El libro de Eduard David: «La socialdemocracia en la guerra mundial» (Berlín, ed. «Vorwärts», 1915) ofrece un buen compendio de hechos y argumentos relativos a la táctica del partido socialdemócrata oficial alemán en la guerra actual. No hay nada nuevo en el libro para quienes han seguido la literatura oportunista y, en general, la socialdemócrata alemana. Pero, no obstante, el libro es muy útil y no solo como obra de consulta. Quien quiera reflexionar seriamente sobre la bancarrota histórico-mundial de la socialdemocracia alemana, quien quiera comprender realmente cómo y por qué del partido de vanguardia de la socialdemocracia «de repente» (supuestamente de repente) surgió un partido de lacayos de la burguesía y los junkers alemanes, quien quiera profundizar atentamente en el significado de los sofismas corrientes que sirven para justificar y encubrir esta bancarrota, no encontrará aburrido el aburrido libro de E. David. En esencia, David posee una cierta integridad de puntos de vista y la convicción de un político obrero liberal, algo de lo que carece por completo, por ejemplo, el hipócrita y veleta de Kautsky.

David es un oportunista de pies a cabeza, antiguo colaborador de la «Nashe Delo» alemana –el «Sozialistische Monatshefte», autor de un grueso libro sobre la cuestión agraria en el que no hay ni una pizca de socialismo ni de marxismo{212}. El que un sujeto semejante, cuya vida entera está dedicada a la corrupción burguesa del movimiento obrero, haya podido convertirse en uno de los muchos dirigentes del partido, igualmente oportunistas, en diputado e incluso en miembro de la directiva («Vorstand») de la fracción parlamentaria socialdemócrata alemana, ya de por sí invita a serias reflexiones sobre cuán antiguo, profundo y fuerte ha sido el proceso de putrefacción en la socialdemocracia alemana.

El libro de David no tiene ningún valor científico, pues el autor ni siquiera puede o quiere plantear la cuestión –precisamente: la cuestión de cómo las clases principales de la sociedad moderna han preparado, cultivado y creado durante décadas su actitud actual hacia la guerra mediante una política determinada, arraigada en determinados intereses de clase. A David le es completamente ajena incluso la idea de que sin tal investigación no hay nada que discutir sobre la actitud marxista ante la guerra, y que solo tal investigación puede servir de base para estudiar la ideología de las distintas clases en relación con la guerra. David es un abogado de la política obrera liberal, que adapta toda su exposición y todos sus argumentos para influir en el auditorio obrero, para ocultarle los puntos débiles de su posición, para hacer aceptable la táctica liberal a los obreros, para sofocar los instintos revolucionarios proletarios con la mayor cantidad posible de ejemplos autorizados de «la táctica de los socialistas en los Estados occidentales» (título del capítulo VII del libro de David), etc., etc.

Por eso, todo el interés ideológico que presenta el libro de David se reduce a analizar cómo debe hablar la burguesía con los obreros para influir sobre ellos. La esencia de la posición ideológica de E. David desde este (único correcto) punto de vista se reduce a su tesis: «el significado de nuestra votación» (a favor de los créditos de guerra) – «no fue a favor de la guerra, sino contra la derrota» (pág. 3, índice y numerosos pasajes del libro). Este es el leitmotiv de todo el libro de David. A esto están «ajustados» tanto los ejemplos de cómo Marx, Engels y Lassalle se relacionaron con las guerras nacionales de Alemania (cap. II), como los datos sobre «la gigantesca política de conquista de las potencias de la Triple Entente» (cap. IV), y la historia diplomática de la guerra (cap. V), reducida a blanquear a Alemania sobre la base de un intercambio de telegramas oficial en vísperas de la guerra, ridículamente insignificante e igual de ridículamente poco serio, etc. En un capítulo especial (VI), «La magnitud del peligro», se aducen consideraciones y datos sobre la superioridad de fuerzas de la Triple Entente, sobre el carácter reaccionario del zarismo, etc. David, por supuesto, está plenamente a favor de la paz. El autor termina el prefacio a su libro, fechado el 1 de mayo de 1915, con la consigna «¡Paz en la tierra!». David, por supuesto, es internacionalista: la socialdemocracia alemana, véase, «no ha traicionado el espíritu de la Internacional» (8), ella «ha combatido la ponzoñosa siembra del odio entre los pueblos» (8), «desde el primer día de la guerra ha declarado su disposición de principio a la paz una vez alcanzada la seguridad de su país» (8).

El libro de David muestra de manera especialmente patente que los burgueses liberales (y sus agentes en el movimiento obrero, es decir, los oportunistas) están dispuestos, para influir sobre los obreros y sobre las masas en general, a firmar cuantas veces sea necesario su internacionalismo, la aceptación de la consigna de paz, la renuncia a los objetivos de conquista de la guerra, la condena del chovinismo, etc., etc. Todo lo que se quiera, excepto acciones revolucionarias contra su propio gobierno; todo lo que se quiera, con tal de «estar contra la derrota». Y, en realidad, esta ideología, hablando en lenguaje matemático, es precisamente la necesaria y suficiente para embaucar a los obreros: menos no se les puede ofrecer, pues no se puede arrastrar a las masas sin prometerles una paz justa, sin asustarlas con el peligro de una invasión, sin jurar fidelidad al internacionalismo; más no hay que ofrecer, pues lo de más –es decir, la conquista de colonias, la anexión de tierras ajenas, el saqueo de los países vencidos, la obtención de ventajosos tratados comerciales, etc.– lo llevará a cabo no directamente la burguesía liberal, sino la camarilla militar-gubernamental imperialista-militarista después de la guerra.

Los papeles están correctamente repartidos: el gobierno y la camarilla militar, apoyándose en los multimillonarios, en toda la burguesía «de negocios», conduce la guerra, mientras los liberales consuelan y embaucan a las masas con la ideología nacional-defensiva de la guerra, con promesas de una paz democrática, etc. La ideología de los burgueses liberales, humanitarios y pacifistas es precisamente la ideología de E. David, al igual que la de los oportunistas rusos del Comité de Organización, que luchan contra la conveniencia de la derrota, contra el desmembramiento de Rusia, a favor de la consigna de paz, etc.

La táctica de principios, diferente, no liberal, comienza solo allí donde comienza la ruptura decidida con todas las formas de justificación de la participación en la guerra, donde se lleva a cabo en la práctica la política de propaganda y preparación de acciones revolucionarias, durante la guerra y aprovechando las dificultades de la guerra, contra el propio gobierno. David se acerca a esta frontera, la verdadera frontera entre la política burguesa y la proletaria, pero se acerca solo para soslayar el tema desagradable. Recuerda varias veces el Manifiesto de Basilea, pero elude cuidadosamente todos sus pasajes revolucionarios; recuerda cómo Vaillant en Basilea llamaba «a la huelga de guerra y a la revolución social» (pág. 119), pero solo para defenderse a sí mismo con el ejemplo del chovinista Vaillant, y no para citar y analizar las indicaciones revolucionarias de la propia resolución del Congreso de Basilea.

David reimprime una parte bastante grande del manifiesto de nuestro Comité Central, incluyendo su consigna principal, la transformación de la guerra imperialista en guerra civil, pero solo para declarar que esta táctica «rusa» es una «locura» y una «grosera distorsión de las decisiones de la Internacional» (169, 172). Esto es, véase, herveísmo (pág. 176): en el libro de Hervé «está contenida toda la teoría de Lenin, Luxemburg, Radek, Pannekoek, etc.». ¿No hay acaso «herveísmo», queridísimo David, en los pasajes revolucionarios de la resolución de Basilea y del «Manifiesto Comunista»? El recuerdo de este último es tan desagradable para David como para Semkovski el nombre de nuestra revista que lo recuerda. Que «los obreros no tienen patria», esta tesis del «Manifiesto Comunista», según la convicción de David, «ha sido refutada hace mucho tiempo» (pág. 176 y otras). Sobre la cuestión de la nacionalidad, David, en todo un capítulo final, ofrece la más vulgar basura burguesa sobre «la ley biológica de la diferenciación» (!!), etc.

Internacional no significa antinacional, estamos por el derecho de las naciones a la autodeterminación, estamos contra la violencia sobre las naciones débiles –asegura David, sin comprender (o, más bien, fingiendo que no comprende) que precisamente justificar la participación en la guerra imperialista, precisamente plantear en esta guerra la consigna «contra la derrota», significa ser un político no solo antisocialista, sino también antinacional. Pues la guerra imperialista moderna es una guerra de los pueblos de las grandes potencias (= que oprimen a toda una serie de otras naciones) en aras de la opresión de nuevas naciones. No se puede ser «nacional» en la guerra imperialista más que siendo un político socialista, es decir, más que reconociendo el derecho de las naciones oprimidas a la liberación, a la separación de las grandes potencias que las oprimen. En la época del imperialismo no puede haber otra salvación para la mayoría de las naciones del mundo que la acción revolucionaria del proletariado de las naciones de las grandes potencias, que desborda los marcos de la nacionalidad, que rompe estos marcos, que derroca a la burguesía internacional. Sin tal derrocamiento, permanecerán las naciones de las grandes potencias, es decir, permanecerá la opresión de las nueve décimas partes de las naciones de todo el mundo. Y tal derrocamiento acelerará en proporciones gigantescas la caída de todas y cada una de las barreras nacionales, no disminuyendo con ello, sino aumentando en millones de veces la «diferenciación» de la humanidad en el sentido de la riqueza y diversidad de la vida espiritual y de las corrientes ideológicas, aspiraciones y matices.

Escrito en junio-julio de 1915.

Publicado por primera vez el 27 de julio de 1924 en el periódico «Pravda» n.º 169.

Se publica según el manuscrito.