Poco antes de la conferencia de Zimmerwald, apareció en Zúrich, en alemán, el folleto de P. Axelrod: «La crisis y las tareas de la socialdemocracia internacional». En el periódico zuriqués «Derecho del Pueblo»{34} aparecieron luego dos artículos laudatorios sobre este folleto, firmados por L. Mártov. No sabemos si ambos autores publicarán estas obras en ruso. No se puede encontrar mejor ilustración de con qué argumentos defienden los dirigentes del OK el oportunismo y el socialchovinismo.

Como hilo rojo atraviesa todo el folleto la lucha contra los «peligros que amenazan la unidad del partido». «Cisma y turbulencia»: eso es lo que teme Axelrod, de eso habla con repeticiones infinitas hasta la exasperación. ¡No crean que por turbulencia y cisma entiende la situación actual de la socialdemocracia, la alianza de sus dirigentes con una u otra burguesía nacional! ¡No! Axelrod llama turbulencia a la clara delimitación y separación de los socialchovinistas. A Kautsky lo incluye Axelrod en la categoría de camaradas «cuyo sentido y conciencia internacionales están por encima de toda duda». Al mismo tiempo, a lo largo de 46 páginas ni una sombra de intento de reunir las opiniones de Kautsky, de citarlas exactamente, de sopesar si no hay chovinismo en el reconocimiento de la idea de la defensa de la patria en esta guerra. Ni una palabra sobre el fondo. Ni un sonido sobre nuestros argumentos. En cambio, «denuncia ante la autoridad»: Lenin en una conferencia en Zúrich habría llamado a Kautsky chovinista, filisteo, traidor (pág. 21)… ¡Esto no es literatura, queridos Mártov y Axelrod, sino una especie de «escritura» de comisaría!

«En Occidente… no existe esa variedad de superhombres que utilizan toda crisis del partido, toda situación difícil, para actuar como únicos salvadores del partido de la perdición y para llevar a cabo con ligereza una política interna del partido de turbulencia y desorganización» (22).

¿Qué es esto? ¿literatura?

Pero si «en Occidente» no hay tales supermonstruos que consideran chovinistas y oportunistas al mismísimo Kautsky y a Axelrod, y ante cuyo pensamiento el querido Axelrod tiembla de rabia y derrama torrentes de tan elegante y fragante… «lírica», ¿cómo pudo Axelrod dos páginas antes escribir:

«Si se tiene en cuenta la creciente indignación en círculos cada vez más amplios del partido, especialmente en Alemania y Francia, contra esa política de «aguantar hasta el final» que llevan a cabo nuestras instituciones responsables del partido, no parece en absoluto imposible que las tendencias prácticas de la propaganda leninista puedan penetrar por diversos canales también en las filas de la socialdemocracia occidental».

¡Entonces, no se trata de supermonstruos genuinamente rusos que ofenden al querido Axelrod! ¡Entonces, el chovinismo internacional de los partidos oficiales —tanto en Alemania como en Francia, como el propio Axelrod reconoce, ¡fíjense!— provoca indignación y resistencia de los socialdemócratas revolucionarios internacionales! Estamos, por consiguiente, ante dos corrientes. Ambas son internacionales. Axelrod se enfada e insulta porque no comprende la inevitabilidad de ambas corrientes, la inevitabilidad de una lucha decisiva entre ellas, y además porque le da vergüenza, le resulta incómodo y poco ventajoso reconocer abiertamente su propia posición, que consiste en querer parecer internacionalista y ser chovinista.

«El problema de internacionalizar el movimiento obrero no es idéntico a la cuestión de revolucionar nuestras formas y métodos de lucha»… esto, verá, es una «explicación ideológica» que lo reduce todo al oportunismo e ignora la «enorme fuerza» de las «ideas patrióticas», que son «productos de un proceso histórico milenario»… «hay que esforzarse por crear, en el marco de esta sociedad burguesa, una realidad efectiva (cursiva de Axelrod), condiciones objetivas de vida, al menos para las masas obreras en lucha, condiciones que puedan debilitar esa dependencia», a saber: «la dependencia de las masas respecto a las formaciones sociales nacionales y territoriales históricamente constituidas». «Por ejemplo», explica su profundo pensamiento Axelrod, «la legislación sobre protección del trabajo y sobre seguros, así como diversas otras reivindicaciones políticas importantes, por último, las necesidades y aspiraciones culturales y educativas de los obreros deben ser objeto de acciones y organizaciones internacionales (cursiva de Axelrod) de los proletarios de los distintos países». Todo consiste en la «internacionalización precisamente de la lucha «cotidiana» por las reivindicaciones del día…»

¡Pues muy bien! ¡Y luego unos supermonstruos inventaron la lucha contra el oportunismo! El verdadero internacionalismo —en cursiva— y el auténtico «marxismo», que no se contenta con explicaciones «ideológicas», ¡consiste en preocuparse por la internacionalización de la legislación sobre seguros! ¡Qué idea genial… sin ninguna «lucha, cismas, turbulencias» todos los oportunistas internacionales, todos los liberales internacionales, desde Lloyd George hasta Fr. Naumann y desde Leroy-Beaulieu hasta Miliukov, Struve y Guchkov, firmarán con ambas manos este científico, profundo y objetivo «internacionalismo» de Axelrod, Mártov y Kautsky.

Perlas del «internacionalismo»: Kautsky —si defiendo a mi patria en una guerra imperialista, es decir, una guerra por el saqueo y la esclavización de países extranjeros, y reconozco el derecho de los obreros de otros países beligerantes a defender su patria, entonces eso es verdadero internacionalismo. Axelrod —sin dejarse llevar por ataques «ideológicos» al oportunismo, hay que luchar realmente contra el nacionalismo milenario mediante la (también milenaria) internacionalización del trabajo cotidiano en el ámbito de las leyes de seguros. ¡Mártov está de acuerdo con Axelrod!

Las frases de Axelrod sobre las raíces milenarias del nacionalismo, etc., tienen exactamente el mismo significado político que los discursos de los terratenientes rusos antes de 1861 sobre las raíces milenarias de la servidumbre. Estas frases son agua para el molino de los reaccionarios y la burguesía, pues Axelrod calla —modestamente calla— que las décadas de desarrollo capitalista, especialmente después de 1871, crearon precisamente esos vínculos internacionales objetivos entre los proletarios de todos los países que precisamente ahora, precisamente en este momento, deben realizarse en acciones internacional-revolucionarias. ¡Axelrod está contra tales acciones! ¡Está a favor de recordar las raíces milenarias del látigo y en contra de las acciones dirigidas a destruir el látigo!

¿Y qué hacer con la revolución proletaria? El Manifiesto de Basilea de 1912 hablaba de ella en relación con esta guerra que se avecinaba —y que estalló dos años después. Axelrod considera, sin duda, este Manifiesto como una «ideología» frívola —expresioncita muy al estilo del «marxismo» à la Struve y Cunow— y no dice ni una palabra sobre él. De la revolución se deshace del siguiente modo:

«La tendencia a ver la palanca para superar el nacionalismo única y exclusivamente en las acciones revolucionarias de masas tumultuosas o en las insurrecciones tendría aún cierta justificación si estuviéramos directamente en vísperas de la revolución social, como, por ejemplo, ocurría en Rusia desde las manifestaciones estudiantiles de 1901, que fueron precursoras de la proximidad de las batallas decisivas contra el absolutismo. Pero incluso aquellos camaradas que basan todas sus esperanzas en la pronta llegada de un período revolucionario tumultuoso no se atreven a afirmar con certeza que el choque decisivo del proletariado con la burguesía es inminente. Por el contrario, también ellos cuentan con un período que durará decenios» (pág. 41).

Y más adelante, por supuesto, truenos contra la «utopía» y los «bakuninistas» en la emigración rusa.

Pero el ejemplo escogido por Axelrod desenmascora a nuestro oportunista de manera incomparable. ¿Podía alguien, sin haber perdido el juicio, «afirmar con certeza», en 1901, que la lucha decisiva contra el absolutismo en Rusia «era inminente»? Nadie podía, nadie lo afirmó. Nadie podía saber entonces que en cuatro años se libraría una de las batallas decisivas (diciembre de 1905); y la siguiente batalla «decisiva» contra el absolutismo «sobrevendrá», quizás, en 1915–1916, o quizás más tarde.

Si nadie afirmó, no solo con certeza, sino en general, en 1901, que la batalla decisiva se avecinaba «inmediatamente»; si nosotros afirmábamos entonces que los gritos «histéricos» de Krichevski, Mártinov y Cía. sobre una batalla «inmediata» no eran serios, entonces nosotros, los socialdemócratas revolucionarios, afirmábamos con certeza otra cosa: afirmábamos entonces que solo unos oportunistas sin esperanza podían en 1901 no comprender la tarea del apoyo inmediato a las manifestaciones revolucionarias de 1901, de su estímulo, su desarrollo, la propaganda de las consignas revolucionarias más decididas para ellas. Y la historia nos dio la razón, solo a nosotros, condenando a los oportunistas y expulsándolos por largo tiempo del movimiento obrero, aunque «inmediatamente» no se avecinaba una batalla decisiva, aunque la primera batalla decisiva ocurrió solo cuatro años después y resultó no ser la última, por lo tanto, no decisiva.

Exactamente lo mismo, literalmente lo mismo, vive Europa ahora. Ni una sombra de duda puede haber de que en la Europa de 1915 existe una situación revolucionaria, como la hubo en Rusia en 1901. No podemos saber si la primera batalla «decisiva» del proletariado contra la burguesía ocurrirá dentro de cuatro años, o dentro de dos, o dentro de diez o más años; si la «segunda» batalla «decisiva» seguirá dentro de otra década. Pero sabemos firmemente y afirmamos «con certeza» que ahora nuestro deber inmediato y directo es apoyar la fermentación naciente y las manifestaciones que ya han comenzado. En Alemania, la multitud abucheó a Scheidemann; en muchos países, la multitud manifestó contra la carestía. De este deber directo e incondicional del socialdemócrata, Axelrod se evade y disuade a los obreros. Si se toma el sentido político y el resultado de los razonamientos de Axelrod, la conclusión solo puede ser una: Axelrod, junto con los líderes del socialpatriotismo y el socialchovinismo, está en contra de la propaganda inmediata y la preparación de acciones revolucionarias. En eso está la esencia. Todo lo demás son palabras.

Estamos, sin duda, en vísperas de la revolución socialista. Esto lo reconocieron incluso los teóricos más «cautelosos» como Kautsky ya en 1909 («El camino al poder»), esto lo reconoció también el Manifiesto de Basilea de 1912, adoptado por unanimidad. Así como en 1901 no sabíamos si la «víspera» de la primera revolución rusa duraría cuatro años desde ese momento, tampoco lo sabemos ahora. La revolución puede consistir y, probablemente, consistirá en batallas prolongadas, en varios períodos de asalto, con intervalos de convulsiones contrarrevolucionarias del régimen burgués. Toda la esencia de la situación política actual radica enteramente en esto: aprovechar la situación revolucionaria que ya existe, apoyando y desarrollando los movimientos revolucionarios. Sí o no. En esta cuestión se dividen políticamente ahora los socialchovinistas y los internacionalistas revolucionarios. Y en esta cuestión, Kautsky, Axelrod y Mártov están del lado de los socialchovinistas, a pesar de las frases revolucionarias de todos ellos, como las de los cinco secretarios del extranjero del Comité Organizador.

Axelrod encubre su defensa del socialchovinismo con una fraseología extraordinariamente generosa. Su folleto sirve como ejemplo, para ilustrar cómo se encubren las propias convicciones, cómo se utilizan la lengua y la palabra impresa para ocultar los propios pensamientos. Axelrod declina innumerables veces la palabra internacionalismo, reprueba a los socialpatriotas y a sus amigos por no querer moverse a la izquierda, insinúa que él es «más izquierdista» que Kautsky, habla también de la necesidad de la III Internacional, que debe ser tan fuerte que, ante los intentos de la burguesía de encender un incendio bélico mundial, responda «no con amenazas, sino con la ignición del asalto revolucionario» (14), etc., etc., sin fin. En palabras, Axelrod está dispuesto a reconocer todo lo que se quiera, incluso el asalto revolucionario; pero en la práctica, quiere la unidad con Kautsky y, por lo tanto, con Scheidemann en Alemania, con la chovinista y contrarrevolucionaria «Nuestra Causa»{35} y la fracción de Chjeidze en Rusia; en la práctica, está en contra de apoyar y desarrollar ahora el movimiento revolucionario que comienza. En palabras, todo; en la práctica, nada. Juramentos y promesas de que somos «internacionalistas» y revolucionarios, pero en la práctica, apoyo a los socialchovinistas y oportunistas de todo el mundo en su lucha contra los internacionalistas revolucionarios.

Escrito no antes del 28 de septiembre (11 de octubre) de 1915.

Publicado por primera vez en 1924 en la revista «Revolución Proletaria» n.º 3

Se imprime según el manuscrito.

Primera página del manuscrito de V. I. Lenin «El proletariado revolucionario y el derecho de las naciones a la autodeterminación». – 1915 (Reducido)