Una exigencia incondicional de la teoría marxista al analizar cualquier cuestión social es situarla en un marco histórico determinado y, después, si se trata de un país concreto (por ejemplo, del programa nacional para un país dado), tener en cuenta las particularidades concretas que distinguen a ese país de los demás dentro de una misma época histórica.

¿Qué significa esta exigencia incondicional del marxismo aplicada a nuestra cuestión?

Significa, ante todo, la necesidad de distinguir rigurosamente dos épocas del capitalismo radicalmente distintas desde el punto de vista de los movimientos nacionales. Por un lado, la época del derrumbe del feudalismo y del absolutismo, la época de la formación de la sociedad y el Estado democrático-burgués, cuando los movimientos nacionales se convierten por primera vez en movimientos de masas, incorporan de un modo u otro a todas las clases de la población a la política por medio de la prensa, la participación en las instituciones representativas, etc. Por otro lado, tenemos ante nosotros la época de Estados capitalistas plenamente consolidados, con un régimen constitucional establecido desde hace mucho tiempo, con un antagonismo muy desarrollado entre el proletariado y la burguesía, época que puede ser calificada de víspera del derrumbe del capitalismo.

Para la primera época es típico el despertar de los movimientos nacionales y la incorporación a ellos del campesinado, como la capa más numerosa y más «difícil de movilizar» de la población, en relación con la lucha por la libertad política en general y por los derechos de la nacionalidad en particular. Para la segunda época es típica la ausencia de movimientos democrático-burgueses de masas, cuando el capitalismo desarrollado, que aproxima y entremezcla cada vez más a naciones ya plenamente incorporadas a la circulación mercantil, pone en primer plano el antagonismo entre el capital fusionado internacionalmente y el movimiento obrero internacional.

Por supuesto, una y otra época no están separadas entre sí por un muro, sino unidas por numerosos eslabones de transición, y los distintos países se diferencian además por la rapidez de su desarrollo nacional, la composición nacional de su población, su distribución, etc., etc. No se puede ni hablar de abordar el programa nacional de los marxistas de un país dado sin tener en cuenta todas estas condiciones histórico-generales y concreto-estatales.

Y es justamente aquí donde tropezamos con el punto más débil de los razonamientos de Rosa Luxemburg. Con extraordinario celo, adorna su artículo con un conjunto de «fuertes» palabrejas contra el § 9 de nuestro programa, calificándolo de «burdo», de «patrón», de «frase metafísica» y así sin fin. Lo natural habría sido esperar que una escritora que tan admirablemente condena la metafísica (en el sentido marxista, es decir, la antidialéctica) y las abstracciones vacías nos diese un ejemplo de examen concreto-histórico de la cuestión. Se trata del programa nacional de los marxistas de un país determinado, Rusia, de una época determinada, los comienzos del siglo XX. Es de suponer que Rosa Luxemburg se plantea precisamente la cuestión de qué época histórica está atravesando Rusia, cuáles son las particularidades concretas de la cuestión nacional y de los movimientos nacionales de ese país en esa época.

¡Rosa Luxemburg no dice absolutamente nada de esto! ¡Ni la menor sombra de un análisis de cómo está planteada la cuestión nacional en Rusia en la presente época histórica, de cuáles son las particularidades de Rusia a este respecto, no encontraréis en ella!

Se nos dice que la cuestión nacional se plantea de manera distinta en los Balcanes que en Irlanda, que Marx valoraba así el movimiento nacional polaco y checo en las condiciones concretas de 1848 (página de extractos de Marx), que Engels valoraba así la lucha de los cantones forestales de Suiza contra Austria y la batalla de Morgarten, que tuvo lugar en 1315 (paginita de citas de Engels con el correspondiente comentario de Kautsky), que Lassalle consideraba reaccionaria la guerra campesina en Alemania en el siglo XVI, etc.

No puede decirse que estas observaciones y citas brillen por su novedad, pero, en todo caso, al lector le resulta interesante recordar una y otra vez cómo justamente Marx, Engels y Lassalle abordaban el análisis de las cuestiones concreto-históricas de cada país. Y, al releer las instructivas citas de Marx y Engels, se ve con especial claridad la ridícula situación en que se ha colocado Rosa Luxemburg. Predica elocuente y airadamente la necesidad de un análisis concreto-histórico de la cuestión nacional en diferentes países y en diferentes épocas, pero no hace la menor tentativa de determinar qué etapa histórica del desarrollo del capitalismo está atravesando Rusia a comienzos del siglo XX, cuáles son las particularidades de la cuestión nacional en ese país. Rosa Luxemburg muestra ejemplos de cómo otros analizaban la cuestión de un modo marxista, como subrayando adrede con ello cuán a menudo el infierno está empedrado de buenas intenciones y los buenos consejos sirven para encubrir la falta de voluntad o de habilidad para emplearlos en la práctica.

He aquí una de las comparaciones instructivas. Al sublevarse contra la consigna de la independencia de Polonia, Rosa Luxemburg se remite a su trabajo de 1898, que demostró el rápido «desarrollo industrial de Polonia» y la venta de sus productos fabriles en Rusia. Huelga decir que de esto no se desprende absolutamente nada en cuanto al derecho a la autodeterminación, y que con ello solo se demuestra la desaparición de la vieja Polonia nobiliaria, etc. Pero Rosa Luxemburg pasa de manera imperceptible, constantemente, a la conclusión de que entre los factores que unen a Rusia con Polonia predominan ya ahora factores puramente económicos de las relaciones capitalistas modernas.

Pero he aquí que nuestra Rosa pasa a la cuestión de la autonomía y – aunque su artículo se titula «La cuestión nacional y la autonomía» en general – comienza a demostrar el derecho exclusivo del Reino de Polonia a la autonomía (véase al respecto «Prosveschchenie» de 1913, núm. 12[34]). Para confirmar el derecho de Polonia a la autonomía, Rosa Luxemburg caracteriza el régimen estatal de Rusia por rasgos, evidentemente, económicos, políticos, de vida cotidiana y sociológicos, un conjunto de rasgos que, sumados, dan el concepto de «despotismo asiático» (núm. 12 de «Przegląd»[106], pág. 137).

Todo el mundo sabe que un régimen estatal de este tipo posee una gran solidez cuando en la economía del país en cuestión predominan rasgos completamente patriarcales, precapitalistas, y el desarrollo de la producción mercantil y de la diferenciación de clases es insignificante. Pero si en un país así, cuyo régimen estatal se distingue por un carácter marcadamente precapitalista, existe una región delimitada nacionalmente con un rápido desarrollo del capitalismo, cuanto más rápido sea este desarrollo capitalista, tanto más fuerte será la contradicción entre él y el régimen estatal precapitalista, y tanto más probable la separación de la región avanzada respecto del todo, región vinculada al todo no por lazos «capitalistas modernos», sino por lazos «asiático-despóticos».

Rosa Luxemburg, de este modo, no ha conseguido atar cabos en absoluto ni siquiera en lo referente a la estructura social del poder en Rusia en relación con la Polonia burguesa, y ni siquiera ha planteado la cuestión de las particularidades concreto-históricas de los movimientos nacionales en Rusia.

En esta cuestión es precisamente en la que debemos detenernos.