La lucha ideológica en la conferencia se desarrolló entre un grupo cohesionado de internacionalistas, marxistas revolucionarios, y los vacilantes casi-kautskyanos, que constituían el flanco derecho de la conferencia. La cohesión de dicho grupo fue uno de los hechos más importantes y uno de los mayores éxitos de la conferencia. Después de todo un año de guerra, la única corriente dentro de la Internacional que presentó una resolución plenamente definida – así como un proyecto de manifiesto basado en ella – y que unió a los marxistas consecuentes de Rusia, Polonia, el Territorio de Letonia, Alemania, Suecia, Noruega, Suiza y Holanda resultó ser la corriente representada por nuestro partido.

¿Cuáles fueron los argumentos esgrimidos contra nosotros por los vacilantes? Los alemanes reconocían que marchábamos al encuentro de batallas revolucionarias, pero, decían, de cosas como el hermanamiento en las trincheras, las huelgas políticas, las manifestaciones callejeras, la guerra civil, no hay que pregonarlas a los cuatro vientos. Esto se hace, pero no se habla de ello. Y otros añadían: eso es infantilismo, es incitación a brotes esporádicos.

Con estos discursos, tan ridícula e indecentemente contradictorios y evasivos, los semikautskyanos alemanes se castigaron a sí mismos al aprobar una expresión de simpatía y la declaración de la necesidad de «imitar» a los miembros de la Fracción del POSDR, que precisamente difundían nuestro Órgano Central, «Sotsial-Demokrat», el cual «pregonaba a los cuatro vientos» la guerra civil.

Actuáis siguiendo el mal ejemplo de Kautsky, respondíamos a los alemanes: de palabra, reconocimiento de la revolución venidera; de hecho, negativa a hablar a las masas directamente de ella, a llamarlas a ella, a señalar los medios más concretos de lucha que la masa prueba y consagra en el curso de la revolución. Marx y Engels desde el extranjero – ¡a los filisteos alemanes les parecía horrible que se quisiera hablar de los medios revolucionarios de lucha desde el extranjero! – en 1847, en el famoso «Manifiesto del Partido Comunista», llamaban a la revolución, hablaban directa y abiertamente de la aplicación de la violencia, declaraban «despreciable» la ocultación de sus objetivos, tareas y métodos revolucionarios de lucha. La revolución de 1848 demostró que sólo Marx y Engels abordaron los acontecimientos con una táctica acertada. En Rusia, varios años antes de la revolución de 1905, en el viejo «Iskra» de 1901{29}, Plejánov, entonces marxista, escribía en un artículo sin firma, como expresión de las opiniones de toda la redacción, sobre la insurrección venidera y sobre los medios de prepararla, como las manifestaciones callejeras, e incluso sobre procedimientos técnicos como el empleo de alambre para combatir a la caballería. La revolución en Rusia demostró que sólo los viejos «iskristas» abordaron los acontecimientos con una táctica acertada.

Y ahora: una de dos. O estamos real y firmemente convencidos de que la guerra crea en Europa una situación revolucionaria, de que toda la situación económica y sociopolítica de la época imperialista conduce a la revolución del proletariado. En ese caso, nuestro deber incondicional es explicar a las masas la necesidad de la revolución, llamarlas a ella, crear las organizaciones correspondientes, no temer hablar del modo más concreto de los diversos procedimientos de la lucha violenta y de su «técnica». Este deber incondicional nuestro no depende de que la revolución sea suficientemente fuerte ni de que estalle en relación con la primera o segunda guerra imperialista, etc. O no estamos seguros de que la situación sea revolucionaria, y entonces no hay por qué emplear en vano palabras sobre la guerra a la guerra. Entonces somos, de hecho, políticos obreros nacional-liberales del matiz de Südekum-Plejánov o kautskyano.

Los delegados franceses también declararon que, a su juicio, la situación actual de Europa conducirá a la revolución. Pero, decían, no hemos venido aquí para «dar la fórmula de la III Internacional», en primer lugar; y en segundo lugar, el obrero francés «no cree en nadie ni en nada»; está corrompido y hastiado por la frase anarquista y herveísta. El primer argumento es insensato, pues en el manifiesto general de compromiso se «da la fórmula» de la III Internacional, sólo que de modo inconsecuente, incompleto y sin haberla pensado hasta el fin. El segundo argumento es muy importante como argumento fáctico serio, como consideración de la situación particular de Francia, no en el sentido de la defensa de la patria y de la invasión enemiga, sino en el de los «puntos débiles» del movimiento obrero francés. Pero de esta consideración se desprendería únicamente que los socialistas franceses tal vez se aproximarían más lentamente a las acciones revolucionarias paneuropeas del proletariado, y en modo alguno que esas acciones no sean necesarias. La cuestión de con qué rapidez, por qué vía y en qué formas específicas es capaz el proletariado de los distintos países de pasar a las acciones revolucionarias, no se planteó en absoluto en la conferencia, y tampoco se podía plantear. Aún no hay datos para ello. Nuestra tarea, por ahora, es predicar en común la táctica acertada, y luego los acontecimientos mostrarán el ritmo del movimiento y las modificaciones (nacionales, locales, profesionales) del cauce general. Si el proletariado francés está corrompido por la frase anarquista, también lo está por el millerandismo; y no es cosa nuestra reforzar esa corrupción con las medias tintas del manifiesto.

Nada menos que el propio Merrheim dejó caer una frase característica y profundamente acertada: «el partido (socialista), Jouhaux (secretario de la Confederación General del Trabajo{30}) y el gobierno son tres cabezas bajo un mismo gorro». Es la verdad. Es un hecho demostrado por un año de experiencia en la lucha de los internacionalistas franceses contra el partido y los señores Jouhaux. Pero de aquí se desprende una sola conclusión: no se puede luchar contra el gobierno sin luchar contra los partidos oportunistas y contra los jefes del anarcosindicalismo. Y las tareas de esta lucha el manifiesto común, a diferencia de nuestra resolución, sólo las esbozó, pero no las expresó hasta el fin.

Un italiano, objetando contra nuestra táctica, dijo: «la táctica de ustedes es o demasiado tarde (pues la guerra ya ha estallado) o demasiado pronto» (pues la guerra aún no ha engendrado las condiciones de la revolución); y, además, proponéis un «cambio de programa» de la Internacional, pues siempre toda nuestra propaganda se ha llevado «contra la violencia». Fácil nos fue responder a esto, con una cita de «¡En garde!» («¡En guardia!») de Jules Guesde, que nunca ningún dirigente influyente de la II Internacional ha negado la aplicación de la violencia ni los métodos de lucha directamente revolucionarios en general. Siempre dijeron todos que la lucha legal, el parlamentarismo y la insurrección están recíprocamente vinculados y deben pasar inevitablemente el uno al otro según cambien las condiciones del movimiento. A propósito, del mismo libro «¡En garde!» citamos un pasaje del discurso de Guesde de 1899, donde habla de la probabilidad de una guerra por los mercados, las colonias, etc., señalando que si en tal guerra hubiera Millerands franceses, alemanes, ingleses, «¿qué sería de la solidaridad internacional del proletariado?». Guesde se condenó a sí mismo de antemano con este discurso.

Y en cuanto a la «inoportunidad» de la prédica de la revolución, esta objeción se basa en la confusión de conceptos habitual entre los socialistas románicos: confunden el comienzo de la revolución con la prédica abierta y directa de la misma. En Rusia, el comienzo de la revolución de 1905 nadie lo sitúa antes del 9 de enero de 1905; mientras que la prédica revolucionaria en el sentido más estricto, la propaganda y la preparación de las acciones de masas, manifestaciones, huelgas y barricadas se venía realizando años antes. Por ejemplo, el viejo «Iskra» desde fines de 1900 llevaba a cabo esa prédica, como Marx la había llevado desde 1847, cuando del comienzo de la revolución en Europa no podía hablarse todavía.

Cuando la revolución ya ha comenzado, entonces la «reconocen» también los liberales y otros enemigos suyos, la reconocen con frecuencia para engañarla y traicionarla. Los revolucionarios, antes del estallido de la revolución, la prevén, tienen conciencia de su inevitabilidad, enseñan a las masas su necesidad, explican a las masas sus vías y sus métodos.

La ironía de la historia hizo que precisamente Kautsky y sus amigos, que intentaron arrancar directamente de las manos de Grimm la convocatoria de la conferencia, que intentaron directamente hacer fracasar la conferencia de la izquierda (los amigos más cercanos de Kautsky realizaron incluso viajes con este fin, lo que fue desenmascarado por Grimm en la conferencia), precisamente ellos empujaron la conferencia hacia la izquierda. Los oportunistas y los kautskyanos demuestran con su práctica la justeza de la posición adoptada por nuestro partido.

«Sotsial-Demokrat», núm. 45-46, 11 de octubre de 1915.

Se publica según el texto del periódico «Sotsial-Demokrat».