La grandiosa crisis que la guerra mundial ha provocado en el socialismo europeo, engendró primero (como es natural en las grandes crisis) un enorme desconcierto; luego dio lugar a toda una serie de nuevos agrupamientos entre los representantes de las distintas corrientes, matices y puntos de vista en el socialismo; y, por último, planteó con singular agudeza e insistencia la cuestión de qué cambios en las bases de la política socialista se derivan de la crisis y son exigidos por ella. Estas tres «etapas» han sido vividas desde agosto hasta diciembre de 1914 de manera especialmente patente también por los socialistas de Rusia. Todos sabemos que al principio el desconcierto fue considerable y que se agravaba con las persecuciones del zarismo, la conducta de los «europeos» y la conmoción de la guerra. Los meses de septiembre y octubre fueron el período en que en París y en Suiza, donde había el mayor número de emigrados, los mayores vínculos con Rusia y la mayor libertad, se desarrolló más amplia y plenamente, en discusiones, conferencias y periódicos, una nueva delimitación en torno a las cuestiones planteadas por la guerra. Se puede afirmar con seguridad que no quedó ni un solo matiz de opiniones en ninguna corriente (y fracción) del socialismo (y del casi-socialismo) en Rusia que no encontrara su expresión y valoración. Todos sienten que ha llegado la hora de las conclusiones precisas y positivas, capaces de servir de base para una actividad práctica sistemática, de propaganda, agitación y organización: la situación se ha definido, todos se han pronunciado; dilucidemos, pues, por fin, quién está con quién y quién va adónde.

El 23 de noviembre, según el nuevo estilo, al día siguiente de que en Petersburgo se publicara un comunicado del gobierno sobre la detención de la Fracción del POSDR, en el congreso del Partido Socialdemócrata Sueco, en Estocolmo, tuvo lugar un incidente que puso definitiva e irrevocablemente a la orden del día precisamente estas dos cuestiones que nosotros subrayamos. Los lectores encontrarán más abajo la descripción de este incidente, a saber: la traducción completa, tomada del informe oficial socialdemócrata sueco, tanto de los discursos de Belenin (representante del CC) y de Larin (representante del CO) como de los debates sobre la cuestión planteada por Branting.

Por primera vez después de la guerra, en un congreso de socialistas de un país neutral, se encontraron el representante de nuestro partido, de su CC, y el representante del CO liquidacionista. ¿En qué se diferenciaron sus intervenciones? Belenin adoptó una posición totalmente definida ante las candentes, difíciles, pero también grandes cuestiones del movimiento socialista contemporáneo y, remitiéndose al Órgano Central del partido, «El Socialdemócrata», lanzó la más resuelta declaración de guerra al oportunismo, calificando de traición la conducta de los líderes socialdemócratas alemanes (y de «muchos otros»). Larin no adoptó posición alguna y soslayó totalmente la esencia del asunto con el silencio, saliendo del paso con esas frases estereotipadas, vacuas y podridas que tienen asegurados los aplausos de los oportunistas y socialchovinistas de todos los países. En cambio, Belenin guardó absoluto silencio sobre nuestra actitud hacia los demás partidos o grupos socialdemócratas en Rusia: nuestra posición, venía a decir, es ésta, y sobre los demás callaremos, esperaremos a que se definan. Por el contrario, Larin desplegó la bandera de la «unidad», derramó una lágrima por los «amargos frutos de la escisión en Rusia» y pintó con vivos y pomposos colores la labor «unificadora» del CO, que ha unido a Plejánov, a los caucasianos, a los bundistas, a los polacos, etcétera. Acerca de lo que Larin podía tener en cuenta aquí, hablaremos especialmente (ver más abajo la nota: «¿Qué “unidad” ha proclamado Larin?»[13]). Por ahora nos interesa la cuestión de principio sobre la unidad.

Tenemos ante nosotros dos consignas. Una: guerra a los oportunistas y a los socialchovinistas; son traidores. Otra: unidad en Rusia, en particular con Plejánov (quien, digamos entre paréntesis, se comporta entre nosotros exactamente igual que Südekum entre los alemanes, Hyndman entre los ingleses, etc.). ¿No está claro que Larin, temiendo llamar a las cosas por su nombre, se manifestó en el fondo a favor de los oportunistas y los socialchovinistas?

Pero examinemos en general el significado de la consigna de «unidad» a la luz de los acontecimientos actuales. La unidad del proletariado es su arma más grandiosa en la lucha por la revolución socialista. De esta verdad indiscutible se desprende, con igual indisputabilidad, que cuando al partido proletario se adhieren en número considerable elementos pequeñoburgueses, capaces de obstaculizar la lucha por la revolución socialista, la unidad con semejantes elementos es nociva y funesta para la causa del proletariado. Los acontecimientos actuales han mostrado precisamente que, por una parte, han madurado las condiciones objetivas de la guerra imperialista (es decir, correspondiente a la fase superior, última, del capitalismo), y por otra, que los decenios de la llamada época pacífica han acumulado en todos los países de Europa una masa de estiércol pequeñoburgués y oportunista dentro de los partidos socialistas. Hace ya unos quince años, desde la famosa «bernsteiniada» en Alemania —y en muchos países aún antes—, la cuestión de este elemento oportunista, extraño, dentro de los partidos proletarios se puso a la orden del día, y difícilmente se encontrará un solo marxista destacado que no haya reconocido muchas veces y por diversos motivos que los oportunistas son realmente un elemento hostil a la revolución socialista, un elemento no proletario. El crecimiento particularmente rápido de este elemento social en los últimos años no admite duda: funcionarios de los sindicatos legales, parlamentarios y demás intelectuales, cómoda y tranquilamente instalados al calor del movimiento legal de masas, ciertas capas de los obreros mejor pagados, pequeños empleados, etc., etc. La guerra ha mostrado de manera patente que, en el momento de la crisis (¡y la época del imperialismo será inevitablemente una época de crisis de todo género!), la masa imponente de los oportunistas, apoyada y en parte directamente dirigida por la burguesía (¡esto es especialmente importante!), se pasa a su lado, traiciona al socialismo, perjudica la causa obrera, la arruina. En toda crisis, la burguesía ayudará siempre a los oportunistas, reprimirá —sin detenerse ante nada, con las medidas militares más ilegales y crueles— a la parte revolucionaria del proletariado. Los oportunistas son enemigos burgueses de la revolución proletaria, que en tiempos de paz realizan su labor burguesa a escondidas, cobijándose en el seno de los partidos obreros, pero en las épocas de crisis resultan de inmediato aliados abiertos de toda la burguesía unida, desde la conservadora hasta la más radical y democrática, desde la librepensadora hasta la religiosa y clerical. Quien no haya comprendido esta verdad después de los acontecimientos que estamos viviendo, se engaña sin remedio a sí mismo y a los obreros. Los cambios individuales de campo son inevitables en esto, pero hay que recordar que su significación está determinada por la existencia de una capa y de una corriente de oportunistas pequeñoburgueses. Los socialchovinistas Hyndman, Vandervelde, Guesde, Plejánov, Kautsky no tendrían ninguna importancia si sus discursos pusilánimes y vulgares en defensa del patriotismo burgués no fueran coreados por capas sociales enteras de oportunistas y por nubes enteras de periódicos burgueses y políticos burgueses.

El tipo de partido socialista de la época de la II Internacional era un partido que toleraba en su seno al oportunismo, acumulado cada vez más durante los decenios del período «pacífico», pero que se mantenía a escondidas, adaptándose a los obreros revolucionarios, adoptando de ellos su terminología marxista y rehuyendo toda delimitación clara de principios. Este tipo ha caducado. Si la guerra termina en 1915, ¿habrá entre los socialistas con cabeza alguien que en 1916 quiera empezar de nuevo a reconstruir los partidos obreros junto con los oportunistas, sabiendo por experiencia que en la próxima crisis, de cualquier género que sea, éstos, en masa (más todos los pusilánimes y desconcertados), estarán del lado de la burguesía, la cual hallará indefectiblemente un pretexto para prohibir que se hable de odio de clase y de lucha de clase?

En Italia, el partido fue una excepción para la época de la II Internacional: los oportunistas, encabezados por Bissolati, fueron expulsados del partido. Los resultados durante la crisis resultaron excelentes: los hombres de distintas tendencias no engañaron a los obreros, no les cegaron con las pomposas flores de la elocuencia sobre la «unidad», sino que cada cual siguió su propio camino. Los oportunistas (y los tránsfugas del partido obrero como Mussolini) se ejercitaban en el socialchovinismo, ensalzando (al igual que Plejánov) a la «heroica Bélgica» y encubriendo con ello la política, no heroica, sino burguesa, de Italia, que desea despojar a Ucrania y a Galitzia... es decir, a Albania, Túnez, etc., etc. Y los socialistas, frente a ellos, hacían la guerra a la guerra, preparaban la guerra civil. Nosotros no idealizamos en absoluto al Partido Socialista Italiano, ni salimos fiadores de que se muestre del todo firme en caso de que Italia intervenga en la guerra. No hablamos del futuro de este partido, hablamos ahora sólo del presente. Constatamos el hecho indiscutible de que los obreros de la mayoría de los países europeos han sido engañados por la ficticia unidad de oportunistas y revolucionarios, y que Italia es una feliz excepción, un país donde en el momento actual no existe tal engaño. Lo que fue una feliz excepción para la II Internacional, debe y llegará a ser la regla para la III. El proletariado siempre se hallará —mientras subsista el capitalismo— en vecindad con la pequeña burguesía. No es inteligente renunciar a veces a alianzas temporales con ella, pero la unidad con ella, la unidad con los oportunistas, sólo pueden defenderla ahora los enemigos del proletariado o los rutinarios embrutecidos de una época caduca.

La unidad de la lucha proletaria por la revolución socialista exige ahora, después de 1914, la separación incondicional de los partidos obreros respecto de los partidos de los oportunistas. Lo que nosotros entendemos concretamente por oportunistas, está dicho con claridad en el Manifiesto del CC (núm. 33, «La guerra y la socialdemocracia de Rusia»)[15].

¿Y qué vemos en Rusia? ¿Es útil o nocivo para el movimiento obrero de nuestro país la unidad entre hombres que, de un modo u otro, más o menos consecuentemente, combaten el chovinismo, tanto el purishkévichevista como el kadete, y hombres que hacen coro a este chovinismo, como Máslov, Plejánov, Smirnov? ¿Entre hombres que se oponen a la guerra y hombres que declaran no oponerse a ella, como los influyentes autores del «documento» (núm. 34)? Sólo quienes quieran cerrar los ojos pueden tener dificultad en responder a esta pregunta.

Se nos objetará, tal vez, que en «Golos» Märtov polemizaba con Plejánov y, junto con otros amigos y partidarios del CO, combatía el socialchovinismo. No negamos esto y en el núm. 33 del Órgano Central expresamos directamente un saludo a Märtov. Nos alegraría mucho que a Märtov no lo «hicieran girar» (ver la nota «El giro de Märtov»), desearíamos vivamente que la línea resueltamente antichovinista se convirtiera en la línea del CO. Pero la cuestión no está en nuestros deseos ni en los de nadie. ¿Cuáles son los hechos objetivos? En primer lugar, el representante oficial del CO, Larin, calla por alguna razón sobre «Golos», pero nombra al socialchovinista Plejánov, nombra a Axelrod, quien escribió un artículo (en «Berner Tagwacht») para no decir ni una sola palabra definida. Y Larin, además de su posición oficial, se halla no sólo en proximidad geográfica respecto al núcleo influyente de los liquidacionistas en Rusia. En segundo lugar, tomemos la prensa europea. En Francia y Alemania los periódicos callan sobre «Golos», pero hablan de Rubanóvich, Plejánov y Chjeídze. («Hamburger Echo» —uno de los órganos más chovinistas de la prensa «socialdemócrata» chovinista de Alemania— en su número del 8 de diciembre califica a Chjeídze de partidario de Máslov y Plejánov, cosa que también han insinuado algunos periódicos en Rusia. Se comprende que todos los amigos conscientes de los Südekum aprecian plenamente el apoyo ideológico que Plejánov presta a los Südekum.) En Rusia, millones de ejemplares de periódicos burgueses han difundido entre el «pueblo» la noticia de Máslov-Plejánov-Smirnov, y ninguna noticia sobre la corriente de «Golos». En tercer lugar, la experiencia de la prensa obrera legal de 1912-1914 ha demostrado plenamente el hecho de que la fuente de la conocida fuerza e influencia sociales de la corriente liquidacionista no radica en la clase obrera, sino en la capa de la intelectualidad demócrata-burguesa, que ha dado el núcleo fundamental de los escritores legalistas. Del talante nacional-chovinista de esta capa, como capa, da testimonio toda la prensa de Rusia, en concordancia con las cartas del obrero petersburgués (núms. 33, 35 de «El Socialdemócrata») y con el «documento» (núm. 34). Son muy posibles grandes reagrupamientos personales dentro de esta capa, pero es completamente inverosímil que, como capa, no sea «patriótica» y oportunista.

Tales son los hechos objetivos. Teniéndolos en cuenta y recordando que a todos los partidos burgueses que desean influir sobre los obreros les es muy ventajoso tener un ala izquierda de aparato (sobre todo si no es oficial), debemos reconocer que la idea de la unidad con el CO es una ilusión nociva para la causa obrera.

La política del CO, que en la lejana Suecia se presenta el 23 de noviembre con declaraciones de unidad con Plejánov y con discursos gratos al corazón de todos los socialchovinistas, mientras que en París y en Suiza ni desde el 13 de septiembre (fecha de aparición de «Golos») hasta el 23 de noviembre, ni desde el 23 de noviembre hasta la fecha (23 de diciembre) da en absoluto señales de vida, se asemeja mucho a la peor politiquería. Y las esperanzas en el carácter oficial de partido de los prometidos «Okliki» en Zúrich se desvanecen ante la declaración directa aparecida en «Berner Tagwacht» (del 12 de diciembre) de que este periódico no tendrá tal carácter... (A propósito: en el núm. 52 de «Golos», su redacción declara que sería el peor «nacionalismo» continuar ahora la escisión con los liquidacionistas; esta frase, carente de sentido gramatical, sólo tiene el sentido político de que la redacción de «Golos» prefiere la unidad con los socialchovinistas al acercamiento a los hombres que mantienen una actitud intransigente frente al socialchovinismo. Mala elección ha hecho la redacción de «Golos».)

Nos queda, para completar el cuadro, decir un par de palabras sobre «Mysl», de los socialistas revolucionarios, en París, que también canta loas a la «unidad», encubre (compárese con «El Socialdemócrata» núm. 34) el socialchovinismo de su jefe de partido Rubanóvich, defiende a los oportunistas y ministerialistas belgo-franceses, silencia los motivos patrióticos del discurso de Kerenski, uno de los más izquierdistas entre los trudoviques rusos, e inserta vulgaridades pequeñoburguesas increíblemente manidas sobre la revisión del marxismo en un espíritu populista y oportunista. Lo dicho sobre los socialistas revolucionarios en la resolución de la reunión «de verano» del POSDR de 1913 se confirma plena y doblemente con este comportamiento de «Mysl».

Algunos socialistas rusos, por lo visto, piensan que el internacionalismo consiste en la disposición a aceptar con los brazos abiertos esa resolución sobre la justificación internacional del socialnacionalismo de todos los países, que se disponen a redactar Plejánov con Südekum, Kautsky con Hervé, Guesde con Hyndman, Vandervelde con Bissolati, etc. Nos permitimos pensar que el internacionalismo consiste únicamente en una política inequívocamente internacionalista dentro del propio partido. Junto con los oportunistas y los socialchovinistas no es posible llevar a cabo una política verdaderamente internacional del proletariado, no es posible predicar la oposición a la guerra ni reunir fuerzas para ello. Callar o desentenderse de esta verdad amarga, pero necesaria para un socialista, es nocivo y funesto para el movimiento obrero.

«El Socialdemócrata» núm. 36, 9 de enero de 1915.

Se publica según el texto del periódico «El Socialdemócrata».