El material que ofrece la estadística norteamericana, pese a todos sus defectos, se distingue ventajosamente del material disponible para otros países por su exhaustividad y la uniformidad de los métodos de recolección. Gracias a ello, existe la posibilidad de comparar los datos sobre la industria y la agricultura de los años 1900 y 1910, de cotejar el cuadro general de la estructura económica en ambas ramas de la economía nacional y de la evolución de dicha estructura. La idea más corriente de la economía burguesa –idea que repite, entre otros, el señor Gimmer– es la contraposición entre la industria y la agricultura. Veamos, sobre la base de datos precisos y masivos, hasta qué punto es correcta dicha contraposición.

Comencemos por el número de establecimientos en la industria y en la agricultura.

En la agricultura los establecimientos son mucho más numerosos y pequeños. En esto se expresa su atraso, su fragmentación, su dispersión.

El aumento del número total de establecimientos en la agricultura es mucho más lento que en la industria. En los Estados Unidos existen dos circunstancias, ausentes en otros países avanzados, que refuerzan y aceleran extraordinariamente el crecimiento del número de establecimientos en la agricultura. Son, en primer lugar, el fraccionamiento, que se produce hasta el día de hoy, de los latifundios esclavistas en el Sur y la «compra» por parte de los negros, así como de los granjeros blancos, de pequeñas parcelas a los «plantadores»; en segundo lugar, la existencia de una cantidad enorme de tierras libres, no ocupadas, distribuidas por el gobierno a todo aquel que las desee. Y a pesar de ello, el número de establecimientos en la agricultura crece mucho más lentamente que en la industria.

La causa de ello es doble. Por un lado, la agricultura conserva aún en grado bastante considerable su carácter natural, y de ella continúan desgajándose diversas operaciones que antes formaban parte del círculo de trabajos de la familia campesina –por ejemplo, la producción y reparación de distintos útiles, aperos, etc.– y que ahora constituyen ramas especiales de la industria. Por otro lado, la agricultura está sujeta a un monopolio que la industria desconoce y que es ineliminable bajo el capitalismo: el monopolio de la propiedad territorial. Incluso si no existe la propiedad privada de la tierra –en los Estados Unidos, de hecho, no existe hasta ahora en zonas muy extensas del país–, la posesión de la tierra, su ocupación por parte de propietarios individuales y privados crea un monopolio. En las principales regiones del país toda la tierra está ocupada; el aumento del número de establecimientos agrícolas solo es posible mediante el fraccionamiento de los ya existentes; la libre creación de nuevos establecimientos junto a los viejos es imposible. El monopolio de la propiedad territorial crea un freno al desarrollo de la agricultura que, a diferencia de la industria, retrasa el desarrollo del capitalismo en la agricultura.

No podemos comparar con exactitud las dimensiones del capital invertido en los establecimientos industriales y en los agrícolas, porque en el valor de la tierra entra también la renta territorial. Hay que comparar el capital invertido en la industria y el precio de los productos industriales con el valor total de todos los bienes de las granjas y con el precio del principal producto agrícola. Serán plenamente comparables, al hacerlo así, solo las relaciones porcentuales que muestran el aumento de unas y otras sumas de valor.

Vemos la duplicación del valor y del capital invertido en la industria, así como de toda la propiedad de las granjas, en los 10 años que van de 1900 a 1910. La diferencia enorme y radical consiste en que, en la agricultura, la producción del producto principal, los cereales, aumentó en un porcentaje insignificante, un 1,7 %, ¡y ello con un aumento de toda la población del 21,0 %!

La agricultura se rezaga en su desarrollo con respecto a la industria: fenómeno propio de todos los países capitalistas y que constituye una de las causas más profundas de la ruptura de la proporcionalidad entre las distintas ramas de la economía nacional, de las crisis y de la carestía.

El capital liberó a la agricultura del feudalismo, la arrastró a la circulación mercantil y, con ella, al desarrollo económico mundial, la sacó del estancamiento y la rutina de la Edad Media y del patriarcalismo. Pero el capital no solo no eliminó la opresión, la explotación, la miseria de las masas, sino que, por el contrario, crea estas calamidades en una forma nueva y restaura sobre una base «moderna» sus viejas formas. La contradicción entre la industria y la agricultura no solo no ha sido eliminada por el capitalismo, sino que, por el contrario, este la amplía y agudiza cada vez más. Sobre la agricultura pesa cada vez con más fuerza la opresión del capital, que se forma principalmente en la esfera del comercio y de la industria.

El insignificante aumento de la cantidad de producto agrícola (+1,7 %) y el enorme aumento de su precio (+79,8 %) nos muestran de manera palmaria, por un lado, el papel de la renta territorial, del tributo que cobran a la sociedad los terratenientes. El atraso de la agricultura, que no logra seguir el ritmo del desarrollo de la industria, es utilizado por los terratenientes, gracias a su posición monopolista, para embolsarse millones y miles de millones. Toda la propiedad de las granjas aumentó en diez años en 20 1/2 mil millones de dólares. De esa suma, el aumento del precio de las construcciones, del inventario vivo y muerto representa solo 5 mil millones. En 15 mil millones (+118,1 %) aumentó en 10 años el precio de la tierra, esto es, la renta territorial capitalizada.

Por otro lado, vemos aquí de forma particularmente nítida la diferencia en la posición de clase de los pequeños agricultores y de los trabajadores asalariados. Por supuesto, unos y otros «trabajan»; por supuesto, ambos están sometidos a la explotación por parte del capital, aunque en formas completamente distintas. Pero solo los vulgares demócratas burgueses pueden, sobre esta base, unificar estas clases diferentes, hablar de la pequeña agricultura «laboriosa». Esto significa precisamente encubrir y desdibujar la estructura social de la economía, su conformación burguesa, colocando en primer plano un rasgo propio de todas las estructuras precedentes: la necesidad del trabajo, del trabajo personal, del trabajo físico para la subsistencia del pequeño agricultor.

El pequeño agricultor bajo el capitalismo se convierte –lo quiera o no, lo note o no– en productor mercantil. Y en este cambio reside toda la esencia de la cuestión. Este cambio por sí solo, incluso cuando aún no explota a trabajadores asalariados, hace de él un antagonista del proletariado, lo convierte en un pequeño burgués. Él vende su producto; el proletario vende su fuerza de trabajo. Los pequeños agricultores, como clase, no pueden dejar de aspirar a la subida de los precios de los productos agrícolas, y esto equivale a su participación, junto con los grandes terratenientes, en el reparto de la renta territorial, a su solidarización con los latifundistas contra el resto de la sociedad. El pequeño agricultor, por su posición de clase, se convierte inevitablemente, a medida que se desarrolla la producción mercantil, en un pequeño agrario.

También entre los trabajadores asalariados hay casos en que una pequeña parte de ellos se une con sus patronos contra toda la clase de los trabajadores asalariados. Pero esto es precisamente la unión de una parte insignificante de la clase con su adversario, contra toda la clase. No se puede concebir una mejora de la situación de los trabajadores asalariados, como clase, sin la elevación del bienestar de la masa y sin la agudización de su antagonismo con el capital que reina en la sociedad moderna, con toda la clase de los capitalistas. Por el contrario, es perfectamente imaginable un fenómeno como este, y es incluso típico del capitalismo, cuando la mejora de la situación de los pequeños agricultores, como clase, es el resultado de su unión con los terratenientes, de su participación en la recaudación de una renta territorial incrementada a costa de toda la sociedad, de su antagonismo con la masa de los proletarios y semiproletarios, que dependen total o principalmente de la venta de su fuerza de trabajo.

He aquí la comparación de los datos de la estadística norteamericana sobre la situación –y el número– de los trabajadores asalariados en comparación con los pequeños agricultores:

Los obreros de la industria han desmejorado, pues su salario aumentó solo un 70,6 % («solo», porque casi la misma cantidad de cereales de antes, el 101,7 % de la cantidad anterior, ¡cuesta ahora el 179,8 % del precio anterior!!), mientras que el número de obreros aumentó en un entero 40 %.

Los pequeños agricultores han ganado, en tanto pequeños agrarios, a costa del proletariado. El número de pequeños agricultores aumentó solo en un 10,9 % (incluso si distinguimos únicamente a los pequeños granjeros, el aumento sería solo del 11,9 %), la cantidad de producto entre ellos casi no aumentó (+1,7 %), y el precio del producto aumentó en un 79,8 %.

Por supuesto, el capital comercial y financiero se llevó la parte del león de esta renta territorial, pero con todo la posición de clase de los pequeños agricultores y de los trabajadores asalariados concuerda plenamente, en sus relaciones mutuas, con la posición del pequeño burgués y del proletario.

El aumento de los trabajadores asalariados supera al crecimiento de la población (+40 % los primeros, frente al +21 % la segunda). Crece la expropiación de los pequeños productores y de los pequeños agricultores. Crece la proletarización de la población[54].

El aumento del número de granjeros –y más aún, como sabemos, del número de propietarios entre ellos– se rezaga del crecimiento de la población (10,9 % frente a 21 %). Los pequeños agricultores se convierten cada vez más en monopolistas, en pequeños agrarios.

Examinemos ahora la interrelación entre la pequeña y la gran producción en la industria y en la agricultura. En lo que respecta a la industria, los datos no se refieren a 1900 y 1910, sino a 1904 y 1910.

Dividimos los establecimientos industriales en tres grupos principales según el volumen de la producción, clasificando como pequeños los que tienen una producción de hasta 20 000 dólares, medianos los de 20 000 a 100 000 dólares, y grandes los de 100 000 dólares en adelante. Los establecimientos agrícolas nos vemos imposibilitados de agruparlos de otra manera que no sea por la cantidad de tierra. Clasificamos como pequeñas las granjas de hasta 100 acres, medianas las de 100 a 175 acres, y grandes las de 175 acres y más.

Resulta una notable homogeneidad de la evolución.

Tanto en la industria como en la agricultura disminuye la proporción precisamente de los establecimientos medianos, cuyo número aumenta más lentamente que el de los pequeños y el de los grandes.

Tanto en la industria como en la agricultura el número de los establecimientos pequeños crece más lentamente que el de los grandes.

¿Cuáles son los cambios en la fuerza económica o en el papel económico de los distintos tipos de establecimientos? Sobre los industriales tenemos datos del precio del producto; sobre los agrícolas, del precio de toda la propiedad de las granjas:

También aquí se observa una notable homogeneidad de la evolución.

Tanto en la industria como en la agricultura disminuye la parte correspondiente tanto a los establecimientos pequeños como a los medianos, aumentando solo la parte de los grandes.

Tanto en la industria como en la agricultura se produce, en otras palabras, el desplazamiento de la pequeña producción por la grande.

La diferencia entre la industria y la agricultura consiste, esta vez, en que en la industria la parte de los establecimientos pequeños aumentó algo más que la parte de los medianos (+21,5 % frente a +19,5 %), mientras que en la agricultura ocurre lo contrario. Por supuesto, esta diferencia no es grande y no se pueden construir sobre ella conclusiones generalizadas. Pero el hecho, con todo, sigue siendo un hecho: en el país capitalista más avanzado del mundo, en el último decenio, la pequeña producción en la industria se ha reforzado más que la mediana, y en la agricultura, lo contrario. Este hecho demuestra cuán poco serias son las afirmaciones corrientes de los economistas burgueses de que la industria confirma incondicionalmente y sin excepciones la ley del desplazamiento de la pequeña producción por la grande, mientras que la agricultura la refuta.

En la agricultura de los Estados Unidos no solo se produce el desplazamiento de la pequeña producción por la grande, sino que este desplazamiento se produce con mayor regularidad o sistematicidad que en la industria.

No hay que olvidar, al respecto, la circunstancia demostrada por nosotros más arriba, a saber, que la agrupación de las explotaciones agrícolas por la tierra subestima el proceso de desplazamiento de la pequeña producción por la grande.

En lo que concierne al grado de concentración ya alcanzado, la agricultura se ha rezagado mucho a este respecto. En la industria, el 11 % de los establecimientos grandes tiene en sus manos más de las ocho décimas partes de toda la producción. El papel de los pequeños establecimientos es insignificante: ¡un 5,5 % de la producción corresponde a 2/3 del número total de establecimientos! En la agricultura, en comparación, reina aún la dispersión: el 58 % de los pequeños establecimientos proporciona la cuarta parte del valor total de todos los bienes de las granjas; el 18 % de los establecimientos grandes, menos de la mitad (47 %). El número total de establecimientos en la agricultura supera en más de 20 veces el número de establecimientos en la industria.

Esto confirma la conclusión formulada hace tiempo de que el capitalismo en la agricultura se encuentra en una etapa más cercana a la manufactura –si comparamos su evolución con la evolución de la industria– que a la gran industria maquinizada. El trabajo manual predomina todavía en la agricultura y la aplicación de máquinas es, comparativamente, en extremo débil. Pero los datos aducidos no demuestran en absoluto la imposibilidad de la socialización de la producción agrícola incluso en este grado de su desarrollo. Quien tiene en sus manos los bancos, tiene directamente en sus manos un tercio de todas las granjas de América, e indirectamente domina sobre toda la masa de ellas. La organización de la producción según un plan general único en un millón de explotaciones que proporcionan más de la mitad de la suma total de toda la producción es algo absolutamente realizable, dado el desarrollo actual de todo tipo de asociaciones y de la técnica de las comunicaciones y del transporte.