La palabra «Südekum» ha adquirido un significado genérico: el tipo de un oportunista y socialchovinista satisfecho de sí mismo y sin conciencia. Es una buena señal que todos hablen con desprecio de los Südekum. Pero hay un solo medio para no caer por ello mismo en el chovinismo. Ese medio es contribuir, en la medida de las fuerzas, a desenmascarar a los Südekum rusos.

Al frente de ellos se ha colocado definitivamente Plejánov con su folleto «Sobre la guerra». Sus razonamientos son una sustitución completa de la dialéctica por la sofística. Sofísticamente inculpa al oportunismo alemán para encubrir el oportunismo francés y ruso. Como resultado, no se obtiene una lucha contra el oportunismo internacional, sino su apoyo. Sofísticamente se lamenta la suerte de Bélgica, mientras se silencia la de Galitzia. Sofísticamente se confunde la época del imperialismo (es decir, la época en que, según reconocimiento general de los marxistas, han madurado ya las condiciones objetivas para el hundimiento del capitalismo y en que existen masas del proletariado socialista) con la época de los movimientos nacionales democrático-burgueses; la época de la destrucción ya madura de las patrias burguesas por la revolución internacional del proletariado con la época de su surgimiento y consolidación. Sofísticamente se acusa a la burguesía alemana de haber violado la paz y se silencia la larga y tenaz preparación de la guerra contra ella por la burguesía de la «Triple Entente»{129}. Sofísticamente se elude la resolución de Basilea. Sofísticamente se sustituye el socialdemocratismo por el nacionalliberalismo: el deseo de la victoria del zarismo se motiva por los intereses del desarrollo económico de Rusia, sin tocar siquiera las cuestiones ni de las nacionalidades de Rusia, ni del freno de su desarrollo económico por el zarismo, ni del crecimiento incomparablemente más rápido y exitoso de las fuerzas productivas en Alemania, etc., etc. El análisis de todos los sofismas de Plejánov exigiría una serie de artículos, y aún no se sabe si vale la pena analizar muchas de sus ridículas necedades. Detengámonos sólo en un supuesto argumento. Engels escribió a Marx en 1870 que W. Liebknecht se equivocaba al hacer del antibismarckismo su único principio rector{130}. Plejánov se alegró al encontrar esta cita: ¡aquí — dice — tenemos lo mismo con el antizarismo! Pero intente usted sustituir la sofística (es decir, el arrancar la semejanza externa de los casos fuera de la concatenación de los acontecimientos) por la dialéctica (es decir, el estudio de toda la situación concreta del acontecimiento y de su desarrollo). La unificación de Alemania era necesaria, y Marx, tanto antes de 1848 como después, lo reconoció siempre. Ya en 1859, Engels llamó directamente al pueblo alemán a la guerra por la unificación{131}. Cuando la unificación revolucionaria fracasó, Bismarck la realizó de modo contrarrevolucionario, a lo junker. El antibismarckismo, como único principio, se convirtió en un absurdo, pues la culminación de la unificación necesaria se había convertido en un hecho. ¿Y en Rusia? ¿Tuvo nuestro valiente Plejánov el valor de proclamar de antemano que para el desarrollo de Rusia era necesario conquistar Galitzia, Constantinopla, Armenia, Persia, etc.? ¿Tiene el valor de decirlo ahora? ¿Pensó acaso en que Alemania tenía que pasar de la fragmentación de los alemanes (oprimidos tanto por Francia como por Rusia durante los dos primeros tercios del siglo XIX) a su unificación, mientras que en Rusia los gran rusos más que unificar, han aplastado a una serie de otras naciones? Sin haber pensado en ello, Plejánov se limita a encubrir su chovinismo, tergiversando el sentido de la cita de Engels de 1870, del mismo modo que Südekum tergiversa la cita de Engels de 1891, cuando Engels escribía sobre la necesidad de que los alemanes lucharan a vida o muerte contra las tropas de la coalición franco-rusa.

Con otro lenguaje y en otra situación defiende el chovinismo la revista «Nasha Zariá»{132}, núms. 7–8–9. El señor Cherevanin predice y llama a la «derrota de Alemania», afirmando que «Europa (!!) se ha alzado» contra ella. El señor A. Potrésov fustiga a los socialdemócratas alemanes por un «error» «peor que cualquier crimen», etc., asegurando que el militarismo alemán tiene «pecados especiales, por encima de todo presupuesto», que «no eran los sueños paneslavistas de ciertos círculos rusos los que constituían una amenaza para la paz europea», etc.

¿Acaso esto no significa hacer coro a Purishkévich y a los socialchovinistas, cuando en la prensa legal se pinta la culpa «por encima de todo presupuesto» de Alemania y la necesidad de su derrota? Bajo la opresión de la censura zarista, hay que callar el hecho de que el militarismo ruso tiene cien veces más pecados «por encima de todo presupuesto». ¿Es posible que hombres que no quieren ser chovinistas no debieran, en semejante situación, por lo menos, dejar de hablar de la derrota de Alemania y de sus pecados por encima de todo presupuesto?

«Nasha Zariá» no sólo ha adoptado la línea de «no resistencia a la guerra»; no, ella vierte agua directamente al molino del chovinismo gran ruso, zarista-purishkevichiano, predicando con argumentos «socialdemócratas» la derrota de Alemania y exculpando a los paneslavistas. Y precisamente los escritores de «Nasha Zariá», ellos y no otros, fueron quienes llevaron a cabo la propaganda masiva del liquidacionismo entre los obreros en 1912–1914.

Veamos, por último, a Akselrod, a quien, al igual que a los escritores de «Nasha Zariá», Mártov encubre, defiende y exculpa con tanta irritación como falta de éxito.

Las opiniones de Akselrod, con su consentimiento, se exponen en los núms. 86 y 87 de «Gólos»{133}. Son opiniones socialchovinistas. La entrada de los socialistas franceses y belgas en el ministerio burgués la defiende Akselrod con los siguientes argumentos: 1) «La necesidad histórica, a la que tan aficionados son hoy a remitirse fuera de lugar, para Marx no significaba en modo alguno una actitud pasiva ante el mal concreto, a la espera de la revolución socialista». ¡Qué confusión! ¿A qué viene esto? Todo lo que ocurre en la historia ocurre necesariamente. Es el abecé. Los adversarios del socialchovinismo no se remitían a la necesidad histórica, sino al carácter imperialista de la guerra. Akselrod finge no haberlo comprendido, no haber comprendido la valoración que de ahí se desprende del «mal concreto»: la dominación burguesa en todos los países y lo oportuno de iniciar acciones revolucionarias que conduzcan a la «revolución social». Son «pasivos» los socialchovinistas, al negarlo. 2) No se puede «ignorar la cuestión de quién fue el verdadero instigador» de la guerra, «colocando con ello a todos los países sometidos a la agresión militar en la necesidad de defender su independencia». ¡Y en la misma página, el reconocimiento de que «los imperialistas franceses se esforzaban, por supuesto, en provocar la guerra al cabo de dos o tres años»! En este tiempo, ¡figúrese usted, se habría fortalecido el proletariado y aumentado las posibilidades de paz! Pero sabemos que en ese tiempo se habría fortalecido el oportunismo tan querido al corazón de Akselrod, y las posibilidades de una traición aún más vil al socialismo. Sabemos que durante decenios los tres bandoleros (la burguesía y los gobiernos de Inglaterra, Rusia y Francia) se estuvieron armando para despojar a Alemania. ¿Es de extrañar que dos bandoleros atacaran antes de que los tres lograran recibir los nuevos cuchillos que habían encargado? ¿Acaso no es un sofisma, cuando con frases sobre los «instigadores» se embadurna la «culpabilidad» de la burguesía de todos los países, indiscutible y unánimemente reconocida en Basilea por todos los socialistas? 3) «Reprochar a los socialistas belgas la defensa de su país» es «no marxismo, sino cinismo». Precisamente así calificó Marx la actitud proudhoniana ante la insurrección de Polonia (1863){134}. Marx habló constantemente, desde 1848, del carácter históricamente progresivo de la insurrección de Polonia contra el zarismo. Nadie se atrevió a negarlo. Las condiciones concretas consistían en el carácter no resuelto de la cuestión nacional en el este de Europa, es decir, en el carácter democrático-burgués, y no imperialista, de la guerra contra el zarismo. Esto es el abecé.

Al «país» belga, en esta guerra concreta, si se adopta una actitud negativa, o burlona, o negligente (como la adoptan los Akselrod) hacia la revolución socialista, no se le puede ayudar de otro modo que ayudando al zarismo a aplastar a Ucrania. Es un hecho. El soslayarlo de parte de un socialista ruso es cinismo. Gritar sobre Bélgica y callar sobre Galitzia es cinismo.

¿Qué debían hacer, pues, los socialistas belgas? Si no podían realizar la revolución social junto con los franceses, etc., debían someterse a la mayoría de la nación en el momento dado e ir a la guerra. Pero, al someterse a la voluntad de la clase de los esclavistas, debían echar sobre ellos la responsabilidad, no votar los créditos, enviar a Vandervelde no a viajes ministeriales con los explotadores, sino a organizar (junto con los socialdemócratas revolucionarios de todos los países) la propaganda revolucionaria ilegal de la «revolución socialista» y de la guerra civil; era necesario realizar este trabajo también en el ejército (¡la experiencia ha demostrado que es posible incluso el «confraternización» de los obreros-soldados en las trincheras de los ejércitos combatientes!). Parlotear de dialéctica y de marxismo y no saber unir la sumisión necesaria (si es temporalmente necesaria) a la mayoría con el trabajo revolucionario en todas las condiciones, es una burla a los obreros, una mofa del socialismo. «¡Ciudadanos belgas! Una gran desgracia ha caído sobre nuestro país, provocada por la burguesía de todos los países, incluida la de Bélgica. ¿No queréis derribar a esta burguesía, no creéis en el llamamiento a los socialistas de Alemania? Estamos en minoría, me someto a vosotros y voy a la guerra, pero también en la guerra predicaré y prepararé la guerra civil de los proletarios de todos los países, pues fuera de esto no hay salvación para los campesinos y obreros de Bélgica y de los demás países!». Por un discurso así, un diputado belga o francés, etc., estaría en la cárcel y no en un sillón ministerial, pero sería un socialista y no un traidor; de él hablarían ahora en las trincheras tanto los soldados-obreros franceses como los alemanes como de su jefe, y no como de un traidor a la causa obrera. 4) «Mientras existan las patrias, mientras la vida y el movimiento del proletariado estén, como hasta ahora, comprimidos en tal medida dentro de los marcos de esas patrias, y él no sienta fuera de ellas un suelo especial, otro, internacional, hasta entonces existirá para la clase obrera la cuestión del patriotismo y la autodefensa». Las patrias burguesas existirán mientras no las destruya la revolución internacional del proletariado. El suelo para ella ya existe, como lo reconocía incluso Kautsky en 1909, como lo reconocieron unánimemente en Basilea y como lo demuestra ahora el hecho de la profunda simpatía de los obreros de todos los países hacia los hombres que no votan los créditos, que no temen la cárcel ni otros sacrificios, vinculados, en virtud de la «necesidad histórica», a toda revolución. La frase de Akselrod no es más que un pretexto para eludir la actividad revolucionaria, no es más que la repetición de los argumentos de la burguesía chovinista. 5) Tienen exactamente el mismo sentido sus palabras de que la conducta de los alemanes no fue una traición, de que la causa de su conducta es «el sentimiento vivo, la conciencia de la vinculación orgánica con el pedazo de tierra, con la patria, donde vive y trabaja el proletario alemán». En realidad, la conducta de los alemanes, como la de Guesde y otros, es una traición indudable; encubrirla y defenderla es indigno. En realidad, precisamente las patrias burguesas destruyen, deforman, rompen, mutilan la «vinculación viva» del obrero alemán con la tierra alemana, creando una «vinculación» de esclavo con el esclavista. En realidad, sólo la destrucción de las patrias burguesas puede dar a los obreros de todos los países la «vinculación con la tierra», la libertad de la lengua materna, un pedazo de pan y los bienes de la cultura. Akselrod es un simple apologista de la burguesía. 6) Predicar a los obreros «prudencia con las acusaciones de oportunismo» contra «marxistas probados, como Guesde», etc., significa predicar a los obreros el servilismo ante los jefes. Aprended del ejemplo de toda la vida de Guesde, diremos nosotros a los obreros, excepto de su abierta traición al socialismo en 1914. Tal vez existan circunstancias personales u otras que atenúen su culpa, pero no se trata en absoluto de la culpabilidad de las personas, sino del significado socialista de los acontecimientos. 7) La referencia a la admisibilidad «formal» de la entrada en el ministerio, pues existe el puntito de la resolución sobre los «casos excepcionalmente importantes»{135}, equivale al más deshonesto enredo de abogado, ya que el sentido de ese puntito, evidentemente, es el de contribuir a la revolución internacional del proletariado, y no el de oponerse a ella. 8) La declaración de Akselrod: «la derrota de Rusia, que no puede afectar al desarrollo orgánico del país, ayudaría a liquidar el viejo régimen», es acertada de por sí, tomada aisladamente, pero, tomada en relación con la justificación de los chovinistas alemanes, no constituye más que una tentativa de congraciarse con los Südekum. Reconocer la utilidad de la derrota de Rusia, sin acusar abiertamente de traición a los socialdemócratas alemanes y austriacos, significa de hecho ayudarles a justificarse, a escabullirse, a engañar a los obreros. El artículo de Akselrod es una doble reverencia: una hacia los socialchovinistas alemanes, otra hacia los franceses. Tomadas en conjunto, estas reverencias constituyen el socialchovinismo ejemplar «ruso-bundista».

Que juzgue ahora el lector sobre la consecuencia de la redacción de «Gólos», que, al publicar estos razonamientos indignantes de Akselrod, se limita a hacer la salvedad de su desacuerdo con «algunas tesis» suyas, y luego, en el editorial del núm. 96, predica «una ruptura tajante con los elementos del socialpatriotismo activo». ¿Será posible que la redacción de «Gólos» sea tan ingenua o tan poco atenta que no vea la verdad?, ¿que no vea que los razonamientos de Akselrod son enteramente «elementos del socialpatriotismo activo (pues la actividad de un escritor consiste en escribir)»? Y los escritores de «Nasha Zariá», los señores Cherevanin, A. Potrésov y Cía., ¿no son acaso elementos del socialpatriotismo activo?

«Sotsial-Demokrat» núm. 37, 1 de febrero de 1915.

Se publica según el texto del periódico «Sotsial-Demokrat».