido, empiezan a ser puestas en duda.

Pero aquí nos limitamos al análisis de las fuentes teóricas de la opinión errónea sobre la «superioridad» de la pequeña agricultura. Y no puede caber duda de que entre esas fuentes ocupa un lugar destacadísimo la actitud acrítica y rutinaria hacia los trillados procedimientos de comparar las haciendas sólo por la cantidad de tierra total o de tierra cultivada que poseen.

Los Estados Unidos de América constituyen una excepción entre todos los países capitalistas en el sentido de que aquí existe todavía una masa de tierras no ocupadas, libres y repartidas gratuitamente. La agricultura puede aún desarrollarse aquí, y se desarrolla efectivamente, mediante la ocupación de tierras no ocupadas, mediante el cultivo de tierras nuevas que jamás habían sido cultivadas; se desarrolla en la forma de la ganadería y la agricultura más primitivas y extensivas. No hay nada semejante en los viejos países civilizados de la Europa capitalista. Aquí la agricultura se desarrolla sobre todo de manera intensiva, no mediante el aumento de la cantidad de tierra cultivada, sino mediante la mejora de la calidad del cultivo, mediante el aumento del capital invertido en la misma cantidad de tierra anterior. Y precisamente esta línea principal de desarrollo de la agricultura capitalista —que también para Norteamérica se va convirtiendo gradualmente en la principal— es la que pierden de vista quienes se limitan a comparar las haciendas sólo por la cantidad de tierra.

La línea principal de desarrollo de la agricultura capitalista consiste precisamente en que la pequeña hacienda, siguiendo siendo pequeña por la superficie de tierra, se convierte en grande por las dimensiones de la producción, por el desarrollo de la ganadería, por la magnitud del abonado, por el desarrollo de la aplicación de máquinas, etc.

Por consiguiente, es absolutamente incorrecta la conclusión que se obtiene al comparar los diferentes grupos de haciendas por la cantidad de tierra y que reza: a medida que aumenta la dimensión de la hacienda, disminuye la intensidad de la agricultura. La única conclusión correcta, por el contrario, es la que se obtiene al comparar las diferentes haciendas por la magnitud del valor de los productos y que reza: a medida que aumentan las dimensiones de la hacienda, aumenta la intensidad de la agricultura.

Pues la cantidad de tierra atestigua las dimensiones de la hacienda sólo de modo indirecto, y este «testimonio» es tanto menos fidedigno cuanto más amplia y rápidamente avanza la intensificación de la agricultura. En cambio, el valor de los productos de la hacienda atestigua sus dimensiones no indirectamente, sino de modo directo y además en todos los casos. Cuando se habla de pequeña agricultura, siempre se tiene en mente aquella que no se sostiene sobre el trabajo asalariado. Pero el paso a la explotación de obreros asalariados está condicionado no sólo por la ampliación de la superficie de la hacienda sobre su vieja base técnica —esto ocurre únicamente en la hacienda extensiva y primitiva—, sino también por la elevación de la técnica dada, su transformación de vieja en nueva, la aplicación a la misma superficie de tierra de capital adicional en forma, por ejemplo, de nuevas máquinas o fertilizantes artificiales, o el aumento y la mejora del ganado, etc.

La agrupación por la magnitud del valor de los productos de la granja reúne a haciendas que se distinguen realmente por tener las mismas dimensiones de producción, independientemente de la cantidad de tierra que posean. Una hacienda altamente intensiva en una pequeña parcela de tierra se sitúa aquí en el mismo grupo que una hacienda relativamente extensiva en una gran superficie de tierra; y ambas haciendas serán realmente grandes tanto por las dimensiones de la producción como por el grado de empleo de trabajo asalariado.

Por el contrario, la agrupación por la superficie de tierra reúne haciendas grandes y pequeñas siempre que se asemejen por las dimensiones de la propiedad de la tierra, reúne haciendas con dimensiones de producción completamente diferentes: aquellas en que predomina el trabajo familiar con aquellas en que predomina el trabajo asalariado. De aquí resulta un cuadro radicalmente incorrecto, que tergiversa por completo la situación real de las cosas —pero que gusta mucho a la burguesía— de atenuación de las contradicciones de clase en el capitalismo. De aquí resulta un embellecimiento, no menos falso y no menos grato a la burguesía, de la situación de los pequeños agricultores, resulta la apologética del capitalismo.

Efectivamente. La tendencia fundamental y principal del capitalismo consiste en el desplazamiento de la pequeña producción por la grande, tanto en la industria como en la agricultura. Pero este desplazamiento no puede entenderse únicamente en el sentido de la expropiación inmediata. Al desplazamiento pertenece también la ruina que puede prolongarse años y decenios, el empeoramiento de las condiciones de la hacienda de los pequeños agricultores. Este empeoramiento se manifiesta tanto en el trabajo excesivo o la alimentación empeorada del pequeño agricultor, como en el abrumarle con deudas, en el empeoramiento del pienso y, en general, del cuidado del ganado, en el empeoramiento de las condiciones de atención a la tierra, de su cultivo, de su abonado, etc., en el estancamiento de la técnica de la hacienda, etc. La tarea del investigador científico, si quiere verse libre de la acusación de complacer voluntaria o involuntariamente a la burguesía mediante el embellecimiento de la situación de los pequeños agricultores arruinados y oprimidos, consiste ante todo y sobre todo en definir con exactitud los signos de la ruina, que no se distinguen en absoluto por su simplicidad y uniformidad; después, en poner de manifiesto estos signos, seguir y, en lo posible, calcular la amplitud de su difusión y su modificación en el tiempo. A este aspecto particularmente importante de la cuestión es al que menos atención prestan los economistas y estadísticos modernos.

Imagínese que a 90 pequeños agricultores, que no disponen de capital para mejorar su hacienda, que se retrasan con respecto a su tiempo y se arruinan gradualmente, el estadístico añade 10 agricultores que poseen suficiente capital y que, en parcelas igualmente pequeñas, organizan una empresa de grandes dimensiones de producción y basada en el trabajo asalariado. En general y como promedio, resultará un cuadro embellecido de la situación de la totalidad de la centena de pequeños agricultores.

Precisamente ese cuadrito embellecido —y además, objetivamente, embellecido en favor de la burguesía— fue el que ofreció el censo norteamericano de 1910, debido, en primer lugar, a la circunstancia de que descartó la comparación, aplicada en 1900, de la agrupación por tierra con la agrupación por el valor del producto. Nos enteramos, por ejemplo, sólo de que los gastos en fertilizantes aumentaron extraordinariamente, concretamente en un 115 %, es decir, se duplicaron con creces, mientras que los gastos en trabajo asalariado aumentaron sólo en un 82 %, y el valor total de la cosecha en un 83 %. Un progreso enorme. El progreso de la agricultura nacional. Y quizá algún economista saque, si no ha sacado ya, la conclusión: progreso de la pequeña agricultura «de trabajo», pues, en términos generales, los datos sobre los grupos de haciendas por tierra muestran que la «pequeña» agricultura está mucho más alta en cuanto a la magnitud de los gastos en fertilizantes por 1 acre de tierra.

Pero ahora sabemos que tal conclusión sería falsa, pues la agrupación de haciendas por tierra reúne precisamente a los pequeños agricultores que se arruinan o, por lo menos, que están oprimidos por la miseria, sin posibilidad de adquirir fertilizantes comerciales, y a los capitalistas —pequeños, pero capitalistas— que organizan una hacienda mejorada, intensiva, grande, con obreros asalariados, en una pequeña parcela de tierra.

Si la pequeña agricultura, en general, es desplazada por la grande, como muestran los datos sobre el valor de todos los bienes de las granjas en 1900 y 1910; si durante este tiempo se desarrollaron con particular rapidez, como veremos ahora, los cultivos altamente capitalistas en pequeñas parcelas de tierra; si, según los datos generales relativos a las haciendas pequeñas y grandes por la magnitud del valor de los productos, los gastos en fertilizantes aumentan a medida que crecen las dimensiones de la hacienda, de aquí se deduce con inevitabilidad la conclusión de que el «progreso» en la aplicación de fertilizantes de 1900 a 1910 ha reforzado aún más la superioridad de la agricultura capitalista sobre la pequeña, ha relegado y oprimido aún más a esta última.