El artículo «Das revolutionäre Proletariat und das Selbstbestimmungsrecht der Nationen» («El proletariado revolucionario y el derecho de las naciones a la autodeterminación») fue escrito por Lenin a finales de 1915, probablemente en noviembre, en alemán.

Este artículo está dirigido contra el artículo de Parabellum (K. Radek) «Annexionen und Socialdemokratie» («Anexiones y socialdemocracia»), publicado en el periódico socialdemócrata suizo «Berner Tagwacht», núms. 252 y 253 del 28 y 29 de octubre de 1915.

Además del manuscrito del artículo, se conserva también su traducción al ruso, escrita de puño y letra de P. K. Krúpskaya con correcciones de Lenin.

En la última hoja del manuscrito y de la traducción, de puño y letra de Vladímir Ilich está escrito: «Al archivo. Viejo artículo sobre la autodeterminación contra Radek». Además, en el reverso de la última hoja de la traducción hay extractos de periódicos hechos por él, que no guardan relación con el presente artículo.

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EL PROLETARIADO REVOLUCIONARIO Y EL DERECHO DE LAS NACIONES A LA AUTODETERMINACIÓN.

El Manifiesto de Zimmerwald 1), al igual que la mayoría de los programas o resoluciones tácticas de los partidos socialdemócratas, proclama «el derecho de las naciones a la autodeterminación». El camarada Parabellum, en los núms. 252-253 del B[erner] T[agwacht] 2), declara «ilusoria» la «lucha por el inexistente derecho de autodeterminación» y le contrapone «la lucha revolucionaria de masas del proletariado contra el capitalismo», asegurando al mismo tiempo que «estamos contra las anexiones» (esta afirmación se repite cinco veces en el artículo del camarada P[arabellum]) y contra toda violencia sobre las naciones.

La motivación de la posición del camarada P[arabellum] se reduce a que ahora todas las cuestiones nacionales, la de Alsacia-Lorena, la armenia y otras, son cuestiones del imperialismo; a que el capital ha rebasado los marcos de los Estados nacionales; a que no se puede «hacer retroceder la rueda de la historia» hacia el ideal caduco de los Estados nacionales, etc.

Veamos si los razonamientos del camarada P[arabellum] son correctos.

En primer lugar, es precisamente el camarada P[arabellum] quien mira hacia atrás y no hacia adelante cuando, emprendiendo una campaña contra la aceptación por la clase obrera del «ideal del Estado nacional», dirige su mirada a Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, es decir, a países donde el movimiento de liberación nacional pertenece al pasado, y no a Oriente, Asia, África, las colonias, donde este movimiento se sitúa en el presente y en el futuro. Basta mencionar la India, China, Persia, Egipto.

Además. El imperialismo significa que el capital ha rebasado los marcos de los Estados nacionales; significa la ampliación y la agudización de la opresión nacional sobre una nueva base histórica. De aquí se deduce, contrariamente al camarada P[arabellum], precisamente que debemos vincular la lucha revolucionaria por el socialismo con un programa revolucionario en la cuestión nacional.

Al camarada P[arabellum] le resulta que, en nombre de la revolución socialista, desecha con desprecio el programa consecuentemente revolucionario en el terreno democrático. Esto es incorrecto. El proletariado no puede vencer más que a través de la democracia, es decir, realizando plenamente la democracia y vinculando a cada paso de su lucha las reivindicaciones democráticas en su formulación más resuelta. Es absurdo contraponer la revolución socialista y la lucha revolucionaria contra el capitalismo a una de las cuestiones de la democracia, en este caso a la nacional. Debemos unir la lucha revolucionaria contra el capitalismo con un programa y una táctica revolucionarios respecto a todas las reivindicaciones democráticas: la república, la milicia, la elección de los funcionarios por el pueblo, la igualdad de derechos de la mujer *), la autodeterminación de las naciones, etc. Mientras exista el capitalismo, todas estas reivindicaciones sólo son realizables como excepción y, además, de manera incompleta y tergiversada. Apoyándonos en la democracia ya realizada, desenmascarando su carácter incompleto bajo el capitalismo, exigimos el derrocamiento del capitalismo, la expropiación de la burguesía, como base necesaria para la supresión de la miseria de las masas y para la realización plena y multilateral de todas las transformaciones democráticas. Unas de estas transformaciones se iniciarán antes del derrocamiento de la burguesía, otras en el curso de este derrocamiento, y otras después de él. La revolución social no es una sola batalla, sino una época de toda una serie de batallas en torno a todas y cada una de las cuestiones de las transformaciones económicas y democráticas, que culminan únicamente con la expropiación de la burguesía. Precisamente en nombre de este objetivo final debemos dar una formulación consecuentemente revolucionaria a cada una de nuestras reivindicaciones democráticas. Es perfectamente concebible que los obreros de un país determinado derroquen a la burguesía antes de la realización plena de siquiera una transformación democrática fundamental. Pero es absolutamente inconcebible que el proletariado, como clase histórica, pueda vencer a la burguesía si no se prepara para ello educándose en el espíritu del democratismo más consecuente y revolucionariamente resuelto.

El imperialismo es la opresión progresiva de las naciones del mundo por un puñado de grandes potencias, es la época de guerras entre ellas por la extensión y consolidación de la opresión sobre las naciones, la época del engaño de las masas populares por los hipócritas socialpatriotas, es decir, por hombres que, bajo el pretexto de la «libertad de las naciones», del «derecho de las naciones a la autodeterminación» **) y de la «defensa de la patria», justifican y defienden la opresión de la mayoría de las naciones del mundo por las grandes potencias.

Por eso, en el programa de la socialdemocracia el lugar central debe ocuparlo precisamente esa división de las naciones en opresoras y oprimidas, que constituye la esencia del imperialismo y que soslayan falazmente los socialchovinistas y Kautsky. Esta división no es esencial desde el punto de vista del pacifismo burgués o de la utopía pequeño-burguesa de la competencia pacífica de naciones independientes bajo el capitalismo, pero es esencial precisamente desde el punto de vista de la lucha revolucionaria contra el imperialismo. Y de esta división debe derivarse nuestra definición, consecuentemente democrática, revolucionaria y acorde con la tarea general de la lucha inmediata por el socialismo, del «derecho de las naciones a la autodeterminación». En nombre de este derecho, defendiendo su reconocimiento no hipócrita, los socialdemócratas de las naciones opresoras deben exigir la libertad de separación de las naciones oprimidas, pues, de lo contrario, el reconocimiento de la igualdad de derechos ***) de las naciones y de la solidaridad internacional de los obreros no sería en la práctica más que una palabra vacía, más que hipocresía ****). Y los socialdemócratas de las naciones oprimidas deben poner en primer plano la unidad y la fusión de los obreros de las naciones oprimidas con los obreros de las naciones opresoras, pues, de lo contrario, esos socialdemócratas serán involuntariamente aliados de tal o cual burguesía nacional, que siempre traiciona los intereses del pueblo y de la democracia, siempre está dispuesta, a su vez, a las anexiones y a la opresión de otras naciones.

Un ejemplo instructivo puede ser el planteamiento de la cuestión nacional a finales de los años 60 del siglo pasado. Los demócratas pequeño-burgueses, ajenos a toda idea de lucha de clases y de revolución socialista, se forjaban la utopía de la competencia pacífica de naciones libres e iguales en derechos bajo el capitalismo. Los proudhonianos «negaban» en absoluto la cuestión nacional y el derecho de las naciones a la autodeterminación desde el punto de vista de las tareas inmediatas de la revolución social. Marx ridiculizaba el proudhonismo francés, mostraba su parentesco con el chovinismo francés («toda Europa puede y debe estarse quieta y tranquila en su trasero, mientras los señores en Francia supriman la miseria»... «bajo la negación de las nacionalidades, sin darse ellos mismos cuenta, entienden, al parecer, su absorción por la modélica nación francesa») 3). Marx exigía la separación de Irlanda de Inglaterra —«aunque después de la separación se llegase a la federación»— y lo exigía no desde el punto de vista de la utopía pequeño-burguesa del capitalismo pacífico, ni por «justicia hacia Irlanda», sino desde el punto de vista de los intereses de la lucha revolucionaria del proletariado de la nación opresora, es decir, de la nación inglesa, contra el capitalismo. La libertad de esta nación estaba atada y deformada por el hecho de que oprimía a otra nación. El internacionalismo del proletariado inglés no sería más que una frase hipócrita si no exigiese la separación de Irlanda. Sin haber sido nunca partidario de los Estados pequeños, ni de la fragmentación estatal en general, ni del principio de federación, Marx consideraba la separación de una nación oprimida como un paso hacia la federación y, por consiguiente, no hacia la fragmentación, sino hacia la concentración, tanto política como económica, pero hacia la concentración sobre la base del democratismo. Desde el punto de vista del camarada P[arabellum], Marx sostenía probablemente una «lucha ilusoria» *) cuando formulaba esta exigencia de separación de Irlanda. Pero, en realidad, sólo tal exigencia era un programa consecuentemente revolucionario, sólo ella respondía al internacionalismo, sólo ella defendía la concentración de un modo no imperialista.

El imperialismo de nuestros días ha llevado a que la opresión de las naciones por las grandes potencias se haya convertido en un fenómeno general. Precisamente el punto de vista de la lucha contra el socialchovinismo de las naciones grandes potencias, que ahora libran la guerra imperialista para fortalecer la opresión sobre las naciones y que oprimen a la mayoría de las naciones del mundo y a la mayoría de la población de la tierra, precisamente este punto de vista debe ser decisivo, principal, fundamental en el programa nacional de la socialdemocracia.

Fijaos ahora en las corrientes actuales del pensamiento socialdemócrata en este problema. Los utopistas pequeño-burgueses, que sueñan con la igualdad y la paz entre las naciones bajo el capitalismo, han cedido el lugar a los socialimperialistas. Combatiendo a los primeros, el camarada P[arabellum] lucha contra molinos de viento, haciendo involuntariamente el juego a los segundos. ¿Cuál es el programa de los socialchovinistas en la cuestión nacional?

O bien niegan en absoluto el derecho de autodeterminación, aduciendo argumentos del tipo de los de Parabellum (Cunow, Parvus, los oportunistas rusos: Semkovsky, Liebmann, etc.) 4). O bien reconocen este derecho de manera abiertamente hipócrita, precisamente no aplicándolo a las naciones que son oprimidas por su propia nación o por el aliado militar de su propia nación (Plejánov, Hyndman, todos los patriotas francófilos, luego Scheidemann, etc., etc.). La formulación más presentable, y por eso la más peligrosa para el proletariado, de la mentira socialchovinista la da Kautsky. De palabra está por la autodeterminación de las naciones, de palabra está porque el partido socialdemócrata «die Selbständigkeit der Nationen allseitig(!!) und rückhaltlos achtete und forcierte» (N[eue] Z[eit], 33, II, pág. 241; 21. IV. 1915). Pero en realidad adapta el programa nacional al socialchovinismo dominante, lo tergiversa y lo mutila, no define con precisión las obligaciones de los socialistas de las naciones opresoras e incluso falsea directamente el principio democrático, diciendo que exigir «staatliche Selbständigkeit» para cada nación sería exigir «demasiado» (N[eue] Z[eit] 33, II, pág. 77; 16. IV. 1915). Según él, ¡basta con la «nationale Autonomie»! Kautsky soslaya precisamente la cuestión principal que la burguesía imperialista no permite tocar: la cuestión de las fronteras del Estado edificado sobre la opresión de las naciones, eliminando del programa lo más esencial para complacer a esta burguesía. ¡La burguesía está dispuesta a prometer cualquier «igualdad de derechos de las naciones» y cualquier «autonomía nacional», siempre que el proletariado permanezca dentro de los marcos de la legalidad y se le someta «pacíficamente» en la cuestión de las fronteras del Estado! Kautsky formula el programa nacional de la socialdemocracia de modo reformista, y no revolucionario.

El programa nacional del camarada P[arabellum], o más bien sus declaraciones de que «estamos contra las anexiones», el Vorstand del Partido **), Kautsky, Plejánov y Cía. lo firman con las dos manos, precisamente porque este programa no desenmascara a los socialpatriotas dominantes. Este programa lo firmarán también los pacifistas burgueses. El hermoso programa general de Parabellum («la lucha revolucionaria de masas contra el capitalismo») le sirve —como a los proudhonianos de los años 60— no para elaborar, de acuerdo con él y en su espíritu, un programa nacional irreconciliable e igualmente revolucionario en la cuestión nacional, sino para despejar aquí el campo ante los socialpatriotas. La mayoría de los socialistas del mundo pertenece, en nuestra época imperialista, a las naciones que oprimen a otras naciones y se esfuerzan por extender esta opresión. ¡Por eso nuestra «lucha contra las anexiones» será huera, en absoluto temible para los socialpatriotas, si no declaramos: el socialista de una nación opresora que no realice, tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra, propaganda de la libertad de separación de las naciones oprimidas, no es socialista ni internacionalista, sino chovinista! ¡El socialista de una nación opresora que no realice esta propaganda a despecho de las prohibiciones de los gobiernos, es decir, en la prensa libre, es decir, ilegal, seguirá siendo un defensor hipócrita de la igualdad de derechos de las naciones!

Acerca de Rusia, que aún no ha consumado su revolución democrático-burguesa, el camarada P[arabellum] ha dicho una sola frase:
«Selbst das wirtschaftlich sehr zurückgebliebene Russland hat in der Haltung der polnischen, lettischen, armenischen Bourgeoisie gezeigt, dass nicht nur die militärische Bewachung es ist, die die Völker in diesem «Zuchthaus der Völker» zusammenhält, sondern Bedürfnisse der kapitalistischen Expansion, für die das ungeheure Territorium ein glänzender Boden der Entwicklung ist.»
Esto no es un «punto de vista socialdemócrata», sino liberal-burgués, no es internacionalista, sino chovinista gran-ruso. ¡Por lo visto, con este último chovinismo está muy poco familiarizado el camarada P[arabellum], que tan magníficamente combate a los socialpatriotas alemanes! Para convertir esta frase del camarada P[arabellum] en una tesis socialdemócrata y en conclusiones socialdemócratas, hay que reformularla y completarla del siguiente modo:
Rusia es una cárcel de pueblos no sólo por el carácter militar-feudal del zarismo, no sólo porque la burguesía gran-rusa apoya al zarismo, sino también porque la burguesía polaca, etc., ha sacrificado la libertad de las naciones, así como el democratismo en general, en aras de los intereses de la expansión capitalista. El proletariado de Rusia no puede ni marchar al frente del pueblo hacia una victoriosa revolución democrática (ésta es su tarea inmediata), ni luchar junto con sus hermanos, los proletarios de Europa, por la revolución socialista, sin exigir ya ahora, plenamente y «rückhaltlos» *), la libertad de separación de Rusia de todas las naciones oprimidas por el zarismo. Exigimos esto no con independencia de nuestra lucha revolucionaria por el socialismo, sino porque esta última lucha será una palabra vacía si no la ligamos en un todo único con un planteamiento revolucionario de todas las cuestiones democráticas, incluida la nacional. Exigimos la libertad de autodeterminación, es decir, la independencia, es decir, la libertad de separación de las naciones oprimidas, no porque soñemos con la fragmentación económica o con el ideal de los Estados pequeños, sino, al contrario, porque queremos grandes Estados y el acercamiento, incluso la fusión **) de las naciones, pero sobre una base verdaderamente democrática, verdaderamente internacionalista, inconcebible sin la libertad de separación. Así como Marx en 1869 exigía la separación de Irlanda no para la fragmentación, sino para la futura unión libre de Irlanda con Inglaterra, no por «justicia hacia Irlanda», sino por el interés de la lucha revolucionaria del proletariado inglés, así también nosotros consideramos que la renuncia de los socialistas de Rusia a la exigencia de la libertad de autodeterminación de las naciones, en el sentido indicado por nosotros, es una traición directa a la democracia, al internacionalismo y al socialismo.

N. Lenin.

* — ¡aguantad la risa, amigos!
** — El Comité Central del Partido Socialdemócrata Alemán.