«Nuestra Causa» (1915, núm. 1), publicado en Petrogrado por los liquidadores, imprime la traducción del folleto de Kautsky: «El internacionalismo y la guerra»{179}. El señor A. Potrésov declara al respecto su desacuerdo con Kautsky, quien actúa, en su opinión, ora como «abogado» (es decir, defensor del socialchovinismo alemán, que no reconoce la razón de la variedad franco-rusa de esta corriente), ora como «juez» (es decir, marxista que intenta aplicar imparcialmente el método de Marx).

En realidad, tanto el señor A. Potrésov como Kautsky traicionan en lo fundamental al marxismo, defendiendo con evidentes sofismas la política obrera nacional-liberal. El señor A. Potrésov desvía la atención de los lectores de lo fundamental, discutiendo con Kautsky sobre aspectos particulares. En opinión del señor A. Potrésov, la «solución» de la cuestión de la actitud hacia la guerra por parte de la «democracia» anglo-francesa (el autor tiene en mente la democracia obrera) es «una solución buena en general» (pág. 69); «ellos (estas democracias) actuaron correctamente», aunque su decisión no es tanto consciente como «debido a una feliz casualidad... coincide con la decisión nacional».

El sentido de estas palabras es claro: el señor A. Potrésov defiende, bajo el amparo de los anglo-franceses, el chovinismo ruso, justificando la táctica patriótica de los socialistas de la Triple Entente. Con Kautsky, el señor A. Potrésov discute no como un marxista con un chovinista, sino como un chovinista ruso con un chovinista alemán. Este es un recurso vulgar y manido, y solo cabe señalar que el señor A. Potrésov disfraza y embrolla de todas las maneras posibles el sentido simple y claro de sus discursos.

La esencia del asunto está en aquello en lo que coinciden tanto el señor A. Potrésov como Kautsky. Coinciden, por ejemplo, en que «el internacionalismo del proletariado moderno es compatible con la defensa de la patria» (K. Kautsky, pág. 34 de la edición alemana del folleto de Kautsky). El señor A. Potrésov escribe sobre la situación particular de un Estado «que ha sido sometido a la devastación». Kautsky escribe: «El pueblo nada teme tanto como la invasión enemiga... Si la población ve la causa de la guerra no en su propio gobierno, sino en la perfidia del Estado vecino –¡y qué gobierno no intentará, con ayuda de la prensa, etc., inculcar tal opinión en la masa de la población!–, entonces... en toda la población estallará un impulso unánime de defender las fronteras del enemigo... La multitud enfurecida mataría por sí misma a quienes intentaran impedir el envío de tropas a las fronteras» (K. Kautsky, pág. 33, del artículo de 1911){180}.

He aquí una defensa pretendidamente marxista de la idea fundamental de todos los socialchovinistas.

Kautsky ya veía perfectamente en 1911 que el gobierno (y la burguesía) engañará al «pueblo, a la población, a la multitud», echando la culpa a la «perfidia» de otro país. La cuestión es si es compatible con el internacionalismo y con el socialismo el apoyo a tal engaño –ya sea mediante la votación de créditos, discursos, artículos, etc.– o si este apoyo equivale a una política obrera nacional-liberal. Kautsky actúa como el más desvergonzado «abogado», como un sofista redomado, sustituyendo esta cuestión por la cuestión de si es razonable que «individuos aislados» «impidan enviar tropas» contra la voluntad de la mayoría de la población, engañada por su gobierno. No se discute sobre eso. No es esa la esencia. A los pequeños burgueses engañados hay que disuadirlos, explicarles el engaño; a veces es necesario, yendo con ellos a la guerra, saber esperar a que sus cabezas sean trabajadas por la experiencia de la guerra. No se trata de eso, sino de si es permisible que los socialistas participen en el engaño del «pueblo» por la burguesía. Kautsky y A. Potrésov justifican tal engaño. Pues saben perfectamente que en la guerra imperialista de 1914 es igualmente culpable la «perfidia» de los gobiernos y la burguesía de todas las «grandes» potencias, tanto de Inglaterra como de Francia, de Alemania y de Rusia. De esto habla claramente, por ejemplo, la resolución de Basilea de 1912.

Que el «pueblo», es decir, la masa de pequeños burgueses y una parte de los obreros embaucados, cree en el cuento burgués de la «perfidia» del enemigo, es indudable. Pero la tarea de la socialdemocracia es combatir el engaño, no apoyarlo. Todos los socialdemócratas en todos los países dijeron mucho antes de la guerra, y confirmaron en Basilea, que cada una de las grandes potencias aspira en realidad al fortalecimiento y ampliación de su dominio sobre las colonias, a la opresión de las naciones pequeñas, etc. La guerra se libra por el reparto de las colonias y el saqueo de tierras ajenas; los ladrones se pelean –y remitirse a que en este momento sufre una derrota tal o cual ladrón, para presentar el interés de los ladrones como interés del pueblo o de la patria, es una desvergonzada mentira burguesa. Al «pueblo», que sufre por la guerra, debemos decirle la verdad, que consiste en que la defensa contra las calamidades de la guerra es imposible sin el derrocamiento de los gobiernos y la burguesía de cada país beligerante. Defender Bélgica mediante el estrangulamiento de Galitzia o Hungría no es «defensa de la patria».

Pero el propio Marx, al condenar guerras, por ejemplo las de 1854–1876, se ponía del lado de una de las potencias beligerantes cuando la guerra, contra la voluntad de los socialistas, resultaba ser un hecho. Este es el contenido principal y el principal «triunfo» del folleto de Kautsky. Tal es también la posición del señor A. Potrésov, quien por «internacionalidad» entiende la determinación de qué éxito en la guerra es más deseable o menos perjudicial, desde el punto de vista de los intereses no del proletariado nacional, sino del proletariado mundial. La guerra la libran los gobiernos y la burguesía; el proletariado debe determinar qué victoria gubernamental es la menos peligrosa para los obreros del mundo entero.

El sofisma de estos razonamientos consiste en que realizan una sustitución, colocando la época histórica anterior, hace tiempo pasada, en lugar de la presente. La característica fundamental de las guerras anteriores a las que se remite Kautsky era la siguiente: 1) las guerras anteriores resolvían cuestiones de transformaciones democrático-burguesas y de derrocamiento del absolutismo o de la opresión nacional extranjera; 2) entonces no habían madurado aún las condiciones objetivas de la revolución socialista, y ningún socialista podía hablar, antes de la guerra, de utilizarla «para acelerar el derrumbe del capitalismo», como dicen las resoluciones de Stuttgart (1907) y de Basilea (1912); 3) entonces no existían partidos socialistas más o menos fuertes, de masas, probados en una serie de batallas, en los Estados de ambas partes beligerantes.

En pocas palabras: ¿es de extrañar que Marx y los marxistas se limitaran a determinar qué victoria burguesa era menos perjudicial (o más útil) para el proletariado mundial, cuando aún no podía hablarse de un movimiento proletario general contra los gobiernos y la burguesía en todos los países beligerantes?

Por primera vez en la historia mundial, los socialistas de todos los países beligerantes, mucho antes de la guerra, se reúnen y declaran: utilizaremos la guerra «para acelerar el derrumbe del capitalismo» (resolución de Stuttgart de 1907). Esto significa que reconocen que han madurado las condiciones objetivas para tal «aceleración del derrumbe», es decir, para la revolución socialista. Esto significa que amenazan a los gobiernos con la revolución. En Basilea (1912) esto se dijo aún más claramente, remitiéndose a la Comuna y a octubre-diciembre de 1905, es decir, a la guerra civil.

Cuando estalló la guerra, los socialistas que habían amenazado a los gobiernos con la revolución y llamado al proletariado a la revolución, ¡empiezan a remitirse a lo que ocurrió hace medio siglo y justifican el apoyo de los socialistas a los gobiernos y la burguesía! Mil veces tiene razón el marxista Gorter cuando en su folleto holandés: «El imperialismo, la guerra mundial y la socialdemocracia» (pág. 84) compara a los «radicales» del tipo de Kautsky con los liberales de 1848, valientes de palabra y traidores de hecho.

Durante décadas creció la contradicción entre los elementos revolucionarios socialdemócratas y los oportunistas dentro del socialismo europeo. La crisis ha madurado. La guerra ha abierto el absceso. La mayoría de los partidos oficiales está vencida por los políticos obreros nacional-liberales, que defienden los privilegios de «su», de la «patria» burguesa, su derecho preferente a poseer colonias, a oprimir a las pequeñas naciones, etc. Tanto Kautsky como A. Potrésov encubren, defienden y justifican la política obrera nacional-liberal en lugar de desenmascararla ante el proletariado. Esta es la esencia de los sofismas del socialchovinismo.

El señor A. Potrésov, sin embargo, se fue de la lengua imprudentemente, reconociendo «la inconsistencia de principio de la fórmula de Stuttgart» (pág. 79). ¡Qué bien! Los renegados abiertos son más útiles para el proletariado que los encubiertos. ¡Continúe, señor A. Potrésov, reniegue más honradamente de Stuttgart y Basilea!

El diplomático Kautsky es más hábil que el señor A. Potrésov: no reniega de Stuttgart y Basilea, él solo... ¡«solo»!... cita el Manifiesto de Basilea, ¡omitiendo todas las referencias a la revolución! La censura, probablemente, estorbaba tanto a Potrésov como a Kautsky. A. Potrésov y Kautsky estarán de acuerdo, seguramente, en hablar de la revolución cuando lo permita la censura...

Esperemos que A. Potrésov, Kautsky o sus partidarios propongan sustituir las resoluciones de Stuttgart y Basilea por algo así como: «si la guerra, a pesar de nuestros esfuerzos, estalla de todos modos, debemos determinar, desde el punto de vista del proletariado mundial, qué le es más ventajoso: que la India sea saqueada por Inglaterra o por Alemania, que a los negros en África los emborrachen y desplumen los franceses o los alemanes, que a Turquía la opriman los austro-alemanes o los anglo-franco-rusos, que los alemanes sofoquen Bélgica o los rusos Galitzia, que a China se la repartan los japoneses o los americanos», etc.

«Socialdemócrata» núm. 41, 1 de mayo de 1915.

Se imprime según el texto del periódico «Socialdemócrata».