En una determinada etapa del desarrollo de la producción mercantil, el dinero se transforma en capital. La fórmula de la circulación de mercancías era: M (mercancía) – D (dinero) – M (mercancía), es decir, venta de una mercancía para comprar otra. La fórmula general del capital es, por el contrario, D – M – D, es decir, compra para vender (con ganancia). Marx denomina plusvalía a este incremento del valor inicial del dinero lanzado a la circulación. El hecho de este «crecimiento» del dinero en la circulación capitalista es de sobra conocido. Es precisamente este «crecimiento» lo que convierte el dinero en capital, como una relación social de producción específica, históricamente determinada. La plusvalía no puede surgir de la circulación de mercancías, pues esta solo conoce el intercambio de equivalentes; tampoco puede surgir de un recargo en el precio, pues las pérdidas y ganancias mutuas de compradores y vendedores se equilibrarían, y se trata precisamente de un fenómeno masivo, medio, social, y no individual. Para obtener plusvalía, «el poseedor de dinero debe encontrar en el mercado una mercancía cuyo valor de uso posea la peregrina propiedad de ser fuente de valor»{70}, una mercancía cuyo proceso de consumo sea al mismo tiempo un proceso de creación de valor. Y tal mercancía existe. Es la fuerza de trabajo del hombre. Su consumo es trabajo, y el trabajo crea valor. El poseedor de dinero compra la fuerza de trabajo por su valor, valor determinado, como el de cualquier otra mercancía, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción (es decir, el valor del sustento del obrero y de su familia). Una vez comprada la fuerza de trabajo, el poseedor de dinero tiene derecho a consumirla, es decir, a hacerla trabajar durante todo el día, digamos, 12 horas. Mientras tanto, el obrero durante 6 horas («tiempo de trabajo necesario») crea un producto que cubre su sustento, y durante las 6 horas siguientes («tiempo de trabajo adicional») crea el producto «adicional» no pagado por el capitalista, o sea, la plusvalía. Por consiguiente, en el capital, desde el punto de vista del proceso de producción, hay que distinguir dos partes: el capital constante, gastado en medios de producción (máquinas, instrumentos de trabajo, materia prima, etc.) – su valor pasa (de una vez o por partes) sin cambio alguno al producto acabado – y el capital variable, gastado en fuerza de trabajo. El valor de este capital no permanece invariable, sino que crece en el proceso de trabajo, creando plusvalía. Por eso, para expresar el grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital, hay que comparar la plusvalía no con todo el capital, sino solo con el capital variable. La tasa de plusvalía, como Marx llama a esta relación, será, por ejemplo, en nuestro caso 6/6, es decir, el 100 %.

Las premisas históricas para el surgimiento del capital son, en primer lugar, la acumulación de una determinada suma de dinero en manos de ciertos individuos, en un nivel comparativamente alto de desarrollo de la producción mercantil en general, y, en segundo lugar, la presencia del obrero «libre» en un doble sentido: libre de toda traba o restricción para vender su fuerza de trabajo y libre de la tierra y, en general, de los medios de producción: un obrero sin hacienda propia, un obrero «proletario» que no tiene con qué subsistir, excepto vendiendo su fuerza de trabajo.

El aumento de la plusvalía es posible mediante dos procedimientos fundamentales: prolongando la jornada de trabajo («plusvalía absoluta») y reduciendo el tiempo de trabajo necesario («plusvalía relativa»). Al analizar el primer procedimiento, Marx despliega un grandioso cuadro de la lucha de la clase obrera por la reducción de la jornada de trabajo y de la intervención del poder estatal para alargarla (siglos XIV-XVII) y para acortarla (legislación fabril del siglo XIX). Después de la aparición de *El Capital*, la historia del movimiento obrero de todos los países civilizados del mundo ha suministrado miles y miles de nuevos hechos que ilustran este cuadro.

Al analizar la producción de la plusvalía relativa, Marx investiga las tres etapas históricas fundamentales del aumento de la productividad del trabajo por el capitalismo: 1) la cooperación simple; 2) la división del trabajo y la manufactura; 3) la maquinaria y la gran industria. La profundidad con que Marx pone al descubierto aquí los rasgos básicos y típicos del desarrollo del capitalismo se desprende, entre otras cosas, del hecho de que las investigaciones sobre la llamada industria «artesana» rusa proporcionan un material riquísimo para ilustrar las dos primeras de las tres etapas mencionadas. Y la acción revolucionaria de la gran industria maquinizada, descrita por Marx en 1867, se ha manifestado en el transcurso del medio siglo transcurrido desde entonces en toda una serie de países «nuevos» (Rusia, Japón, etc.).

Sigamos. En extremo importante y nuevo es en Marx el análisis de la acumulación del capital, es decir, de la transformación de una parte de la plusvalía en capital, su empleo no para las necesidades personales o caprichos del capitalista, sino para una nueva producción. Marx demostró el error de toda la economía política clásica precedente (desde Adam Smith), que suponía que toda la plusvalía convertida en capital se destinaba al capital variable. En realidad, se descompone en medios de producción más capital variable. Una importancia enorme en el proceso de desarrollo del capitalismo y de su transformación en socialismo tiene el crecimiento más rápido de la parte del capital constante (en la suma total del capital) en comparación con la parte del capital variable.

La acumulación del capital, al acelerar el desplazamiento del obrero por la máquina y crear en un polo la riqueza y en el otro la miseria, engendra también el llamado «ejército industrial de reserva», el «excedente relativo» de obreros o «superpoblación capitalista», que reviste formas sumamente diversas y da al capital la posibilidad de ampliar la producción con extrema rapidez. Esta posibilidad, en combinación con el crédito y la acumulación del capital en medios de producción, da, entre otras cosas, la clave para comprender las crisis de superproducción, que se desataban periódicamente en los países capitalistas, al principio cada diez años, por término medio, y luego en intervalos más prolongados y menos definidos. De la acumulación del capital sobre la base capitalista hay que distinguir la llamada acumulación originaria: la separación violenta del trabajador de los medios de producción, la expulsión de los campesinos de la tierra, la usurpación de las tierras comunales, el sistema de colonias y de deudas públicas, los aranceles protectores, etc. La «acumulación originaria» crea en un polo al proletario «libre», y en el otro al poseedor de dinero, al capitalista.

«La tendencia histórica de la acumulación capitalista» la caracteriza Marx con las siguientes y célebres palabras: «La expropiación de los productores directos se ejecuta con el vandalismo más implacable y bajo el acicate de las pasiones más infames, más sucias, más mezquinas y más frenéticas. La propiedad privada, obtenida con el trabajo del propietario» (del campesino y del artesano), «basada, por así decirlo, en la fusión del trabajador independiente aislado con sus instrumentos y medios de trabajo, es desplazada por la propiedad privada capitalista, que descansa sobre la explotación del trabajo ajeno, aunque formalmente libre… Ahora, la expropiación ya no recae sobre el trabajador que dirige su propia economía, sino sobre el capitalista que explota a muchos obreros. Esta expropiación se realiza por el juego de las leyes inmanentes de la misma producción capitalista, mediante la centralización de los capitales. Un capitalista mata a muchos. Paralelamente a esta centralización o expropiación de muchos capitalistas por unos pocos, se desarrolla la forma cooperativa del proceso de trabajo en escala cada vez más amplia, la aplicación técnica consciente de la ciencia, la explotación planificada de la tierra, la transformación de los medios de trabajo en medios de trabajo que solo admiten un uso colectivo, la economización de todos los medios de producción al ser empleados como medios de producción del trabajo social combinado, la imbricación de todos los pueblos en la red del mercado mundial y, con ello, el carácter internacional del régimen capitalista. Junto con el número constantemente decreciente de magnates del capital que usurpan y monopolizan todas las ventajas de este proceso de transformación, crece la masa de la miseria, de la opresión, de la esclavitud, de la degeneración, de la explotación, pero también la indignación de la clase obrera, que es instruida, unida y organizada por el mecanismo mismo del proceso de producción capitalista. El monopolio del capital se convierte en grillete del modo de producción que ha crecido con él y bajo él. La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan un punto en el que se hacen incompatibles con su envoltura capitalista. Esta salta hecha añicos. Ha sonado la hora de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados» (*El Capital*, I){71}.

Sumamente importante y nuevo es, además, el análisis que Marx hace en el tomo II de *El Capital* de la reproducción del capital social, tomado en su conjunto. También aquí toma Marx un fenómeno no individual, sino masivo; no una parte fraccionaria de la economía de la sociedad, sino toda esa economía en su conjunto. Rectificando el error de los clásicos mencionado más arriba, Marx divide toda la producción social en dos grandes secciones: I) producción de medios de producción y II) producción de artículos de consumo, y examina con detenimiento, a través de ejemplos numéricos por él escogidos, la circulación de todo el capital social en su conjunto, tanto en la reproducción simple como en la acumulación. En el tomo III de *El Capital* se resuelve el problema de la formación de la tasa media de ganancia sobre la base de la ley del valor. El gran paso adelante de la ciencia económica, personificada en Marx, consiste en que el análisis se hace desde el punto de vista de los fenómenos económicos masivos, del conjunto de la economía social, y no desde el punto de vista de casos aislados o de la superficie externa de la competencia, a lo que se limita a menudo la economía política vulgar o la moderna «teoría de la utilidad marginal». Primero, Marx analiza el origen de la plusvalía y luego pasa a su descomposición en ganancia, interés y renta del suelo. La ganancia es la relación entre la plusvalía y todo el capital invertido en la empresa. El capital de «alta composición orgánica» (es decir, con predominio del capital constante sobre el variable en proporciones superiores a la media social) da una tasa de ganancia inferior a la media. El capital de «baja composición orgánica», superior a la media. La competencia entre capitales, su libre traslado de una rama a otra, reducirá en ambos casos la tasa de ganancia a la media. La suma de los valores de todas las mercancías de una sociedad dada coincide con la suma de los precios de las mercancías, pero en las empresas individuales y en las ramas de producción aisladas, las mercancías, bajo el influjo de la competencia, se venden no por su valor, sino por los precios de producción (o precios productivos), que equivalen al capital invertido más la ganancia media.

Así pues, el hecho de todos conocido e indiscutible de la desviación de los precios respecto a los valores y de la igualación de las ganancias fue plenamente explicado por Marx sobre la base de la ley del valor, pues la suma de los valores de todas las mercancías coincide con la suma de los precios. Pero la reducción del valor (social) a los precios (individuales) no se produce de un modo simple y directo, sino por un camino muy complejo: es perfectamente natural que en una sociedad de productores de mercancías dispersos y vinculados solo por el mercado, la regularidad no pueda manifestarse sino como una regularidad media, social, de masas, con la compensación mutua de las desviaciones individuales en uno u otro sentido.

El aumento de la productividad del trabajo significa un crecimiento más rápido del capital constante en comparación con el variable. Y como la plusvalía es función exclusiva del capital variable, se comprende que la tasa de ganancia (la relación entre la plusvalía y todo el capital, y no solo su parte variable) tenga una tendencia a descender. Marx analiza minuciosamente esta tendencia y una serie de circunstancias que la encubren o la contrarrestan. Sin detenernos en la exposición de las partes sumamente interesantes del tomo III dedicadas al capital usurario, comercial y monetario, pasaremos a lo más importante: la teoría de la renta del suelo. Dado el carácter limitado de la superficie de la tierra, toda ella ocupada por propietarios particulares en los países capitalistas, el precio de producción de los productos agrícolas no lo determinan los gastos de producción en el suelo medio, sino en el suelo peor; no en las condiciones medias, sino en las peores condiciones de suministro del producto al mercado. La diferencia entre este precio y el precio de producción en los suelos mejores (o en las mejores condiciones) da la renta diferencial o retribución diferencial. Al analizarla detalladamente, mostrando su origen por la diferencia de fertilidad entre las distintas parcelas de tierra y por la diferencia en la magnitud de las inversiones de capital en la tierra, Marx puso plenamente al descubierto (véase también *Teorías de la plusvalía*, donde merece especial atención la crítica de Rodbertus) el error de Ricardo sobre que la renta diferencial solo se obtiene mediante el paso sucesivo de las tierras mejores a las peores. Por el contrario, existen también transiciones inversas, existe la transformación de una categoría de tierras en otra (en virtud del progreso de la técnica agrícola, del crecimiento de las ciudades, etc.), y la famosa «ley de la fertilidad decreciente del suelo» constituye un profundo error, que carga sobre la naturaleza los defectos, las limitaciones y las contradicciones del capitalismo. Luego, la igualación de la ganancia en todas las ramas de la industria y de la economía nacional en general presupone la plena libertad de competencia, la libertad de trasvase del capital de una rama a otra. Entretanto, la propiedad privada de la tierra crea un monopolio, un obstáculo a este libre trasvase. En virtud de este monopolio, los productos de la agricultura, que se distingue por una composición más baja del capital y, por consiguiente, por una tasa de ganancia individual más alta, no entran en el proceso completamente libre de nivelación de la tasa de ganancia; el propietario de la tierra, como monopolista, obtiene la posibilidad de mantener el precio por encima de la media, y este precio de monopolio engendra la renta absoluta. La renta diferencial no puede ser eliminada mientras exista el capitalismo, mientras que la renta absoluta sí puede serlo – por ejemplo, mediante la nacionalización de la tierra, su paso a la propiedad del Estado. Este paso significaría el socavamiento del monopolio de los propietarios privados, significaría una aplicación más consecuente y más plena de la libertad de competencia en la agricultura. Y por eso, los burgueses radicales, señala Marx, se han pronunciado repetidamente en la historia a favor de esta reivindicación burguesa progresista de la nacionalización de la tierra, que, sin embargo, atemoriza a la mayoría de la burguesía, pues afecta demasiado «de cerca» a otro monopolio, particularmente importante y «sensible» en nuestros días: el monopolio de los medios de producción en general. (De un modo notablemente popular, conciso y claro expuso el propio Marx su teoría de la ganancia media sobre el capital y de la renta absoluta del suelo en una carta a Engels del 2 de agosto de 1862. Véase *Correspondencia*, t. III, pp. 77-81. Compárese también la carta del 9 de agosto de 1862, ibíd., pp. 86-87){72}. – Para la historia de la renta del suelo, es importante señalar también el análisis de Marx que muestra la transformación de la renta en trabajo (cuando el campesino, con su trabajo en la tierra del terrateniente, crea el producto adicional) en renta en productos o en especie (el campesino produce en su tierra el producto adicional y lo entrega al terrateniente en virtud de una «coacción extraeconómica»), luego en renta en dinero (la misma renta en especie convertida en dinero, el «censo» de la antigua Rus, en virtud del desarrollo de la producción mercantil) y, por último, en renta capitalista, cuando en lugar del campesino aparece el empresario agrícola que explota la tierra mediante trabajo asalariado. En relación con este análisis de la «génesis de la renta capitalista del suelo», cabe señalar una serie de ideas profundas (y especialmente importantes para países atrasados, como Rusia) de Marx sobre la evolución del capitalismo en la agricultura. «A la transformación de la renta en especie en renta en dinero le acompaña inevitablemente, y aun le antecede, la formación de una clase de jornaleros desposeídos que se contratan a cambio de dinero. En el período de aparición de esta clase, cuando surge todavía esporádicamente, entre los campesinos más acomodados, obligados a pagar el censo, se desarrolla naturalmente la costumbre de explotar por cuenta propia a trabajadores rurales asalariados, de modo completamente análogo a como en los tiempos feudales los campesinos siervos más ricos tenían, a su vez, siervos propios. De esta manera, estos campesinos desarrollan gradualmente la posibilidad de acumular cierta riqueza y de transformarse ellos mismos en futuros capitalistas. Entre los viejos propietarios de la tierra que llevan una economía autónoma brota, pues, un semillero de arrendatarios capitalistas, cuyo desarrollo está condicionado por el desarrollo general de la producción capitalista fuera de la agricultura» (*El Capital*, III, 2, 332){73}… «La expropiación y el éxodo rural de una parte de la población del campo no solo “libera” para el capital industrial a los obreros, sus medios de vida y sus instrumentos de trabajo, sino que crea el mercado interior» (*El Capital*, I, 2, 778){74}. El empobrecimiento y la ruina de la población rural desempeña, a su vez, un papel en la creación del ejército industrial de reserva para el capital. En todo país capitalista, «una parte de la población rural se halla, por eso, constantemente en un estado de transición hacia su transformación en población urbana o manufacturera [es decir, no agrícola]. Esta fuente de la superpoblación relativa fluye constantemente… El obrero del campo se ve reducido al nivel más bajo del salario, y tiene siempre un pie en el pantano del pauperismo» (*El Capital*, I, 2, 668){75}. La propiedad privada del campesino sobre la tierra que cultiva es la base de la pequeña producción y la condición para que esta florezca y adquiera su forma clásica. Pero esta pequeña producción solo es compatible con los marcos estrechos y primitivos de la producción y de la sociedad. En el capitalismo, «la explotación de los campesinos difiere de la explotación del proletariado industrial solo por la forma. El explotador es el mismo: el capital. Los capitalistas individuales explotan a los campesinos individuales a través de las hipotecas y de la usura; la clase capitalista explota a la clase campesina a través de los impuestos del Estado» (*La lucha de clases en Francia*){76}. «La parcela (el pequeño lote de tierra) del campesino no es más que un pretexto que permite al capitalista extraer de la tierra ganancia, interés y renta, dejando que el terrateniente se las componga como pueda para obtener su salario» (*El 18 Brumario*){77}. Con frecuencia, el campesino entrega incluso a la sociedad capitalista, es decir, a la clase capitalista, una parte de su salario, descendiendo «al nivel del arrendatario irlandés, bajo la apariencia de propietario privado» (*La lucha de clases en Francia*){78}. ¿En qué consiste «una de las razones de que en los países con predominio de la pequeña propiedad campesina sobre la tierra, el precio del trigo sea más bajo que en los países con el modo de producción capitalista»? (*El Capital*, III, 2, 340). En que el campesino entrega a la sociedad (esto es, a la clase capitalista) gratuitamente una parte del producto adicional. «Por consiguiente, un precio tan bajo [del trigo y de otros productos agrícolas] es una consecuencia de la pobreza de los productores, y de ningún modo un resultado de la productividad de su trabajo» (*El Capital*, III, 2, 340). La pequeña propiedad territorial, forma normal de la pequeña producción, se degrada, se aniquila y perece bajo el capitalismo. «La pequeña propiedad territorial, por su propia esencia, excluye: el desarrollo de las fuerzas productivas sociales del trabajo, las formas sociales del trabajo, la concentración social de los capitales, la ganadería a gran escala, la aplicación cada vez mayor de la ciencia. La usura y el sistema fiscal la conducen inevitablemente, en todas partes, a la ruina. La inversión de capital para la compra de la tierra sustrae este capital al cultivo de la tierra. La ilimitada fragmentación de los medios de producción y la dispersión de los propios productores». (Las cooperativas, es decir, las asociaciones de pequeños campesinos, aunque desempeñan un papel burgués sumamente progresista, solo atenúan esta tendencia, pero no la suprimen; tampoco hay que olvidar que estas cooperativas dan mucho a los campesinos acomodados y muy poco, casi nada, a la masa de los pobres, y que luego las asociaciones mismas se convierten en explotadoras del trabajo asalariado). «El gigantesco despilfarro de la fuerza humana. El empeoramiento cada vez mayor de las condiciones de producción y el encarecimiento de los medios de producción son una ley de la propiedad parcelaria (pequeña)»{79}. El capitalismo, tanto en la agricultura como en la industria, transforma el proceso de producción solo a costa de «la martirología de los productores». «La dispersión de los obreros del campo en grandes extensiones quebranta su fuerza de resistencia, mientras que la concentración de los obreros urbanos aumenta esa fuerza. En la agricultura moderna, capitalista, como en la industria moderna, el aumento de la fuerza productiva del trabajo y su mayor movilidad se compran al precio de la devastación y el agotamiento de la propia fuerza de trabajo. Además, todo progreso de la agricultura capitalista no es solo un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino también en el arte de esquilmar el suelo… La producción capitalista, por consiguiente, solo desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción minando al mismo tiempo las fuentes de toda riqueza: la tierra y el obrero» (*El Capital*, I, final del capítulo 13){80}.