La motivación de la posición de Parabellum se reduce a que ahora todas las cuestiones nacionales, la alsaciana-lorenana, la armenia y otras, son cuestiones del imperialismo; que el capital ha superado los marcos de los Estados nacionales; que no se puede «hacer retroceder la rueda de la historia» hacia el caduco ideal de los Estados nacionales, etc.

Veamos si son correctos los razonamientos de Parabellum.

En primer lugar, es precisamente Parabellum quien mira hacia atrás, y no hacia adelante, cuando, en su campaña contra la aceptación por la clase obrera del «ideal del Estado nacional», dirige su mirada a Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, es decir, a países donde el movimiento de liberación nacional pertenece al pasado, y no al Oriente, a Asia, África, las colonias, donde este movimiento está en el presente y en el futuro. Basta mencionar a la India, China, Persia, Egipto.

Además. El imperialismo significa que el capital desborda los marcos de los Estados nacionales, significa la ampliación y la agudización de la opresión nacional sobre una nueva base histórica. De aquí se desprende, contrariamente a Parabellum, precisamente que debemos vincular la lucha revolucionaria por el socialismo con un programa revolucionario en la cuestión nacional.

Parabellum llega a la conclusión de que, en nombre de la revolución socialista, desprecia y rechaza un programa consecuentemente revolucionario en el terreno democrático. Esto es incorrecto. El proletariado no puede vencer sino mediante la democracia, es decir, realizando la democracia plenamente y vinculando a cada paso de su lucha las reivindicaciones democráticas en su formulación más resuelta. Es absurdo contraponer la revolución socialista y la lucha revolucionaria contra el capitalismo a una de las cuestiones de la democracia, en este caso la cuestión nacional. Debemos unir la lucha revolucionaria contra el capitalismo con un programa y una táctica revolucionarios respecto a todas las reivindicaciones democráticas: tanto la república, como la milicia, la elección de los funcionarios por el pueblo, la igualdad de derechos de la mujer, la autodeterminación de las naciones, etc. Mientras existe el capitalismo, todas estas reivindicaciones solo son realizables como excepción, y además de forma incompleta y tergiversada. Apoyándonos en la democracia ya realizada, denunciando su carácter incompleto bajo el capitalismo, exigimos el derrocamiento del capitalismo, la expropiación de la burguesía, como base necesaria tanto para suprimir la miseria de las masas como para llevar a cabo plena y cabalmente todas las transformaciones democráticas. Unas de estas transformaciones se iniciarán antes del derrocamiento de la burguesía, otras en el curso de este derrocamiento, y otras después de él. La revolución social no es una sola batalla, sino una época de toda una serie de batallas en torno a todas y cada una de las cuestiones de las transformaciones económicas y democráticas, que culminan únicamente con la expropiación de la burguesía. Precisamente en aras de este objetivo final debemos dar una formulación consecuentemente revolucionaria de cada una de nuestras reivindicaciones democráticas. Es perfectamente concebible que los obreros de un determinado país derroquen a la burguesía antes de llevar a cabo plenamente ni siquiera una sola transformación democrática de fondo. Pero es absolutamente inconcebible que el proletariado, como clase histórica, pueda vencer a la burguesía si no se prepara para ello mediante una educación en el espíritu del democratismo más consecuente y revolucionariamente resuelto.

El imperialismo es la opresión progresiva de las naciones del mundo por un puñado de grandes potencias, es una época de guerras entre ellas por extender y consolidar la opresión sobre las naciones, época de engaño a las masas populares por parte de hipócritas socialpatriotas, es decir, hombres que bajo el pretexto de la «libertad de las naciones», del «derecho de las naciones a la autodeterminación» y de la «defensa de la patria» justifican y defienden la opresión de la mayoría de las naciones del mundo por las grandes potencias.

Por eso, en el programa de la socialdemocracia el lugar central debe ocuparlo precisamente esa división de las naciones en opresoras y oprimidas que constituye la esencia del imperialismo y que los socialchovinistas y Kautsky eluden mentirosamente. Esta división no es esencial desde el punto de vista del pacifismo burgués o de la utopía pequeñoburguesa de una competencia pacífica de naciones independientes bajo el capitalismo, pero sí es precisamente esencial desde el punto de vista de la lucha revolucionaria contra el imperialismo. Y de esta división debe derivarse nuestra definición, consecuentemente democrática, revolucionaria y acorde con la tarea general de la lucha inmediata por el socialismo, del «derecho de las naciones a la autodeterminación». En nombre de este derecho, defendiendo su reconocimiento no hipócrita, los socialdemócratas de las naciones opresoras deben exigir la libertad de separación de las naciones oprimidas, pues de lo contrario el reconocimiento de la igualdad de derechos de las naciones y de la solidaridad internacional de los obreros sería de hecho solo una palabra vacía, solo hipocresía. En cambio, los socialdemócratas de las naciones oprimidas deben poner en primer plano la unidad y la fusión de los obreros de las naciones oprimidas con los obreros de las naciones opresoras, pues de lo contrario estos socialdemócratas resultarán involuntariamente aliados de una u otra burguesía nacional, que siempre traiciona los intereses del pueblo y de la democracia, siempre dispuesta a su vez a las anexiones y a la opresión de otras naciones.

Un ejemplo instructivo puede ser el planteamiento de la cuestión nacional a fines de la década de 1860. Los demócratas pequeñoburgueses, ajenos a toda idea de lucha de clases y de revolución socialista, se imaginaban la utopía de una competencia pacífica de naciones libres e iguales bajo el capitalismo. Los proudhonistas «negaban» por completo la cuestión nacional y el derecho de las naciones a la autodeterminación desde el punto de vista de las tareas inmediatas de la revolución social. Marx se burlaba del proudhonismo francés y mostraba su parentesco con el chovinismo francés («toda Europa puede y debe permanecer tranquila y quieta en su trasero mientras los señores en Francia suprimen la miseria»… «bajo la negación de las nacionalidades, ellos, sin darse cuenta, entienden, al parecer, su absorción por la modélica nación francesa»). Marx exigía la separación de Irlanda de Inglaterra – «aunque después de la separación se llegara a la federación» – y lo exigía no desde el punto de vista de la utopía pequeñoburguesa del capitalismo pacífico, no por «justicia hacia Irlanda»{37}, sino desde el punto de vista de los intereses de la lucha revolucionaria del proletariado de la nación opresora, es decir, la inglesa, contra el capitalismo. La libertad de esta nación quedaba atada y deformada por el hecho de oprimir a otra nación. El internacionalismo del proletariado inglés habría sido una frase hipócrita si no hubiera exigido la separación de Irlanda. Sin ser nunca partidario ni de los Estados pequeños, ni de la fragmentación estatal en general, ni del principio de la federación, Marx consideraba la separación de la nación oprimida como un paso hacia la federación y, por consiguiente, no hacia la fragmentación, sino hacia la concentración, tanto política como económica, pero hacia una concentración sobre la base del democratismo. Desde el punto de vista de Parabellum, Marx libraba, probablemente, una «lucha ilusoria» al plantear esta exigencia de separación de Irlanda. Y en realidad, solo una exigencia así era un programa consecuentemente revolucionario, solo ella respondía al internacionalismo, solo ella defendía la concentración de un modo no imperialista.

El imperialismo de nuestros días ha llevado a que la opresión de las naciones por las grandes potencias se haya convertido en un fenómeno general. Precisamente el punto de vista de la lucha contra el socialchovinismo de las naciones de las grandes potencias, que ahora libran una guerra imperialista para fortalecer la opresión sobre las naciones y que oprimen a la mayoría de las naciones del mundo y a la mayoría de la población de la tierra, precisamente este punto de vista debe ser el decisivo, el principal, el fundamental en el programa nacional de la socialdemocracia.

Observen ahora las corrientes actuales del pensamiento socialdemócrata en esta cuestión. Los utopistas pequeñoburgueses, que sueñan con la igualdad y la paz de las naciones bajo el capitalismo, han cedido el lugar a los socialimperialistas. Al combatir a los primeros, Parabellum combate contra molinos de viento, haciendo involuntariamente el juego a los segundos. ¿Cuál es el programa de los socialchovinistas en la cuestión nacional?

O bien niegan por completo el derecho a la autodeterminación, aduciendo argumentos como los de Parabellum (Cunow, Parvus, los oportunistas rusos: Semkovski, Liebmann y otros). O bien reconocen este derecho de manera abiertamente hipócrita, precisamente no aplicándolo a aquellas naciones que son oprimidas por su propia nación o por el aliado militar de su propia nación (Plejánov, Hyndman, todos los patriotas francófilos, luego Scheidemann y otros, etc.). La formulación más plausible, y por tanto la más peligrosa para el proletariado, de la mentira socialchovinista la ofrece Kautsky. De palabra está por la autodeterminación de las naciones, de palabra está por que el partido socialdemócrata «die Selbständigkeit der Nationen allseitig (!!) und rückhaltlos (??) achtet und fordert»[9] («Neue Zeit», 33, II, pág. 241; 21 de mayo de 1915). Pero en la práctica adapta el programa nacional al socialchovinismo dominante, lo desfigura y lo mutila, no define con precisión los deberes de los socialistas de las naciones opresoras e incluso falsea directamente el principio democrático, diciendo que exigir «independencia estatal» (staatliche Selbständigkeit) para cada nación significaría exigir «demasiado» («zu viel», «Neue Zeit», 33, II, 77; 16 de abril de 1915). ¡Basta, por lo visto, con la «autonomía nacional»! Kautsky elude precisamente la cuestión principal que la burguesía imperialista no permite tocar –la cuestión de las fronteras del Estado que se edifica sobre la opresión de las naciones–, eliminando del programa lo más esencial para complacer a esta burguesía. ¡La burguesía está dispuesta a prometer cualquier «igualdad de derechos de las naciones» y cualquier «autonomía nacional», con tal de que el proletariado permanezca en el marco de la legalidad y se subordine «pacíficamente» a ella en la cuestión de las fronteras del Estado! Kautsky formula el programa nacional de la socialdemocracia de manera reformista, y no revolucionaria.

El programa nacional de Parabellum, o más exactamente sus afirmaciones de que «estamos contra las anexiones», lo suscriben con ambas manos el Parteivorstand[10], Kautsky, Plejánov y Cía., precisamente porque este programa no desenmascara a los socialpatriotas dominantes. Este programa lo suscribirán también los burgueses pacifistas. El excelente programa general de Parabellum («lucha revolucionaria de masas contra el capitalismo») le sirve –como a los proudhonistas de los años 60–, no para elaborar, en correspondencia con él y en su espíritu, un programa irreconciliable e igualmente revolucionario en la cuestión nacional, sino para despejar aquí el campo ante los socialpatriotas. La mayoría de los socialistas del mundo pertenece en nuestra época imperialista a naciones que oprimen a otras naciones y que aspiran a ampliar esta opresión. Por eso nuestra «lucha contra las anexiones» seguirá siendo una lucha vacía de contenido, en absoluto temible para los socialpatriotas, si no declaramos: ¡el socialista de una nación opresora que no realiza propaganda a favor de la libertad de separación de las naciones oprimidas, tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra, no es socialista ni internacionalista, sino chovinista! ¡El socialista de una nación opresora que no realiza esta propaganda a pesar de las prohibiciones de los gobiernos, es decir, en la prensa libre, es decir, ilegal, sigue siendo un partidario hipócrita de la igualdad de derechos de las naciones!

Sobre Rusia, que aún no ha completado su revolución democrático-burguesa, Parabellum dijo una sola frase:

«Selbst das wirtschaftlich sehr zurückgebliebene Rußland hat in der Haltung der Polnischen, Lettischen, Armenischen Bourgeoisie gezeigt, daß nicht nur die militärische Bewachung es ist, die die Völker in diesem "Zuchthaus der Völker" zusammenhält, sondern Bedürfnisse der kapitalistischen Expansion, für die das ungeheure Territorium ein glänzender Boden der Entwicklung ist»[11].

Esto no es un «punto de vista socialdemócrata», sino liberal-burgués, no internacionalista, sino granruso-chovinista. Por lo visto, Parabellum, que tan excelentemente combate a los socialpatriotas alemanes, está muy poco familiarizado con este último chovinismo. Para convertir esta frase de Parabellum en una tesis socialdemócrata y extraer de ella conclusiones socialdemócratas, es necesario modificarla y completarla de la siguiente manera:

Rusia es una cárcel de pueblos no solo por el carácter feudal-militar del zarismo, no solo porque la burguesía granrusa apoya al zarismo, sino también porque la burguesía polaca, etc., ha sacrificado la libertad de las naciones, así como la democracia en general, en aras de los intereses de la expansión capitalista. El proletariado de Rusia no puede ni encabezar al pueblo en una revolución democrática victoriosa (esta es su tarea inmediata), ni luchar junto con sus hermanos proletarios de Europa por la revolución socialista, sin exigir ya ahora plenamente y «rückhaltlos»[12] la libertad de separación de Rusia de todas las naciones oprimidas por el zarismo. Exigimos esto no independientemente de nuestra lucha revolucionaria por el socialismo, sino porque esta última lucha seguirá siendo una palabra vacía si no se la une en un todo único con el planteamiento revolucionario de todas las cuestiones democráticas, incluida la nacional. Exigimos la libertad de autodeterminación, es decir, la independencia, es decir, la libertad de separación de las naciones oprimidas no porque soñemos con el fraccionamiento económico o con el ideal de los Estados pequeños, sino, al contrario, porque queremos Estados grandes y el acercamiento, incluso la fusión, de las naciones, pero sobre una base verdaderamente democrática, verdaderamente internacionalista, inconcebible sin la libertad de separación. Como Marx en 1869 exigía la separación de Irlanda no para el fraccionamiento, sino para una futura unión libre de Irlanda con Inglaterra, no por «justicia para Irlanda», sino en aras del interés de la lucha revolucionaria del proletariado inglés, así también nosotros consideramos que la renuncia de los socialistas de Rusia a la exigencia de la libertad de autodeterminación de las naciones, en el sentido señalado por nosotros, es una traición directa a la democracia, al internacionalismo y al socialismo.

Escrito en alemán no antes del 16 (29) de octubre de 1915. Firmado: N. Lenin

Publicado por primera vez en 1927 en el Recopilador Leninista VI

Se publica según la traducción del alemán hecha por N. K. Krúpskaya, con correcciones de V. I. Lenin