A partir de 1844-1845, cuando se formaron las concepciones de Marx, este era materialista, en particular partidario de L. Feuerbach, viendo también más tarde sus lados débiles exclusivamente en la insuficiente consecuencia y universalidad de su materialismo. Marx veía el significado histórico-universal, «que hace época», de Feuerbach precisamente en la ruptura decidida con el idealismo de Hegel y en la proclamación del materialismo, que ya «en el siglo XVIII, sobre todo en Francia, fue una lucha no solo contra las instituciones políticas existentes, sino al mismo tiempo contra la religión y la teología, sino también… contra toda metafísica» (en el sentido de «especulación ebria» en contraposición a la «filosofía sobria») («La sagrada familia» en «Legado Literario»){52}.

«Para Hegel —escribió Marx—, el proceso del pensamiento, al que él convierte incluso bajo el nombre de idea en un sujeto autónomo, es el demiurgo (creador, hacedor) de lo real… En mi caso, por el contrario, lo ideal no es sino lo material, trasladado a la cabeza del hombre y transformado en ella» («El Capital», I, epílogo a la 2.ª ed.{53}).

En plena concordancia con esta filosofía materialista de Marx y exponiéndola, F. Engels escribía en el «Anti-Dühring» (véase): —Marx conoció este trabajo en manuscrito— «…La unidad del mundo no consiste en su ser, sino en su materialidad, la cual se demuestra… con el largo y difícil desarrollo de la filosofía y de las ciencias naturales… El movimiento es la forma de ser de la materia. En ningún lugar ni nunca ha existido ni puede existir materia sin movimiento, ni movimiento sin materia… Si se plantea la cuestión… de qué son el pensamiento y el conocimiento, de dónde surgen, veremos que son productos del cerebro humano y que el hombre mismo es un producto de la naturaleza, desarrollado en un determinado medio natural y junto con él. Se sobreentiende por ello que los productos del cerebro humano, que en última instancia también son productos de la naturaleza, no contradicen la concatenación restante de la naturaleza, sino que le corresponden». «Hegel era idealista, es decir, para él los pensamientos de nuestra cabeza no eran reflejos (Abbilder, imágenes, a veces Engels habla de “improntas”), más o menos abstractos, de las cosas y procesos reales, sino, por el contrario, las cosas y su desarrollo eran para Hegel reflejos de alguna idea, que existía en algún lugar antes de la aparición del mundo»{54}.

En su obra «Ludwig Feuerbach», en la que F. Engels expone sus concepciones y las de Marx sobre la filosofía de Feuerbach y que Engels envió a la imprenta después de releer el viejo manuscrito suyo y de Marx de 1844-1845 sobre la cuestión de Hegel, Feuerbach y la concepción materialista de la historia, Engels escribe: «La gran cuestión fundamental de toda filosofía, y en especial de la moderna, es la cuestión de la relación del pensamiento con el ser, del espíritu con la naturaleza… ¿qué es lo que precede: el espíritu a la naturaleza o la naturaleza al espíritu?… Los filósofos se dividieron en dos grandes campos, según cómo respondieran a esta cuestión. Aquellos que afirmaban que el espíritu existía antes que la naturaleza, y que, por consiguiente, de una u otra manera reconocían la creación del mundo… formaron el campo idealista. En cambio, los que consideraban la naturaleza como principio fundamental, se adhirieron a las diferentes escuelas del materialismo».

Cualquier otro uso de los conceptos de (filosófico) idealismo y materialismo conduce únicamente a la confusión. Marx rechazaba resueltamente no solo el idealismo, siempre ligado de una u otra manera a la religión, sino también el punto de vista, especialmente difundido en nuestros días, de Hume y Kant, el agnosticismo, el criticismo, el positivismo en sus diversas formas, considerando tal filosofía como una concesión «reaccionaria» al idealismo y, en el mejor de los casos, como un «vergonzoso dejar pasar por la puerta trasera al materialismo, expulsado ante los ojos del público»{55}. Véase sobre esta cuestión, además de las obras mencionadas de Engels y Marx, la carta de este último a Engels del 12 de diciembre de 1866, en la que Marx, señalando la intervención «más materialista» de lo habitual del conocido naturalista T. Huxley y su reconocimiento de que, puesto que «observamos y pensamos realmente, jamás podemos abandonar el terreno del materialismo», le reprocha su «escapatoria» hacia el agnosticismo, el humismo{56}.

Es menester destacar en particular la concepción de Marx sobre la relación de la libertad con la necesidad: «la necesidad es ciega en tanto no es consciente. La libertad es la conciencia de la necesidad» (Engels en el «Anti-Dühring») = reconocimiento de la legalidad objetiva de la naturaleza y de la transformación dialéctica de la necesidad en libertad (a la par con la transformación de la «cosa en sí», no conocida pero cognoscible, en «cosa para nosotros», de la «esencia de las cosas» en «fenómenos»).

El defecto fundamental del materialismo «viejo», incluido el de Feuerbach (y más aún el «vulgar», de Büchner-Vogt-Moleschott), Marx y Engels consideraban (1) que ese materialismo era «predominantemente mecánico», sin tener en cuenta el desarrollo más reciente de la química y la biología (y en nuestros días habría que añadir además: la teoría eléctrica de la materia); (2) que el viejo materialismo era antihistórico, no dialéctico (metafísico en el sentido de antidialéctico), no sostenía consecuente y universalmente el punto de vista del desarrollo; (3) que entendían la «esencia del hombre» de forma abstracta, y no como el «conjunto» (determinado concreta e históricamente) «de todas las relaciones sociales», y por eso se limitaban a «explicar» el mundo, mientras que de lo que se trata es de «transformarlo», es decir, no comprendían el significado de la «actividad práctico-revolucionaria».