En el n.º 1 de «Nuestro Deber» (Petrogrado, enero de 1915){150} se publicó un artículo programático sumamente característico del señor A. Potrésov: «En el lindero de dos épocas». Al igual que el artículo precedente del mismo autor, publicado en una revista poco antes, este artículo expone las ideas fundamentales de toda una corriente burguesa del pensamiento social en Rusia, justamente la corriente liquidacionista, sobre cuestiones importantes y candentes de la actualidad. En rigor, no son artículos, sino un manifiesto de determinada tendencia, y todo aquel que los lea atentamente y reflexione sobre su contenido verá que solo consideraciones casuales, es decir, ajenas a los intereses puramente literarios, impidieron que las ideas del autor (y de sus amigos, pues el autor no está solo) se expresasen en la forma más apropiada de una declaración o de un «credo» (confesión de fe).

La idea principal de A. Potrésov consiste en que la democracia contemporánea se halla en el lindero de dos épocas, y la diferencia radical entre la vieja y la nueva época consiste en el tránsito de la limitación nacional a la *internacionalidad*. Por democracia contemporánea, A. Potrésov tiene en cuenta aquella que es característica precisamente para fines del siglo XIX y comienzos del XX, a diferencia de la vieja democracia burguesa, característica para fines del siglo XVIII y los dos primeros tercios del XIX.

A primera vista puede parecer que la idea del autor es absolutamente correcta, que tenemos ante nosotros a un adversario de la corriente nacional-liberal, dominante hoy en la democracia contemporánea, que el autor es un «internacionalista» y no un nacional-liberal.

En efecto, la defensa de la internacionalidad, la asignación de la limitación nacional y de la exclusividad nacional a los rasgos de la vieja época ya superada, ¿acaso no es esto una ruptura decidida con la epidemia del nacional-liberalismo, esa lacra de la democracia contemporánea o, mejor dicho, de sus representantes oficiales?

A primera vista no solo puede parecer así, sino que casi inevitablemente debe parecerlo. Y sin embargo, es un error de raíz. El autor transporta su carga bajo bandera ajena. Ha empleado —consciente o inconscientemente, en este caso da igual— un pequeño ardid bélico, ha izado la bandera de la «internacionalidad» con el fin de pasar más seguramente bajo esta bandera la carga de contrabando del nacional-liberalismo. Porque A. Potrésov es un nacional-liberal indudabilísimo. Toda la esencia de su artículo (y de su programa, de su plataforma, de su «credo») consiste precisamente en la aplicación de este pequeño, si se quiere, inocente ardid bélico, en pasar el oportunismo bajo bandera de internacionalidad. Es necesario detenerse con todo detalle en la explicación de esta esencia, pues se trata de una cuestión de enorme, de primordialísima importancia. Y el empleo de bandera ajena por parte de A. Potrésov es tanto más peligroso cuanto que no solo se escuda en el principio de la «internacionalidad», sino también en el título de partidario de la «metodología marxista». Dicho de otro modo, A. Potrésov quiere ser verdadero seguidor y exponente del marxismo, mientras que en realidad sustituye el marxismo por el nacional-liberalismo. A. Potrésov quiere «corregir» a Kautsky acusándolo de «abogacía», es decir, de defensa del liberalismo teñido ya del color de una nación, ya del de otra, de diferentes naciones. A. Potrésov quiere contraponer al nacional-liberalismo (pues es absolutamente indudable e irrefutable que Kautsky se ha convertido hoy en un nacional-liberal) la internacionalidad y el marxismo. Pero en realidad, A. Potrésov contrapone al nacional-liberalismo abigarrado un nacional-liberalismo monocromo. En cambio, el marxismo es hostil —y para la situación histórica concreta dada, hostil en todos los sentidos— a todo nacional-liberalismo.

Que esto es realmente así y por qué es así, de ello trataremos ahora.

I

El quid de las desventuras de A. Potrésov, que lo han llevado a resultar navegando bajo bandera nacional-liberal, puede comprenderse con mayor facilidad si el lector penetra en el siguiente pasaje del artículo:

«…Con todo el temperamento que les era propio (a Marx y sus compañeros), se lanzaban a la superación del problema, por complejo que fuera, diagnosticaban el conflicto, intentaban determinar el éxito de qué bando abría más espacio a las posibilidades deseables desde su punto de vista, y establecían de este modo una base conocida para construir su táctica» (pág. 73, cursivas nuestras en las citas).

«El éxito de qué bando es más deseable»: he aquí lo que hay que determinar, y además no desde el punto de vista nacional, sino desde el internacional; he aquí la esencia de la metodología marxista; he aquí lo que Kautsky no da, convirtiéndose así de «juez» (de marxista) en «abogado» (nacional-liberal). Tal es la idea de A. Potrésov. El propio A. Potrésov está profundísimamente convencido de que él no «aboga» en absoluto, al defender lo deseable del éxito de uno de los bandos (justamente de su bando), sino de que se guía por consideraciones verdaderamente internacionales sobre los pecados «extraordinarios» del otro bando…

Y Potrésov, y Máslov, y Plejánov, etcétera, se guían por consideraciones verdaderamente internacionales, llegando a las mismas conclusiones que el primero de ellos… Esto es ingenuo hasta… Por lo demás, no nos adelantemos, sino terminemos primero el análisis de la cuestión puramente teórica.

«El éxito de qué bando es más deseable», determinaba Marx, por ejemplo, en la guerra italiana de 1859. A. Potrésov se detiene precisamente en este ejemplo, «que tiene para nosotros, en vista de algunas de sus peculiaridades, un interés especial». Por nuestra parte, también estamos de acuerdo en tomar el ejemplo elegido por A. Potrésov.

Supuestamente para liberar a Italia, pero en realidad con sus fines dinásticos, Napoleón III declaró la guerra a Austria en 1859.

«Tras la espalda de Napoleón III —escribe A. Potrésov— se perfilaba la figura de Gorchakov, que justo antes había concertado un acuerdo secreto con el emperador de los franceses». Se obtiene un ovillo de contradicciones: de un lado, la monarquía europea más reaccionaria, que oprimía a Italia; del otro, los representantes de la Italia que se liberaba y era revolucionaria, hasta Garibaldi, codo con codo con el archirreaccionario Napoleón III, etcétera. «¿No habría sido más sencillo —escribe L. Potrésov— apartarse del mal diciendo: “ambos son peores”? Sin embargo, ni Engels, ni Marx, ni Lassalle se sintieron tentados por la “sencillez” de semejante solución, y se pusieron a investigar la cuestión» (A. Potrésov quiere decir: a estudiar e investigar la cuestión) «de qué desenlace del conflicto puede presentar las máximas posibilidades a aquella causa que a todos ellos les es cara».

Marx y Engels consideraban, a diferencia de Lassalle, que Prusia debía intervenir. Entre sus consideraciones —según reconoce el propio A. Potrésov— figuraban reflexiones «tanto sobre el posible movimiento nacional en Alemania, como resultado del choque con una coalición hostil, que se desarrollaría por encima de sus numerosos gobernantes, como sobre qué potencia en el concierto europeo representa el mal central: la monarquía reaccionaria del Danubio u otros destacados representantes de dicho concierto».

«No nos importa —concluye A. Potrésov— si tenía razón Marx o Lassalle; lo importante es que todos coinciden en la necesidad de determinar, desde el punto de vista internacional, el éxito de qué bando es más deseable».

Tal es el ejemplo tomado por A. Potrésov; tal es el razonamiento de nuestro autor. Si Marx supo entonces «valorar los conflictos internacionales» (expresión de A. Potrésov), a pesar de la extrema reacción de los gobiernos de ambos bandos beligerantes, también ahora los marxistas están obligados a dar una valoración semejante, deduce A. Potrésov.

Esta deducción es puerilmente ingenua o groseramente sofística, pues se reduce a lo siguiente: como Marx en 1859 decidió la cuestión de qué burguesía tenía un éxito más deseable, por eso también nosotros, más de medio siglo después, debemos decidir una cuestión exactamente igual.

A. Potresov no notó que en Marx, en 1859 (y en toda una serie de casos posteriores), la cuestión de "el éxito de qué lado es más deseable" equivale a la cuestión de "el éxito de qué burguesía es más deseable". A. Potresov no notó que Marx resolvía la cuestión que conocemos cuando existían —y no solo existían, sino que estaban en el primer plano del proceso histórico en los Estados más importantes de Europa— movimientos burgueses indudablemente progresistas. En nuestros días, en relación, por ejemplo, a figuras tan indudablemente centrales e importantísimas del "concierto" europeo como Inglaterra y Alemania, sería ridículo incluso pensar en una burguesía progresista, en un movimiento burgués progresista. La vieja "democracia" burguesa de estas magnitudes estatales centrales e importantísimas se ha vuelto reaccionaria. Y el señor A. Potresov "olvidó" esto y sustituyó la cuestión del punto de vista de la democracia contemporánea (no burguesa) por el punto de vista de la vieja (burguesa), pretendida democracia. Este traslado al punto de vista de una clase distinta, y además vieja, caduca, es oportunismo puro y duro. No puede hablarse de justificar tal traslado mediante el análisis del contenido objetivo del proceso histórico en la vieja y en la nueva época.

Precisamente la burguesía —por ejemplo, en Alemania, y en Inglaterra también— se esfuerza por realizar la misma sustitución que ha realizado A. Potresov: la sustitución de la época imperialista por la época de los movimientos burgueses progresistas, de liberación nacional y de liberación democrática. A. Potresov camina acríticamente a remolque de la burguesía. Y esto es tanto más imperdonable cuanto que el propio A. Potresov, en el ejemplo que él mismo tomó, debía haber reconocido y señalado por qué tipo de consideraciones se guiaban Marx, Engels y Lassalle en una época ya hace mucho tiempo pasada[17].

En primer lugar, eran consideraciones sobre el movimiento nacional (de Alemania e Italia), sobre que este se desarrollara por encima de los "representantes del medioevo"; en segundo lugar, consideraciones sobre el "mal central" de las monarquías reaccionarias (austriaca, napoleónica, etc.) en el concierto europeo.

Estas son consideraciones completamente claras e indiscutibles. Los marxistas nunca negaron el carácter progresista de los movimientos burgueses de liberación nacional contra las fuerzas feudales absolutistas. A. Potresov no puede no saber que nada semejante existe ni puede existir en los Estados centrales, es decir, principales, más importantes y en conflicto de nuestra época. Entonces, existían tanto en Italia como en Alemania movimientos populares del tipo de liberación nacional que se prolongaron durante décadas. Entonces, la burguesía occidental no apoyaba con sus finanzas a ciertas otras magnitudes estatales, sino que, al contrario, esas magnitudes eran efectivamente el "mal central". A. Potresov no puede no saber —él mismo lo reconoce en el mismo artículo— que en nuestra época, ni una sola de las otras magnitudes estatales es ni puede ser el "mal central".

La burguesía (por ejemplo, la alemana, aunque en absoluto solo ella), por objetivos egoístas, atiza la ideología de los movimientos nacionales, esforzándose por trasladarla a la época del imperialismo, es decir, a una época completamente distinta. Detrás de la burguesía, como siempre, caminan a remolque los oportunistas, abandonando el punto de vista de la democracia contemporánea y pasando al punto de vista de la vieja (burguesa) democracia. Precisamente en esto consiste el pecado fundamental de todos los artículos y de toda la posición, de toda la línea de A. Potresov y de sus correligionarios liquidacionistas. Marx y Engels, en la época de la vieja (burguesa) democracia, resolvían la cuestión de cuál burguesía era más deseable, preocupándose por el desarrollo del movimiento liberal-modesto en uno democrático-impetuoso. A. Potresov, en la época de la democracia contemporánea (no burguesa), predica el nacional-liberalismo burgués, cuando ni en Inglaterra, ni en Alemania, ni en Francia puede hablarse de movimientos burgueses progresistas, ni liberal-modestos, ni democrático-impetuosos. Marx y Engels marchaban hacia adelante desde su época, desde la época de los movimientos burgueses nacionales progresistas, empujando esos movimientos más lejos, preocupándose de que se desarrollaran "por encima de" los representantes del medioevo.

A. Potresov, como todos los socialchovinistas, retrocede desde su época de democracia contemporánea, saltando al punto de vista viejo, caduco, muerto y por eso intrínsecamente falso, de la vieja (burguesa) democracia.

Por eso, la siguiente llamada de A. Potresov a la democracia es una grandísima confusión y una grandísima consigna reaccionaria.

"...Marcha no hacia atrás, sino hacia adelante. No hacia el individualismo, sino hacia la conciencia internacional en toda su integridad y en toda su fuerza. Hacia adelante, es decir, en cierto sentido también hacia atrás: hacia atrás, hacia Engels, Marx, Lassalle, hacia su método de valoración de los conflictos internacionales; hacia su inclusión de la acción internacional de los Estados en el círculo general de la utilización democrática".

A. Potresov, no "en cierto sentido", sino en todos los sentidos, arrastra a la democracia contemporánea hacia atrás, hacia las consignas y la ideología de la vieja democracia burguesa, hacia la dependencia de las masas respecto a la burguesía... El método de Marx consiste ante todo en tomar en cuenta el contenido objetivo del proceso histórico en un momento concreto dado, en una situación concreta dada, para comprender ante todo el movimiento de qué clase es el resorte principal del progreso posible en esa situación concreta. Entonces, en 1859, el contenido objetivo del proceso histórico en la Europa continental no era el imperialismo, sino los movimientos burgueses de liberación nacional. El resorte principal era el movimiento de la burguesía contra las fuerzas feudales absolutistas. Y el sapientísimo A. Potresov, 55 años después, cuando el lugar de los feudales reaccionarios lo han ocupado, asemejados a ellos, los magnates del capital financiero de la burguesía caduca, quiere valorar los conflictos internacionales desde el punto de vista de la burguesía y no de la nueva clase[18].

A. Potresov no ha meditado el significado de esa verdad que él pronunció en estas palabras. Supongamos que dos países guerrean entre sí en la época de los movimientos burgueses, nacionales y de liberación. ¿A qué país desear el éxito desde el punto de vista de la democracia contemporánea? Está claro que a aquel cuyo éxito impulse con más fuerza y desarrolle más impetuosamente el movimiento de liberación de la burguesía, mine con más fuerza el feudalismo. Supongamos además que el momento determinante de la situación histórica objetiva cambió, y que en lugar del capital que se libera a escala nacional apareció el capital financiero, imperialista, reaccionario, internacional. Supongamos que el primero posee 3/4 partes de África, y el segundo 1/4. El contenido objetivo de su guerra es el reparto de África. ¿A qué lado desear el éxito? La cuestión, en su planteamiento anterior, es absurda, pues no tenemos los criterios de valoración anteriores: no hay ni un desarrollo plurianual del movimiento burgués de liberación, ni un proceso plurianual de derrumbe del feudalismo. No es asunto de la democracia contemporánea ni ayudar al primero a consolidar su "derecho" a 3/4 partes de África, ni ayudar al segundo (aunque se desarrollara económicamente más rápido que el primero) a arrebatarle esas 3/4 partes.

La democracia contemporánea se mantendrá fiel a sí misma solo en el caso de que no se adhiera a ninguna burguesía imperialista, de que diga que "ambos son peores", de que en cada país desee el fracaso de la burguesía imperialista. Cualquier otra decisión será de hecho nacional-liberal, y no tendrá nada en común con la verdadera internacionalidad.

* * *

Que el lector no se deje engañar por la terminología rebuscada de A. Potresov, con la que encubre su paso al punto de vista de la burguesía. Cuando A. Potresov exclama: "no hacia el individualismo, sino hacia la conciencia internacional en toda su integridad y en toda su fuerza", tiene en mente contraponer al punto de vista de Kautsky el suyo propio. Al punto de vista de Kautsky (y los similares a él) lo llama "individualismo", teniendo en cuenta que Kautsky se niega a considerar "el éxito de qué lado es más deseable", y justifica el nacional-liberalismo de los obreros de cada país "individual". Y he aquí que, dicen, nosotros, A. Potresov, Cherevanin, Maslov, Plejánov y otros, apelamos a "la conciencia internacional en toda su integridad y fuerza", pues estamos por el nacional-liberalismo de un determinado color, en absoluto desde un punto de vista individual-estatal (o individual-nacional), sino desde uno verdaderamente internacional... Este razonamiento sería risible, si no fuera tan... vergonzoso.

Tanto A. Potresov y compañía como Kautsky caminan a remolque de la burguesía, traicionando el punto de vista de la clase que se esfuerzan en representar.

II

A. Potrésov tituló su artículo: "En el umbral de dos épocas". Es indiscutible que vivimos en el umbral de dos épocas, y los acontecimientos históricos de la mayor importancia que se desarrollan ante nosotros solo pueden ser comprendidos mediante el análisis, en primer lugar, de las condiciones objetivas de la transición de una época a otra. Se trata de grandes épocas históricas; en cada época hay y habrá movimientos aislados, parciales, ora hacia adelante, ora hacia atrás, hay y habrá diversas desviaciones del tipo medio y del ritmo medio de los movimientos. No podemos saber con qué rapidez y con qué éxito se desarrollarán los movimientos históricos particulares de una época dada. Pero podemos saber, y sabemos, qué clase se halla en el centro de tal o cual época, determinando su contenido principal, la dirección principal de su desarrollo, las particularidades principales de la situación histórica de dicha época, etc. Solo sobre esta base, es decir, teniendo en cuenta en primer lugar los rasgos fundamentales de la diferencia entre las distintas "épocas" (y no de episodios aislados de la historia de países concretos), podemos construir correctamente nuestra táctica; y solo el conocimiento de los rasgos fundamentales de una época dada puede servir de base para considerar las particularidades más detalladas de uno u otro país.

Precisamente en este ámbito reside el sofisma cardinal de A. Potrésov y de Kautsky (su artículo está publicado en el mismo número de "Nuestra Causa"){151}, o el error histórico fundamental de ambos, que los lleva a conclusiones nacional-liberales y no marxistas.

El hecho es que el ejemplo tomado por A. Potrésov y que para él revestía un "interés especial", el ejemplo de la campaña italiana de 1859, y toda una serie de ejemplos históricos análogos tomados por Kautsky, pertenecen "precisamente no a las épocas históricas" en cuyo "umbral" vivimos. Llamemos a la época en la que entramos (o hemos entrado, pero que se halla en su fase inicial) época contemporánea (o tercera época). Llamemos a aquella de la que acabamos de salir época de ayer (o segunda época). Entonces la época de la que toman sus ejemplos A. Potrésov y Kautsky habrá que llamarla época de anteayer (o primera época). El sofisma indignante, la mentira intolerable del razonamiento tanto de A. Potrésov como de Kautsky, consiste justamente en que sustituyen las condiciones de la época contemporánea (tercera) por las condiciones de la época de anteayer (primera).

Expliquémonos.

La división habitual de las épocas históricas, citada muchas veces en la literatura marxista, repetida en numerosas ocasiones por Kautsky y aceptada por A. Potrésov en su artículo, es la siguiente: 1) 1789-1871; 2) 1871-1914; 3) 1914-? Por supuesto, los límites aquí, como todos los límites en general en la naturaleza y en la sociedad, son convencionales y móviles, relativos y no absolutos. Y nosotros tomamos solo aproximadamente los acontecimientos históricos más destacados y notorios como hitos de los grandes movimientos históricos. La primera época, desde la gran revolución francesa hasta la guerra franco-prusiana, es la época del ascenso de la burguesía, de su victoria completa. Es la línea ascendente de la burguesía, la época de los movimientos democrático-burgueses en general, nacional-burgueses en particular, la época de la rápida demolición de las caducas instituciones feudal-absolutistas. La segunda época es la del pleno dominio y decadencia de la burguesía, la época de la transición de la burguesía progresista al capital financiero reaccionario y sumamente reaccionario. Es la época de preparación y de lenta acumulación de fuerzas por una nueva clase, la democracia moderna. La tercera época, que apenas comienza, coloca a la burguesía en una "posición" semejante a la que ocupaban los señores feudales durante la primera época. Es la época del imperialismo y de las conmociones imperialistas, así como de las derivadas del imperialismo.

Fue el propio Kautsky, y nadie más que él, quien en toda una serie de artículos y en su folleto "El camino hacia el poder" (publicado en 1909) describió con total precisión los rasgos fundamentales de la inminente tercera época, señaló la diferencia radical de esta época respecto a la segunda (la de ayer), reconoció el cambio de las tareas inmediatas, así como de las condiciones y formas de lucha de la democracia moderna, un cambio derivado de la modificación de las condiciones históricas objetivas. Hoy, Kautsky quema aquello que adoraba, cambia de frente de la manera más increíble, más indecorosa, más desvergonzada. En el folleto mencionado habla directamente de los indicios de la proximidad de una guerra, y precisamente de una guerra que en 1914 se convirtió en un hecho. Bastaría una simple comparación de una serie de pasajes de este folleto con los escritos actuales de Kautsky para mostrar con total evidencia su traición a sus propias convicciones y a sus más solemnes declaraciones. Y Kautsky no es en este sentido un caso aislado (y en absoluto solo alemán), sino un representante típico de toda una capa superior de la democracia moderna que en el momento de la crisis se ha pasado al lado de la burguesía.

Todos los ejemplos históricos que han tomado A. Potrésov y Kautsky se refieren a la primera época. El contenido objetivo fundamental de los fenómenos históricos durante las guerras no solo de 1855, 1859, 1864, 1866, 1870, sino también de 1877 (la guerra ruso-turca) y de 1896-1897 (las guerras de Turquía con Grecia y los disturbios armenios) fueron los movimientos nacional-burgueses o las "convulsiones" de la sociedad burguesa que se liberaba de diversas formas de feudalismo. De ninguna acción realmente independiente y acorde con la época de la sobremadurez y decadencia de la burguesía por parte de la democracia moderna en toda una serie de países avanzados podía hablarse entonces. La clase principal que en aquel entonces, durante estas guerras y participando en ellas, marchaba en línea ascendente y que era la única que podía actuar con fuerza arrolladora contra las instituciones feudal-absolutistas, era la burguesía. En los distintos países, representada por diversas capas de productores de mercancías poseedores de bienes, esta burguesía era progresista en diferente grado, y a veces (por ejemplo, una parte de la italiana en 1859) incluso revolucionaria, pero el rasgo común de la época era justamente el carácter progresista de la burguesía, es decir, el carácter no resuelto, no concluido de su lucha contra el feudalismo. Es completamente natural que los elementos de la democracia moderna, —y Marx como representante de ellos—, guiándose por el principio indiscutible de apoyo a la burguesía progresista (capaz de luchar) contra el feudalismo, decidieran entonces la cuestión del "éxito de qué parte", es decir, de qué burguesía era más deseable. El movimiento popular en los principales países afectados por la guerra era entonces democrático general, es decir, democrático-burgués por su contenido económico y de clase. Es completamente natural que entonces no se pudiera plantear otra cuestión que la de qué éxito de qué burguesía, en qué combinación, con el fracaso de cuál de las fuerzas reaccionarias (feudal-absolutistas, que frenaban el ascenso de la burguesía) prometía más "espacio" para la democracia moderna.

Y además, Marx, como se ve obligado a reconocer incluso A. Potrésov, se guiaba al "valorar" los conflictos internacionales sobre la base de los movimientos nacionales y de liberación burgueses, por consideraciones acerca de qué éxito de qué parte era más capaz de contribuir al "desarrollo" (pág. 74 del artículo de A. Potrésov) de los movimientos nacionales y, en general, populares, democrático-generales. Esto significa que en los conflictos bélicos sobre la base del ascenso de la burguesía al poder en determinadas nacionalidades, Marx se preocupaba sobre todo, como en 1848, por la ampliación y agudización de los movimientos democrático-burgueses mediante la participación de masas más amplias y más "plebeyas", de la pequeña burguesía en general, del campesinado en particular, y, por último, de las clases desposeídas. Fue precisamente esta consideración de Marx sobre la ampliación de la base social del movimiento, sobre su desarrollo, lo que distinguía de raíz la táctica democrática consecuente de Marx de la táctica inconsecuente, inclinada a la alianza con los nacional-liberales, de Lassalle.

Los conflictos internacionales también en la tercera época han conservado en su forma el carácter de los mismos conflictos internacionales que en la primera época, pero su contenido social y de clase ha cambiado radicalmente. La situación histórica objetiva se ha vuelto completamente distinta.

En lugar de la lucha del capital en ascenso, que se liberaba nacionalmente, contra el feudalismo, apareció la lucha del capital financiero más reaccionario, caduco y sobrevivido a sí mismo, que va hacia abajo, hacia la decadencia, contra las nuevas fuerzas. Los marcos nacional-burgueses de los Estados, que en la primera época sirvieron de apoyo al desarrollo de las fuerzas productivas de la humanidad que se liberaba del feudalismo, se han convertido ahora, en la tercera época, en un obstáculo para el ulterior desarrollo de las fuerzas productivas. La burguesía, de clase progresista y en ascenso, se ha convertido en una clase descendente, decadente, interiormente muerta, reaccionaria. La clase en ascenso – en una amplia escala histórica – ha pasado a ser otra completamente distinta.

A. Potrésov y Kautsky abandonaron el punto de vista de esta clase y retrocedieron, repitiendo el engaño burgués que se basa en que el contenido objetivo del proceso histórico sería, aún ahora, el movimiento progresivo de la burguesía contra el feudalismo. En realidad, ahora no puede hablarse de que la democracia contemporánea vaya a la zaga de la burguesía imperialista reaccionaria, sea cual fuere el «color» de esa burguesía.

En la primera época, objetivamente, la tarea histórica era: de qué manera la burguesía progresista debía «utilizar», en su lucha contra los principales representantes del feudalismo agonizante, los conflictos internacionales para obtener el máximo beneficio para toda la democracia burguesa mundial en general. Entonces, en la primera época, hace más de medio siglo, era natural e inevitable que la burguesía, esclavizada por el feudalismo, deseara el fracaso de «su» opresor feudal, y el número de esas fortalezas feudales principales, centrales, que tenían peso paneuropeo, era muy reducido. Y Marx «evaluaba»: en qué país, en una situación concreta dada, el éxito del movimiento de liberación burguesa era más esencial para socavar la fortaleza feudal paneuropea.

Ahora, en la tercera época, ya no quedan en absoluto fortalezas feudales de importancia paneuropea. La «utilización» es, por supuesto, una tarea de la democracia contemporánea, pero precisamente la utilización internacional – en contra de A. Potrésov y Kautsky – debe dirigirse no contra capitales financieros nacionales aislados, sino contra el capital financiero internacional. Y quien debe utilizarlo no es la clase que estaba en ascenso hace 50-100 años. Entonces se trataba de la «acción internacional» (expresión de A. Potrésov) de la democracia burguesa más avanzada; ahora ha crecido históricamente y ha sido planteada por la situación objetiva de las cosas una tarea de ese tipo a una clase completamente distinta.

III

La segunda época, o la «franja de cuarenta y cinco años» (1870-1914), como la llama A. Potrésov, es caracterizada por este último de manera muy incompleta. Del mismo carácter incompleto adolece la caracterización de esta época en el escrito alemán de Trotski, aunque este último no esté de acuerdo en sus conclusiones prácticas con A. Potrésov (lo que debe ser considerado como una ventaja del primero sobre el segundo), y a ambos escritores mencionados les queda probablemente confusa la causa de cierta proximidad mutua.

A. Potrésov escribe sobre la época que hemos llamado la segunda o la de ayer:

«La limitación detallista del trabajo y la lucha, y la omnipenetrante gradualidad, esas señales de la época, erigidas por unos en principio, se convirtieron para otros en un hecho habitual de su existencia y, como tal, entraron como elemento en su psique, como matiz en su ideología» (71). «El talento de esta época para un avance planeado, sostenido y cauteloso tenía como reverso una pronunciada inadaptación, primero, a los momentos de ruptura de la gradualidad y a los fenómenos catastróficos de todo tipo, y, segundo, un encerramiento excepcional en el círculo de la acción nacional, del medio nacional» (72)… «Ni revoluciones, ni guerras» (70)… «La democracia se nacionalizaba con tanto mayor éxito cuanto más se prolongaba el período de su “lucha de posiciones”, cuanto más tiempo no desaparecía de escena aquella franja de la historia europea que… fue una franja que no conoció conflictos internacionales en el corazón de Europa y que, por tanto, no experimentó agitaciones que rebasaran las fronteras de los territorios nacional-estatales, que no sintió agudamente intereses de escala paneuropea o mundial» (75-76).

El defecto fundamental de esta caracterización, así como de la caracterización correspondiente de esa misma época en Trotski, consiste en la falta de voluntad de ver y reconocer las profundas contradicciones internas en la democracia contemporánea que se desarrollaba sobre el terreno descrito. Resulta como si la democracia contemporánea de esa época hubiera permanecido un todo único que, en general, se impregnaba de gradualidad, se nacionalizaba, se desacostumbraba de las rupturas de la gradualidad y de las catástrofes, empequeñecía, se cubría de moho.

En realidad, eso no podía ser, porque junto a las tendencias señaladas actuaban, indiscutiblemente, otras tendencias opuestas; el «ser» de las masas obreras se internacionalizaba – la atracción hacia las ciudades y la nivelación (el allanamiento) de las condiciones de vida en las grandes urbes de todo el mundo, la internacionalización del capital, la mezcla en las fábricas más grandes de población urbana y rural, nativa y extranjera, etc., etc. –, las contradicciones de clase se agudizaban, las asociaciones patronales oprimían con más fuerza a los sindicatos obreros, surgían formas de lucha más agudas y duras, como, por ejemplo, las huelgas de masas, crecía la carestía de la vida, se tornaba insoportable la opresión del capital financiero, etc., etc.

En realidad no era así – esto lo sabíamos con certeza. Ni uno solo, literalmente ninguno de los grandes países capitalistas de Europa, a lo largo de esta época, se vio exento de la lucha entre dos corrientes contradictorias dentro de la democracia contemporánea. Esta lucha en cada uno de los grandes países adoptaba a veces, a pesar del carácter general «pacífico», «estancado», somnoliento de la época, las formas más tormentosas, hasta llegar a las escisiones. Estas corrientes contradictorias se manifestaron en todas las múltiples esferas, sin excepción, de la vida y en todas las cuestiones de la democracia contemporánea: actitud hacia la burguesía, alianzas con los liberales, voto de los créditos, actitud hacia la política colonial, hacia las reformas, hacia el carácter de la lucha económica, hacia la neutralidad de los sindicatos, etc.

La «omnipenetrante gradualidad» no era en absoluto el estado de ánimo dominante e indiviso de toda la democracia contemporánea, como resulta en Potrésov y en Trotski. No, esta gradualidad cristalizó en una corriente determinada, que a menudo creó en la Europa de ese período fracciones separadas, a veces incluso partidos separados de la democracia contemporánea. Esa corriente tenía sus líderes, sus órganos de prensa, su política, su influencia particular – y particularmente organizada – sobre las masas de la población. Y más aún. Esa corriente se apoyaba cada vez más – y por fin, de manera definitiva, si puede expresarse así, «se apoyó» – en los intereses de una determinada capa social dentro de la democracia contemporánea.

La «omnipenetrante gradualidad» atrajo naturalmente a las filas de la democracia contemporánea a toda una serie de compañeros de viaje pequeñoburgueses; después, los rasgos pequeñoburgueses de la existencia – y, por tanto, de la «orientación» (dirección, aspiración) política – se formaron en cierta capa de parlamentarios, periodistas, funcionarios de las organizaciones sindicales; se destacaban, con mayor o menor grado de nitidez y delimitación, una especie de burocracia y aristocracia de la clase obrera.

Tomemos, por ejemplo, la posesión de colonias, la expansión de las posesiones coloniales. Indudablemente, éste fue uno de los rasgos distintivos de la época descrita y de la mayoría de los grandes Estados. ¿Y qué significaba esto económicamente? Representaba una suma de superbeneficios determinados y privilegios especiales para la burguesía, y luego, sin duda, la posibilidad de obtener migajas de esos «trozos del pastel» también para una pequeña minoría de pequeños burgueses; luego, para los empleados mejor situados, los funcionarios del movimiento obrero, etc. El hecho de que el «aprovechamiento» de migajas de ventajas de las colonias, de los privilegios, por una minoría insignificante de la clase obrera, por ejemplo, en Inglaterra, tuvo lugar es un hecho indiscutible, reconocido y señalado ya por Marx y Engels. Pero lo que en su tiempo fue un fenómeno exclusivamente inglés se convirtió en un fenómeno común a todos los grandes países capitalistas de Europa a medida que todos estos países pasaban a poseer colonias en gran escala, y, en general, a medida que se desarrollaba y crecía el período imperialista del capitalismo.

En una palabra, el «gradualismo omnipenetrante» de la segunda (o la época de ayer) no sólo creó cierta «inadaptación a las rupturas de la gradualidad», como piensa A. Potrésov, no sólo ciertas inclinaciones «posibilistas»{152}, como cree Trotski: creó toda una corriente oportunista, apoyada en una determinada capa social dentro de la democracia moderna, ligada a la burguesía de su «color» nacional por numerosos hilos de intereses económicos, sociales y políticos comunes, una corriente que es directa, abierta, plenamente consciente y sistemáticamente hostil a toda idea de «rupturas de la gradualidad».

La raíz de toda una serie de errores tácticos y organizativos de Trotski (por no hablar de A. Potrésov) reside precisamente en su temor, o su falta de voluntad, o su incapacidad para reconocer este hecho de la plena «madurez» de la corriente oportunista, así como su estrechísima e indisoluble vinculación con los nacional-liberales (o el social-nacionalismo) de nuestros días. En la práctica, la negación de este hecho de la «madurez» y de este vínculo indisoluble conduce, como mínimo, a la absoluta desorientación e impotencia frente al mal social-nacionalista (o nacional-liberal) imperante.

La vinculación entre oportunismo y social-nacionalismo la niegan, en general, también A. Potrésov, Mártox, Axelrod, Vl. Kosovski (quien llegó a defender el voto nacional-liberal alemán de los demócratas a favor de los créditos de guerra) y Trotski.

Su principal «argumento» consiste en que no hay una coincidencia plena entre la división de ayer de la democracia «según el oportunismo» y la división actual de ésta «según el social-nacionalismo». Este argumento, en primer lugar, es de hecho falso, como ahora mostraremos, y en segundo lugar, es completamente unilateral, incompleto, y marxistamente insostenible en principio. Las personas y los grupos pueden pasarse de un lado al otro; esto no sólo es posible, sino incluso inevitable en cualquier gran «sacudida» social; el carácter de una corriente determinada no cambia en nada por ello; tampoco cambia el vínculo ideológico de ciertas corrientes, ni su significado de clase. Parecería que todas estas consideraciones son tan notorias e indiscutibles que resulta hasta algo incómodo insistir demasiado en ellas. Sin embargo, precisamente estas consideraciones son las que han olvidado los escritores citados. El significado fundamental de clase —o, si se quiere, el contenido socioeconómico— del oportunismo consiste en que determinados elementos de la democracia moderna se pasaron (de hecho, es decir, aunque no tuvieran conciencia de ello) al lado de la burguesía en toda una serie de cuestiones aisladas. El oportunismo es una política obrera liberal. A quienes teman la apariencia «fraccional» de estos términos, les aconsejaré que se tomen el trabajo de estudiar las opiniones de Marx, Engels y Kautski (una «autoridad» especialmente conveniente para los adversarios del «fraccionalismo», ¿no es cierto?) al menos sobre el oportunismo inglés. No puede caber la menor duda de que el resultado de tal estudio será el reconocimiento de la coincidencia fundamental y esencial entre el oportunismo y la política obrera liberal. El significado fundamental de clase del social-nacionalismo de nuestros días es completamente el mismo. La idea fundamental del oportunismo es la alianza o acercamiento (a veces acuerdo, bloque, etc.) de la burguesía y su antípoda. La idea fundamental del social-nacionalismo es exactamente la misma. El parentesco, el vínculo e incluso la identidad ideológico-políticos del oportunismo y el social-nacionalismo no admiten ninguna duda. Y, por supuesto, debemos tomar como base no a las personas ni a los grupos, sino precisamente el análisis del contenido de clase de las corrientes sociales y la investigación ideológico-política de sus principios principales y esenciales.

Abordando el mismo tema desde un ángulo algo diferente, plantearemos la pregunta: ¿de dónde surgió el social-nacionalismo? ¿Cómo creció y se desarrolló? ¿Qué le dio significado y fuerza? Quien no se haya respondido a estas preguntas no ha entendido en absoluto el social-nacionalismo y, por supuesto, es completamente incapaz de «deslindarse ideológicamente» de él, por más que jure y perjure que está dispuesto a un «deslinde ideológico» con el social-nacionalismo.

Y la respuesta a esta pregunta sólo puede ser una: el social-nacionalismo surgió del oportunismo, y fue precisamente este último el que le dio fuerza. ¿Cómo pudo nacer «de repente» el social-nacionalismo? Exactamente del mismo modo como «de repente» nace un niño cuando han transcurrido nueve meses desde la concepción. Cada una de las numerosas manifestaciones del oportunismo durante toda la segunda (o de ayer) época en todos los países europeos fueron arroyuelos que todos juntos «de repente» confluyeron ahora en un gran, aunque muy poco profundo —(y entre paréntesis añadir: turbio y sucio)— río social-nacionalista. Nueve meses después de la concepción, el feto debe separarse de la madre; muchas décadas después de la concepción del oportunismo, su fruto maduro, el social-nacionalismo, deberá separarse de la democracia moderna en un plazo más o menos corto (en comparación con las décadas). Por más que diferentes personas bondadosas griten, se enfaden o enloquezcan ante las ideas y discursos al respecto, esto es inevitable, porque se deriva de todo el desarrollo social de la democracia moderna y de la situación objetiva de la tercera época.

Pero si no hay correspondencia plena entre la división «según el oportunismo» y la división «según el socialnacionalismo», ¿no prueba esto que entre dichos fenómenos no existe un vínculo esencial? En primer lugar, no lo prueba, del mismo modo que el paso de algunos individuos de la burguesía de finales del siglo XVIII, ora al lado de los feudales, ora al lado del pueblo, no prueba que «no haya vínculo» entre el crecimiento de la burguesía y la gran revolución francesa de 1789. En segundo lugar, en general y en su conjunto —y se trata precisamente de lo general y del conjunto— tal correspondencia existe. Tomen no un solo país, sino una serie de países, por ejemplo, diez países europeos: Alemania, Inglaterra, Francia, Bélgica, Rusia, Italia, Suecia, Suiza, Holanda y Bulgaria. Solo tres países subrayados podrán parecer cierta excepción; en los demás, las corrientes de adversarios resueltos del oportunismo engendraron precisamente las corrientes hostiles al socialnacionalismo. Comparen la conocida «Revista Mensual» y sus adversarios en Alemania, «Nuestra Causa» y sus adversarios en Rusia, el partido de Bissolati y sus adversarios en Italia; a los partidarios de Greulich y Grimm en Suiza, a Branting y Höglund en Suecia, a Troelstra y Pannekoek con Gorter en Holanda; por último, a los «obshchedeltsi» y los «tesniaki» en Bulgaria{153}. La correspondencia general entre la vieja y la nueva división es un hecho, pero no existe correspondencia plena ni siquiera en los fenómenos más simples de la naturaleza, como no hay correspondencia plena entre el Volga después de la desembocadura del Kama y el Volga antes de ella, o como no hay semejanza plena entre un hijo y sus padres. Inglaterra es una excepción aparente; en realidad, en ella existían dos corrientes principales antes de la guerra, en torno a dos periódicos diarios —índice objetivo fidelísimo del carácter masivo de una corriente—: precisamente, el periódico «Ciudadano Cotidiano»{154} de los oportunistas y el «Heraldo Cotidiano»{155} de los adversarios del oportunismo. A ambos periódicos los anegó la ola del nacionalismo; pero la oposición la manifestaron menos de 1/10 de los partidarios del primero y alrededor de 3/7 de los partidarios del segundo. El método habitual de comparación, cuando se confronta solo al «Partido Socialista Británico» con el «Partido Laborista Independiente», es incorrecto, pues se olvida el bloque de hecho de este último tanto con los fabianos{156} como con el «Partido Laborista»{157}. Por tanto, excepción quedan solo dos países de diez; pero tampoco aquí hay excepción plena, porque las corrientes no intercambiaron sus lugares, sino que solo la ola anegó (por razones tan comprensibles que no vale la pena detenerse en ellas) a casi todos los adversarios del oportunismo. Esto prueba la fuerza de la ola, sin duda; pero no refuta en absoluto la correspondencia paneuropea entre la vieja y la nueva división.

Se nos dice: la división «según el oportunismo» ha envejecido; solo tiene sentido la división entre partidarios de la internacionalidad y partidarios de la limitación nacional. Es una opinión radicalmente falsa. El concepto de «partidario de la internacionalidad» carece de todo contenido y de todo sentido si no se lo desarrolla de forma concreta, y cada paso de ese desarrollo concreto será una enumeración de rasgos de hostilidad al oportunismo. En la práctica, esto será aún más cierto. Un partidario de la internacionalidad que no sea el adversario más consecuente y decidido del oportunismo es un espejismo, nada más. Puede que algunos individuos de ese tipo se consideren sinceramente «internacionalistas», pero a las personas no se las juzga por lo que piensan de sí mismas, sino por su conducta política: la conducta política de esos «internacionalistas» que no son adversarios consecuentes y decididos del oportunismo será siempre una ayuda o un apoyo a la corriente nacionalista. Por otro lado, los nacionalistas también se llaman a sí mismos «internacionalistas» (Kautsky, Lensch, Henisch, Vandervelde, Hyndman y otros) y no solo se llaman así, sino que reconocen plenamente el acercamiento, el acuerdo, la fusión internacionales de las personas y de su modo de pensar. Los oportunistas no están contra la «internacionalidad», solo están a favor de la aprobación internacional y el acuerdo internacional de los oportunistas.

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