El desarrollo del movimiento socialista internacional avanza lentamente en esta época de crisis increíblemente dura provocada por la guerra. Pero avanza, sin embargo, precisamente hacia la ruptura con el oportunismo y el socialchovinismo. La Conferencia Socialista Internacional de Zimmerwald (Suiza), celebrada del 5 al 8 de septiembre de 1915, lo demostró con claridad.

Durante todo un año, entre los socialistas de los países beligerantes y neutrales se observó un proceso de vacilaciones y expectativas: temían reconocer ante sí mismos la profundidad de la crisis, no querían mirar la realidad de frente y aplazaban de mil maneras la inevitable ruptura con los oportunistas y kautskianos dominantes en los partidos oficiales de Europa Occidental.

Pero la valoración de los acontecimientos que diéramos hace un año en el manifiesto del Comité Central (núm. 33 de *El Social-Demócrata*{24})[6] resultó acertada; los hechos demostraron su justeza; los acontecimientos tomaron justamente tal curso que en la primera conferencia socialista internacional estuvieron representados los elementos minoritarios de protesta (de Alemania, Francia, Suecia, Noruega), que actúan en contra de las decisiones de los partidos oficiales, es decir, que de hecho actúan de manera escisionista.

Los resultados de los trabajos de la conferencia son el manifiesto y la resolución de solidaridad con los detenidos y perseguidos. Ambos documentos se publican en el presente número de *El Social-Demócrata*. La conferencia rechazó, por 19 votos contra 12, la remisión a una comisión del proyecto de resolución propuesto por nosotros y otros marxistas revolucionarios; en cambio, nuestro proyecto de manifiesto fue remitido a una comisión, junto con otros dos, para elaborar un manifiesto común. En otra sección de este número, el lector encontrará nuestros dos proyectos, cuya comparación con el manifiesto aprobado muestra claramente que se consiguió hacer pasar una serie de ideas fundamentales del marxismo revolucionario.

El manifiesto aprobado significa, de hecho, un paso hacia la ruptura ideológica y práctica con el oportunismo y el socialchovinismo. Pero, al mismo tiempo, este manifiesto, como lo demostrará su análisis, adolece de inconsecuencia y de reticencias.

El manifiesto declara que la guerra es imperialista, señalando dos rasgos de este concepto: el afán de lucro y de explotación de los capitalistas de cada nación, y el afán de las grandes potencias por repartirse el mundo y «someter a esclavitud» a las naciones débiles. Lo más esencial de cuanto hay que decir sobre el carácter imperialista de la guerra, y que está dicho en nuestra resolución, aparece aquí repetido. En esta parte, el manifiesto se limita a popularizar nuestra resolución. La popularización es, sin duda, algo útil. Pero si queremos que el pensamiento de la clase obrera sea claro y concedemos importancia a una propaganda sistemática y tenaz, es necesario precisar de manera exacta y completa los principios que deben ser popularizados. De no hacerlo así, corremos el riesgo de repetir precisamente el error, el pecado de la II Internacional que originó su bancarrota, a saber: dejamos lugar a ambigüedades y tergiversaciones. ¿Se puede negar, por ejemplo, que la idea expresada en la resolución sobre la madurez de las premisas objetivas del socialismo tiene una importancia sustancial? En la exposición «popular» del manifiesto ha sido omitida; el intento de combinar en un solo documento una resolución de principios clara y precisa con un llamamiento no ha tenido éxito.

«Los capitalistas de todos los países... afirman que la guerra sirve para defender la patria... Mienten...» Así continúa el manifiesto. Una vez más, esta declaración directa de que es una «mentira» la idea fundamental del oportunismo en la guerra actual, la idea de la «defensa de la patria», es la repetición de la idea más esencial de la resolución de los marxistas revolucionarios. Y de nuevo nos encontramos con una lamentable reticencia, con una especie de timidez, con el miedo a decir toda la verdad. ¿Quién no sabe ahora, después de un año de guerra, que la verdadera desgracia para el socialismo ha sido la repetición y el apoyo a la mentira de los capitalistas no solo por la prensa capitalista (¡para eso es capitalista, para repetir la mentira de los capitalistas!), sino también por la mayor parte de la prensa socialista? ¿Quién no sabe que no fue la «mentira de los capitalistas» la que provocó la mayor crisis del socialismo europeo, sino la mentira de Guesde, Hyndman, Vandervelde, Plejánov, Kautsky? ¿Quién no sabe que fue precisamente la mentira de tales dirigentes la que demostró de golpe toda la fuerza del oportunismo, que los arrastró consigo en el momento decisivo?

Vean ustedes lo que resulta. Para ser populares entre las amplias masas, se dice que la idea de la defensa de la patria en la guerra actual es una mentira de los capitalistas. Pero las masas en Europa no son analfabetas, y casi todos los que lean el manifiesto han oído y oyen precisamente esa mentira de labios de centenares de periódicos, revistas y folletos socialistas que la repiten siguiendo a Plejánov, Hyndman, Kautsky y Cía. ¿Qué pensarán los lectores del manifiesto? ¿Qué ideas acudirán a su mente ante esta demostración palpable de la timidez de los autores del manifiesto? No prestéis oído a la mentira capitalista sobre la defensa de la patria, enseña el manifiesto a los obreros. Bien. Casi todos responderán o pensarán para sus adentros: la mentira de los capitalistas hace tiempo que ha dejado de perturbarnos, pero la mentira de Kautsky y Cía...

Y más adelante, el manifiesto repite otra idea esencial de nuestra resolución, al decir que los partidos socialistas y las organizaciones obreras de los distintos países «han pisoteado las obligaciones que dimanaban de las decisiones de los congresos de Stuttgart, Copenhague{25} y Basilea», y que la Oficina Socialista Internacional{26} tampoco cumplió con su deber; que este incumplimiento del deber consistió en votar los créditos de guerra, en participar en el gobierno y en aceptar la «paz civil» (el manifiesto califica de servil la sumisión a ella, es decir, acusa a Guesde, Plejánov, Kautsky y Cía. de sustituir la prédica del socialismo por la prédica de ideas serviles).

Cabe preguntarse si es consecuente hablar en un manifiesto «popular» de la violación de su deber por parte de una serie de partidos —es notorio que se trata de los partidos y organizaciones obreras más fuertes de todos los países más adelantados, Inglaterra, Francia, Alemania— sin dar una explicación de este hecho sorprendente, inaudito y jamás visto. ¡El incumplimiento de su deber por la mayoría de los partidos socialistas y por la propia Oficina Socialista Internacional! ¿Qué significa esto? ¿Una casualidad y la bancarrota de algunos individuos? ¿O un viraje de toda una época? Si es lo primero, si consentimos que semejante idea anide en las masas, equivaldría a nuestra renuncia a los fundamentos de la doctrina socialista. Si es lo segundo, ¿cómo es posible no decirlo abiertamente? Estamos ante un momento de importancia histórico-mundial, ante la bancarrota de toda la Internacional, ante el viraje de toda una época, y nosotros tememos decir a las masas que es necesario buscar y desentrañar toda la verdad, que hay que llevar las ideas hasta sus últimas consecuencias, que es absurdo y ridículo suponer que la bancarrota de la Oficina Socialista Internacional y de una serie de partidos pueda desligarse de la larga historia de surgimiento, crecimiento, maduración y sobremaduración de la corriente oportunista paneuropea, que tiene profundas raíces económicas, profundas no en el sentido de un vínculo indisoluble con las masas, sino en el sentido de un vínculo con una determinada capa de la sociedad.

Al pasar a la «lucha por la paz», el manifiesto declara: «esta lucha es una lucha por la libertad, por la fraternidad de los pueblos, por el socialismo», y después explica que en la guerra los obreros hacen sacrificios «al servicio de las clases dominantes», mientras que deben saber hacer sacrificios «por su propia causa» (subrayado dos veces en el manifiesto), «por los sacrosantos fines del socialismo»; y en la resolución de solidaridad con los luchadores detenidos y perseguidos se dice que «la Conferencia asume el solemne compromiso de honrar a estos luchadores, vivos y muertos, imitando su ejemplo» y que se plantea como tarea «despertar el espíritu revolucionario en el proletariado internacional».

Todas estas ideas son la repetición de aquella idea sustancial de nuestra resolución de que la lucha por la paz sin la lucha revolucionaria es una frase vacía y mendaz, y de que el único camino para librarse de los horrores de la guerra es la lucha revolucionaria por el socialismo. Y de nuevo la reticencia, la inconsecuencia, la timidez: llamar a las masas a imitar a los luchadores revolucionarios, declarar que los cinco miembros de la Fracción del POSDR condenados a deportación a Siberia continuaron «las gloriosas tradiciones revolucionarias de Rusia», proclamar la necesidad de «despertar el espíritu revolucionario» y... no hablar directa, abierta y concretamente de los medios revolucionarios de lucha.

¿Debía nuestro Comité Central suscribir un manifiesto que adolece de inconsecuencia y timidez? Creemos que sí. Nuestro desacuerdo —el desacuerdo no solo del Comité Central, sino de toda la parte izquierda, internacional, marxista revolucionaria de la conferencia— ha sido expresado abiertamente tanto en una resolución especial como en un proyecto especial de manifiesto y en una declaración especial a propósito de la votación en favor del manifiesto de compromiso{27}. No hemos ocultado ni un ápice de nuestros puntos de vista, de nuestras consignas, de nuestra táctica. En la conferencia se repartió la edición alemana del folleto *El socialismo y la guerra*[7]. Hemos difundido, difundimos y difundiremos nuestros puntos de vista no menos de lo que se difundirá el manifiesto. Que este manifiesto da un paso adelante hacia una verdadera lucha contra el oportunismo, hacia la ruptura y la escisión con él, es un hecho. Habría sido sectarismo negarse a dar ese paso adelante junto con la minoría de los alemanes, franceses, suecos, noruegos y suizos, cuando conservamos una plena libertad y una plena posibilidad de criticar la inconsecuencia y pugnar por algo más[8]. Sería una mala táctica de guerra negarse a marchar junto con el creciente movimiento internacional de protesta contra el socialchovinismo, pretextando que este movimiento es lento, que da «solo» un paso adelante, que está dispuesto y quiere mañana dar un paso atrás, ir a la paz con la vieja Oficina Socialista Internacional. La disposición a reconciliarse con los oportunistas no pasa de ser, por ahora, un deseo, nada más. ¿Aceptarán la paz los oportunistas? ¿Es objetivamente posible la paz entre las corrientes del socialchovinismo, del kautskismo y del marxismo internacionalista revolucionario, que divergen cada vez más profundamente? Creemos que no, y seguiremos en lo sucesivo nuestra línea, alentados por el éxito que ha tenido en la conferencia del 5 al 8 de septiembre.

Porque el éxito de nuestra línea es indiscutible. Comparen los hechos. En septiembre de 1914, el manifiesto de nuestro Comité Central parecía un caso aislado. En marzo de 1915, la Conferencia Internacional de Mujeres{28} con una pobre resolución pacifista, a la que el Comité de Organización sigue ciegamente. En septiembre de 1915, nos agrupamos en todo un bloque de la izquierda internacional, intervenimos con nuestra táctica, logramos hacer pasar una serie de nuestras ideas fundamentales en el manifiesto común y participamos en la formación de la I.S.C. (Comisión Socialista Internacional), es decir, de hecho, de una nueva Oficina Socialista Internacional, contra la voluntad de la vieja, sobre la base de un manifiesto que condena abiertamente la táctica de la vieja.

Los obreros de Rusia, que ya en 1912–1914 seguían en su inmensa mayoría a nuestro partido y a su Comité Central, verán ahora por la experiencia del movimiento socialista internacional que nuestra táctica se confirma también en una arena más amplia y que nuestras ideas fundamentales son compartidas por una parte cada vez más extensa y mejor de la Internacional proletaria.

*El Social-Demócrata*, núms. 45–46, 11 de octubre de 1915.  
Se imprime según el texto del periódico *El Social-Demócrata*.