Rosa Luxemburgo toma precisamente este ejemplo y razona sobre él de la siguiente manera:

«El último acontecimiento en la historia de las relaciones federativas, la separación de Noruega de Suecia –en su momento recogido apresuradamente por la prensa sociopatriótica polaca (véase el "Naprzód" de Cracovia) como una manifestación gratificante de la fuerza y el carácter progresista de las aspiraciones a la separación estatal–, se convirtió de inmediato en una prueba contundente de que el federalismo y la separación estatal que de él se deriva no son en absoluto una expresión de progresismo o democratismo. Tras la llamada "revolución" noruega, que consistió en la destitución y expulsión del rey sueco de Noruega, los noruegos eligieron tranquilamente a otro rey, tras rechazar formalmente mediante votación popular el proyecto de instauración de la república. Lo que los admiradores superficiales de todos los movimientos nacionales y de toda apariencia de independencia proclamaron como una "revolución", fue una simple manifestación del particularismo del campesinado y de la pequeña burguesía, del deseo de tener con su propio dinero un "propio" rey en lugar del impuesto por la aristocracia sueca, y, por consiguiente, fue un movimiento que no tiene absolutamente nada que ver con el espíritu revolucionario. Al mismo tiempo, esta historia de la ruptura de la unión sueco-noruega demostró una vez más hasta qué punto, también en este caso, la federación que existía hasta entonces era solo una expresión de intereses puramente dinásticos y, por consiguiente, una forma de monarquismo y reacción» («Przegląd»).

¡Esto es literalmente todo lo que dice Rosa Luxemburgo sobre este punto! Y hay que reconocer que difícilmente se podría revelar de manera más patente la impotencia de su propia postura de lo que lo ha hecho Rosa Luxemburgo en este ejemplo.

La cuestión planteada y pendiente es si es necesaria para la socialdemocracia en un Estado nacional abigarrado una programa que reconozca el derecho a la autodeterminación o a la separación.

¿Qué nos dice sobre esta cuestión el ejemplo de Noruega, tomado por la propia Rosa Luxemburgo?

¡Nuestra autora da vueltas y se escabulle, hace agudezas y alborota contra el "Naprzód" {113} , pero no responde a la pregunta! ¡Rosa Luxemburgo habla de cualquier cosa, con tal de no decir ni una palabra sobre la esencia del problema!

Es indudable que los pequeño burgueses noruegos, al querer tener con su propio dinero a su propio rey y al hacer naufragar mediante votación popular el proyecto de instauración de la república, revelaron pésimas cualidades filisteas. Es indudable que el "Naprzód", si no se percató de esto, reveló cualidades igualmente pésimas e igualmente filisteas.

Pero, ¿a qué viene todo esto?

¡Estábamos hablando del derecho de las naciones a la autodeterminación y de la actitud del proletariado socialista hacia este derecho! ¿Por qué Rosa Luxemburgo no responde a la pregunta, sino que anda con rodeos?

Dicen que para el ratón no hay bestia más fuerte que el gato. Para Rosa Luxemburgo, por lo visto, no hay bestia más fuerte que los "fracs". Los "fracs" es como se denomina popularmente al "Partido Socialista Polaco", la llamada fracción revolucionaria, y el periodicucho cracoviano "Naprzód" comparte las ideas de esta "fracción". La lucha de Rosa Luxemburgo contra el nacionalismo de esta "fracción" ha cegado de tal modo a nuestra autora, que de su horizonte desaparece todo excepto el "Naprzód".

Si el "Naprzód" dice: "sí", Rosa Luxemburgo considera su sagrado deber proclamar inmediatamente: "no", sin pensar en absoluto que con tal proceder demuestra no su independencia del "Naprzód", sino, al contrario, su chocante dependencia de los "fracs", su incapacidad para mirar las cosas desde un punto de vista un poco más profundo y amplio que el punto de vista del hormiguero cracoviano. El "Naprzód" es, por supuesto, un órgano muy malo y nada marxista, pero esto no debe impedirnos analizar en esencia el ejemplo de Noruega, ya que lo hemos tomado.

Para analizar este ejemplo a la manera marxista, debemos detenernos no en las malas cualidades de los terriblemente temibles "fracs", sino, en primer lugar, en las características históricas concretas de la separación de Noruega de Suecia y, en segundo lugar, en cuáles eran las tareas del proletariado de ambos países en el momento de esta separación.

Noruega está unida a Suecia por vínculos geográficos, económicos y lingüísticos no menos estrechos que los vínculos de muchas naciones eslavas no rusas con los grandes rusos. Pero la unión de Noruega con Suecia no fue voluntaria, de modo que Rosa Luxemburgo habla de "federación" completamente en vano, simplemente porque no sabe qué decir. Noruega fue entregada a Suecia por los monarcas durante las guerras napoleónicas, en contra de la voluntad de los noruegos, y los suecos tuvieron que introducir tropas en Noruega para someterla.

Tras esto, durante largos decenios, a pesar de la autonomía extraordinariamente amplia de que gozaba Noruega (su propio Sejm, etc.), existieron fricciones ininterrumpidas entre Noruega y Suecia, y los noruegos se esforzaron con todas sus fuerzas por sacudirse el yugo de la aristocracia sueca. En agosto de 1905 se lo sacudieron por fin: el Sejm noruego decretó que el rey sueco había dejado de ser el rey de Noruega, y el referéndum celebrado a continuación, una consulta al pueblo noruego, dio una mayoría abrumadora de votos (alrededor de 200.000 contra unos pocos cientos) a favor de la separación total de Suecia. Los suecos, tras algunas vacilaciones, se resignaron al hecho de la separación.

Este ejemplo nos muestra sobre qué base son posibles y se producen los casos de separación de naciones en las relaciones económicas y políticas modernas, y qué forma adopta a veces la separación en un entorno de libertad política y democratismo.

Ningún socialdemócrata, a menos que se decida a declarar que las cuestiones de la libertad política y el democratismo le son indiferentes (en cuyo caso, naturalmente, dejaría de ser socialdemócrata), podrá negar que este ejemplo demuestra de hecho la obligación para los obreros conscientes de una propaganda y preparación sistemáticas para que los posibles conflictos por la separación de naciones se resuelvan solo como se resolvieron en 1905 entre Noruega y Suecia, y no "a la rusa". Esto es precisamente lo que se expresa en la exigencia programática del reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación. Y Rosa Luxemburgo tuvo que excusarse del hecho, incómodo para su teoría, recurriendo a furibundos ataques contra el filisteísmo de los filisteos noruegos y contra el "Naprzód" cracoviano, pues comprendía perfectamente hasta qué punto este hecho histórico refuta de manera irrevocable sus frases de que el derecho de autodeterminación de las naciones es una "utopía", de que equivale al derecho a "comer en platos de oro", etc. Tales frases expresan únicamente una fe mísera y autocomplaciente, oportunista, en la inmutabilidad de la correlación de fuerzas existente entre las nacionalidades de Europa Oriental.

Sigamos adelante. En la cuestión de la autodeterminación de las naciones, como en cualquier otra cuestión, nos interesa ante todo y por encima de todo la autodeterminación del proletariado dentro de las naciones. Rosa Luxemburgo también ha esquivado modestamente esta cuestión, intuyendo cuán desagradable es para su "teoría" el análisis del mismo basado en el ejemplo de Noruega que ella misma tomó.

¿Cuál fue y cuál debió ser la posición del proletariado noruego y sueco en el conflicto por la separación? Los obreros conscientes de Noruega habrían votado, por supuesto, tras la separación, por la república [39], y si hubo socialistas que votaron de otro modo, esto solo demuestra cuánto oportunismo torpe y filisteo hay a veces en el socialismo europeo. No puede haber dos opiniones sobre esto, y tocamos este punto únicamente porque Rosa Luxemburgo intenta tapar la esencia del asunto con conversaciones que no vienen al caso. En cuanto a la cuestión de la separación, no sabemos si el programa socialista noruego obligaba a los socialdemócratas noruegos a mantener una opinión determinada. Supongamos que no, que los socialistas noruegos dejaban abierta la cuestión de hasta qué punto era suficiente la autonomía de Noruega para la libre lucha de clases y hasta qué punto las eternas fricciones y conflictos con la aristocracia sueca entorpecían la libertad de la vida económica. Pero que el proletariado noruego debía ir contra esta aristocracia a favor de la democracia del campesinado noruego (a pesar de todas las limitaciones filisteas de esta última), esto es indiscutible.

¿Y el proletariado sueco? Es sabido que los terratenientes suecos, apoyados por los curas suecos, predicaban la guerra contra Noruega y, como Noruega es mucho más débil que Suecia, como ya había experimentado una invasión sueca y como la aristocracia sueca tiene un peso muy fuerte en su país, esta prédica era una amenaza muy seria. Se puede garantizar que los Kokóshkin suecos estuvieron corrompiendo largo y tendido a las masas suecas con llamamientos a un "tratamiento prudente" de las "fórmulas elásticas de la autodeterminación política de las naciones", con la pintura exagerada de los peligros de la "desintegración del Estado" y con seguridades sobre la compatibilidad de la "libertad popular" con los pilares de la aristocracia sueca. No está sujeto a la menor duda que la socialdemocracia sueca habría traicionado la causa del socialismo y la causa de la democracia si no hubiera luchado con todas sus fuerzas tanto contra la ideología y la política terrateniente como contra la "kokoshkiniana", si no hubiera defendido, al lado de la igualdad de derechos de las naciones en general (reconocida también por los Kokóshkin), el derecho de las naciones a la autodeterminación, la libertad de separación de Noruega.

La estrecha unión de los obreros noruegos y suecos, su plena solidaridad fraternal de clase salía ganando con este reconocimiento por parte de los obreros suecos del derecho de los noruegos a la separación. Pues los obreros noruegos se convencían de que los suecos no estaban contagiados por el nacionalismo sueco, de que la hermandad con los proletarios noruegos estaba por encima para ellos que los privilegios de la burguesía y la aristocracia suecas. La destrucción de los vínculos impuestos a Noruega por los monarcas europeos y los aristócratas suecos fortaleció los vínculos entre los obreros noruegos y suecos. Los obreros suecos demostraron que, a través de todas las peripecias de la política burguesa –¡es plenamente posible sobre la base de las relaciones burguesas el resurgimiento del sometimiento violento de los noruegos a los suecos!–, sabrán conservar y defender la plena igualdad de derechos y la solidaridad de clase de los obreros de ambas naciones en la lucha tanto contra la burguesía sueca como contra la burguesía noruega.

De aquí se ve, de paso, cuán infundados e incluso simplemente poco serios son los intentos que a veces hacen los "fracs" de "aprovechar" nuestras divergencias con Rosa Luxemburgo contra la socialdemocracia polaca. Los "fracs" no son un partido proletario, no socialista, sino un partido pequeñoburgués, nacionalista, algo así como los socialrevolucionarios polacos. De ninguna unidad de los socialdemócratas rusos con este partido se ha hablado jamás ni podría hablarse. Por el contrario, ningún socialdemócrata ruso se ha "arrepentido" nunca del acercamiento y la unión con los socialdemócratas polacos. A la socialdemocracia polaca pertenece el enorme mérito histórico de haber creado por primera vez un partido realmente marxista, realmente proletario en Polonia, país impregnado de pies a cabeza de aspiraciones y afanes nacionalistas. Pero este mérito de los socialdemócratas polacos es un gran mérito no gracias a la circunstancia de que Rosa Luxemburgo haya dicho disparates contra el § 9 del programa marxista ruso, sino a pesar de esta lamentable circunstancia.

Para los socialdemócratas polacos, el "derecho de autodeterminación" no tiene, por supuesto, una importancia tan grande como para los rusos. Es perfectamente comprensible que la lucha contra la pequeña burguesía de Polonia, cegada por el nacionalismo, haya obligado a los socialdemócratas polacos a "doble el palo" con especial celo (a veces, quizás, un poquitín excesivo). Ningún marxista ruso ha pensado nunca en reprochar a los socialdemócratas polacos que estén en contra de la separación de Polonia. El error lo cometen estos socialdemócratas solo cuando intentan –como Rosa Luxemburgo– negar la necesidad del reconocimiento del derecho a la autodeterminación en el programa de los marxistas rusos.

Esto significa, en esencia, trasladar las relaciones, comprensibles desde el punto de vista del horizonte cracoviano, a la escala de todos los pueblos y naciones de Rusia, incluidos los grandes rusos. Esto significa ser "nacionalistas polacos al revés", y no socialdemócratas rusos, no internacionales.

Pues la socialdemocracia internacional se sitúa precisamente en el terreno del reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación. A esto pasamos ahora.