La «disolución» de la IV Duma{11}, como respuesta a la formación en su seno de un bloque opositor de liberales, octubristas y nacionalistas, es una de las manifestaciones más patentes de la crisis revolucionaria en Rusia. Derrota de los ejércitos de la monarquía zarista – crecimiento del movimiento huelguístico y revolucionario en el proletariado – efervescencia en las amplias masas – bloque liberal-octubrista para un acuerdo con el zar sobre la base de un programa de reformas y de movilización de la industria para derrotar a Alemania. Tal es la secuencia y concatenación de los acontecimientos al final del primer año de guerra.

Ahora todos ven que la crisis revolucionaria en Rusia es un hecho, mas no todos comprenden correctamente su significado ni las tareas del proletariado que de ella se derivan.

La historia parece repetirse: de nuevo la guerra, como en 1905, y además una guerra a la que el zarismo ha arrastrado al país con fines determinados y manifiestos de conquista, rapacidad y reacción. De nuevo la derrota en la guerra y la crisis revolucionaria acelerada por ella. De nuevo la burguesía liberal – esta vez incluso con las más amplias capas de la burguesía conservadora y de los terratenientes – plantea un programa de reformas y de acuerdo con el zar. Casi como en el verano de 1905, antes de la Duma de Bulyguin, o como en el verano de 1906, después de la disolución de la I Duma.

Sin embargo, en realidad existe una diferencia enorme: la guerra abarca ahora a toda Europa, a todos los países avanzados con un movimiento socialista masivo y poderoso. La guerra imperialista ha vinculado la crisis revolucionaria en Rusia, crisis sobre la base de una revolución democrático-burguesa, con la creciente crisis de la revolución proletaria, socialista, en Occidente. Este vínculo es tan directo que ya no es posible ninguna solución aislada de las tareas revolucionarias en uno u otro país: la revolución democrático-burguesa en Rusia no es ya únicamente el prólogo, sino parte integrante inseparable de la revolución socialista en Occidente.

Llevar hasta el fin la revolución burguesa en Rusia para encender la revolución proletaria en Occidente: así se planteaba la tarea del proletariado en 1905. En 1915, la segunda mitad de esta tarea se ha vuelto tan perentoria que pasa al orden del día simultáneamente con la primera. Ha surgido una nueva división política en Rusia sobre el terreno de relaciones internacionales nuevas, más elevadas, más desarrolladas, más entrelazadas. Esta nueva división entre los revolucionarios-chovinistas, que quieren la revolución para derrotar a Alemania, y los revolucionarios-internacionalistas proletarios, que quieren la revolución en Rusia para la revolución proletaria en Occidente y simultáneamente con ella. Esta nueva división es, en esencia, la división entre la pequeña burguesía urbana y rural en Rusia y el proletariado socialista. Es necesario tomar clara conciencia de esta nueva división, pues la primera tarea de un marxista, es decir, de todo socialista consciente, ante la revolución que se avecina consiste en comprender la posición de las diferentes clases, en reducir las divergencias tácticas y de principio en general a las diferencias en la posición de las diferentes clases.

No hay nada más vulgar, nada más despreciable y nocivo que la idea corriente de los filisteos revolucionarios: «olvidar» las divergencias «con motivo» de la tarea común inmediata en la revolución en marcha. Quien no haya sido convencido de la estupidez de esta idea por la experiencia de la década 1905-1914, es un caso perdido en el aspecto revolucionario. Quien ahora se limita a exclamaciones revolucionarias, sin analizar qué clases han demostrado que pueden y están dispuestas a marchar tras tal o cual programa revolucionario, no se diferencia en esencia de «revolucionarios» como Jrustalev, Aládin o Aleksinski.

Tenemos ante nosotros la posición clara de la monarquía y de los terratenientes feudales: «no entregar» Rusia a la burguesía liberal; antes bien, un trato con la monarquía alemana. Igualmente clara es la posición de la burguesía liberal: aprovechar la derrota y la revolución creciente para conseguir, de la monarquía atemorizada, concesiones y la distribución del poder con la burguesía. Asimismo es clara la posición del proletariado revolucionario, que aspira a llevar la revolución hasta el fin, utilizando las vacilaciones y las dificultades del gobierno y de la burguesía. En cuanto a la pequeña burguesía, es decir, la masa gigantesca de la población rusa que apenas despierta, marcha a tientas, «a ciegas», a remolque de la burguesía, cautiva de los prejuicios nacionalistas, por un lado, empujada hacia la revolución por los horrores y calamidades inauditos e inenarrables de la guerra, la carestía, la ruina, la miseria y el hambre, y por el otro, volviendo la vista atrás a cada paso, hacia la idea de la defensa de la patria, o hacia la idea de la integridad estatal de Rusia, o hacia la idea del bienestar de los pequeños campesinos gracias a la victoria sobre el zarismo y sobre Alemania, sin victoria sobre el capitalismo.

Estas vacilaciones del pequeño burgués, del pequeño campesino, no son una casualidad, sino un resultado inevitable de su situación económica. Es insensato esconderse de esta verdad «amarga» pero profunda; hay que comprenderla y seguirla en las corrientes y agrupaciones políticas existentes, para no engañarse a sí mismo ni al pueblo, para no debilitar ni enervar al partido revolucionario del proletariado socialdemócrata. El proletariado se enervará a sí mismo si permite que su partido vacile como vacila la pequeña burguesía. El proletariado cumplirá su tarea sólo cuando sea capaz de marchar hacia su gran objetivo, sin vacilaciones, impulsando hacia adelante a la pequeña burguesía, dejándole aprender de sus propios errores cuando se bambolea hacia la derecha, utilizando todas sus fuerzas para el empuje cuando la vida la obligue a ir hacia la izquierda.

Los trudovikí, los socialrevolucionarios (eseristas){12}, los liquidacionistas-«okistas»: ésas son las corrientes políticas en Rusia que se han perfilado plenamente en la última década, que han demostrado su vínculo con diversos grupos, elementos y capas de la pequeña burguesía, que han puesto de manifiesto sus vacilaciones desde la extremada revolucionariedad verbal hasta la alianza de hecho con los socialistas populares{13} chovinistas o con «Nuestra Zaria». Por ejemplo, el 3 de septiembre de 1915, el quinteto de secretarios en el extranjero del Comité de Organización (OK) lanzó un llamamiento sobre las tareas del proletariado, en el que ni una palabra se dice del oportunismo y del socialchovinismo, pero sí se habla de la «insurrección» en la retaguardia del ejército alemán (¡esto después de un año de lucha contra la consigna de la guerra civil!) y se proclama la consigna, tan loada por los cadetes{14} en 1905, de la «Asamblea Constituyente para poner fin a la guerra y para liquidar el régimen autocrático (del 3 de junio)»!! Quien no comprenda la necesidad de la separación total, en interés del éxito de la revolución, del partido del proletariado respecto a estas corrientes pequeñoburguesas, toma en vano el nombre de socialdemócrata.

No; ante la crisis revolucionaria en Rusia, acelerada precisamente por la derrota – esto es lo que los heterogéneos adversarios del «derrotismo» temen reconocer –, las tareas del proletariado consistirán, como hasta ahora, en la lucha contra el oportunismo y el chovinismo, sin la cual es imposible el desarrollo de la conciencia revolucionaria de las masas, y en ayudar a su movimiento mediante consignas revolucionarias inequívocas. No la Asamblea Constituyente, sino el derrocamiento de la monarquía, la república, la confiscación de la tierra de los terratenientes y la jornada laboral de 8 horas: tales seguirán siendo las consignas del proletariado socialdemócrata, las consignas de nuestro partido. Y, en vínculo indisoluble con ello, para, en los hechos, en toda su propaganda y agitación, en todas las intervenciones de la clase obrera, separar y contraponer las tareas del socialismo a las tareas del chovinismo burgués (incluido el de Plejánov y el de Kautsky), nuestro partido enarbolará, como hasta ahora, la consigna de transformar la guerra imperialista en guerra civil, es decir, la consigna de la revolución socialista en Occidente.

Las lecciones de la guerra obligan incluso a nuestros adversarios a reconocer de hecho tanto la posición del «derrotismo» como la necesidad de plantear – primero como frase tajante en un llamamiento, y luego de un modo más serio, más reflexivo – la consigna de la «insurrección en la retaguardia» de los militaristas alemanes, es decir, la consigna de la guerra civil. Las lecciones de la guerra, como se ve, están metiendo en la cabeza justamente lo que nosotros venimos predicando desde el comienzo de la misma. La derrota de Rusia ha resultado ser el mal menor, pues ha hecho avanzar la crisis revolucionaria en una escala grandísima, ha removido a millones, a decenas y a centenas de millones. Y la crisis revolucionaria en Rusia, en el marco de la guerra imperialista, no podía dejar de orientar el pensamiento hacia la idea de la única salvación de los pueblos, hacia la idea de la «insurrección en la retaguardia» del ejército alemán, es decir, hacia la idea de la guerra civil en todos los países beligerantes.

La vida enseña. La vida marcha, a través de la derrota de Rusia, hacia la revolución en ella, y a través de esta revolución, en conexión con ella, hacia la guerra civil en Europa. La vida ha emprendido este camino. Y el partido del proletariado revolucionario de Rusia, habiendo extraído nuevas fuerzas de estas lecciones de la vida que lo han justificado, marchará con energía redoblada por la senda que se ha trazado.

Escrito en septiembre, con posterioridad al 5 (18) de 1915.

Publicado por primera vez el 7 de noviembre de 1928 en el periódico «Pravda» núm. 260.

Se publica según el manuscrito.