En Inglaterra, la libertad política ha sido hasta ahora incomparablemente más amplia que en otros países de Europa. La burguesía, aquí más que en ninguna parte, está acostumbrada a gobernar y sabe gobernar. Las relaciones entre las clases son más desarrolladas y, en muchos aspectos, más claras que en otros Estados. La ausencia del servicio militar obligatorio hace al pueblo más libre en la cuestión de la actitud ante la guerra, en el sentido de que cada cual es libre de negarse a ingresar en el ejército, y por eso el gobierno (en Inglaterra el gobierno es un comité del más puro género para la administración de los negocios de la burguesía) se ve obligado a tensar todos los esfuerzos para desarrollar el entusiasmo «popular» por la guerra, objetivo que sería absolutamente imposible de alcanzar sin una ruptura radical de las leyes, si la masa proletaria no estuviera completamente desorganizada y desmoralizada por el paso de una minoría de obreros mejor situados, cualificados y agrupados en sindicatos al lado de la política liberal, es decir, burguesa. Los trade unions ingleses agrupan aproximadamente a 1/5 parte de los obreros asalariados. Los dirigentes de estos trade unions son, en su mayoría, liberales, y Marx ya hace mucho tiempo los llamó agentes de la burguesía.

Todas estas particularidades de Inglaterra nos ayudan a comprender tanto más fácilmente la esencia del socialchovinismo contemporáneo, por un lado –pues esta esencia es idéntica en los países autocráticos y democráticos, militaristas y que no conocen el servicio militar obligatorio– y, por otro lado, nos ayudan a valorar, basándonos en los hechos, el significado de esa conciliación con el socialchovinismo que se expresa, por ejemplo, en la exaltación de la consigna de la paz, etc.

La expresión más acabada del oportunismo y de la política obrera liberal la tenemos, sin duda, en la «Sociedad Fabiana». Que el lector consulte la correspondencia de Marx y Engels con Sorge (hay traducción rusa en dos ediciones){209}. Encontrará allí una brillante caracterización de esta sociedad hecha por Engels, quien trata a los señores Sidney Webb y Cía. como a una pandilla de bribones burgueses que quieren corromper a los obreros, que quieren influir sobre ellos en un sentido contrarrevolucionario. Se puede asegurar que ningún dirigente mínimamente responsable e influyente de la Segunda Internacional intentó jamás, no ya refutar esta valoración de Engels, sino siquiera dudar de su justeza.

Compárense ahora los hechos, dejando a un lado por un momento las teorías. Verán ustedes que la conducta durante la guerra de los fabianos (véase, por ejemplo, su semanario «The New Statesman»{210}) y del partido socialdemócrata alemán, incluido Kautsky, es completamente idéntica. La misma defensa, directa e indirecta, del socialchovinismo; la misma combinación de esa defensa con la disposición a pronunciar toda clase de frasecitas bondadosas, humanitarias y casi izquierdistas sobre la paz, el desarme, etc., etc.

El hecho es patente, y la conclusión que de él se desprende, por desagradable que sea para distintas personas, es inevitable e irrefutable: de hecho, los dirigentes del actual partido socialdemócrata alemán, incluido Kautsky, son exactamente los mismos agentes de la burguesía que Engels llamó hace ya mucho tiempo a los fabianos. El no reconocimiento del marxismo por los fabianos y su «reconocimiento» por Kautsky y Cía. no cambia absolutamente nada en la esencia del asunto, en la política práctica, y demuestra únicamente la transformación del marxismo en struvismo en algunos escritores, políticos, etc. Su hipocresía no es un vicio personal suyo; pueden ser, en casos particulares, virtuosísimos padres de familia: su hipocresía es el resultado de la falsedad objetiva de su situación social, cuando dicen representar al proletariado revolucionario, pero de hecho son agentes para introducir en el proletariado las ideas burguesas, chovinistas.

Los fabianos son más sinceros y más honestos que Kautsky y Cía., pues no prometieron defender la revolución; pero, políticamente, son una y la misma cosa.

El carácter «ancestral» de la libertad política en Inglaterra y el desarrollo de su vida política en general, y de su burguesía en particular, han hecho que los distintos matices de las opiniones burguesas encontraran rápida, fácil y libremente en este país una nueva expresión en nuevas organizaciones políticas. Una de esas organizaciones es la «Unión de Control Democrático» (Union of Democratic Control). Secretario y tesorero de esta organización es Morel (E. D. Morel), quien actualmente es también colaborador permanente del órgano central del «Partido Laborista Independiente», el periódico «Labour Leader». Este individuo fue durante varios años candidato del partido liberal en la circunscripción de Birkenhead. Cuando Morel, poco después de estallar la guerra, se pronunció contra ella, el comité de la Asociación Liberal de Birkenhead le comunicó, en carta del 2 de octubre de 1914, que su candidatura era en adelante inaceptable para los liberales, es decir, simplemente lo expulsó del partido. Morel respondió con una carta del 14 de octubre, que luego reeditó en un folleto aparte titulado «The outbreak of the war» («Cómo estalló la guerra»). En este folleto, así como en una serie de otros artículos, Morel desenmascara a su gobierno, demostrando la falsedad de las referencias a que la causa de la guerra fue la violación de la neutralidad de Bélgica, a que el objetivo de la guerra es la destrucción del imperialismo prusiano, etc., etc. Morel defiende el programa de la «Unión de Control Democrático», que consiste en la paz, el desarme, la concesión a todas las regiones del derecho a decidir su destino mediante plebiscito y en el control democrático de la política exterior.

De todo esto se desprende que Morel, como personalidad, merece indudablemente reconocimiento por su sincera simpatía hacia el democratismo, por su giro de la burguesía chovinista a la burguesía pacifista. Cuando Morel demuestra con hechos que su gobierno engañaba al pueblo afirmando que no había tratados secretos, cuando en realidad sí los había; que la burguesía inglesa ya en 1887 tenía plena conciencia de la inevitabilidad de la violación de la neutralidad de Bélgica en caso de guerra franco-alemana y rechazaba resueltamente la idea de intervenir (¡entonces Alemania no era aún un competidor peligroso!); que militaristas franceses como el coronel Boucher reconocían abiertamente, en toda una serie de libros anteriores a la guerra, sus planes de guerra ofensiva de Francia y Rusia contra Alemania; que la conocida autoridad militar de Inglaterra, el coronel Repington, en 1911 reconocía públicamente el crecimiento de los armamentos en Rusia después de 1905 como una amenaza para Alemania; cuando Morel demuestra todo esto, no podemos dejar de reconocer que tenemos ante nosotros a un burgués excepcionalmente honesto y valiente, que no teme la ruptura con su partido.

Pero cualquiera convendrá enseguida en que no deja de ser un burgués, cuyas frases sobre la paz y el desarme siguen siendo frases vacías, porque sin acciones revolucionarias del proletariado no puede hablarse ni de paz democrática ni de desarme. Y Morel, que ahora se ha distanciado de los liberales por la cuestión de esta guerra concreta, sigue siendo liberal en todas las demás cuestiones económicas y políticas. ¿Por qué, entonces, cuando en Alemania Kautsky encubre esas mismas frases burguesas sobre la paz y el desarme con ademanes marxistas, se ve en ello no la hipocresía de Kautsky, sino un mérito suyo? Sólo el escaso desarrollo de las relaciones políticas y la ausencia de libertad política en Alemania impiden que en ella se forme, con tanta rapidez y facilidad como en Inglaterra, una liga burguesa por la paz y el desarme con el programa de Kautsky.

Reconozcamos, pues, la verdad: Kautsky se sitúa en la posición de un burgués pacifista y no de un socialdemócrata revolucionario.

Vivimos acontecimientos lo bastante grandes como para, «sin miramientos a las personas», tener el valor de reconocer la verdad.

Sintiendo aversión por las teorías abstractas y enorgulleciéndose de su practicismo, los ingleses no pocas veces plantean las cuestiones políticas de manera más directa, ayudando así a los socialistas de otros países a encontrar el contenido real bajo la envoltura de toda clase de fraseología (incluida la «marxista»). En este sentido, es instructivo el folleto «Socialismo y guerra»[37], aparecido antes de la guerra en edición del periódico chovinista «Clarion». El folleto contiene un «manifiesto» contra la guerra del socialista norteamericano Upton Sinclair y la respuesta del chovinista Robert Blatchford, que se sitúa desde hace tiempo en el punto de vista imperialista de Hyndman.

Sinclair es un socialista de sentimiento, sin formación teórica. Plantea la cuestión «sencillamente», indignándose ante la guerra que se avecina y buscando la salvación de ella en el socialismo.

«Nos dicen –escribe Sinclair– que el movimiento socialista es todavía demasiado débil, que debemos esperar a la evolución. Pero la evolución ocurre en los corazones de los hombres; nosotros somos los instrumentos de la evolución, y si no luchamos, no habrá ninguna evolución. Nos dicen que nuestro movimiento» (contra la guerra) «será aplastado; pero yo declaro mi profunda convicción de que la represión de cualquier insurrección que tenga por objetivo, por los más altos motivos humanitarios, impedir la guerra, sería la mayor victoria jamás alcanzada por el socialismo; que sacudiría la conciencia de la civilización y estremecería a los obreros de todo el mundo como nada en la historia los ha estremecido aún. No seamos demasiado tímidos con respecto a nuestro movimiento, no atribuyamos demasiado valor al número y a las apariencias externas de la fuerza. Mil hombres, con fe ardiente y decisión, son más fuertes que un millón que se ha vuelto cauto y respetable. Y no hay para el movimiento socialista peligro mayor que el peligro de convertirse en una institución establecida».

Como ven, ésta es una advertencia ingenua, teóricamente no elaborada, pero profundamente justa, sobre la vulgarización del socialismo y un llamamiento a la lucha revolucionaria.

¿Qué responde Blatchford a Sinclair?

Que la guerra es provocada por los intereses capitalistas y militaristas, todo eso es cierto –dice–. Y yo, no menos que cualquier otro socialista, aspiro a la paz y a la superación del capitalismo por el socialismo. Pero «con frases retóricas y bonitas» Sinclair no me convencerá ni eliminará los hechos. «Los hechos, amigo Sinclair, son cosa testaruda, y el peligro alemán es un hecho». Ni nosotros ni los socialistas alemanes estamos en condiciones de impedir la guerra. Sinclair exagera desmesuradamente nuestras fuerzas. No estamos unidos, no tenemos ni dinero, ni armas, «ni disciplina». Sólo nos queda ayudar al gobierno británico a aumentar su flota, porque no hay ni puede haber otra garantía de paz.

En la Europa continental, los chovinistas no se han manifestado tan francamente ni antes ni después de la guerra. En Alemania, en lugar de franqueza reina la hipocresía de Kautsky y el juego a los sofismas, también en Plejánov. Precisamente por eso es instructivo ver las relaciones en un país más desarrollado. Aquí a nadie se embauca con sofistería y caricatura del marxismo. Las cuestiones se plantean de manera más directa y veraz. Aprendamos de los «adelantados» ingleses.

Sinclair es ingenuo con su llamamiento, aunque en el fondo éste sea profundamente justo; ingenuo, porque ignora el desarrollo medio siglo del socialismo de masas, la lucha de corrientes en su seno, ignora las condiciones del crecimiento de las acciones revolucionarias en presencia de una situación objetivamente revolucionaria y de una organización revolucionaria. Esto no puede sustituirse con el «sentimiento». La dura y despiadada lucha de las poderosas corrientes en el socialismo, la oportunista y la revolucionaria, no se puede eludir con retórica.

Blatchford habla sin rodeos y revela el argumento recóndito de los kautskyanos y Cía., que temen decir la verdad. Somos aún débiles; eso es todo –dice Blatchford. Pero con su franqueza pone inmediatamente al descubierto y deja en evidencia su oportunismo, su chovinismo. Que sirve a la burguesía y a los oportunistas se ve de inmediato. Al reconocer la «debilidad» del socialismo, él mismo lo debilita con la prédica de una política antisocialista, burguesa.

Al igual que Sinclair, pero en sentido inverso, como un cobarde y no como un luchador, como un traidor y no como un «loco temerario», él también ignora las condiciones de creación de una situación revolucionaria.

Pero por sus conclusiones prácticas, por su política (renuncia a las acciones revolucionarias, a la propaganda y preparación de las mismas), Blatchford, chovinista vulgar, coincide plenamente con Plejánov y Kautsky.

Las palabras marxistas se han convertido hoy en día en encubrimiento de una renuncia total al marxismo; para ser marxista, hay que desenmascarar la «hipocresía marxista» de los dirigentes de la Segunda Internacional, hay que mirar sin miedo la lucha de las dos corrientes en el socialismo, hay que reflexionar hasta el fin sobre los problemas de esta lucha. He aquí la conclusión que se desprende de las relaciones inglesas, las cuales nos muestran la esencia marxista del asunto sin palabras marxistas.

Escrito en junio de 1915.

Publicado por primera vez el 27 de julio de 1924 en el periódico «Pravda», núm. 169.

Se publica según el manuscrito.