Basándose en el manifiesto del Comité Central publicado en el núm. 33[21], la conferencia, para una mayor planificación de la propaganda, establece las siguientes tesis:

Sobre el carácter de la guerra

La guerra actual tiene un carácter imperialista. Esta guerra ha sido creada por las condiciones de la época, cuando el capitalismo ha alcanzado la fase superior de desarrollo; cuando la importancia más esencial la tiene ya no solo la exportación de mercancías, sino también la exportación de capital; cuando la cartelización de la producción y la internacionalización de la vida económica han alcanzado dimensiones considerables; cuando la política colonial ha llevado al reparto de casi todo el globo terráqueo; – cuando las fuerzas productivas del capitalismo mundial han desbordado los marcos limitados de las divisiones nacional-estatales; – cuando han madurado plenamente las condiciones objetivas para la realización del socialismo.

Sobre la consigna de «Defensa de la patria»

La esencia real de la guerra actual consiste en la lucha entre Inglaterra, Francia y Alemania por el reparto de las colonias y por el saqueo de los países competidores, así como en la aspiración del zarismo y de las clases dominantes de Rusia a apoderarse de Persia, Mongolia, la Turquía Asiática, Constantinopla, Galitzia, etc. El elemento nacional en la guerra austro-serbia tiene una importancia completamente subordinada, sin modificar el carácter imperialista general de la guerra.

Toda la historia económica y diplomática de los últimos decenios muestra que los dos grupos de naciones beligerantes se prepararon sistemáticamente para una guerra precisamente de este tipo. La cuestión de qué grupo asestó el primer golpe militar o declaró primero la guerra no tiene ninguna importancia para determinar la táctica de los socialistas. Las frases sobre la defensa de la patria, sobre el rechazo de la invasión enemiga, sobre la guerra defensiva, etc., por ambas partes son un puro engaño al pueblo.

En la base de las guerras verdaderamente nacionales, que tuvieron lugar sobre todo en la época de 1789-1871, se hallaba un largo proceso de movimientos nacionales de masas, de lucha contra el absolutismo y el feudalismo, de derrocamiento de la opresión nacional y de creación de estados sobre una base nacional, como premisa del desarrollo capitalista.

La ideología nacional creada por esa época dejó profundas huellas en la masa de la pequeña burguesía y de una parte del proletariado. De esto se aprovechan ahora, en una época completamente distinta, imperialista, los sofistas de la burguesía y los traidores al socialismo que se arrastran tras ellos, para escindir a los obreros y desviarlos de sus tareas de clase y de la lucha revolucionaria contra la burguesía.

Más que nunca, son ciertas hoy las palabras del «Manifiesto Comunista» de que «los obreros no tienen patria». Solo la lucha internacional del proletariado contra la burguesía puede salvaguardar sus conquistas y abrir a las masas oprimidas el camino hacia un futuro mejor.

Las consignas de la socialdemocracia revolucionaria

«La transformación de la actual guerra imperialista en guerra civil es la única consigna proletaria justa, indicada por la experiencia de la Comuna, esbozada por la resolución de Basilea (1912) y derivada de todas las condiciones de una guerra imperialista entre países burgueses altamente desarrollados»[22].

La guerra civil a la que la socialdemocracia revolucionaria llama en la época actual es la lucha del proletariado con las armas en la mano contra la burguesía por la expropiación de la clase de los capitalistas en los países capitalistas avanzados, por la revolución democrática en Rusia (república democrática, jornada laboral de 8 horas, confiscación de las tierras de los terratenientes), – por la república en los países monárquicos atrasados en general, etc.

Las calamidades extremas para las masas, creadas por la guerra, no pueden sino engendrar sentimientos y movimientos revolucionarios, para cuya generalización y orientación debe servir la consigna de guerra civil.

En el momento actual, la organización de la clase obrera está fuertemente destrozada. Pero la crisis revolucionaria, no obstante, madura. Después de la guerra, las clases dominantes en todos los países tensarán aún más sus esfuerzos para hacer retroceder por largos decenios el movimiento de liberación del proletariado. La tarea de la socialdemocracia revolucionaria, tanto en caso de un ritmo rápido del desarrollo revolucionario como en caso de un carácter prolongado de la crisis, será – no renunciar a la larga labor cotidiana, no descuidar ninguno de los anteriores métodos de lucha de clase. Su tarea será orientar tanto el parlamentarismo como la lucha económica contra el oportunismo, en el espíritu de la lucha revolucionaria de masas.

Como primeros pasos en el camino de transformar la actual guerra imperialista en guerra civil, hay que señalar: 1) la negativa incondicional a votar los créditos de guerra y la salida de los ministerios burgueses; 2) la ruptura total con la política de «paz nacional» (bloc national, Burgfrieden); 3) la creación de una organización ilegal en todos los lugares donde los gobiernos y la burguesía, implantando el estado de sitio, anulan las libertades constitucionales; 4) el apoyo a la fraternización de los soldados de las naciones beligerantes en las trincheras y en los teatros de guerra en general; 5) el apoyo a todo tipo de acciones revolucionarias de masas del proletariado en general.

El oportunismo y la bancarrota de la II Internacional

La bancarrota de la Segunda Internacional es la bancarrota del oportunismo socialista. Este último ha crecido como producto de la anterior época «pacífica» de desarrollo del movimiento obrero. Esta época enseñó a la clase obrera medios de lucha tan importantes como el uso del parlamentarismo y de todas las posibilidades legales, la creación de organizaciones económicas y políticas de masas, de una amplia prensa obrera, etc. Por otro lado, esta época engendró la tendencia a negar la lucha de clase y a predicar la paz social, a negar la revolución socialista, a rechazar por principio las organizaciones ilegales, a reconocer el patriotismo burgués, etc. Ciertos sectores de la clase obrera (la burocracia en el movimiento obrero y la aristocracia obrera, a la que le tocaba una partícula de las ganancias de la explotación de las colonias y de la situación privilegiada de su «patria» en el mercado mundial), así como los compañeros de viaje pequeñoburgueses dentro de los partidos socialistas, resultaron el principal apoyo social de estas tendencias y los conductores de la influencia burguesa sobre el proletariado.

La influencia perniciosa del oportunismo se manifestó con especial claridad en la política de la mayoría de los partidos socialdemócratas oficiales de la II Internacional durante la guerra. La votación de créditos, la entrada en ministerios, la política de «paz civil», la renuncia a la organización ilegal en un momento en que la legalidad ha sido suprimida, significa el sabotaje de las decisiones más importantes de la Internacional y una traición directa al socialismo.

La III Internacional

La crisis creada por la guerra ha puesto al descubierto la esencia real del oportunismo, mostrándolo en su papel de cómplice directo de la burguesía contra el proletariado. El llamado «centro» socialdemócrata, con Kautsky a la cabeza, de hecho se ha deslizado por completo hacia el oportunismo, encubriéndolo con frases hipócritas particularmente perniciosas y con la falsificación del marxismo bajo el imperialismo. La experiencia muestra que, por ejemplo, en Alemania, solo la violación decidida de la voluntad de la mayoría de los dirigentes del partido dio la posibilidad de alzarse en defensa del punto de vista socialista. Sería una ilusión perjudicial esperar el restablecimiento de una Internacional verdaderamente socialista sin una completa delimitación organizativa con los oportunistas.

El POSDR debe apoyar todas las acciones internacionales y revolucionarias de masas del proletariado, esforzándose por el acercamiento de todos los elementos antichovinistas de la Internacional.

El pacifismo y la consigna de paz

Una de las formas de embaucar a la clase obrera es el pacifismo y la prédica abstracta de la paz. Bajo el capitalismo, y especialmente en su fase imperialista, las guerras son inevitables. Y, por otro lado, los socialdemócratas no pueden negar el valor positivo de las guerras revolucionarias, es decir, no de las guerras imperialistas, sino de aquellas que se libraron, por ejemplo, de 1789 a 1871 en aras del derrocamiento de la opresión nacional y de la creación, a partir de estados feudalmente fragmentados, de estados capitalistas nacionales, o de aquellas que son posibles para salvaguardar las conquistas del proletariado vencedor en la lucha contra la burguesía.

La propaganda de la paz en el momento actual, si no va acompañada del llamamiento a las acciones revolucionarias de masas, solo es capaz de sembrar ilusiones, corromper al proletariado inculcándole confianza en la humanidad de la burguesía y convertirlo en juguete en manos de la diplomacia secreta de los países beligerantes. En particular, es profundamente errónea la idea sobre la posibilidad de la llamada paz democrática sin una serie de revoluciones.

La derrota de la monarquía zarista

En cada país, la lucha contra el propio gobierno, que libra una guerra imperialista, no debe detenerse ante la posibilidad de la derrota de ese país como resultado de la agitación revolucionaria. La derrota del ejército gubernamental debilita al gobierno dado, contribuye a la liberación de las nacionalidades por él esclavizadas y facilita la guerra civil contra las clases dominantes.

Aplicado a Rusia, este principio es particularmente justo. La victoria de Rusia acarrea el fortalecimiento de la reacción mundial, el fortalecimiento de la reacción en el interior del país y va acompañada del completo esclavizamiento de los pueblos en las regiones ya conquistadas. En virtud de esto, la derrota de Rusia, en todas las condiciones, se presenta como el mal menor.

Actitud hacia otros partidos y grupos

La guerra, al provocar el desenfreno del chovinismo, ha revelado la sumisión a él también de la intelectualidad democrática (narodnikí) y del partido socialrevolucionario, en medio de la completa inestabilidad de su corriente opositora en «Mysl», – y del núcleo principal de los liquidacionistas («Nasha Zariá»), apoyado por Plejánov. De hecho, del lado del chovinismo se hallan también el Comité de Organización, desde el apoyo enmascarado a este por parte de Larin y Mártov hasta la defensa por principio de las ideas del patriotismo por Axelrod, – y el Bund, en el que predomina el chovinismo germanófilo{165}. El bloque de Bruselas (3 de julio de 1914) se ha desintegrado por completo. Y los elementos que se agrupan en torno a «Náshe Slovo»{166} oscilan entre la simpatía platónica por el internacionalismo y la aspiración a la unidad a toda costa con «Nasha Zariá» y el Comité de Organización. De igual modo oscila la fracción socialdemócrata de Jcheidze, que, por un lado, ha expulsado a Manjkov, plejanovista, es decir, chovinista, y por otro lado, desea a toda costa encubrir el chovinismo de Plejánov, «Nasha Zariá», Axelrod, el Bund, etc.

La tarea del partido obrero socialdemócrata en Rusia es el ulterior fortalecimiento de la unidad proletaria, creada en 1912-1914 sobre todo por «Pravda»{167}, el restablecimiento de las organizaciones socialdemócratas del partido de la clase obrera sobre la base de una decidida delimitación organizativa con los socialchovinistas. Solo son admisibles acuerdos temporales con aquellos socialdemócratas que se pronuncian por la ruptura organizativa decidida con el Comité de Organización, «Nasha Zariá» y el Bund.

Escrito en febrero, a más tardar el 19 (4 de marzo), de 1915.

Publicado el 29 de marzo de 1915 en el periódico «Social-Demócrata», núm. 40.

Se imprime según el texto del periódico.