La cuestión de la paz, como programa candente de los socialistas, y, vinculada a ella, la cuestión de las condiciones de la paz, interesa a todos. No podemos dejar de expresar nuestro reconocimiento al periódico «Berner Tagwacht» por el hecho de que en él encontramos intentos de plantear esta cuestión no desde el habitual punto de vista pequeñoburgués-nacional, sino desde un punto de vista verdaderamente proletario, internacional. Fue excelente la observación de la redacción en el núm. 73 («Friedenssehnsucht»)[43] de que los socialdemócratas alemanes que desean la paz deben romper (sich lossagen) con la política del gobierno junker. Fue excelente la intervención del camarada A. P. (núms. 73 y 75) contra la «importancia de los charlatanes impotentes» (Wichtigtuerei machtloser Schönredner), que en vano intentan resolver la cuestión de la paz desde un punto de vista pequeñoburgués.

Veamos cómo deben plantear esta cuestión los socialistas.

La consigna de la paz puede plantearse o bien en relación con determinadas condiciones de paz, o sin condición alguna, como lucha no por una paz determinada, sino por la paz en general (Frieden ohne weiters). Está claro que en este último caso tenemos ante nosotros no sólo una consigna no socialista, sino, en general, una consigna completamente vacía de contenido, absurda. Por la paz en general están incondicionalmente todos, hasta Kitchener, Joffre, Hindenburg y Nicolás el Sanguinario, pues cada uno de ellos desea terminar la guerra: la cuestión consiste precisamente en que cada uno plantea condiciones de paz imperialistas (es decir, de rapiña, de opresión de otros pueblos) en beneficio de «su» nación. Las consignas deben plantearse para explicar a las masas, mediante la propaganda y la agitación, la diferencia irreconciliable entre el socialismo y el capitalismo (imperialismo), y no para conciliar a dos clases hostiles y dos políticas hostiles por medio de una palabrita que «une» las cosas más diversas.

Además. ¿Es posible unir a los socialistas de diferentes países en torno a determinadas condiciones de paz? Si es así, entre estas condiciones debe figurar incondicionalmente el reconocimiento del derecho de autodeterminación para todas las naciones y la renuncia a toda «anexión», es decir, a las violaciones de este derecho. Pero reconocer este derecho sólo para algunas naciones significa defender los privilegios de determinadas naciones, es decir, ser nacionalista e imperialista, y no socialista. Y si se reconoce este derecho para todas las naciones, no se puede destacar, por ejemplo, únicamente a Bélgica, sino que hay que tomar a todos los pueblos oprimidos, tanto en Europa (los irlandeses en Inglaterra, los italianos en Niza, los daneses, etc., en Alemania, el 57% de la población de Rusia, etc.) como fuera de Europa, es decir, todas las colonias. El camarada A. P. las recordó muy oportunamente. Inglaterra, Francia y Alemania juntas tienen unos 150 millones de habitantes, ¡y oprimen en las colonias a más de 400 millones de habitantes! La esencia de la guerra imperialista, es decir, de una guerra en interés de los capitalistas, no consiste sólo en que la guerra se hace para oprimir a nuevas naciones, para repartirse las colonias, sino también en que la guerra la libran, principalmente, las naciones avanzadas que oprimen a una serie de otros pueblos, que oprimen a la mayor parte de la población de la tierra.

Los socialdemócratas alemanes que justifican la conquista de Bélgica o se avienen a ella, no son de hecho socialdemócratas, sino imperialistas y nacionalistas, porque defienden el «derecho» de la burguesía alemana (y en parte de los obreros alemanes) a oprimir a los belgas, alsacianos, daneses, polacos, negros en África, etc. No son socialistas, sino lacayos de la burguesía alemana, que la ayudan a saquear a otras naciones. Pero también los socialistas belgas, que plantean una sola reivindicación: liberar e indemnizar a Bélgica, defienden en la práctica la reivindicación de la burguesía belga, que desea seguir como antes saqueando a los 15 millones de habitantes del Congo y obtener concesiones y privilegios en otros países. La burguesía belga ha invertido en el extranjero alrededor de 3 mil millones de francos; la protección de las ganancias de esos miles de millones mediante todo tipo de engaños y artimañas: he ahí, de hecho, el «interés nacional» de la «heroica Bélgica». Lo mismo puede decirse — y en un grado aún mucho mayor — de Rusia, Inglaterra, Francia, Japón.

Por consiguiente, si la reivindicación de la libertad de las naciones no es una frase mentirosa que encubre el imperialismo y el nacionalismo de algunos países determinados, debe extenderse a todos los pueblos y a todas las colonias. Pero esta reivindicación es evidentemente vacía sin una serie de revoluciones en todos los países avanzados. Es más. Es irrealizable sin una revolución socialista victoriosa.

¿Significa esto que los socialistas pueden permanecer indiferentes ante la aspiración a la paz de masas cada vez más amplias? De ningún modo. Una cosa son las consignas de la vanguardia consciente de los obreros y otra las demandas espontáneas de las masas. La aspiración a la paz es uno de los síntomas más importantes del comienzo del desengaño respecto a la mentira burguesa sobre los fines «liberadores» de la guerra, sobre la «defensa de la patria» y otros engaños a la plebe por parte de la clase capitalista. Los socialistas deben prestar la mayor atención a este síntoma. Es necesario dirigir todos los esfuerzos a utilizar el estado de ánimo de las masas en favor de la paz. Pero, ¿cómo utilizarlo? Aceptar la consigna de la paz y limitarse a repetirla sería alentar la «importancia de los charlatanes impotentes (y, a menudo, aún peor: hipócritas)». Sería engañar al pueblo con la ilusión de que los gobiernos actuales, las clases dominantes actuales, son capaces, sin haber sido «educados» (o, más exactamente, eliminados) por una serie de revoluciones, de dar una paz que satisfaga en cierta medida a la democracia y a la clase obrera. No hay nada más perjudicial que este engaño. No hay nada que más ciegue a los obreros, que les inculque la idea engañosa de que la contradicción entre el capitalismo y el socialismo es superficial, nada que embellezca más la esclavitud capitalista. No, debemos utilizar el estado de ánimo en favor de la paz para explicar a las masas que los bienes que esperan de la paz son imposibles sin una serie de revoluciones.

El fin de las guerras, la paz entre los pueblos, el cese de los saqueos y violencias: éste es precisamente nuestro ideal, pero sólo los sofistas burgueses pueden seducir a las masas con él, separando este ideal de la prédica inmediata y directa de acciones revolucionarias. Las bases para esta prédica existen; para llevarla a cabo es necesario tan sólo romper con los aliados de la burguesía, los oportunistas, que de manera directa (incluso mediante denuncias) e indirecta obstaculizan la labor revolucionaria.

La consigna de la autodeterminación de las naciones debe asimismo plantearse en relación con la época imperialista del capitalismo. No estamos por el status quo ni por la utopía pequeñoburguesa de eludir las grandes guerras. Estamos por la lucha revolucionaria contra el imperialismo, es decir, contra el capitalismo[44]. El imperialismo consiste precisamente en la tendencia de las naciones que oprimen a una serie de otras naciones a ampliar y reforzar esta opresión, a repartirse de nuevo las colonias. Por eso el meollo de la cuestión de la autodeterminación de las naciones en nuestra época reside precisamente en la conducta de los socialistas de las naciones opresoras. El socialista de una nación opresora (Inglaterra, Francia, Alemania, Japón, Rusia, Estados Unidos, etc.) que no reconoce y no defiende el derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación (es decir, a la separación libre), no es de hecho socialista, sino chovinista.

Sólo este punto de vista conduce a una lucha no hipócrita, consecuente, contra el imperialismo, a un planteamiento proletario, y no pequeñoburgués, de la cuestión nacional (en nuestra época). Sólo este punto de vista aplica de manera consecuente el principio de la lucha contra toda opresión de las naciones, elimina la desconfianza entre los proletarios de las naciones opresoras y oprimidas, conduce a la lucha solidaria, internacional, por la revolución socialista (es decir, por el único régimen realizable de plena igualdad nacional de derechos) y no por la utopía pequeñoburguesa de la libertad de todos los pequeños Estados en general bajo el capitalismo.

Precisamente en este punto de vista se sitúa nuestro partido, es decir, los socialdemócratas de Rusia que se adhieren al Comité Central. Precisamente en este punto de vista se situaba Marx, que enseñó al proletariado que «no puede ser libre un pueblo que oprime a otros pueblos». Marx exigió la separación de Irlanda de Inglaterra precisamente desde este punto de vista, desde el punto de vista de los intereses del movimiento liberador de los obreros ingleses (y no sólo irlandeses).

Si los socialistas de Inglaterra no reconocen y no defienden el derecho a la separación de Irlanda; los franceses, el de la Niza italiana; los alemanes, el de Alsacia-Lorena, el Schleswig danés, Polonia; los rusos, el de Polonia, Finlandia, Ucrania, etc.; los polacos, el de Ucrania; si todos los socialistas de las «grandes» potencias, es decir, de las que cometen grandes saqueos, no defienden este mismo derecho respecto a las colonias, es precisamente por eso y sólo por eso: porque de hecho son imperialistas y no socialistas. Y es ridículo hacerse ilusiones de que sean capaces de una política socialista personas que, perteneciendo a naciones opresoras, no defienden el «derecho a la autodeterminación» de las naciones oprimidas.

En lugar de dejar que los charlatanes hipócritas engañen al pueblo con frases y promesas sobre la posibilidad de una paz democrática, los socialistas deben explicar a las masas la imposibilidad de una paz medianamente democrática sin una serie de revoluciones y sin una lucha revolucionaria en cada país contra su propio gobierno. En lugar de permitir que los politicastros burgueses engañen a los pueblos con frases sobre la libertad de las naciones, los socialistas deben explicar a las masas de las naciones opresoras la desesperanza de su liberación si ayudan a la opresión de otros pueblos, si no reconocen y no defienden el derecho de esos pueblos a la autodeterminación, es decir, a la separación libre. Ésta es la política socialista, y no imperialista, general para todos los países en la cuestión de la paz y en la cuestión nacional. Esta política, ciertamente, es incompatible en su mayor parte con las leyes sobre la alta traición, pero con esas leyes es también incompatible la Resolución de Basilea, a la que tan vergonzosamente traicionaron casi todos los socialistas de las naciones opresoras.

Hay que optar: por el socialismo o por el sometimiento a las leyes de los señores Joffre y Hindenburg; por la lucha revolucionaria o por el lacayismo ante el imperialismo. No hay término medio. Y el mayor daño al proletariado lo causan los autores hipócritas (o torpes) de una política de «línea intermedia».

Escrito en julio-agosto de 1915. Firmado: Lenin

Publicado por primera vez en 1924 en la revista «Proletárskaya Revolutsia» núm. 5

Se publica según el manuscrito