En la Suiza francesa, donde el chovinismo francófilo se desata apenas menos furiosamente que en Francia, se ha alzado la voz de un socialista honesto. En nuestra época vil, esto es todo un acontecimiento. Y tanto más necesario nos es escuchar atentamente esta voz, cuanto que en este caso tenemos que vérnoslas con un socialista de temperamento y mentalidad típicamente franceses –o mejor dicho: románicos, pues los italianos, por ejemplo, también lo son–.

Se trata de un pequeño folleto de Paul Golay, redactor de un modesto periódico socialista en Lausana. El autor leyó en esta ciudad, el 11 de marzo de 1915, una conferencia sobre el tema «El socialismo agonizante y el socialismo que debe renacer» y luego la reeditó por separado[1].

«El 1 de agosto de 1914 estalló la guerra. Durante semanas, antes y después de esta fecha, ahora célebre, millones de hombres aguardaron». Así empieza el autor. Millones aguardaban a que las resoluciones y declaraciones de los jefes del socialismo condujeran «a una insurrección poderosa que con su torbellino barriera a los gobiernos criminales». Pero las esperanzas de millones fueron defraudadas. Intentamos, dice Golay, «justificar de una manera fraternal» a los socialistas por lo «fulminantemente imprevisto de la guerra», por la falta de información, pero estas justificaciones no nos satisfacían. «Nos sentíamos a disgusto, como si nuestra conciencia estuviera sumergida en el agua sucia de la ambigüedad y la mentira». El lector puede ver ya por esto que Golay es sincero. Cualidad, en nuestros tiempos, casi extraordinaria.

Golay recuerda la «tradición revolucionaria» del proletariado. Aunque plenamente consciente de que «para cada situación es necesaria una acción adecuada», recuerda: «para las situaciones excepcionales se necesitan medidas excepcionales. Males fuertes, remedios fuertes». Recuerda las «decisiones de los congresos», «que se dirigen directamente a las masas y las incitan a acciones revolucionarias e insurreccionales». Siguen citas de los pasajes correspondientes de las resoluciones de Stuttgart y Basilea{3}. Y el autor subraya que «estas distintas resoluciones no contienen ninguna consideración sobre la guerra defensiva y ofensiva y, por lo tanto, no proponen ninguna táctica especial, nacionalista, en derogación de los principios fundamentales comúnmente reconocidos».

Al llegar a este punto, el lector se convence de que Golay no es solo un socialista sincero, sino también convencido y honesto. ¡Una cualidad ya absolutamente excepcional en los dirigentes de la II Internacional!

«...Al proletariado lo felicitaron los jefes militares, y la prensa burguesa ensalzó, en términos cálidos, la resurrección de lo que ella llama el 'alma nacional'. Esta resurrección nos cuesta tres millones de cadáveres.

Y sin embargo, nunca la organización obrera había alcanzado un número tan elevado de afiliados cotizantes, nunca había habido tal abundancia de parlamentarios, una organización de prensa tan excelente. Nunca había habido tampoco una acción más vil contra la cual hubiera sido necesario sublevarse.

En circunstancias tan trágicas, cuando se trata de la existencia de millones de hombres, todas las acciones revolucionarias no solo son permisibles, sino que son legítimas. Son más que legítimas, son sagradas. El deber imperioso del proletariado exigía intentar lo imposible para salvar a nuestra generación de los acontecimientos que están cubriendo de sangre a Europa.

No hubo ni un acto enérgico, ni intentos de sublevación, ni acciones conducentes a la insurrección...

...Nuestros adversarios claman por la bancarrota del socialismo. Se precipitan demasiado. Y, sin embargo, ¿quién osaría afirmar que no tienen razón, en todos los aspectos? Lo que agoniza en estos momentos no es el socialismo en general, sino una de sus variedades; el socialismo dulzón, sin espíritu idealista, sin pasión, con modales de funcionario y la barriguita de un respetable padre de familia, el socialismo sin audacia, sin locura, amante de la estadística, metido hasta el cuello en acuerdos amistosos con el capitalismo, el socialismo ocupado solo en reformas, que vendió su derecho de primogenitura por un plato de lentejas, el socialismo que representa para la burguesía el apagador de la impaciencia popular, una especie de freno automático de las audaces acciones proletarias.

He aquí el socialismo que, amenazando contagiar a toda la Internacional, es responsable hasta cierto punto de la impotencia, de la falta de poder, que se nos echa en cara».

En otros lugares del folleto, Golay habla directamente de «socialismo reformista» y de «oportunismo» como de una deformación del socialismo.

Al hablar de esta deformación, reconociendo la «responsabilidad común» del proletariado de todos los países beligerantes, subrayando que «esta responsabilidad recae sobre la cabeza de los jefes, en quienes la masa depositó su confianza y de quienes esperaba la consigna», Golay toma con toda razón como modelo precisamente al socialismo alemán, «el mejor organizado, el más estructurado, el más atiborrado de doctrinas», y muestra «su fuerza numérica, su debilidad revolucionaria».

«Animada de espíritu revolucionario, la socialdemocracia alemana habría podido oponer a las empresas militaristas una resistencia bastante resuelta, bastante tenaz para arrastrar tras de sí, por este único camino de salvación, al proletariado de los demás países de la Europa central.

...El socialismo alemán ejercía una gran influencia en la Internacional. Podía hacer más que los otros. De él se esperaba el mayor esfuerzo. Pero el número no es nada si la energía personal está paralizada por una disciplina demasiado severa o si los "dirigentes" utilizan su influencia para obtener el menor esfuerzo posible». (Tan exacta es la segunda parte de la frase, como inexacta la primera: la disciplina es una cosa magnífica y necesaria, por ejemplo, la disciplina del partido que excluye a los oportunistas y a los adversarios de la acción revolucionaria.) «El proletariado alemán, merced a sus dirigentes responsables, obedeció la voz de la camarilla militar... las demás secciones de la Internacional se acobardaron y procedieron exactamente igual; ¡en Francia, dos socialistas consideraron necesario participar en el gobierno burgués! Y, de este modo, algunos meses después de la solemne declaración hecha en el congreso de que los socialistas consideraban un crimen dispararse unos contra otros, millones de obreros se alistaron en el ejército y se pusieron a cometer este crimen con tal persistencia, con tal ardor, que la burguesía capitalista y los gobiernos les expresaron reiteradamente su agradecimiento».

Pero Golay no se limita a estigmatizar sin piedad al «socialismo agonizante». No, demuestra una comprensión plena de lo que ha engendrado esta agonía y de cuál es el socialismo que debe venir a sustituir al que agoniza. «Las masas obreras de cada país experimentan, en cierta medida, la influencia de las ideas difundidas en los círculos burgueses». «Cuando Bernstein, bajo el nombre de revisionismo, formuló una especie de reformismo democrático», Kautsky lo «aplastó con ayuda de hechos apropiados». «Pero, una vez guardadas las apariencias, el partido continuó su 'política real' como antes. El partido socialdemócrata se convirtió en lo que es actualmente. Una organización excelente. Un cuerpo poderoso, pero el alma se le escapó». No solo la socialdemocracia alemana, sino todas las secciones de la Internacional manifiestan las mismas tendencias. «El número creciente de funcionarios» engendra determinadas consecuencias; la atención se concentra tan solo en la regularidad del pago de las cotizaciones; las huelgas son consideradas «como manifestaciones destinadas a obtener mejores condiciones de acuerdo» con los capitalistas. Se acostumbran a vincular los intereses de los obreros a los intereses de los capitalistas, «subordinar la suerte del obrero a la suerte del propio capitalismo», «desear el desarrollo intensificado de 'su' industria 'nacional' en detrimento de la extranjera».

R. Schmidt, diputado al Reichstag, escribía en un artículo que la regulación de las condiciones de trabajo por los sindicatos obreros es ventajosa también para los capitalistas, pues «introduce orden y estabilidad en la vida económica», «facilita los cálculos de los capitalistas y contrarresta la competencia desleal».

«Por lo tanto —exclama Golay, citando estas palabras—, ¡el movimiento sindical debe considerar un honor para sí mismo el hacer más estables las ganancias de los capitalistas! ¿Acaso el objetivo del socialismo consiste en reclamar, dentro del marco de la sociedad capitalista, el máximo de ventajas compatibles con la existencia del propio régimen capitalista? Si es así, estamos ante una renuncia a todos los principios. El proletariado no aspira a fortalecer el régimen capitalista, ni a obtener condiciones mínimas a favor del trabajo asalariado, sino a eliminar el régimen de la propiedad privada y a destruir el sistema del trabajo asalariado.

…Los secretarios de las grandes organizaciones se convierten en personajes importantes. Y en el movimiento político, los diputados, literatos, científicos, abogados, todos aquellos que aportan, junto con su ciencia, una cierta ambición personal, gozan de una influencia que a veces representa un peligro directo.

La poderosa organización de los sindicatos y la solidez de sus cajas ha desarrollado en sus miembros un espíritu gremial. Uno de los aspectos negativos del movimiento sindical, reformista por su propia esencia, consiste en que mejora la situación de los obreros asalariados por capas o estratos separados, colocando a unos por encima de otros. Esto destruye la unidad fundamental y engendra en los mejor situados un espíritu de temor, que les hace a veces recelar del "movimiento" que podría resultar fatal para su posición, para su caja, para su activo. De este modo se crea una especie de división entre las diversas categorías del proletariado, categorías artificialmente creadas por el propio movimiento sindical».

Esto no es un argumento, por supuesto, contra las organizaciones fuertes —dice el autor, previendo, al parecer, las objeciones de cierto tipo de "críticos"—. Esto demuestra únicamente la necesidad de un «alma» en las organizaciones, del «entusiasmo».

«¿Cuáles son los rasgos esenciales que debe distinguir al socialismo del mañana? Será internacional, intransigente e insurreccional».

«La intransigencia es la fuerza», dice con razón Golay, invitando al lector a echar una mirada sobre la «historia de las doctrinas». «¿Cuándo han sido influyentes? ¿Cuando fueron domesticadas por las autoridades, o cuando fueron intransigentes? ¿Cuándo perdió el cristianismo su valor? ¿Acaso no fue cuando Constantino le prometió rentas y le ofreció, en lugar de persecuciones y ejecuciones, el traje galoneado de los lacayos de la corte?…

Un filósofo francés dijo: las ideas muertas son aquellas que se presentan con un elegante atuendo, sin aspereza, sin audacia. Están muertas porque entran en la circulación universal y forman parte del bagaje intelectual ordinario del gran ejército de filisteos. Las ideas fuertes son aquellas que empujan y provocan escándalo, suscitan indignación, cólera, irritación en unos, entusiasmo en otros». El autor considera necesario recordar esta verdad a los socialistas contemporáneos, entre los cuales falta muy a menudo todo «ardor de convicción: no creen en nada, ni en las reformas, que se retrasan, ni en la revolución, que nunca llega».

La intransigencia, la disposición a la insurrección «no conduce en absoluto al ensueño, sino que, por el contrario, conduce a las acciones. El socialista no despreciará ninguna de las formas de actividad. Sabrá encontrar otras nuevas, conforme a las necesidades y condiciones del momento… Exige reformas inmediatas, las conquista no mediante disputas con el adversario, las arranca como una concesión de la burguesía, a la que infunde temor una masa llena de entusiasmo y audacia».

Después de la desvergonzadísima vulgarización del marxismo y el envilecimiento del socialismo por Plejánov, Kautsky y Cía., realmente es un descanso para el alma leer el folleto de Golay. Sólo cabe señalar en él los dos siguientes defectos.

En primer lugar, Golay comparte con la mayoría de los socialistas románicos, sin excluir a los actuales guesdistas, una actitud algo desatenta hacia la «doctrina», es decir, hacia la teoría del socialismo. Siente hacia el marxismo cierta prevención, que puede ser explicada, pero no justificada, por el predominio contemporáneo de la caricatura más nefasta del marxismo en Kautsky, en el «Neue Zeit»{4} y entre los alemanes en general. Quien, como Golay, ha tomado conciencia de la necesidad de la muerte del socialismo reformista y del renacimiento del socialismo revolucionario, «insurreccional», es decir, que comprende la necesidad de la insurrección, que la predica, que es capaz de prepararse seriamente para ella y prepararla, está de hecho mil veces más cerca del marxismo que aquellos señores que se saben de memoria los «textos» y que se ocupan actualmente (en «Neue Zeit», por ejemplo) de justificar el socialchovinismo en cualquier forma —incluso hasta la forma de que ahora hay que «contemporizar» con el Comité Central chovinista («Vorstand») y no «recordar el pasado».

Pero, por muy comprensible que sea «humanamente» el menosprecio del marxismo en Golay, y por mucha culpa que se le quite aquí a él y recaiga sobre la corriente agonizante y fenecida de los marxistas franceses (guesdistas), la culpa existe de todos modos. El más grandioso movimiento de liberación del mundo de la clase oprimida, de la clase más revolucionaria de la historia, es imposible sin una teoría revolucionaria. Esta no puede ser inventada; surge del conjunto de la experiencia revolucionaria y del pensamiento revolucionario de todos los países del mundo. Y tal teoría ha surgido desde la segunda mitad del siglo XIX. Se llama marxismo. No se puede ser socialista, no se puede ser socialdemócrata revolucionario, sin participar en la medida de las propias fuerzas en la elaboración y aplicación de esta teoría, y en nuestros días, en la lucha implacable contra su deformación por Plejánov, Kautsky y Cía.

De la desatención a la teoría se derivan en Golay una serie de ataques incorrectos o poco meditados, por ejemplo, contra el centralismo o la disciplina en general, contra el «materialismo histórico», que supuestamente no es suficientemente «idealista», etc. De ahí también una sorprendente inconcreción en la cuestión de las consignas. Por ejemplo, la exigencia de que el socialismo se vuelva «insurreccional» está llena de un contenido profundísimo y constituye la única idea acertada, fuera de la cual todas las frases sobre internacionalismo y revolución, sobre marxismo, son pura insensatez, e incluso más a menudo, hipocresía. Pero esta idea, la idea de la guerra civil, habría que desarrollarla, convertirla en punto central de la táctica, y Golay se ha limitado a enunciarla. Esto es mucho «en los tiempos que corren», pero es insuficiente desde el punto de vista de las exigencias de la lucha revolucionaria del proletariado. Por ejemplo, Golay plantea de manera estrecha la cuestión de la «respuesta» a la guerra con la revolución, si se puede expresar así. No tiene en cuenta que, si no se supo responder a la guerra con la revolución, la propia guerra ha empezado a enseñar y enseña la revolución a las masas, creando una situación revolucionaria, profundizándola y ampliándola.

El segundo defecto de Golay se ilustra de la manera más evidente con el siguiente razonamiento de su folleto:

«Nosotros no condenamos a nadie. La Internacional, para renacer, necesita que un espíritu fraternal anime todas sus secciones; pero es preciso declarar que, ante la gran tarea que la burguesía capitalista le impuso en julio y agosto de 1914, el socialismo reformista, centralizador (?) y jerárquico ofreció un espectáculo lamentable».

«Nosotros no condenamos a nadie»… ¡Ahí reside su error, camarada Golay! Usted mismo ha reconocido que el «socialismo agonizante» está vinculado a las ideas burguesas (es decir, lo nutre y sostiene la burguesía), a una determinada corriente ideológica en el socialismo («reformismo»), a los intereses y la posición particular de determinadas capas (parlamentarios, funcionarios, intelectuales, algunas capas o grupitos de obreros mejor situados), etc. De aquí se deduce con inevitabilidad una conclusión que usted no formula. Los individuos físicos «mueren» de la llamada muerte natural, pero las corrientes ideológico-políticas no pueden morir así. Así como la burguesía no morirá hasta que no sea derrocada, así la corriente nutrida y sostenida por la burguesía, que expresa los intereses de un grupito de intelectuales y de la aristocracia de la clase obrera que ha hecho alianza con la burguesía, no morirá si no se la «mata», es decir, si no se la derroca, si no se la priva de toda influencia sobre el proletariado socialista. Esta corriente es fuerte precisamente por sus vínculos con la burguesía; se ha convertido, gracias a las condiciones objetivas de la época «pacífica» de 1871-1914, en una especie de capa dirigente y parasitaria dentro del movimiento obrero.

Aquí no solo es necesario "reprobar", sino dar la alarma, desenmascarar sin piedad, derrocar, "destituir de sus cargos" a esta capa parasitaria, destruir su "unidad" con el movimiento obrero, pues dicha "unidad" significa en realidad la unidad del proletariado con la burguesía nacional y la escisión del proletariado internacional, la unidad de los lacayos y la escisión de los revolucionarios.

"La intransigencia es fuerza", dice con razón Golay, exigiendo que "el socialismo que debe renacer" sea intransigente. Pero ¿acaso no le da igual a la burguesía que el proletariado contemporice directamente con ella o indirectamente por medio de sus partidarios, defensores y agentes dentro del movimiento obrero, es decir, de los oportunistas? ¡Esto último es incluso más ventajoso para la burguesía, pues le asegura una influencia más sólida sobre los obreros! Golay tiene mil veces razón al decir que hay un socialismo que agoniza y un socialismo que debe renacer, pero esa agonía y ese renacimiento consisten precisamente en una lucha despiadada contra la corriente del oportunismo, no solo una lucha ideológica, sino también la extirpación de esta excrecencia monstruosa de los partidos obreros, la expulsión de las organizaciones de determinados representantes de esta táctica ajena al proletariado, la ruptura total con ellos. No morirán ni física ni políticamente, pero los obreros romperán con ellos, los arrojarán a la fosa de los lacayos de la burguesía y, con el ejemplo de su putrefacción, educarán a la nueva generación, o mejor dicho: a los nuevos ejércitos del proletariado, capaces de la insurrección.

"Kommunist" n.º 1–2, 1915. Firmado: N. Lenin

Se publica según el texto de la revista "Kommunist"