Marx fue el continuador y el genial coronador de las tres principales corrientes ideológicas del siglo XIX, pertenecientes a los tres países más avanzados de la humanidad: la filosofía clásica alemana, la economía política clásica inglesa y el socialismo francés, en conexión con las doctrinas revolucionarias francesas en general. La notable coherencia e integridad de sus concepciones –reconocida incluso por sus adversarios–, que en su conjunto constituyen el materialismo moderno y el socialismo científico moderno como teoría y programa del movimiento obrero de todos los países civilizados del mundo, nos obliga a anteponer a la exposición del contenido principal del marxismo, a saber, la doctrina económica de Marx, un breve esbozo de su concepción del mundo en general.

## Materialismo filosófico

A partir de 1844-1845, cuando se formaron las concepciones de Marx, él fue materialista, en particular partidario de L. Feuerbach, viendo ulteriormente sus puntos débiles exclusivamente en la insuficiente coherencia y amplitud de su materialismo. Marx veía precisamente la significación histórico-universal, «que hace época», de Feuerbach en la ruptura decidida con el idealismo de Hegel y en la proclamación del materialismo, que «ya en el siglo XVIII, especialmente en Francia, fue una lucha no solo contra las instituciones políticas existentes, sino a la vez contra la religión y la teología, sino también... contra toda metafísica» (en el sentido de «ebria especulación» a diferencia de la «sobria filosofía») («La Sagrada Familia», en «Literatúrnoe Nasledstvo»){52}. «Para Hegel –escribió Marx–, el proceso del pensamiento, al que él convierte incluso, bajo el nombre de idea, en un sujeto independiente, es el demiurgo (creador, forjador) de lo real... Para mí, por el contrario, lo ideal no es más que lo material, transplantado a la cabeza del hombre y transformado en ella» («El Capital», I, epílogo a la 2.ª ed.{53}). En plena correspondencia con esta filosofía materialista de Marx y exponiéndola, F. Engels escribió en «Anti-Dühring» (véase) –Marx conoció esta obra en manuscrito–: «...La unidad del mundo no consiste en su ser, sino en su materialidad, que es demostrada... por el largo y difícil desarrollo de la filosofía y de las ciencias naturales... El movimiento es la forma de ser de la materia. Jamás ni en parte alguna hubo ni puede haber materia sin movimiento, movimiento sin materia... Si se plantea la cuestión... de qué son el pensamiento y el conocimiento, de dónde provienen, veremos que son productos del cerebro humano y que el hombre mismo es producto de la naturaleza, desarrollado en un determinado medio natural y junto con él. De ello se desprende de por sí que los productos del cerebro humano, que en última instancia son también productos de la naturaleza, no contradicen el resto de la concatenación de la naturaleza, sino que le corresponden». «Hegel era idealista, es decir, para él las ideas de nuestra cabeza no eran reflejos (Abbilder, imágenes, a veces Engels habla de "impresiones"), más o menos abstractos, de las cosas y procesos reales, sino, al contrario, las cosas y su desarrollo eran para Hegel reflejos de una idea que existía en algún lugar antes de que surgiera el mundo»{54}. En su obra «Ludwig Feuerbach», en la que F. Engels expone sus concepciones y las de Marx sobre la filosofía de Feuerbach, y que Engels envió a la imprenta después de releer un viejo manuscrito suyo y de Marx de 1844-1845 sobre la cuestión de Hegel, Feuerbach y la concepción materialista de la historia, Engels escribe: «El gran problema fundamental de toda filosofía, y en especial de la filosofía moderna, es el problema de la relación entre el pensamiento y el ser, entre el espíritu y la naturaleza... qué es lo primario: el espíritu respecto a la naturaleza o la naturaleza respecto al espíritu... Los filósofos se dividieron en dos grandes campos, según cómo respondieran a esta cuestión. Los que afirmaban que el espíritu había existido antes que la naturaleza, y que, por tanto, reconocían de un modo u otro la creación del mundo... formaron el campo idealista. Los que consideraban la naturaleza como el principio fundamental, se adhirieron a las distintas escuelas del materialismo». Todo otro empleo de los conceptos de idealismo y materialismo (filosóficos) no conduce más que a la confusión. Marx rechazaba resueltamente no solo el idealismo, siempre vinculado de un modo u otro a la religión, sino también el punto de vista de Hume y de Kant, ampliamente difundido especialmente en nuestros días, el agnosticismo, el criticismo, el positivismo en sus distintas variantes, considerando que semejante filosofía era una concesión «reaccionaria» al idealismo y, en el mejor de los casos, «una vergonzante admisión del materialismo por la puerta trasera, después de haberlo expulsado a la vista del público»{55}. Véase sobre este problema, además de las obras citadas de Engels y Marx, la carta de este último a Engels del 12 de diciembre de 1866, donde Marx, señalando la intervención «más materialista» que de costumbre del conocido naturalista T. Huxley y su reconocimiento de que, en tanto «realmente observamos y pensamos, jamás podemos salirnos del terreno del materialismo», le reprocha una «escapatoria» hacia el agnosticismo, el humismo{56}. En especial hay que señalar la concepción de Marx sobre la relación entre la libertad y la necesidad: «la necesidad es ciega en tanto no es comprendida. La libertad es el conocimiento de la necesidad» (Engels en el «Anti-Dühring») = reconocimiento de la legalidad objetiva de la naturaleza y de la transformación dialéctica de la necesidad en libertad (a la par con la transformación de la «cosa en sí», no conocida pero cognoscible, en «cosa para nosotros», de la «esencia de las cosas» en «fenómenos»). La deficiencia fundamental del «viejo» materialismo, incluido el de Feuerbach (y más aún del «vulgar», de Büchner-Vogt-Moleschott), Marx y Engels la veían: (1) en que este materialismo era «predominantemente mecánico», sin tener en cuenta los desarrollos más recientes de la química y de la biología (y en nuestros días habría que añadir: la teoría eléctrica de la materia); (2) en que el viejo materialismo no era histórico, no era dialéctico (era metafísico en el sentido de antidialéctico), no aplicaba de manera consecuente y universal el punto de vista del desarrollo; (3) en que entendían «la esencia del hombre» en abstracto, y no como «el conjunto» (definido de manera concreto-histórica) «de todas las relaciones sociales», y por eso solo «interpretaban» el mundo, mientras que lo que se trata es de «transformarlo», es decir, no comprendían el significado de la «actividad práctica revolucionaria».

## Dialéctica

La dialéctica hegeliana, como la doctrina más universal, rica en contenido y profunda del desarrollo, era considerada por Marx y Engels como la mayor adquisición de la filosofía clásica alemana. Cualquier otra formulación del principio del desarrollo, de la evolución, la consideraban unilateral, pobre en contenido, que desfigura y mutila el curso real del desarrollo (no pocas veces con saltos, catástrofes, revoluciones) en la naturaleza y en la sociedad. «Marx y yo éramos casi los únicos que nos habíamos propuesto la tarea de salvar» (del desastre del idealismo, incluido el hegelianismo) «la dialéctica consciente y trasladarla a la concepción materialista de la naturaleza». «La naturaleza es la confirmación de la dialéctica, y justamente las ciencias naturales modernas muestran que esta confirmación es extraordinariamente rica» (¡escrito antes del descubrimiento del radio, los electrones, la transformación de los elementos, etc.!) «y acumula a diario una masa de material que demuestra que en último análisis las cosas suceden en la naturaleza dialécticamente y no metafísicamente»{57}.

«La gran idea fundamental –escribe Engels– de que el mundo no está compuesto de objetos acabados, conclusos, sino que representa un conjunto de procesos, en el cual los objetos que parecen inmutables, así como sus copias mentales hechas por la cabeza, los conceptos, se hallan en cambio incesante, ora surgen, ora desaparecen; esta gran idea fundamental ha penetrado desde los tiempos de Hegel hasta tal punto en la conciencia general, que difícilmente alguien la cuestionará en su forma general. Pero una cosa es reconocerla de palabra y otra aplicarla en cada caso singular y en cada dominio concreto de la investigación». «Para la filosofía dialéctica no existe nada definitivo, absoluto, sagrado. En todo y por todas partes ve ella la impronta de la caída inevitable, y nada puede resistir ante ella fuera del proceso ininterrumpido del nacer y perecer, del ascenso infinito de lo inferior a lo superior. Ella misma no es más que el simple reflejo de este proceso en el cerebro pensante». De este modo la dialéctica, según Marx, es «la ciencia de las leyes generales del movimiento tanto del mundo exterior como del pensamiento humano»{58}.

Este lado revolucionario de la filosofía de Hegel lo asimiló y desarrolló Marx. El materialismo dialéctico «no necesita de ninguna filosofía que esté por encima de las demás ciencias». De la filosofía anterior queda «la doctrina del pensamiento y de sus leyes: la lógica formal y la dialéctica»{59}. Y la dialéctica, en la concepción de Marx y conforme también a Hegel, incluye lo que hoy se llama teoría del conocimiento, gnoseología, la cual debe considerar su objeto también históricamente, estudiando y generalizando el origen y el desarrollo del conocimiento, el tránsito del no saber al conocimiento.

En nuestra época, la idea del desarrollo, de la evolución, ha penetrado casi enteramente en la conciencia social, pero por otros caminos, no a través de la filosofía de Hegel. Sin embargo, esta idea, en la formulación que le dieron Marx y Engels apoyándose en Hegel, es mucho más universal, mucho más rica en contenido que la corriente idea de la evolución. Un desarrollo que repite, por así decirlo, las etapas ya recorridas, pero repitiéndolas de otro modo, sobre una base más alta («negación de la negación»), un desarrollo, por así decir, en espiral y no en línea recta; un desarrollo a saltos, catastrófico, revolucionario; «interrupciones de la gradualidad»; transformación de la cantidad en cualidad; impulsos internos al desarrollo, dados por la contradicción, por el choque de las diversas fuerzas y tendencias que actúan sobre un cuerpo dado, dentro de un fenómeno dado o en el seno de una sociedad dada; interdependencia y ligazón estrechísima, indisoluble, de todos los aspectos de cada fenómeno (mostrando la historia aspectos siempre nuevos), ligazón que da un proceso de movimiento mundial único, sujeto a leyes: tales son algunos de los rasgos de la dialéctica como doctrina del desarrollo, más rica en contenido (que la habitual). (Cf. la carta de Marx a Engels del 8 de enero de 1868, con la burla sobre las «rígidas tricotomías» de Stein, que sería absurdo mezclar con la dialéctica materialista{60}.)

## Concepción materialista de la historia

La conciencia de la inconsecuencia, la falta de acabamiento y la unilateralidad del viejo materialismo llevaron a Marx a la convicción de la necesidad de «poner de acuerdo la ciencia de la sociedad con el fundamento materialista y reconstruirla de acuerdo con ese fundamento»{61}. Si el materialismo en general explica la conciencia por el ser y no al revés, aplicado a la vida social de la humanidad, el materialismo exigía explicar la conciencia social por el ser social. «La tecnología –dice Marx («El Capital», I)– revela la actitud activa del hombre hacia la naturaleza, el proceso directo de producción de su vida y, con ello, también sus condiciones sociales de vida y las representaciones espirituales que de ellas se derivan»{62}. Marx dio una formulación integral de las tesis fundamentales del materialismo, extendido a la sociedad humana y a su historia, en el prólogo a la «Contribución a la crítica de la economía política», en los siguientes términos:

«En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias, independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales.

El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de la conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino, por el contrario, su ser social el que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se habían desenvuelto hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Entonces se abre una época de revolución social. Al cambiar la base económica, se subvierte más o menos rápidamente toda la inmensa superestructura. Al considerar tales revoluciones, es necesario distinguir siempre el cambio material, constatable con la exactitud propia de las ciencias naturales, operado en las condiciones económicas de producción, de las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, de las formas ideológicas en que los hombres cobran conciencia de este conflicto y luchan contra él.

Así como no podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de sí mismo, tampoco podemos juzgar semejante época de revolución por su conciencia. Por el contrario, hay que explicar esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción...» «En líneas generales, los modos de producción asiático, antiguo, feudal y burgués moderno pueden ser designados como épocas progresivas de la formación económica social»{63}. (Cf. la breve formulación de Marx en la carta a Engels del 7 de julio de 1866: «Nuestra teoría sobre la determinación de la organización del trabajo por los medios de producción»{64}.)

El descubrimiento de la concepción materialista de la historia o, más exactamente, la continuación consecuente, la extensión del materialismo al dominio de los fenómenos sociales, eliminó las dos deficiencias principales de las anteriores teorías históricas. En primer lugar, estas, en el mejor de los casos, solo examinaban los móviles ideológicos de la actividad histórica de los hombres, sin investigar qué es lo que engendra esos móviles, sin captar la legalidad objetiva en el desarrollo del sistema de relaciones sociales, sin ver las raíces de esas relaciones en el grado de desarrollo de la producción material; en segundo lugar, las antiguas teorías no abarcaban justamente las acciones de las masas de la población, mientras que el materialismo histórico brindó por primera vez la posibilidad de investigar, con la exactitud propia de las ciencias naturales, las condiciones sociales de vida de las masas y los cambios de esas condiciones. La «sociología» y la historiografía anteriores a Marx, en el mejor de los casos, ofrecían una acumulación de hechos brutos, recogidos fragmentariamente, y la descripción de aspectos aislados del proceso histórico. El marxismo señaló el camino para el estudio universal, integral, del proceso de surgimiento, desarrollo y declinación de las formaciones económico-sociales, examinando el conjunto de todas las tendencias contradictorias, reduciéndolas a las condiciones de vida y producción de las distintas clases de la sociedad, exactamente determinables, eliminando el subjetivismo y la arbitrariedad en la selección de las distintas ideas «dominantes» o en su interpretación, y desvelando las raíces, sin excepción, de todas las ideas y de todas las distintas tendencias en el estado de las fuerzas productivas materiales. Los hombres hacen su propia historia, pero qué es lo que determina los móviles de los hombres, y justamente de las masas humanas; qué es lo que provoca los choques de ideas y aspiraciones contradictorias; cuál es el conjunto de todos estos choques de toda la masa de las sociedades humanas; cuáles son las condiciones objetivas de la producción de la vida material que forman la base de toda la actividad histórica de los hombres; cuál es la ley del desarrollo de estas condiciones: a todo esto dedicó Marx la atención y señaló el camino para el estudio científico de la historia como un proceso único, sujeto a leyes en toda su inmensa multiplicidad y contradictoriedad.

## Lucha de clases

Es un hecho bien conocido que las aspiraciones de unos miembros de una sociedad dada van a contrapelo de las aspiraciones de otros, que la vida social está llena de contradicciones, que la historia nos muestra una lucha entre pueblos y sociedades, así como dentro de ellas, y además una sucesión de períodos de revolución y de reacción, de paz y de guerras, de estancamiento y de rápido progreso o decadencia. El marxismo proporcionó el hilo conductor que permite descubrir la legalidad en este laberinto y caos aparente, a saber: la teoría de la lucha de clases. Solo el estudio del conjunto de las aspiraciones de todos los miembros de una sociedad dada o grupo de sociedades puede conducir a una definición científica del resultado de esas aspiraciones. Y la fuente de las aspiraciones contradictorias es la diferencia en la situación y en las condiciones de vida de las clases en que se descompone cada sociedad. «La historia de todas las sociedades que han existido hasta ahora –escribe Marx en el «Manifiesto Comunista» (con excepción de la historia de la comunidad primitiva, añade Engels posteriormente)– es la historia de la lucha de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra, opresores y oprimidos estuvieron en eterno antagonismo entre sí, libraron una lucha ininterrumpida, ora latente, ora abierta, que terminó siempre con una reestructuración revolucionaria de todo el edificio social o con la ruina común de las clases en lucha... La moderna sociedad burguesa, que surgió de las entrañas de la arruinada sociedad feudal, no abolió las contradicciones de clase. Se limitó a poner nuevas clases, nuevas condiciones de opresión y nuevas formas de lucha en lugar de las viejas. Nuestra época, la época de la burguesía, se distingue, sin embargo, por haber simplificado las contradicciones de clase: la sociedad se escinde cada vez más en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado». Desde la Gran Revolución Francesa, la historia europea reveló con particular nitidez en toda una serie de países este verdadero trasfondo de los acontecimientos: la lucha de clases. Y ya la época de la Restauración en Francia dio lugar a una serie de historiadores (Thierry, Guizot, Mignet, Thiers) que, generalizando lo que ocurría, no pudieron dejar de reconocer en la lucha de clases la clave para comprender toda la historia francesa. Y la época más reciente –época de la victoria completa de la burguesía, de las instituciones representativas, del sufragio amplio (si no universal), de la prensa diaria barata, que llega a las masas, etc., época de poderosas y cada vez más amplias uniones de obreros y de empresarios, etc.– ha mostrado aún con mayor evidencia (aunque a veces de forma muy unilateral, «pacífica», «constitucional») la lucha de clases como motor de los acontecimientos. El siguiente pasaje del «Manifiesto Comunista» de Marx nos mostrará las exigencias que Marx planteaba a la ciencia social en cuanto al análisis objetivo de la situación de cada clase en la sociedad moderna, en conexión con el análisis de las condiciones de desarrollo de cada clase: «De todas las clases que hoy se enfrentan a la burguesía, solo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás clases decaen y perecen con el desarrollo de la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto más característico. Los estamentos medios: el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano y el campesino, todos ellos luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como estamentos medios. No son, pues, revolucionarios, sino conservadores. Más aún, son reaccionarios: pretenden hacer retroceder la rueda de la historia. Si son revolucionarios, lo son en tanto tienen ante sí la perspectiva de pasar a las filas del proletariado, en tanto defienden no sus intereses presentes, sino sus intereses futuros, en tanto abandonan su propio punto de vista para adoptar el del proletariado». En una serie de escritos históricos (véase la bibliografía), Marx dio brillantes y profundos ejemplos de historiografía materialista, de análisis de la situación de cada clase aislada y a veces de distintos grupos o capas dentro de una clase, mostrando de manera evidente por qué y cómo «toda lucha de clases es una lucha política»{65}. El pasaje que hemos citado ilustra la compleja red de relaciones sociales y de grados transitorios de una clase a otra, del pasado al futuro, que Marx analiza para evaluar toda la resultante del desarrollo histórico.

La confirmación y aplicación más profunda, integral y detallada de la teoría de Marx es su doctrina económica.

## Doctrina económica de Marx

«El fin último de mi obra –dice Marx en el prólogo a «El Capital»– es el descubrimiento de la ley económica del movimiento de la sociedad moderna»{66}, es decir, de la sociedad capitalista, burguesa. La investigación de las relaciones de producción de una sociedad dada, históricamente determinada, en su surgimiento, desarrollo y decadencia: tal es el contenido de la doctrina económica de Marx. En la sociedad capitalista domina la producción de mercancías, y el análisis de Marx comienza, por tanto, con el análisis de la mercancía.

### Valor

La mercancía es, en primer lugar, una cosa que satisface alguna necesidad humana; en segundo lugar, una cosa que se intercambia por otra. La utilidad de una cosa hace de ella un valor de uso. El valor de cambio (o simplemente valor) es, ante todo, la relación, la proporción en que se intercambia un cierto número de valores de uso de una clase por un cierto número de valores de uso de otra clase. La experiencia cotidiana nos muestra que millones y miles de millones de tales intercambios equiparan constantemente los valores de uso de todo tipo, los más diversos e incomparables entre sí, unos con otros. ¿Qué hay de común, pues, entre estas cosas diversas, constantemente equiparadas entre sí en un determinado sistema de relaciones sociales? Lo común entre ellas es que son productos del trabajo. Al intercambiar productos, los hombres equiparan los más diversos tipos de trabajo. La producción de mercancías es un sistema de relaciones sociales en el que los distintos productores crean productos diversos (división social del trabajo) y todos esos productos se equiparan unos a otros en el intercambio. Por consiguiente, lo común a todas las mercancías no es el trabajo concreto de una rama determinada de la producción, no es un trabajo de un tipo determinado, sino el trabajo humano abstracto, el trabajo humano en general. Toda la fuerza de trabajo de una sociedad dada, representada en la suma de los valores de todas las mercancías, es una y la misma fuerza humana de trabajo: miles de millones de hechos de intercambio lo prueban. Y, en consecuencia, cada mercancía aislada no es más que una determinada fracción del tiempo de trabajo socialmente necesario. La magnitud del valor es determinada por la cantidad de trabajo socialmente necesario o por el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de una mercancía dada, de un valor de uso dado. «Al equiparar sus diversos productos en el intercambio unos con otros, los hombres equiparan sus diversos tipos de trabajo unos con otros. No tienen conciencia de ello, pero lo hacen»{67}. El valor es una relación entre dos personas –como dijo un viejo economista–; solo le habría faltado añadir: una relación recubierta por una envoltura material. Solo desde el punto de vista del sistema de relaciones sociales de producción de una determinada formación histórica de la sociedad, relaciones que se manifiestan, además, en el fenómeno del intercambio, repetido masivamente miles de millones de veces, se puede comprender qué es el valor. «Como valores, las mercancías no son más que determinadas cantidades de tiempo de trabajo solidificado»{68}. Tras haber analizado detalladamente el carácter dual del trabajo materializado en las mercancías, Marx pasa al análisis de la forma del valor y del dinero. La tarea principal de Marx a este respecto es estudiar el origen de la forma dineraria del valor, estudiar el proceso histórico del despliegue del intercambio, comenzando por actos aislados y casuales del mismo («forma simple, singular o casual del valor»: una cantidad dada de una mercancía se cambia por una cantidad dada de otra mercancía) hasta la forma universal del valor, cuando una serie de mercancías distintas se cambian por una misma mercancía determinada, y hasta la forma dineraria del valor, cuando esta mercancía determinada, el equivalente general, es el oro. Siendo el producto supremo del desarrollo del intercambio y de la producción mercantil, el dinero difumina, recubre el carácter social de los trabajos privados, el nexo social entre los distintos productores unidos por el mercado. Marx somete a un análisis sumamente detallado las distintas funciones del dinero, y también aquí (como en general en los primeros capítulos de «El Capital») es especialmente importante señalar que la forma de exposición, abstracta y a veces en apariencia puramente deductiva, reproduce en realidad un gigantesco material fáctico sobre la historia del desarrollo del intercambio y de la producción mercantil. «El dinero presupone un cierto nivel del intercambio de mercancías. Las distintas formas del dinero –simple equivalente de mercancías o medio de circulación o medio de pago, atesoramiento y dinero mundial– apuntan, según los diversos grados de aplicación de una u otra función, según el predominio comparativo de una de ellas, a fases muy distintas del proceso social de producción» («El Capital», I){69}.

### Plusvalía

En determinada fase del desarrollo de la producción mercantil, el dinero se convierte en capital. La fórmula de la circulación mercantil era: M (mercancía) – D (dinero) – M (mercancía), es decir, venta de una mercancía para comprar otra. La fórmula general del capital es, al contrario, D – M – D, es decir, compra para la venta (con ganancia). Marx llama plusvalía a este incremento del valor inicial del dinero lanzado a la circulación. El hecho de este «crecimiento» del dinero en la circulación capitalista es de todos conocido. Justamente este «crecimiento» convierte el dinero en capital, como una relación social de producción particular, históricamente determinada. La plusvalía no puede surgir de la circulación mercantil, pues esta solo conoce el intercambio de equivalentes; no puede surgir tampoco de un sobreprecio, pues las pérdidas y ganancias mutuas de compradores y vendedores se equilibrarían, y se trata justamente de un fenómeno masivo, medio, social, y no individual. Para obtener plusvalía, «el poseedor de dinero debe encontrar en el mercado una mercancía cuyo valor de uso mismo posea la original propiedad de ser fuente de valor»{70}, una mercancía cuyo proceso de consumo sea al mismo tiempo proceso de creación de valor. Y tal mercancía existe. Es la fuerza de trabajo del hombre. Su consumo es el trabajo, y el trabajo crea valor. El poseedor de dinero compra la fuerza de trabajo por su valor, determinado, al igual que el valor de cualquier otra mercancía, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción (es decir, por el valor del sustento del obrero y de su familia). Una vez comprada la fuerza de trabajo, el poseedor de dinero tiene derecho a consumirla, es decir, a hacerla trabajar todo el día, digamos, 12 horas. Sin embargo, el obrero, en el curso de 6 horas («tiempo de trabajo necesario»), crea un producto que paga su sustento, y en el curso de las 6 horas siguientes («tiempo de trabajo adicional») crea un producto «adicional» no pagado por el capitalista, o plusvalía. Por consiguiente, en el capital, desde el punto de vista del proceso de producción, es necesario distinguir dos partes: el capital constante, gastado en medios de producción (máquinas, instrumentos de trabajo, materia prima, etc.) –cuyo valor (de golpe o por partes) pasa sin cambios al producto acabado– y el capital variable, gastado en fuerza de trabajo. El valor de este capital no permanece invariable, sino que se incrementa en el proceso de trabajo, creando plusvalía. Por eso, para expresar el grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital, hay que comparar la plusvalía no con todo el capital, sino solo con el capital variable. La tasa de plusvalía, como Marx llama esta relación, será, por ejemplo en nuestro ejemplo, 6/6, es decir, el 100%.

La premisa histórica del surgimiento del capital es, en primer lugar, la acumulación de una cierta suma de dinero en manos de individuos aislados, dado un nivel relativamente alto de desarrollo de la producción mercantil en general, y, en segundo lugar, la existencia de un trabajador «libre» en un doble sentido, libre de toda traba o restricción para la venta de su fuerza de trabajo y libre de tierra y, en general, de medios de producción, un trabajador sin hacienda, un trabajador-«proletario», que no tiene de qué vivir más que vendiendo su fuerza de trabajo.

El aumento de la plusvalía es posible mediante dos procedimientos fundamentales: mediante la prolongación de la jornada de trabajo («plusvalía absoluta») y mediante la reducción del tiempo de trabajo necesario («plusvalía relativa»). Al analizar el primer procedimiento, Marx despliega un grandioso cuadro de la lucha de la clase obrera por la reducción de la jornada de trabajo y de la intervención del poder estatal para prolongarla (siglos XIV-XVII) y para reducirla (legislación fabril del siglo XIX). Después de la aparición de «El Capital», la historia del movimiento obrero de todos los países civilizados del mundo ha proporcionado miles y miles de nuevos hechos que ilustran este cuadro.

Al analizar la producción de la plusvalía relativa, Marx investiga las tres etapas históricas fundamentales del incremento de la productividad del trabajo por el capitalismo: 1) la cooperación simple; 2) la división del trabajo y la manufactura; 3) las máquinas y la gran industria. Hasta qué punto Marx desvela aquí con profundidad los rasgos básicos, típicos, del desarrollo del capitalismo se ve, entre otras cosas, por el hecho de que las investigaciones sobre la llamada industria «artesana» rusa ofrecen un material riquísimo para ilustrar las dos primeras de las tres etapas mencionadas. Y la acción revolucionaria de la gran industria maquinizada, descrita por Marx en 1867, se ha manifestado a lo largo de la mitad de siglo transcurrida desde entonces en toda una serie de «nuevos» países (Rusia, Japón, etc.).

Además. Sumamente importante y nueva es en Marx el análisis de la acumulación de capital, es decir, de la transformación de una parte de la plusvalía en capital, su empleo no para necesidades personales o caprichos del capitalista, sino para nueva producción. Marx mostró el error de toda la economía política clásica precedente (empezando por Adam Smith), la cual suponía que toda la plusvalía transformada en capital se invierte en capital variable. En realidad, se descompone en medios de producción más capital variable. En el proceso de desarrollo del capitalismo y de su transformación en socialismo, tiene una importancia enorme el crecimiento más rápido de la parte del capital constante (en la suma total del capital) en comparación con la parte del capital variable.

La acumulación de capital, acelerando el desplazamiento de obreros por la máquina, creando riqueza en un polo y miseria en el otro, engendra también el llamado «ejército industrial de reserva», el «excedente relativo» de obreros o la «superpoblación capitalista», que asume formas sumamente diversas y permite al capital expandir la producción con extraordinaria rapidez. Esta posibilidad, junto con el crédito y la acumulación de capital en medios de producción, proporciona, entre otras cosas, la clave para comprender las crisis de superproducción que periódicamente han estallado en los países capitalistas, primero por término medio cada 10 años, luego en intervalos de tiempo más prolongados y menos definidos. De la acumulación de capital sobre la base capitalista hay que distinguir la llamada acumulación originaria: la separación violenta del trabajador de los medios de producción, la expulsión de los campesinos de la tierra, la usurpación de las tierras comunales, el sistema de colonias y deudas del Estado, aranceles proteccionistas, etc. La «acumulación originaria» crea en un polo al proletario «libre» y en el otro al poseedor de dinero, al capitalista.

La «tendencia histórica de la acumulación capitalista» la caracteriza Marx con las siguientes palabras célebres: «La expropiación de los productores directos se lleva a cabo con el más implacable vandalismo y bajo el acicate de las pasiones más sórdidas, más sucias, más mezquinas y más frenéticas. La propiedad privada, adquirida por el trabajo del propietario» (del campesino y del artesano), «basada, por así decirlo, en la fusión del trabajador aislado e independiente con sus instrumentos y medios de trabajo, es desplazada por la propiedad privada capitalista, la cual reposa en la explotación de fuerza de trabajo ajena, pero formalmente libre... Ahora, el que está sujeto a expropiación ya no es el trabajador que llevaba una economía independiente, sino el capitalista que explota a muchos obreros. Esta expropiación se opera por el juego de las leyes inmanentes de la propia producción capitalista, por medio de la centralización de los capitales. Un capitalista derrota a muchos capitalistas. Paralelamente a esta centralización o expropiación de muchos capitalistas por unos pocos, se desarrolla la forma cooperativa del proceso de trabajo en proporciones cada vez más amplias, en gran escala; se desarrolla la aplicación técnica consciente de la ciencia, la explotación planificada de la tierra, la transformación de los medios de trabajo en medios de trabajo que solo admiten un uso colectivo, la economización de todos los medios de producción mediante su empleo como medios de producción del trabajo social combinado, la inserción de todos los pueblos en la red del mercado mundial y, con ello, el carácter internacional del régimen capitalista. Al mismo tiempo que disminuye constantemente el número de los magnates del capital que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este proceso de transformación, crece la masa de la miseria, de la opresión, de la esclavitud, de la degeneración, de la explotación, pero crece también la indignación de la clase obrera, que es instruida, unida y organizada por el mecanismo mismo del proceso de producción capitalista. El monopolio del capital se convierte en traba del modo de producción que ha crecido con él y bajo él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan un punto en que se hacen incompatibles con su envoltura capitalista. Esta estalla. La hora de la propiedad privada capitalista ha sonado. Los expropiadores son expropiados» («El Capital», I){71}.

Es sobremanera importante y nuevo, además, el análisis que Marx da en el tomo II de «El Capital» de la reproducción del capital social, considerado en su conjunto. También aquí Marx toma no un fenómeno individual, sino un fenómeno de masas, no una fracción minúscula de la economía de la sociedad, sino toda esa economía en su conjunto. Corrigiendo el error de los clásicos señalado más arriba, Marx divide toda la producción social en dos grandes secciones: I) producción de medios de producción y II) producción de artículos de consumo, y examina detalladamente, con ejemplos numéricos tomados por él, la circulación de todo el capital social en su conjunto, tanto en la reproducción sobre la misma escala como en la acumulación. En el tomo III de «El Capital» se resuelve la cuestión de la formación de la tasa media de ganancia sobre la base de la ley del valor. El gran paso adelante de la ciencia económica, encarnado en Marx, consiste en que el análisis se realiza desde el punto de vista de los fenómenos económicos de masa, de todo el conjunto de la economía social, y no desde el punto de vista de casos aislados o de la superficie externa de la competencia, a lo que a menudo se limita la economía política vulgar o la moderna «teoría de la utilidad marginal». Primero analiza Marx el origen de la plusvalía y luego pasa a su descomposición en ganancia, interés y renta de la tierra. La ganancia es la relación de la plusvalía con todo el capital invertido en la empresa. Un capital de «alta composición orgánica» (es decir, con predominio del capital constante sobre el variable en proporciones superiores a la media social) da una tasa de ganancia inferior a la media. Un capital de «baja composición orgánica», superior a la media. La competencia entre capitales, la libre transferencia de los mismos de una rama a otra, reducirá en ambos casos la tasa de ganancia a la media. La suma de los valores de todas las mercancías de la sociedad dada coincide con la suma de los precios de las mercancías, pero en las distintas empresas y en las distintas ramas de la producción, bajo la influencia de la competencia, las mercancías no se venden por sus valores, sino por los precios de producción (o precios productivos), que equivalen al capital desembolsado más la ganancia media.

De este modo, el hecho bien conocido e indiscutible del apartamiento de los precios respecto a los valores y de la igualación de las ganancias ha sido explicado plenamente por Marx sobre la base de la ley del valor, pues la suma de los valores de todas las mercancías coincide con la suma de los precios. Pero la reducción del valor (social) a los precios (individuales) no se produce de manera simple, directa, sino por un camino muy complejo: es completamente natural que en una sociedad de productores de mercancías dispersos, ligados solo por el mercado, la legalidad no pueda manifestarse más que como una legalidad media, social, de masas, con la compensación mutua de las desviaciones individuales en uno u otro sentido.

El aumento de la productividad del trabajo significa un crecimiento más rápido del capital constante en comparación con el variable. Y como la plusvalía es función solo del capital variable, es comprensible que la tasa de ganancia (relación de la plusvalía con todo el capital y no solo con su parte variable) tenga tendencia a descender. Marx analiza detalladamente esta tendencia y una serie de circunstancias que la recubren o la contrarrestan. Sin detenernos en la exposición de los capítulos sumamente interesantes del tomo III dedicados al capital usurario, comercial y monetario, pasaremos a lo más importante: la teoría de la renta de la tierra. El precio de producción de los productos agrícolas, debido al carácter limitado de la superficie de tierra –que en los países capitalistas está enteramente ocupada por propietarios individuales– se determina por los costes de producción no en el suelo medio, sino en el suelo peor, no en las condiciones medias, sino en las peores condiciones de transporte del producto al mercado. La diferencia entre este precio y el precio de producción en los mejores suelos (o en las mejores condiciones) da la renta diferencial. Analizándola detalladamente y mostrando su origen en la diferencia de fertilidad de las distintas parcelas de tierra, en la diferencia de las inversiones de capital en la tierra, Marx desveló plenamente (véase también «Teorías sobre la plusvalía», donde merece especial atención la crítica a Rodbertus) el error de Ricardo, según el cual la renta diferencial se obtendría solo al pasar sucesivamente de las mejores tierras a las peores. Por el contrario, hay también transiciones inversas, hay transformación de una categoría de tierras en otras (en virtud del progreso de la técnica agrícola, del crecimiento de las ciudades, etc.), y un profundo error, que hace recaer sobre la naturaleza las deficiencias, las limitaciones y las contradicciones del capitalismo, es la famosa «ley de la fertilidad decreciente del suelo». Luego, la igualdad de la ganancia en todas las ramas de la industria y de la economía nacional en general presupone la plena libertad de competencia, la libertad de trasvase de capital de una rama a otra. Ahora bien, la propiedad privada de la tierra crea un monopolio, un obstáculo a este libre trasvase. En virtud de este monopolio, los productos de la agricultura –que se distingue por una composición más baja del capital y, consiguientemente, por una tasa de ganancia individualmente más alta– no participan en el proceso totalmente libre de nivelación de la tasa de ganancia; el propietario de la tierra, como monopolista, obtiene la posibilidad de mantener el precio por encima de la media, y este precio de monopolio engendra la renta absoluta. La renta diferencial no puede ser eliminada mientras exista el capitalismo, pero la absoluta sí puede –por ejemplo, con la nacionalización de la tierra, al pasar esta a ser propiedad del Estado–. Tal paso significaría la quiebra del monopolio de los propietarios privados, significaría una aplicación más consecuente, más completa, de la libre competencia en la agricultura. Y por eso los burgueses radicales, señala Marx, han aparecido repetidamente en la historia con esta reivindicación burguesa progresista de la nacionalización de la tierra, que, sin embargo, ahuyenta a la mayoría de la burguesía, pues «afecta» demasiado de cerca a otro monopolio, particularmente importante y «sensible» en nuestros días: el monopolio de los medios de producción en general. (De manera notablemente popular, concisa y clara expuso el propio Marx su teoría de la ganancia media sobre el capital y de la renta absoluta de la tierra en una carta a Engels del 2 de agosto de 1862. Véase «Correspondencia», t. III, pp. 77-81. Cf. también la carta del 9 de agosto de 1862, ibíd., pp. 86-87){72}. – Para la historia de la renta de la tierra es importante señalar también el análisis de Marx, que muestra la transformación de la renta en trabajo (cuando el campesino, con su trabajo en la tierra del terrateniente, crea el plusproducto) en renta en productos o en especie (el campesino produce en su tierra el plusproducto y lo entrega al terrateniente en virtud de la «coacción extraeconómica»), luego en renta en dinero (la misma renta en especie convertida en dinero, el «obrok» de la vieja Rusia, en virtud del desarrollo de la producción mercantil) y, por último, en renta capitalista, cuando en lugar del campesino aparece el empresario agrícola que cultiva mediante trabajo asalariado. En conexión con este análisis de la «génesis de la renta capitalista de la tierra», hay que señalar una serie de profundas ideas de Marx (particularmente importantes para países atrasados como Rusia) sobre la evolución del capitalismo en la agricultura. «A la transformación de la renta en especie en renta en dinero no solo le acompaña inevitablemente, sino que incluso le precede la formación de una clase de jornaleros sin propiedad, que se contratan a cambio de dinero. Durante el período de surgimiento de esta clase, cuando todavía aparece solo esporádicamente, entre los campesinos más acomodados, obligados a pagar el obrok, se desarrolla naturalmente la costumbre de explotar por su cuenta a trabajadores rurales asalariados, de manera completamente similar a como, en los tiempos feudales, los campesinos siervos acomodados tenían a su vez siervos. Entre estos campesinos se desarrolla así, gradualmente, la posibilidad de acumular cierta fortuna y de transformarse ellos mismos en futuros capitalistas. Entre los viejos propietarios de la tierra que llevan una economía independiente surge, pues, un semillero de arrendatarios capitalistas, cuyo desarrollo está condicionado por el desarrollo general de la producción capitalista fuera de la agricultura» («El Capital», III2, 332){73}... «La expropiación y la expulsión de una parte de la población rural del campo no solo "libera" para el capital industrial a los obreros, sus medios de subsistencia, sus instrumentos de trabajo, sino que también crea el mercado interior» («El Capital», I2, 778){74}. El empobrecimiento y la ruina de la población rural desempeña, a su vez, un papel en la creación de un ejército industrial de reserva para el capital. En cualquier país capitalista, «una parte de la población rural se halla por eso constantemente en transición hacia su transformación en población urbana o manufacturera (es decir, no agrícola). Esta fuente de población excedentaria relativa fluye constantemente... El obrero agrícola es reducido al nivel más bajo del salario, y siempre tiene un pie en el pantano del pauperismo» («El Capital», I2, 668){75}. La propiedad privada del campesino sobre la tierra que cultiva es la base de la pequeña producción y la condición de su florecimiento, de su adquisición de la forma clásica. Pero esta pequeña producción solo es compatible con los estrechos y primitivos marcos de la producción y de la sociedad. Bajo el capitalismo, «la explotación de los campesinos se distingue de la explotación del proletariado industrial solo por la forma. El explotador es el mismo: el capital. Cada capitalista individual explota a cada campesino individual mediante las hipotecas y la usura; la clase de los capitalistas explota a la clase de los campesinos mediante los impuestos estatales» («La lucha de clases en Francia»){76}. «La parcela (pequeño lote de tierra) del campesino no representa más que un pretexto para permitir al capitalista extraer de la tierra ganancia, interés y renta, dejando al propio terrateniente que se las arregle para ganar su salario como pueda» («El 18 Brumario»){77}. A menudo el campesino entrega incluso a la sociedad capitalista, es decir, a la clase de los capitalistas, una parte de su salario, descendiendo «al nivel del arrendatario irlandés, bajo la apariencia de propietario privado» («La lucha de clases en Francia»){78}. ¿En qué consiste «una de las causas de que, en los países con predominio de la pequeña propiedad campesina de la tierra, el precio del trigo sea más bajo que en los países con un modo de producción capitalista»? («El Capital», III2, 340). En que el campesino entrega a la sociedad (es decir, a la clase de los capitalistas) gratuitamente una parte del plusproducto. «Por consiguiente, ese bajo precio (del trigo y de otros productos agrícolas) es consecuencia de la pobreza de los productores, y no, en modo alguno, resultado de la productividad de su trabajo» («El Capital», III2, 340). La pequeña propiedad de la tierra, la forma normal de la pequeña producción, se degrada, se destruye, perece bajo el capitalismo. «La pequeña propiedad de la tierra, por su misma esencia, excluye: el desarrollo de las fuerzas productivas sociales del trabajo, las formas sociales del trabajo, la concentración social de los capitales, la ganadería en gran escala, la aplicación cada vez mayor de la ciencia. La usura y el sistema fiscal conducen inevitablemente en todas partes a su empobrecimiento. El empleo de capital para la compra de tierra sustrae ese capital al cultivo de la tierra. La fragmentación infinita de los medios de producción y la desunión de los propios productores». (Las cooperativas, es decir, las asociaciones de pequeños campesinos, desempeñan un papel burgués sumamente progresivo, pero solo atenúan esta tendencia, no la eliminan; no hay que olvidar tampoco que esas cooperativas dan mucho a los campesinos acomodados y muy poco, casi nada, a la masa de los pobres, y luego las propias asociaciones se convierten en explotadoras del trabajo asalariado.) «Un gigantesco despilfarro de fuerza humana. El empeoramiento creciente de las condiciones de producción y el encarecimiento de los medios de producción es la ley de la propiedad parcelaria (pequeña)»{79}. El capitalismo, tanto en la agricultura como en la industria, transforma el proceso de producción solo a costa de la «martirología de los productores». «La dispersión de los obreros rurales sobre grandes espacios quebranta su fuerza de resistencia, mientras que la concentración de los obreros urbanos aumenta esa fuerza. En la agricultura moderna, capitalista, como en la industria moderna, el aumento de la fuerza productiva del trabajo y su mayor movilidad se compran al precio de la destrucción y el agotamiento de la propia fuerza de trabajo. Además, todo progreso de la agricultura capitalista no es solo un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino también en el arte de esquilmar el suelo... La producción capitalista, por tanto, no desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción sino socavando al mismo tiempo las fuentes originarias de toda riqueza: la tierra y el obrero» («El Capital», I, final del capítulo 13){80}.

## Socialismo

De lo precedente se desprende que Marx deduce la inevitabilidad de la transformación de la sociedad capitalista en socialista entera y exclusivamente de la ley económica del movimiento de la sociedad moderna. La socialización del trabajo, que avanza cada vez con mayor rapidez en miles de formas y que, en el medio siglo transcurrido desde la muerte de Marx, se manifiesta de manera particularmente visible en el crecimiento de la gran producción, de los carteles, sindicatos y trusts de los capitalistas, así como en el gigantesco aumento de las dimensiones y del poder del capital financiero: he aquí la principal base material de la advenimiento inevitable del socialismo. El motor intelectual y moral, el ejecutor físico de esta transformación es el proletariado, educado por el propio capitalismo. Su lucha contra la burguesía, que se manifiesta en formas diversas y cada vez más ricas en contenido, se convierte inevitablemente en lucha política dirigida a la conquista del poder político por el proletariado («dictadura del proletariado»). La socialización de la producción no puede sino conducir al paso de los medios de producción a propiedad de la sociedad, a la «expropiación de los expropiadores». Un enorme aumento de la productividad del trabajo, la reducción de la jornada laboral, la sustitución de los restos, de las ruinas de la pequeña producción primitiva y fragmentada por el trabajo colectivo perfeccionado: tales son las consecuencias directas de esta transición. El capitalismo rompe definitivamente la ligazón entre la agricultura y la industria, pero al mismo tiempo, con su desarrollo superior, prepara los elementos nuevos de esa ligazón, de la unión de la industria con la agricultura sobre la base de la aplicación consciente de la ciencia y de la combinación del trabajo colectivo, de una nueva distribución de la humanidad (con la supresión tanto del aislamiento aldeano, del desarraigo del mundo, del embrutecimiento, como de la antinatural aglomeración de gigantescas masas en las grandes ciudades). La nueva forma de familia, las nuevas condiciones en la situación de la mujer y en la educación de las generaciones en crecimiento se preparan por las formas superiores del capitalismo moderno: el trabajo de la mujer y del niño, la descomposición de la familia patriarcal por el capitalismo adquieren inevitablemente en la sociedad moderna las formas más terribles, calamitosas y repulsivas. Pero, no obstante, «la gran industria, al asignar un papel decisivo en el proceso de producción socialmente organizado, fuera de la esfera del hogar, a las mujeres, los adolescentes y los niños de ambos sexos, crea la base económica para una forma superior de familia y de relaciones entre los sexos. Por supuesto, es igualmente absurdo considerar como absoluta la forma de familia cristiano-germánica, la forma romana antigua, la griega antigua o la oriental, las cuales, por lo demás, forman juntas una única serie histórica de desarrollo. Es evidente que la formación de personal obrero combinado de personas de ambos sexos y de diversas edades, siendo en su forma espontánea, tosca, capitalista –cuando el obrero existe para el proceso de producción y no el proceso de producción para el obrero– una fuente pestilente de perdición y esclavitud, en condiciones adecuadas debe convertirse inevitablemente, por el contrario, en fuente de desarrollo humano» («El Capital», I, final del capítulo 13). El sistema fabril nos muestra «los gérmenes de la educación de la época futura, en que para todos los niños de más de cierta edad, el trabajo productivo se combinará con la enseñanza y la gimnasia, no solo como uno de los medios para aumentar la producción social, sino también como el único medio para producir hombres desarrollados en todos los sentidos» (ibíd.){81}. Sobre el mismo terreno histórico –no solo en el sentido de la mera explicación del pasado, sino también en el sentido de una audaz previsión del futuro y de una valiente actividad práctica encaminada a su realización– sitúa el socialismo de Marx los problemas de la nacionalidad y del Estado. Las naciones son producto inevitable y forma inevitable de la época burguesa del desarrollo social. Y la clase obrera no podía robustecerse, madurar, formarse, sin «constituirse dentro de la nación», sin ser «nacional» («aunque en modo alguno en el sentido en que lo entiende la burguesía»). Pero el desarrollo del capitalismo va demoliendo cada vez más las barreras nacionales, suprime el aislamiento nacional y sustituye los antagonismos nacionales por antagonismos de clase. Por eso, en los países capitalistas desarrollados, es una verdad plena que «los obreros no tienen patria» y que la «unión de los esfuerzos» de los obreros, al menos de los países civilizados, «es una de las condiciones primordiales de la emancipación del proletariado» («Manifiesto Comunista»){82}. El Estado, esa violencia organizada, surgió inevitablemente en una determinada fase del desarrollo de la sociedad, cuando la sociedad se escindió en clases irreconciliables, cuando no podía existir sin un «poder» que estuviese aparentemente por encima de la sociedad y hasta cierto punto separado de ella. Nacido de las contradicciones de clase, el Estado se convierte en «el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, la cual, por medio de él, se convierte también en la clase políticamente dominante y adquiere de ese modo nuevos medios para someter y explotar a la clase oprimida. Así, el Estado antiguo era, ante todo, el Estado de los esclavistas para someter a los esclavos, el Estado feudal era el órgano de la nobleza para someter a los campesinos siervos, y el moderno Estado representativo es el instrumento de la explotación de los obreros asalariados por los capitalistas» (Engels en «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado», donde expone sus concepciones y las de Marx){83}. Hasta la forma más libre y progresiva del Estado burgués, la república democrática, no suprime en absoluto este hecho, sino que solo cambia su forma (vinculación del gobierno con la bolsa, venalidad –directa e indirecta– de los funcionarios y de la prensa, etc.). El socialismo, al conducir a la abolición de las clases, conduce con ello también a la abolición del Estado. «El primer acto –escribe Engels en el «Anti-Dühring»– en que el Estado se presenta realmente como representante de toda la sociedad –la expropiación de los medios de producción en provecho de toda la sociedad– será a la vez su último acto independiente como Estado. La intervención del poder estatal en las relaciones sociales se irá haciendo superflua en un dominio tras otro y cesará por sí misma. El gobierno sobre las personas será sustituido por la administración de las cosas y por la regulación del proceso de producción. El Estado no será "abolido", se extinguirá»{84}. «La sociedad que organice la producción sobre la base de asociaciones libres e iguales de productores pondrá la máquina estatal donde entonces le corresponderá estar: en el museo de antigüedades, junto a la rueca y el hacha de bronce» (Engels en «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado»){85}.

Por último, respecto a la cuestión de la actitud del socialismo de Marx hacia el pequeño campesinado, que subsistirá en la época de la expropiación de los expropiadores, es necesario señalar la declaración de Engels, que expresa las ideas de Marx: «Cuando tomemos el poder del Estado, no pensaremos en expropiar por la fuerza a los pequeños campesinos (sea con indemnización o sin ella), como nos veremos obligados a hacer con los grandes terratenientes. Nuestra tarea con respecto a los pequeños campesinos consistirá, ante todo, en convertir su producción privada y su propiedad privada en cooperativa, pero no por la fuerza, sino por medio del ejemplo y ofreciendo la ayuda social para ese fin. Y entonces dispondremos, por supuesto, de medios suficientes para demostrar al campesino todas las ventajas de esa transición, ventajas que ya ahora deben serle explicadas» (Engels: «El problema campesino en Francia y Alemania», ed. Alekséieva, p. 17, trad. rusa con errores. Original en «Die Neue Zeit»){86}.

## Táctica de la lucha de clases del proletariado

Habiendo puesto de relieve ya en 1844-1845 una de las deficiencias fundamentales del viejo materialismo, consistente en que no supo comprender las condiciones ni valorar la importancia de la actividad práctica revolucionaria, Marx, a lo largo de toda su vida, junto a sus trabajos teóricos, dedicó una atención constante a las cuestiones de la táctica de la lucha de clases del proletariado. Un material inmenso lo ofrecen a este respecto todas las obras de Marx y, en especial, la correspondencia en cuatro tomos con Engels, publicada en 1913. Este material está aún lejos de haber sido recopilado, reunido, estudiado y elaborado. Por eso debemos limitarnos aquí a las observaciones más generales y breves, subrayando que Marx consideraba justamente, sin este lado del materialismo, que este era incompleto, unilateral, yerto. La tarea fundamental de la táctica del proletariado la determinaba Marx en rigurosa correspondencia con todas las premisas de su concepción materialista-dialéctica del mundo. Solo un cálculo objetivo de todo el conjunto de las relaciones mutuas de todas las clases, sin excepción, de la sociedad dada y, por consiguiente, el cálculo de la etapa objetiva de desarrollo de esa sociedad y de las relaciones mutuas entre ella y otras sociedades puede servir de apoyo a la táctica correcta de la clase de vanguardia. Al hacerlo, todas las clases y todos los países no se consideran de manera estática, sino dinámica, es decir, no en estado inmóvil, sino en movimiento (cuyas leyes se derivan de las condiciones económicas de existencia de cada clase). El movimiento, a su vez, no se considera solo desde el punto de vista del pasado, sino también desde el punto de vista del futuro, y además no en la vulgar comprensión de los «evolucionistas», que solo ven cambios lentos, sino dialécticamente: «20 años equivalen a un día en los grandes desarrollos históricos –escribía Marx a Engels–, aunque ulteriormente pueden sobrevenir días en los que se concentren 20 años» (t. III, p. 127 de la «Correspondencia»){87}. En cada etapa del desarrollo, en cada momento, la táctica del proletariado debe tener en cuenta esta dialéctica objetivamente inevitable de la historia humana, por un lado, utilizando para el desarrollo de la conciencia, de la fuerza y de la capacidad combativa de la clase de vanguardia las épocas de estancamiento político o del llamado desarrollo «pacífico», a paso de tortuga, y, por otro lado, orientando todo el trabajo de esa utilización hacia el «objetivo final» del movimiento de esa clase y hacia la creación en ella de la capacidad para la solución práctica de las grandes tareas en los grandes días, «que concentran en sí 20 años». Dos razonamientos de Marx son especialmente importantes a este respecto: uno de «Miseria de la filosofía», sobre la lucha económica y las organizaciones económicas del proletariado; otro del «Manifiesto Comunista», sobre sus tareas políticas. El primero reza: «La gran industria acumula en un mismo lugar a una masa de personas que no se conocen entre sí. La competencia divide sus intereses. Pero la defensa del salario, ese interés común frente a su patrono, los une en una idea común de resistencia, de coalición... Las coaliciones, al principio aisladas, se agrupan, y la defensa por los obreros de sus uniones contra el capital, constantemente unido, se hace para ellos más necesaria que la defensa del salario... En esta lucha –verdadera guerra civil– se unen y se desarrollan todos los elementos para la batalla futura. Al llegar a este punto, la coalición adquiere carácter político»{88}. Aquí tenemos ante nosotros el programa y la táctica de la lucha económica y del movimiento sindical para varias décadas, para toda la larga época de preparación de las fuerzas del proletariado «para la batalla futura». Con ello hay que comparar las numerosas indicaciones de Marx y Engels sobre el ejemplo del movimiento obrero inglés, acerca de cómo la «prosperidad» industrial provoca intentos de «comprar a los obreros» (I, 136, «Correspondencia con Engels»){89}, de apartarlos de la lucha, cómo esa prosperidad en general «desmoraliza a los obreros» (II, 218); cómo «se aburguesa» el proletariado inglés: la nación «más burguesa de todas» (la inglesa) «quiere, al parecer, llegar al fin de cuentas a tener, junto a la burguesía, una aristocracia burguesa y un proletariado burgués» (II, 290){90}; cómo desaparece en él la «energía revolucionaria» (III, 124); cómo habrá que esperar un tiempo más o menos largo «la liberación de los obreros ingleses de su aparente corrupción burguesa» (III, 127); cómo al movimiento obrero inglés le falta «el ardor de los cartistas» (1866; III, 305){91}; cómo los líderes obreros ingleses se forman según el tipo intermedio «entre el burgués radical y el obrero» (sobre Holyoake, IV, 209); cómo, en virtud del monopolio de Inglaterra y mientras este monopolio no estalle, «no hay nada que hacer con los obreros británicos» (IV, 433){92}. La táctica de la lucha económica en relación con el curso (y el desenlace) general del movimiento obrero se examina aquí desde un punto de vista notablemente amplio, integral, dialéctico, verdaderamente revolucionario.

El «Manifiesto Comunista», sobre la táctica de la lucha política, formuló la tesis fundamental del marxismo: «los comunistas luchan por los objetivos y los intereses inmediatos de la clase obrera, pero al mismo tiempo defienden también el porvenir del movimiento»{93}. En nombre de esto, Marx en 1848 apoyó en Polonia al partido de la «revolución agraria», «el mismo partido que provocó la insurrección de Cracovia de 1846»{94}. En la Alemania de 1848-1849, Marx apoyó a la democracia revolucionaria extrema y jamás retiró posteriormente lo dicho entonces acerca de la táctica. Consideraba a la burguesía alemana como un elemento que «desde el principio mismo era propenso a la traición al pueblo» (solo la alianza con el campesinado habría podido dar a la burguesía la realización integral de sus tareas) «y al compromiso con los representantes coronados de la vieja sociedad». He aquí el análisis que Marx dio de la situación de clase de la burguesía alemana en la época de la revolución democrático-burguesa; análisis que es, por lo demás, un modelo de materialismo que examina la sociedad en movimiento y, además, no solo desde el lado del movimiento que mira hacia atrás: «...sin fe en sí misma, sin fe en el pueblo; gruñendo ante los de arriba, temblando ante los de abajo;... asustada por la tormenta mundial; sin energía en ninguna parte, con plagio en todas partes;... sin iniciativa;... un viejo maldito, condenado a guiar, en aras de sus intereses seniles, los primeros impulsos juveniles de un pueblo joven y sano...» («Neue Rheinische Zeitung» de 1848, véase «Literatúrnoe Nasledstvo», t. III, p. 212){95}. Unos 20 años más tarde, en carta a Engels (III, 224), Marx declaraba que la causa del fracaso de la revolución de 1848 era que la burguesía prefirió la paz con la esclavitud a la sola perspectiva de la lucha por la libertad. Cuando terminó la época de las revoluciones de 1848-1849, Marx se alzó contra todo juego a la revolución (Schapper-Willich y la lucha contra ellos), exigiendo la capacidad de trabajar en la época de una nueva fase que preparaba, al parecer «pacíficamente», nuevas revoluciones. En qué espíritu exigía Marx que se condujera ese trabajo se desprende de su siguiente apreciación de la situación en Alemania en el período más tenebroso de reacción, en 1856: «Todo en Alemania dependerá de la posibilidad de apoyar la revolución proletaria con una segunda edición de la guerra campesina» («Correspondencia con Engels», II, 108){96}. Mientras la revolución democrática (burguesa) en Alemania no estaba terminada, Marx concentraba toda la atención, en la táctica del proletariado socialista, en el desarrollo de la energía democrática del campesinado. Consideraba que Lassalle cometía «objetivamente una traición al movimiento obrero en beneficio de Prusia» (III, 210), entre otras razones, precisamente porque Lassalle contemporizaba con los terratenientes y con el nacionalismo prusiano. «Es una vileza –escribía Engels en 1865, intercambiando ideas con Marx a propósito de una próxima intervención conjunta de ambos en la prensa– que en un país agrícola se ataque, en nombre de los obreros industriales, solo a la burguesía, olvidando la patriarcal "explotación a palos" de los obreros rurales por la nobleza feudal» (III, 217){97}. En el período de 1864-1870, cuando tocaba a su fin la época de culminación de la revolución democrático-burguesa en Alemania –época de lucha entre las clases explotadoras de Prusia y Austria por una u otra vía de consumación de esa revolución desde arriba–, Marx no solo condenaba a Lassalle, que coqueteaba con Bismarck, sino que también corregía a Liebknecht, que caía en el «austrofilismo» y en la defensa del particularismo; Marx exigía una táctica revolucionaria que luchara por igual, implacablemente, tanto contra Bismarck como contra los austrófilos, una táctica que no se plegara al «vencedor» –el junker prusiano–, sino que reanudara de inmediato la lucha revolucionaria contra él también sobre el terreno creado por las victorias militares prusianas («Correspondencia con Engels», III, 134, 136, 147, 179, 204, 210, 215, 418, 437, 440-441){98}. En el famoso llamamiento de la Internacional del 9 de septiembre de 1870, Marx prevenía al proletariado francés contra una insurrección inoportuna{99}, pero cuando esta estalló a pesar de todo (1871), Marx saludó con entusiasmo la iniciativa revolucionaria de las masas, que «asaltaban el cielo» (carta de Marx a Kugelmann){100}. La derrota de la acción revolucionaria en esa situación, como en muchas otras, era, desde el punto de vista del materialismo dialéctico de Marx, un mal menor en el curso y el desenlace generales de la lucha proletaria que la renuncia a la posición ocupada, que la capitulación sin combate: tal capitulación habría desmoralizado al proletariado, habría cercenado su capacidad de lucha. Valorando plenamente la utilización de los medios legales de lucha en las épocas de estancamiento político y de predominio de la legalidad burguesa, Marx en 1877-1878, después de que se promulgara la ley de excepción contra los socialistas{101}, condenó duramente la «frase revolucionaria» de Most, pero se abalanzó no menos, si no más duramente, contra el oportunismo que dominó entonces temporalmente al partido socialdemócrata oficial, que no manifestó de inmediato firmeza, entereza, espíritu revolucionario, disposición a pasar a la lucha ilegal en respuesta a la ley de excepción («Cartas de Marx a Engels», IV, 397, 404, 418, 422, 424{102}. Cf. también las cartas a Sorge).