Esto es un axioma. Y solo lo ponen en duda los partidarios conscientes o los lacayos impotentes de los socialchovinistas. Entre los primeros se encuentra, por ejemplo, Semkovski, del OK (n.° 2 de sus *Izvestia*). Entre los segundos, Trotski y Bukvoyed, y en Alemania Kautsky. Desear la derrota de Rusia —escribe Trotski— es «una concesión que nada provoca y nada justifica a la metodología política del socialpatriotismo, que sustituye la lucha revolucionaria contra la guerra y las condiciones que la engendraron por una orientación sumamente arbitraria, en las condiciones dadas, por la línea del mal menor» (n.° 105 de *Náshe Slovo*).

He aquí una muestra de las frases ampulosas con que Trotski justifica siempre el oportunismo. «Lucha revolucionaria contra la guerra» es una exclamación vacía y carente de contenido, en la que son maestros los héroes de la II Internacional, si por ella no se entienden las acciones revolucionarias *contra el propio gobierno y en tiempo de guerra*. Basta pensar un poquito para comprenderlo. Y las acciones revolucionarias en tiempo de guerra contra el propio gobierno significan, indudable e indiscutiblemente, no solo desear su derrota, sino *contribuir de hecho* a dicha derrota. (Para el «lector perspicaz»: esto no significa en absoluto que haya que «volar puentes», organizar huelgas militares fallidas y, en general, ayudar al gobierno a infligir una derrota a los revolucionarios.)

Escudándose en frases, Trotski se ha hecho un lío entre tres pinos. Le parece que desear la derrota de Rusia significa desear la victoria de Alemania (Bukvoyed y Semkovski expresan de modo más directo esta «idea», o mejor dicho, esta falta de idea, común a ellos y a Trotski). ¡Y en esto ve Trotski la «metodología del socialpatriotismo»! Para ayudar a quienes no saben pensar, la Resolución de Berna (n.° 40 de *Sotsial-Demokrat*) explicaba: en todos los países imperialistas, el proletariado debe desear ahora la derrota de *su* gobierno. Bukvoyed y Trotski prefirieron soslayar esta verdad, y Semkovski (oportunista que más provecho acarrea a la clase obrera con la repetición cándida y abierta de la sabiduría burguesa), Semkovski «soltó una perla»: eso es un sinsentido, pues vencer puede o bien Alemania, o bien Rusia (n.° 2 de *Izvestia*).

Tómese el ejemplo de la Comuna. ¡Alemania venció a Francia, y Bismarck con Thiers venció a los obreros! Si Bukvoyed y Trotski pensaran, verían que se sitúan en el punto de vista de la guerra de los gobiernos y de la burguesía, es decir, se arrastran ante la «metodología política del socialpatriotismo», para decirlo en el lenguaje rebuscado de Trotski.

La revolución durante la guerra es una guerra civil, y la transformación de la guerra de los gobiernos en guerra civil, por un lado, se ve facilitada por los reveses militares (la «derrota») de los gobiernos, y, por otro lado, es imposible en la práctica aspirar a esa transformación sin contribuir con ello a la derrota.

Los chovinistas (con el OK, con la fracción de Chjeidze) reniegan de la «consigna» de la derrota precisamente porque solo esta consigna significa un llamamiento consecuente a las acciones revolucionarias contra el propio gobierno en tiempo de guerra. Y sin tales acciones, millones de frases rrevolucionarísimas sobre la guerra contra la «guerra y las condiciones, etc.» no valen un comino.

Quien quisiera refutar seriamente la «consigna» de la derrota del propio gobierno en la guerra imperialista, tendría que demostrar una de estas tres cosas: o 1) que la guerra de 1914–1915 no es reaccionaria; o 2) que la revolución vinculada a ella es imposible; o 3) que es imposible la correspondencia y la ayuda mutua entre los movimientos revolucionarios de todos los países beligerantes. Esta última consideración es particularmente importante para Rusia, por ser el país más atrasado, en el que la revolución socialista es directamente imposible. Precisamente por eso, los socialdemócratas rusos debieron ser los primeros en presentar la «teoría y la práctica» de la «consigna» de la derrota. Y el gobierno zarista tenía toda la razón en que la agitación de la fracción del POSDR —único ejemplo en la Internacional no ya de una oposición parlamentaria, sino de una agitación verdaderamente revolucionaria entre las masas contra el propio gobierno—, en que esa agitación debilitaba el «poderío militar» de Rusia y contribuía a su derrota. Es un hecho. No es inteligente esconderse de él.

Los adversarios de la consigna de la derrota simplemente se temen a sí mismos, pues no quieren mirar de frente al hecho evidentísimo del vínculo indisoluble entre la agitación revolucionaria contra el gobierno y la contribución a su derrota.

¿Es posible la correspondencia y la ayuda mutua entre el movimiento revolucionario en Rusia, en el sentido democrático-burgués, y el movimiento socialista en Occidente? De ello no dudó en los últimos diez años ningún socialista que se hubiera pronunciado públicamente, y el movimiento del proletariado austríaco después del 17 de octubre de 1905 demostró de hecho esa posibilidad.

Preguntad a cualquier socialdemócrata que se llame internacionalista: ¿simpatiza con un acuerdo de los socialdemócratas de los distintos países beligerantes sobre acciones revolucionarias conjuntas contra todos los gobiernos beligerantes? Muchos responderán que es imposible, como respondió Kautsky (*Neue Zeit*, 2 de octubre de 1914), demostrando con ello plenamente su socialchovinismo. Pues, por un lado, es una falsedad notoria y flagrante, que golpea en el rostro a hechos de todos conocidos y al Manifiesto de Basilea. Y, por otro lado, si eso fuera verdad, ¡entonces los oportunistas tendrían razón en gran medida!

Muchos responderán que simpatizan. Y entonces diremos: si esa simpatía no es hipócrita, es ridículo pensar que en la guerra y para la guerra se requiere un acuerdo «de forma»: ¡elección de representantes, entrevista, firma de un tratado, fijación de día y hora! Solo los Semkovski son capaces de pensar así. Un acuerdo sobre acciones revolucionarias, incluso en un solo país, por no hablar de varios, solo es realizable mediante la fuerza del ejemplo de acciones revolucionarias serias, del inicio de las mismas, de su desarrollo. Y ese inicio, a su vez, es imposible sin el deseo de la derrota y sin la contribución a la derrota. La transformación de la guerra imperialista en guerra civil no puede ser «hecha», como no se puede «hacer» una revolución: brota de toda una serie de fenómenos, aspectos, rasgos, propiedades y consecuencias de la guerra imperialista. Y ese brotar es imposible sin una serie de reveses militares y derrotas de aquellos gobiernos a los que asestan golpes sus propias clases oprimidas.

Renunciar a la consigna de la derrota significa convertir la propia revoluciónariedad en una frase vacía o en pura hipocresía.

¿Y con qué nos proponen sustituir la «consigna» de la derrota? Con la consigna de «ni victorias, ni derrotas» (Semkovski en el n.° 2 de *Izvestia*. Lo mismo todo el OK en el n.° 1). ¡Pero eso no es más que una paráfrasis de la consigna de la «defensa de la patria»! ¡Es precisamente trasladar la cuestión al plano de la guerra de los gobiernos (los cuales, según el contenido de la consigna, deben permanecer en la vieja situación, «conservar sus posiciones»), y no al de la lucha de las clases oprimidas contra el propio gobierno! Es una justificación del chovinismo de todas las naciones imperialistas, cuyas burguesías están siempre dispuestas a decir —y dicen al pueblo— que ellas «solo» luchan «contra la derrota». «El sentido de nuestra votación del 4 de agosto: no a favor de la guerra, sino contra la derrota», escribe el jefe de los oportunistas, E. David, en su libro. ¡Los «okistas», junto con Bukvoyed y Trotski, se sitúan plenamente en el terreno de David, defendiendo la consigna de ni victoria ni derrota!

Esta consigna, si se la piensa a fondo, significa la «paz civil», la renuncia a la lucha de clases de la clase oprimida en todos los países beligerantes, pues la lucha de clases es imposible sin asestar golpes a «su» burguesía y a «su» gobierno, ¡y asestar en tiempo de guerra un golpe a su propio gobierno es alta traición (para conocimiento de Bukvoyed!), es contribuir a la derrota de su propio país! Quien acepta la consigna de «ni victorias, ni derrotas», solo hipócritamente puede estar por la lucha de clases, por la «ruptura de la paz civil»; de hecho, renuncia a una política proletaria independiente, subordinando al proletariado de todos los países beligerantes a una tarea enteramente burguesa: preservar de las derrotas a los actuales gobiernos imperialistas. La única política de ruptura real, no verbal, de la «paz civil», de reconocimiento de la lucha de clases, es la política de que el proletariado aproveche las dificultades de su gobierno y de su burguesía para derrocarlos. Y esto no se puede alcanzar, no se puede aspirar a ello, sin desear la derrota del propio gobierno, sin contribuir a dicha derrota.

Cuando los socialdemócratas italianos plantearon antes de la guerra la cuestión de la huelga de masas, la burguesía les respondió —de manera absolutamente correcta desde su punto de vista—: eso será alta traición, y se os tratará como a traidores. Es una verdad, como es verdad que el hermanamiento en las trincheras es alta traición. Quien escribe contra la «alta traición», como Bukvoyed, contra la «desintegración de Rusia», como Semkovski, se sitúa en un punto de vista burgués, y no proletario. Un proletario no puede asestar un golpe de clase a su gobierno, ni tender (de hecho) la mano a su hermano, al proletario del país «ajeno» que está en guerra con el «nuestro», sin cometer «alta traición», sin contribuir a la derrota, sin ayudar a la desintegración de «su» «gran» potencia imperialista.

Quien está por la consigna de «ni victorias, ni derrotas» es un chovinista consciente o inconsciente, es en el mejor de los casos un pequeño burgués conciliador, pero en cualquier caso un enemigo de la política proletaria, un partidario de los actuales gobiernos, de las actuales clases dominantes.

Examinemos la cuestión desde otro ángulo aún. La guerra no puede sino provocar en las masas los sentimientos más violentos, que trastornan el estado habitual de la psiquis adormecida. Y sin corresponder a estos nuevos y violentos sentimientos, la táctica revolucionaria es imposible.

¿Cuáles son las principales corrientes de estos sentimientos violentos? 1) Horror y desesperación. De ahí el fortalecimiento de la religión. Las iglesias vuelven a llenarse, se regocijan los reaccionarios. «Donde hay sufrimiento, hay religión», dice el archirreaccionario Barrès. Y tiene razón. 2) Odio al «enemigo», sentimiento azuzado especialmente por la burguesía (no tanto por los curas) y ventajoso solo para ella, económica y políticamente. 3) Odio al propio gobierno y a la propia burguesía: sentimiento de todos los obreros conscientes que, por un lado, comprenden que la guerra es la «continuación de la política» del imperialismo y responden a ella con la «continuación» de su odio a su enemigo de clase, y, por otro lado, comprenden que «guerra a la guerra» es una frase trivial sin revolución contra el propio gobierno. ¡No se puede fomentar el odio al propio gobierno y a la propia burguesía sin desearles la derrota, y no se puede ser un adversario no hipócrita de la «paz civil (= de clase)» sin fomentar el odio al propio gobierno y a la propia burguesía!

Los partidarios de la consigna de «ni victorias, ni derrotas» están de hecho del lado de la burguesía y de los oportunistas, «no creen» en la posibilidad de acciones revolucionarias internacionales de la clase obrera contra sus propios gobiernos, no quieren ayudar al desarrollo de tales acciones: tarea, sin duda, nada fácil, pero la única digna de un proletario, la única tarea socialista. Precisamente el proletariado de la más atrasada de las grandes potencias beligerantes debía, sobre todo ante la vergonzosa traición de los socialdemócratas alemanes y franceses, presentar en la persona de su partido una táctica revolucionaria que es absolutamente imposible sin «contribuir a la derrota» de su propio gobierno, pero que es la única que conduce a la revolución europea, a la paz duradera del socialismo, a la liberación de la humanidad de los horrores, las calamidades, el embrutecimiento y el envilecimiento que hoy reinan.

*Sotsial-Demokrat* n.° 43, 26 de julio de 1915

Se imprime según el texto del periódico *Sotsial-Demokrat*