Para esclarecer las cuestiones que la actual guerra imperialista ha planteado ante el socialismo, no es inútil echar un vistazo a los distintos países europeos, a fin de aprender a separar las modificaciones y particularidades nacionales del cuadro general de lo fundamental y esencial. Desde fuera, dicen, se ve mejor. Por eso, cuanto menor sea la similitud entre Italia y Rusia, tanto más interesante resulta, en ciertos aspectos, comparar el imperialismo y el socialismo en ambos países.

En la presente nota nos proponemos únicamente señalar el material que, sobre esta cuestión, ofrecen las obras publicadas después de la guerra por el profesor burgués Robert Michels: *El imperialismo italiano* y el socialista T. Barboni: *¿Internacionalismo o nacionalismo de clase? (El proletariado italiano y la guerra europea)*[2]. El locuaz Michels sigue siendo tan superficial como en sus otras obras, rozando apenas el aspecto económico del imperialismo, pero en su libro se ha recopilado un valioso material sobre el origen del imperialismo italiano y sobre esa transición que constituye la esencia de la época contemporánea y que se manifiesta de manera particularmente clara en Italia, a saber: la transición de la época de las guerras de liberación nacional a la época de las guerras imperialistas de rapiña y reaccionarias. La Italia democrático-revolucionaria, es decir, la Italia revolucionario-burguesa que derrocó el yugo de Austria, la Italia de la época de Garibaldi, se transforma definitivamente ante nuestros ojos en una Italia que oprime a otros pueblos, que despoja a Turquía y a Austria, en la Italia de una burguesía burda, repugnantemente reaccionaria y sucia, a la que se le hace la boca agua de placer por haber sido admitida también ella al reparto del botín. Michels, como todo profesor respetable, considera, por supuesto, su servilismo ante la burguesía como «objetivismo científico» y califica este reparto del botín como «el reparto de aquella parte del mundo que aún permanecía en manos de los pueblos débiles» (pág. 179). Rechazando con desdén, por «utópico», el punto de vista de aquellos socialistas hostiles a toda política colonial, Michels repite los razonamientos de quienes consideran que Italia «debería ser la segunda potencia colonial», cediendo el primer puesto sólo a Inglaterra, por la densidad de su población y la fuerza del movimiento emigratorio. Y en cuanto a que en Italia el 40% de la población es analfabeta, que hasta hoy se producen allí motines por el cólera, etc., etc., este argumento se refuta con la referencia a Inglaterra: ¿acaso no fue ésta un país de increíble ruina, humillación, extinción por hambre de las masas obreras, alcoholismo y monstruosa miseria y suciedad en los barrios pobres de las ciudades en la primera mitad del siglo XIX, cuando la burguesía inglesa sentaba tan exitosamente las bases de su actual poderío colonial? Y hay que decir que, desde el punto de vista burgués, este razonamiento es irrefutable. La política colonial y el imperialismo no son, en absoluto, desviaciones enfermizas y curables del capitalismo (como piensan los filisteos, y Kautsky entre ellos), sino una consecuencia inevitable de las bases mismas del capitalismo: la competencia entre empresas individuales plantea la cuestión sólo así: arruinarse o arruinar a otros; la competencia entre países individuales plantea la cuestión sólo así: permanecer en el noveno puesto y arriesgarse eternamente a la suerte de Bélgica, o arruinar y someter a otros países, abriéndose paso para conseguir un lugar entre las «grandes» potencias.

El imperialismo italiano ha sido apodado «el imperialismo de los pobres» (l'imperialismo della povera gente), en alusión a la pobreza de Italia y a la miseria desesperada de la masa de emigrantes italianos. El chovinista italiano Arturo Labriola, quien se diferencia de su antiguo adversario, G. Plejánov, sólo en que reveló su socialchovinismo un poco antes que éste y llegó a dicho socialchovinismo a través del semianarquismo pequeñoburgués, y no a través del oportunismo pequeñoburgués, este Arturo Labriola escribía en su librito sobre la guerra de Tripolitania (en 1912):

«...Está claro que luchamos no sólo contra los turcos, sino también contra las intrigas, las amenazas, el dinero y las tropas de la Europa plutocrática, que no puede tolerar que las naciones pequeñas osen hacer un solo gesto, decir una sola palabra que comprometa su férrea hegemonía» (pág. 92). Y el líder de los nacionalistas italianos, Corradini, declaraba: «Así como el socialismo fue el método de liberación del proletariado de la burguesía, así el nacionalismo será para nosotros, los italianos, el método de liberación de los franceses, alemanes, ingleses, americanos del norte y del sur, que en relación con nosotros son la burguesía».

Todo país que tiene más colonias, capitales y ejército que «nosotros», arrebata a «nosotros» ciertos privilegios, cierta ganancia o superganancia. Así como entre los capitalistas individuales obtiene superganancia aquel que posee máquinas mejores que la media o dispone de ciertos monopolios, también entre los países obtiene superganancia aquel que está económicamente mejor situado que los demás. La tarea de la burguesía es luchar por los privilegios y ventajas para su capital nacional, y engañar al pueblo o al populacho (con la ayuda de Labriola y Plejánov), haciendo pasar la lucha imperialista por el «derecho» a saquear a otros como una guerra de liberación nacional.

Antes de la guerra de Tripolitania, Italia no saqueaba —al menos no en gran escala— a otros pueblos. ¿Acaso no es esto una afrenta insoportable para el orgullo nacional? Los italianos están oprimidos y humillados ante otras naciones. La emigración italiana era de unas 100.000 personas al año en la década de 1870, y ahora alcanza de medio millón a un millón; todos ellos son mendigos, expulsados de su país literalmente por el hambre en el sentido más exacto de la palabra, todos ellos son proveedores de fuerza de trabajo en las ramas industriales peor pagadas, toda esta masa puebla los barrios más hacinados, pobres y sucios de las ciudades americanas y europeas. El número de italianos que viven en el extranjero aumentó de 1 millón en 1881 a 5 millones y medio en 1910, recayendo la inmensa mayoría en los países ricos y «grandes», respecto a los cuales los italianos constituyen la masa obrera más burda y «negra», mísera y privada de derechos. He aquí los principales países que consumen el trabajo italiano barato: Francia: 400 mil italianos en 1910 (240 mil en 1881); Suiza: 135 mil (41) —(entre paréntesis, las cifras en miles de 1881)—; Austria: 80 mil (40); Alemania: 180 mil (7); Estados Unidos: 1.779 mil (170); Brasil: 1.500 mil (82); Argentina: 1.000 mil (254). La «brillante» Francia, que hace 125 años luchaba por la libertad y con este motivo califica de «liberadora» su actual guerra por su propio «derecho a las colonias» y el de Inglaterra como esclavista, esta Francia mantiene a cientos de miles de obreros italianos directamente en guetos especiales, de los que la canalla pequeñoburguesa de la «gran» nación se esfuerza por aislarse lo más posible, a los que procura humillar y ofender por todos los medios. A los italianos se les llama con el apodo despectivo de «macarroni» (que el lector granruso recuerde cuántos apodos despectivos circulan en nuestro país respecto a los «inorodtsy»*, que no tuvieron la dicha de nacer con derecho a los nobles privilegios de gran potencia, los cuales sirven a los Purishkévich de instrumento de opresión tanto del pueblo granruso como de todos los demás pueblos de Rusia). ¡La gran Francia firmó en 1896 un tratado con Italia, en virtud del cual esta última se obliga a no aumentar el número de escuelas italianas en Túnez! Y la población italiana en Túnez, desde entonces, se ha multiplicado por seis. Hay 105.000 italianos en Túnez frente a 35.000 franceses, pero entre los primeros sólo 1.167 son propietarios de tierras, poseyendo 83.000 hectáreas, y entre los segundos, 2.395, habiendo acaparado en «su» colonia 700.000 hectáreas. Pues bien, ¿cómo no estar de acuerdo con Labriola y otros «plejanovistas» italianos en que Italia tiene «derecho» a su colonia en Trípoli, a la opresión de los eslavos en Dalmacia, al reparto de Asia Menor, etc.![3]

Así como Plejánov apoya la guerra «liberadora» de Rusia contra la aspiración de Alemania de convertirla en su colonia, el líder del partido reformista, Leonida Bissolati, clama contra «la invasión del capital extranjero en Italia» (pág. 97): capital alemán en Lombardía, inglés en Sicilia, francés en Piacentino, belga en las empresas de tranvías, etc., etc., sin fin.

La cuestión se ha planteado de manera tajante, y no se puede dejar de reconocer que la guerra europea ha traído un beneficio gigantesco a la humanidad al haberla planteado realmente de forma tajante ante cientos de millones de hombres de diferentes naciones: o defender, con el fusil o la pluma, directa o indirectamente, en la forma que sea, los privilegios o ventajas de gran potencia, y nacionales en general, o las pretensiones de «su» burguesía, y entonces eso significa ser su partidario o su lacayo; o bien aprovechar toda lucha, y especialmente la armada, por los privilegios de las grandes potencias para desenmascarar y derrocar a cualquier gobierno, y ante todo al propio, mediante las acciones revolucionarias del proletariado internacionalmente solidario. No hay término medio, o, en otras palabras: el intento de ocupar una posición intermedia significa, de hecho, un paso encubierto al lado de la burguesía imperialista.

Todo el librito de Barboni está dedicado, en esencia, precisamente a encubrir este paso. Barboni se las da de internacionalista exactamente igual que nuestro señor Potrésov, razonando que es necesario, desde un punto de vista internacional, determinar qué éxito de qué bando es más útil o menos perjudicial para el proletariado, y resolviendo esta cuestión, naturalmente, en contra... de Austria y Alemania. Barboni, totalmente en el espíritu de Kautsky, propone al Partido Socialista Italiano{5} proclamar solemnemente la solidaridad de los obreros de todos los países —beligerantes en primer lugar, por supuesto—, las convicciones internacionalistas, un programa de paz basado en el desarme y la independencia nacional de todas las naciones, con la formación de una «liga de todas las naciones para la garantía mutua de la inviolabilidad e independencia» (pág. 126). Y precisamente en nombre de estos principios, Barboni declara que el militarismo es un fenómeno «parasitario» en el capitalismo, «y en absoluto necesario»; que «el imperialismo militarista» impregna a Alemania y Austria, que su política agresiva fue «una amenaza constante para la paz europea», que Alemania «rechazó constantemente las propuestas de limitación de armamentos hechas por Rusia (¡¡sic!![4]) e Inglaterra», etc., etc., ¡y que el Partido Socialista de Italia debe pronunciarse a favor de la intervención de Italia en apoyo de la Triple Entente{6} en el momento oportuno!

Queda sin saberse en virtud de qué principios se puede preferir al imperialismo burgués de Alemania, que se desarrolló económicamente en el siglo XX más rápido que los demás países europeos y que está particularmente «agraviada» en el reparto de las colonias, el imperialismo burgués de Inglaterra, que se desarrolla mucho más lentamente, que ha acaparado un sinfín de colonias, aplicando allí (lejos de Europa) con frecuencia métodos de represión no menos bestiales que los alemanes, y que contrata con sus miles de millones a ejércitos millonarios de diversas potencias continentales para el saqueo de Austria, Turquía, etc. El internacionalismo de Barboni se reduce, en esencia, como el de Kautsky, a la defensa verbal de los principios socialistas, y bajo el manto de esta hipocresía se lleva a cabo, de hecho, la defensa de su propia burguesía italiana. No se puede dejar de señalar que Barboni, que publicó su libro en la libre Suiza (cuya censura sólo tapó la mitad de una línea, en la pág. 75, aparentemente dedicada a la crítica de Austria), a lo largo de las 143 páginas no quiso citar las tesis fundamentales del Manifiesto de Basilea ni analizarlas concienzudamente. En cambio, a dos ex revolucionarios rusos, a los que ahora hace publicidad toda la burguesía francófila, al pequeñoburgués del anarquismo, Kropotkin, y al filisteo de la socialdemocracia, Plejánov, nuestro Barboni los cita con profunda simpatía (pág. 103). ¡Cómo no! Los sofismas de Plejánov no se diferencian en nada, en esencia, de los sofismas de Barboni. Sólo que la libertad política en Italia arranca mejor los velos de estos sofismas, desenmascara más claramente la verdadera posición de Barboni como agente de la burguesía en el campo obrero.

Barboni lamenta la «ausencia de un espíritu revolucionario verdadero y auténtico» en la socialdemocracia alemana (exactamente como Plejánov); saluda calurosamente a Karl Liebknecht (como lo saludan los socialchovinistas franceses, que no ven la viga en su propio ojo); pero declara resueltamente que «no se puede hablar de bancarrota de la Internacional» (pág. 92), que los alemanes «no han traicionado el espíritu de la Internacional» (pág. 111), puesto que actuaron en la convicción «honrada» de que defendían la patria. Y Barboni, con el mismo espíritu untuoso que Kautsky, sólo que con la facundia latina, declara que la Internacional está dispuesta (después de la victoria sobre Alemania...) «a perdonar a los alemanes, como Cristo perdonó a Pedro, el minuto de desconfianza, a curar con el olvido las profundas heridas infligidas por el imperialismo militarista, y a tender la mano para una paz digna y fraternal» (pág. 113).

¡Cuadro conmovedor: Barboni y Kautsky —no sin la participación, probablemente, de nuestros Kossovski y Axelrod— se perdonan mutuamente!

Completamente satisfecho con Kautsky y Guesde, Plejánov y Kropotkin, Barboni está descontento con su propio partido socialista obrero en Italia. En este partido, que tuvo la suerte de librarse de los reformistas de Bissolati y Cía. ya antes de la guerra, se ha creado, véase, tal «atmósfera que no se puede respirar» (pág. 7) para aquellos que (como Barboni) no comparten la consigna de la «absoluta neutralidad» (es decir, la lucha decidida contra la defensa de la intervención en la guerra por parte de Italia). El pobre Barboni se queja amargamente de que a personas como él se les llama en el Partido Socialista Obrero Italiano «intelectuales», «gente que ha perdido el contacto con las masas, advenedizos de la burguesía», «gente que se ha desviado del camino recto del socialismo y el internacionalismo» (pág. 7). Nuestro partido —se indigna Barboni— «más fanatiza que educa a las masas» (pág. 4).

¡Viejo motivo! ¡La variante italiana de la conocida cantinela de los liquidadores y oportunistas rusos contra la «demagogia» de los malvados bolcheviques que «azuzan» a las masas contra los excelentes socialistas de Náshaya Zariá{7}, el CO{8} y la fracción de Chjeídze{9}! Pero qué valiosa confesión de un socialchovinista italiano: en el único país donde se pudo discutir libremente durante varios meses las plataformas de los socialchovinistas y de los revolucionarios internacionalistas, fueron precisamente las masas obreras, precisamente el proletariado consciente, quienes se pusieron del lado de estos últimos, mientras que los intelectuales pequeñoburgueses y los oportunistas lo hicieron del lado de los primeros.

La neutralidad es un egoísmo estrecho, una incomprensión de la situación internacional, es una vileza respecto a Bélgica, es una «ausencia», y «los ausentes siempre se equivocan», razona Barboni completamente en el espíritu de Plejánov y Axelrod. Pero, como en Italia hay dos partidos abiertos, el reformista y el socialdemócrata obrero, como en este país no se puede engañar al público cubriendo la desnudez de los señores Potrésov, Cherevanin, Levitski y Cía. con la hoja de parra de la fracción Chjeídze o el CO, Barboni confiesa francamente:

«Desde este punto de vista, veo más espíritu revolucionario en la actuación de los socialistas reformistas, que rápidamente comprendieron la enorme importancia que tendría para la futura lucha anticapitalista esta renovación de la situación política» (a raíz de la victoria sobre el militarismo alemán) «y con toda consecuencia se pusieron del lado de la Triple Entente, que en la táctica de los socialistas revolucionarios oficiales, que se escondieron, como la tortuga, bajo el escudo de la neutralidad absoluta» (pág. 81).

A propósito de esta valiosa confesión, sólo nos queda expresar el deseo de que algún camarada conocedor del movimiento italiano recopile y sistematice el enorme e interesantísimo material proporcionado por los dos partidos de Italia sobre la cuestión de qué capas sociales, qué elementos, con la ayuda de quién y con qué argumentos defendieron la política revolucionaria del proletariado italiano, por un lado, y el lacayismo ante la burguesía imperialista italiana, por el otro. Cuanto más material de este tipo se recoja en los distintos países, con mayor claridad se presentará ante los obreros conscientes la verdad sobre las causas y el significado del colapso de la II Internacional.

Observemos para concluir que Barboni, teniendo ante sí a un partido obrero, intenta sofísticamente congraciarse con los instintos revolucionarios de los obreros. Presenta a los socialistas internacionalistas de Italia, hostiles a la guerra que de hecho se libra en interés imperialista de la burguesía italiana, como partidarios de la abstención cobarde, del deseo egoísta de esconderse de los horrores de la guerra. «Un pueblo educado en el miedo a los horrores de la guerra, probablemente se asustará también de los horrores de la revolución» (pág. 83). Y junto a este repugnante intento de congraciarse con los revolucionarios, la burda y pragmática referencia a las «claras» palabras del ministro Salandra: «el orden será mantenido a toda costa»; el intento de una huelga general contra la movilización sólo conduciría a una «carnicería inútil»; «no pudimos impedir la guerra de Libia (Tripolitania), menos aún podremos impedir la guerra con Austria» (pág. 82). Barboni, al igual que Kautsky, Cunow y todos los oportunistas, conscientemente, con el más vil cálculo de engañar a algunos de la masa, atribuye a los revolucionarios el tontorrón plan de «de repente» «frustrar la guerra» y dejarse acribillar en el momento más conveniente para la burguesía, deseando excusarse de la tarea claramente planteada en Stuttgart y Basilea: utilizar la crisis revolucionaria para la propaganda revolucionaria sistemática y la preparación de acciones revolucionarias de las masas. Y que Europa atraviesa un momento revolucionario, esto lo ve Barboni con toda claridad:

«...Hay un punto en el que considero necesario insistir, aun a riesgo de aburrir al lector, pues no se puede evaluar correctamente la situación política actual sin haber esclarecido este punto: el período que atravesamos es un período catastrófico, un período de acción, donde no se trata de esclarecer ideas, ni de elaborar programas, ni de definir la línea de conducta política para el futuro, sino de aplicar la fuerza viva y activa para alcanzar un resultado a lo largo de meses, y tal vez incluso sólo de semanas. En tales condiciones, no se trata de filosofar sobre el futuro del movimiento proletario, sino de fijar el punto de vista del proletariado frente al momento actual» (págs. 87-88).

¡Un sofisma más, impostado de espíritu revolucionario! Cuarenta y cuatro años después de la Comuna, una clase revolucionaria que ha vivido casi medio siglo de acumulación y preparación de fuerzas de masas, debe pensar, en el momento en que Europa atraviesa un período catastrófico, en cómo convertirse rápidamente en lacayo de su burguesía nacional, ayudarla a saquear, violentar, arruinar y someter a pueblos extranjeros, ¡y no en desplegar en escala masiva la propaganda directamente revolucionaria y la preparación de acciones revolucionarias!

*El Comunista* № 1–2, 1915. Firmado: N. Lenin

Se publica según el texto de la revista *El Comunista*.