Publicado en marzo de 1914 en la revista *Sovremenny Mir* n.º 3. Firmado: V. Ilín.

Se reproduce según el texto de la revista.

Menos de diez años nos separan de la época tormentosa de 1905, y sin embargo, el cambio que se ha operado en Rusia en este corto espacio de tiempo parece inmenso. Rusia, como de golpe, se ha transformado de país patriarcal en país capitalista moderno. El ideólogo de la vieja Rusia, L. N. Tolstói, expresó esto en una característica y triste-cómica diatriba, quejándose de que el pueblo ruso «ha aprendido con asombrosa rapidez a hacer revoluciones y parlamentos»{22}.

Naturalmente, la transformación «repentina» de Rusia en un país burgués sólo fue posible en cinco o diez años del siglo XX porque toda la segunda mitad del siglo pasado fue una de las etapas del reemplazo de los regímenes feudales por los burgueses.

No carece de interés observar cómo este reemplazo se reflejó en el cambio de actitud hacia el marxismo de nuestra ciencia económica oficial, universitaria. En los buenos viejos tiempos, del «aniquilamiento» de Marx se ocupaban entre nosotros sólo los profesores de extrema derecha, gubernamentales. Toda la ciencia profesoral liberal-populista trataba a Marx con respeto, «reconocía» la teoría del valor-trabajo y suscitaba con esto las ingenuas ilusiones de los «populistas de izquierda» acerca de la ausencia de terreno para la burguesía en Rusia.

Ahora, «de golpe», ha proliferado entre nosotros un montón de «devoradores de Marx» liberales y progresistas, como el señor Tugán-Baranovski[1] o el señor Struve, etc. Todos ellos han revelado el contenido y significado reales del «respeto» liberal-populista por Marx: de palabra el respeto se mantuvo, de hecho la ignorancia secular de la dialéctica materialista y de la teoría de la lucha de clases condujo inevitablemente a la renuncia también de la teoría del valor-trabajo.

Hasta 1905, la burguesía no veía otro enemigo que los feudales y los «burócratas»; por eso también hacia la teoría del proletariado europeo trataba de mostrarse comprensiva, trataba de no ver a los «enemigos de izquierda». Después de 1905 surge en Rusia una burguesía liberal contrarrevolucionaria, y la ciencia profesoral liberal, sin perder en absoluto su prestigio en la «sociedad», se dedica seriamente a aniquilar a Marx.

Con la novísima obra erudita de uno de esos «serios» científicos nos proponemos familiarizar al lector.

I

El año pasado apareció, en la edición de V. P. Riabushinski, la primera parte de la obra del señor Piotr Struve: *Economía y precio* (M., 1913). La famosa «alianza de la ciencia con la industria», que se distinguió al principio por el hecho de que el señor Riabushinski publicaba las disquisiciones del señor Struve sobre la «gran Rusia», ha madurado y se ha fortalecido definitivamente. De simple alianza de la ciencia con la industria ha resultado ya una alianza de la ciencia, la industria y el poder: el trabajo erudito del señor Struve fue presentado por él para la obtención de un grado académico, el cual le fue otorgado.

El señor Struve asegura en el prefacio que concibió su obra hace unos 15 años. Hay, por consiguiente, todos los fundamentos para esperar un trabajo serio y sólido.

El propio autor tiene una muy alta opinión de su obra, prometiendo «una revisión» (y, naturalmente, una «revisión crítica») «de algunos problemas y tesis tradicionales de la economía política». La revisión abarca también el significado del precio «como concepto fundamental de la economía política».

«…Esta revisión conducirá al planteamiento de nuevas tareas metodológicas de nuestra ciencia en el espíritu de un empirismo consecuente, que se apoya en conceptos exactos, rigurosamente elaborados, y en distinciones claras».

Las frases citadas de las líneas finales de la «obra» del señor Struve contienen, por así decirlo, el leitmotiv de su trabajo. El programa del autor es «el empirismo consecuente» (así empieza obligatoriamente en nuestros días cualquier filósofo de moda, cualquiera que sea la mojigatería untuosa hacia la cual dirija su teoría) y «la elaboración rigurosa de conceptos exactos y distinciones claras». Un motivo conocido del famoso «criticismo», que tan a menudo se reduce a escolástica verbal…

El «empirismo consecuente» el señor Struve quiere verlo especialmente en aquella parte de su libro, considerablemente más extensa, donde ofrece «estudios y materiales para una fenomenología histórica del precio» (a esto se refiere casi toda la segunda sección de la primera parte). Y «elaboración rigurosa de conceptos exactos y distinciones claras» llama a las disquisiciones de la primera sección y de la introducción «acerca de algunos motivos filosóficos fundamentales en el desarrollo del pensamiento económico», sobre «economía y sociedad», etc.

Con las disquisiciones teóricas fundamentales del señor Struve comenzaremos.

II

«De la comprensión ética normativa del valor» (la magnitud de valor; el señor Struve emplea obstinadamente una terminología incorrecta, diciendo 'valor de uso' o 'valor' en lugar de 'magnitud de valor', aunque hace tiempo que se le ha demostrado esa inexactitud), «que domina todavía entre los canonistas, no está ya en absoluto tan lejos, como pudiera parecer, de la comprensión del valor como 'base' interna o 'ley' del precio. Y, en realidad, vemos que la «bonitas intrinseca», «valor», «pretium naturale»[2] de los canonistas se convierte en «intrinsic value» o «natural value» o «natural price»[3], es decir, en el valor objetivo[4] de los economistas posteriores» (XXV).

El señor Struve no puede ignorar que toda ley científica, y no sólo la ley del valor, era comprendida en la Edad Media en un significado religioso y ético. Incluso las leyes de las ciencias naturales eran interpretadas por los canonistas de manera semejante. Por eso no hay ninguna posibilidad de tomar en serio el acercamiento de la ley del precio de los canonistas al de los representantes de la economía política clásica. Esa «idea» del señor Struve no puede llamarse idea; aquí hay simplemente temor al pensamiento, encubierto con una artimaña puramente infantil.

El señor Struve continúa:

«La "ley del valor" se convierte en la "idee fixe" de la economía política. Y el motivo "universalista" ("realista") del pensamiento se destaca en esta esfera con mayor brillo en aquel escritor en quien se combina con la máxima amplitud de la concepción filosófica general de la ciencia económica: en Marx. Este motivo se une en él con una cosmovisión materialista no desarrollada en detalles, pero tanto más integral. El valor-trabajo se convierte no sólo en ley, sino también en la "sustancia" del precio. Cómo esta concepción del valor, mecánico-naturalista y al mismo tiempo "realista", intenta en vano contener en sí el mundo de los fenómenos empíricos de la vida económica y culmina en una contradicción grandiosa e insoluble, ya nos hemos detenido en ello más de una vez en nuestros trabajos».

¡He aquí el modo «científico» del señor Struve! ¡He aquí su manera de aniquilar a Marx! Un par de términos seudocientíficos, un guiño a los «motivos» del pensamiento y una remisión a un articulito de revista de 1900 en *Zhizn*{23}: he aquí todo el bagaje. Es poco, señor profesor…

No sólo «grandiosa», sino ninguna contradicción entre los tomos I y III de *El Capital* de Marx, entre la teoría del valor-trabajo y la formación de los precios medios sobre la base de la ley del valor, ha logrado demostrar el señor Struve con sus artículos de revista.

La «distinción» medieval entre nominalismo y realismo, y luego la contraposición entre universalismo y singularismo, con las que juega el señor Struve, no aportan absolutamente nada para la comprensión de la teoría de Marx, ni para su crítica, ni para el esclarecimiento de la teoría propia (o la pretensión de teoría propia) del señor Struve. Esto es precisamente un juego, basura científica, y no ciencia. Por supuesto, en la lucha entre los nominalistas y los realistas medievales hay analogías con la lucha de materialistas e idealistas, pero también se pueden establecer analogías y una conexión histórico-sucesoria con muchísimas otras teorías, no ya sólo hasta la Edad Media, sino hasta la Antigüedad. Para estudiar seriamente la relación de las discusiones medievales, al menos, con la historia del materialismo se requeriría una investigación especial. Pero en nuestro autor no hay ni sombra de nada parecido a un estudio serio. Salta de tema en tema, haciendo guiños a miles de cuestiones, sin analizar ninguna y decretando, con divertida osadía, las conclusiones más tajantes.

Él mismo se vio obligado a reconocer en la cita aducida que en Marx la filosofía y la economía política están ligadas en una integral cosmovisión materialista. ¡En Marx es de máxima amplitud la concepción filosófica general!

Estas no son confesiones de poca monta. Un hombre que se ve obligado a hacerlas y que habla de la revisión crítica de la economía política y de sus nuevas tareas metodológicas, debería examinar seriamente cada uno de los componentes de esta «íntegra» concepción materialista del mundo de Marx. ¡El señor Struve no hace ni el más mínimo intento de semejante examen! Se limita a comentarios despectivos contra el «materialismo metafísico». ¿Quién ignora que, desde el punto de vista de las teorías de moda del agnosticismo (kantismo, positivismo, machismo, etc.), tanto el materialismo consecuente como el idealismo filosófico consecuente son tachados de «metafísica»? Al lanzar tales observaciones, el señor Struve apenas insinúa su propia concepción filosófica del mundo, ajena a toda integridad. Pero no es posible despachar con semejantes observaciones el análisis y el estudio de la concepción materialista integral del mundo de Marx. Eso equivaldría a expedirse a sí mismo un certificado de indigencia.

III

En cambio, el acercamiento del marxismo a la doctrina escolástica del pecado original constituye una perla tal en la obra erudita del señor Struve que no podemos dejar de detenernos en ella con mayor detalle. Pedimos de antemano disculpas al lector por las largas citas, pero aquí es necesario ser exactos para clavar más firmemente los procedimientos de la ciencia liberal-profesoral contemporánea.

«Para mí está completamente claro —escribe el señor Struve— que la teoría marxista del valor-trabajo, por su estructura lógica, tenía hace muchos siglos una grandiosa analogía y un prototipo en la doctrina escolástica del pecado original, fundamentada “realistamente”… Exactamente igual que en Marx los “precios” empíricos se rigen por la ley del valor, toman por así decirlo su ser de la sustancia del valor, así para la escolástica las acciones empíricas de los hombres están determinadas por el pecado original.

He aquí algunas comparaciones.

Marx: “Todo esto puede representarse del modo más sencillo si consideramos toda la masa de mercancías de una rama de producción, para empezar, como una sola mercancía, y la suma de los precios de muchas mercancías idénticas como sumandos que forman un solo precio; entonces lo dicho respecto a la mercancía individual es literalmente aplicable a la masa de mercancías de una determinada rama de producción que se encuentra en el mercado. El hecho de que el valor individual de la mercancía corresponda a su valor social se realiza o se determina en el sentido de que la cantidad total de la mercancía dada encierra el trabajo social necesario para su producción y de que el valor de esta masa es igual a su valor de mercado”{24}.

Tomás de Aquino: “Debemos decir que todos los hombres que nacen de Adán pueden ser considerados como un solo hombre, en la medida en que coinciden en su naturaleza, que han recibido de su primer padre, del mismo modo que, por ejemplo, todos los hombres que viven en un condado son considerados como un solo cuerpo y todo el condado como un solo hombre…”»

¿Parece suficiente? El señor Struve asegura que esto no es un «juego de analogías efectistas (?!) ni una ingeniosidad». Tal vez. Pero es, sin duda, un juego de analogías triviales, o más exactamente: simple bufonería. Si los científicos que se consideran liberales y progresistas son capaces de tolerar en su seno a héroes de semejante bufonería, si a estos héroes se les otorgan grados académicos y se les encomienda la enseñanza de la juventud, ello no hace más que mostrar por centésima y milésima vez la «ley» de la época burguesa: a mayor desvergüenza y desfachatez en la burla de la ciencia para aniquilar a Marx, mayor honra.

El señor Struve ha tenido que cubrir con bufonadas su total impotencia para refutar a Marx. Que todas las mercancías de una rama de producción se intercambian por la suma de mercancías de otras ramas es un hecho indiscutible. Que el precio medio lo determinan cualesquiera «empíricos» tomando la masa de mercancías y dividiendo su precio total por el número de unidades de mercancía, es asimismo un hecho. La estadística tan querida por el señor Struve (a la que, como veremos más abajo, también se limita a «hacer guiños» en lugar de emprender su estudio) nos muestra a cada paso la aplicación del procedimiento empleado por Marx. Pero ¿qué les importa todo esto a los «devoradores de socialistas» profesionales? Con tal de dar un puntapié a Marx, lo demás viene por añadidura.

Cuáles son las autoridades filosóficas que bendicen al señor Struve en esta noble ocupación lo revelan, entre otras cosas, las siguientes palabras de nuestro profesor:

«En esta labor (la labor de hacer el balance de toda la labor intelectual del siglo XIX), la posteridad imparcial deberá conceder un lugar prominente al gran metafísico francés Renouvier, a quien se remontan muchas ideas críticas y positivas de nuestro tiempo» (43).

Renouvier, jefe de la escuela francesa del «idealismo neocrítico», fue calificado de «oscurantista de altos vuelos» por el empiriocriticista (es decir, un filósofo hostil al materialismo) Willy (véanse mis observaciones sobre Renouvier en el libro: Materialismo y empiriocriticismo. Notas críticas sobre una filosofía reaccionaria, Moscú, 1909, pág. 247[5]). Renouvier escribe la palabra «ley» con mayúscula y la convierte directamente en base de la religión.

Vean, pues, con qué procedimientos aniquila el señor Struve la «concepción materialista integral del mundo —según su propio reconocimiento—» de Marx: se equipara a Marx con un teólogo medieval basándose, en esencia, en que Marx suma los precios de las mercancías de una rama de producción, mientras que el teólogo medieval Tomás de Aquino suma a los hombres descendientes del primer padre Adán para fundamentar la doctrina del pecado original. ¡Y al mismo tiempo se aniquila a Marx en nombre del «gran» Renouvier, quien en el siglo XIX predicaba un idealismo filosófico que convierte el concepto de «ley» en base de la religión!

¡Oh, señor Struve! ¡Oh, discípulo del «gran» Renouvier! ¡Oh, preceptor llamado a enseñar a la juventud rusa!

IV

«En la enorme reestructuración —escribe el señor Struve— que experimentó, tras la embestida del historicismo, tanto místico como materialista, el edificio de la economía política basado en la idea de la ley natural, esta idea sufrió un completo descalabro. Se puso al desnudo su contradicción interna fundamental. Esta contradicción se manifestó quizás del modo más patente en aquella forma de economía política “natural” que se convirtió en el fundamento teórico del liberalismo económico burgués... En efecto, si en la vida económica reina la ley natural, no puede haber hechos de esta vida que no concuerden con la ley natural, que la infrinjan. Sin embargo, la economía política liberal “natural” libró constantemente, en los libros y en la vida, una lucha contra tales hechos... Tras el derrumbe de la economía política burguesa-liberal, se volvió incluso de algún modo indecoroso hablar de la “ley natural”. Por un lado, es manifiestamente anticientífico separar del proceso socioeconómico, unitario por principio, algunos aspectos, relaciones o fenómenos concretos como “naturales” y tratarlos como una categoría especial de fenómenos. Por otro lado, la proclamación de la “ley natural”, aunque incluso en el propio liberalismo económico descansaba sobre un motivo ético inconsciente, quedó éticamente desacreditada como un procedimiento de justificación o de perpetuación de determinadas relaciones y formas sociales de significación meramente temporal, como una apologética “burguesa”» (56–57).

Así despacha el autor la idea de la ley natural. ¡Y esto lo escribe un hombre que se ve obligado a reconocer que «el materialista Marx tiende la mano, a través de todo el siglo XVIII, al materialista Petty» (56) y que «Petty es el exponente más brillante, más destacado, de la poderosa corriente que en aquella época fluía de las ciencias naturales hacia la ciencia social» (50)!

La poderosa corriente que fluía de las ciencias naturales hacia la ciencia social existió, como es sabido, no solo en la época de Petty, sino también en la de Marx. Esta corriente no fue menos, si no más, poderosa también para el siglo XX. ¿Cómo se puede, en una obra que aspira a ser científica y que se propone estudiar «los motivos filosóficos del pensamiento económico», plantear la cuestión de esta «corriente» y del materialismo de Petty y de Marx sin aclarar absolutamente nada acerca de las premisas y conclusiones filosóficas de las ciencias naturales?

Pero tal es precisamente todo el estilo de Struve: plantear o, mejor dicho, rozar mil y una cuestiones, «largar» sobre todo, presentarlo todo como sopesado y tenido en cuenta, pero sin ofrecer en realidad nada, salvo una mezcolanza de citas y observaciones superficiales.

Es una falsedad flagrante que la idea de ley natural en economía política haya naufragado, que sea «indecoroso hablar de ella». Es precisamente lo contrario. Ha sido la «corriente de las ciencias naturales a las ciencias sociales» la que ha reforzado, refuerza y hace inevitable esta idea. Ha sido precisamente el «historicismo materialista» el que ha fundamentado definitivamente esta idea, depurándola de los absurdos y deficiencias metafísicos (en el sentido marxista del término, es decir, antidialécticos). Decir que la «ley natural» de los clásicos está «éticamente desacreditada», como apologética burguesa, significa decir un disparate insufrible, significa tergiversar tanto a los clásicos como al «historicismo materialista» de la manera más irresponsable. Pues los clásicos tanteaban y descubrieron toda una serie de «leyes naturales» del capitalismo, aunque sin comprender su carácter transitorio, sin ver la lucha de clases en su seno. Ambas deficiencias han sido corregidas por el historicismo materialista, y el «descrédito ético» no viene aquí al caso.

Utilizando expresiones exageradamente «fuertes» (es «indecoroso» hablar de la «ley natural»), el señor Struve intenta en vano ocultar con ellas el miedo a la ciencia, el miedo al análisis científico de la economía contemporánea, propio de la burguesía. El escepticismo señorial la caracteriza, como a todas las clases en decadencia, pero la idea de ley natural en el funcionamiento y desarrollo de la sociedad no decae, sino que se fortalece cada vez más.

V

Veamos ahora cuáles son esos «conceptos precisos y distinciones claras rigurosamente elaborados» que el señor Struve promete ofrecer para «plantear nuevas tareas metodológicas» de la economía política.

«…Definimos la economía —leemos en la página 5— como unidad teleológica subjetiva de la actividad económica racional o administración económica».

Esto suena «terriblemente erudito», pero en realidad es un vacuo juego de palabras. ¡La economía se define mediante la administración económica! Una tautología… «La unidad subjetiva de la administración económica» puede existir tanto en un sueño como en una novela fantástica.

Temiendo hablar de la producción de bienes materiales («¡materialismo metafísico»!), el señor Struve ha ofrecido un juguete, no una definición. Habiendo eliminado todo elemento y todo signo de relaciones sociales, el señor Struve ha «inventado», adrede, precisamente una «economía» que nunca ha sido ni puede ser objeto de la economía política.

He aquí a continuación el establecimiento de los «tres tipos fundamentales de régimen económico»: 1) conjunto de economías yuxtapuestas; 2) sistema de economías en interacción, y 3) «sociedad-economía» como «unidad teleológica subjetiva». Al primer tipo, véase, pertenecen las economías que no están ni en comunicación ni en interacción (¡intento de resucitar al consabido Robinson!); al segundo, la esclavitud, el feudalismo, el capitalismo y la producción mercantil simple; al tercero, el comunismo, que «se realizó en el Estado jesuita del Paraguay, en la medida en que es realizable en general». Esta magnífica clasificación, en la que no se ve ni sombra de realidad histórica, se complementa con la distinción entre régimen económico y régimen social.

Las categorías económicas, nos enseña el señor Struve, «expresan las relaciones económicas de todo sujeto económico con el mundo exterior»; las categorías económicas intermedias «expresan fenómenos que se derivan de la interacción de economías autónomas»; las categorías sociales «se derivan de la desigualdad social de las personas económicas en interacción».

Así pues, ¡el régimen económico de la esclavitud, del feudalismo, del capitalismo puede ser separado lógica, económica e históricamente de la desigualdad social! Esto es precisamente lo que resulta de los torpes intentos del señor Struve de introducir nuevas definiciones y distinciones. «El conjunto de economías yuxtapuestas puede —razonando abstractamente— combinarse con relaciones de igualdad y de desigualdad. Puede ser una democracia campesina y una sociedad feudal».

Así razona nuestro autor. Desde el punto de vista teórico, tanto lógico como económico e histórico, su razonamiento es flagrantemente absurdo. Al subsumir cualquier cosa bajo el concepto de «conjunto de economías yuxtapuestas», revela con evidencia la vacuidad de este concepto. ¡La democracia campesina, el feudalismo y los vecinos que viven uno al lado del otro (en la misma escalera y en el mismo rellano de una casa de Petersburgo) son todos un «conjunto de economías yuxtapuestas»! El autor ya ha olvidado que este conjunto debe caracterizar, en su sistema, uno de los tres tipos fundamentales de régimen económico. Las definiciones y distinciones «científicas» del señor Struve son sencillamente un completo despropósito.

Pero este juego grosero y trivial, esta burla de la lógica y de la historia, tiene un «sentido» peculiar. Es el «sentido» de la desesperación burguesa y del «je m'en fichisme» (si se puede traducir así la expresión francesa «je m'en fiche»). La desesperación ante la posibilidad de analizar científicamente el presente, la renuncia a la ciencia, el afán de burlarse de toda generalización, de esconderse de todas las «leyes» del desarrollo histórico, de impedir ver el bosque con los árboles: éste es el sentido de clase de ese escepticismo burgués de moda, de esa escolástica muerta y mortífera que vemos en el señor Struve. No hay que explicar las «desigualdades sociales» a partir del régimen económico, es imposible (porque no es deseable para la burguesía): tal es la «teoría» del señor Struve. Que la economía política se ocupe de trivialidades y de escolástica y de una insensata persecución de hechos menudos (ejemplos abajo), y que la cuestión de las «desigualdades sociales» pase a la esfera más segura de las disquisiciones sociológico-jurídicas: allí, en esa esfera, es más fácil «despachar» esas cuestiones desagradables.

La realidad económica muestra con palmaria evidencia la división de la sociedad en clases como fundamento del régimen económico, tanto del capitalismo como del feudalismo. La atención de la ciencia, desde el nacimiento mismo de la economía política, se ha dirigido a explicar esta división en clases. Toda la economía política clásica dio una serie de pasos en este camino, Marx dio un paso más. Y la burguesía contemporánea está tan asustada por este paso, tan preocupada por las «leyes» de la evolución económica moderna, demasiado evidentes, demasiado imponentes, que los burgueses y sus ideólogos están dispuestos a arrojar por la borda a todos los clásicos y todas las leyes, con tal de archivar en la jurisprudencia… esas cosas… ¿cómo se llaman?…, las desigualdades sociales.

VI

El concepto de valor es algo que al señor Struve le gustaría archivar en particular. «El valor —escribe— como algo distinto del precio, independiente de él y que lo determina, es un fantasma» (96). «La categoría de valor objetivo es sólo, por así decirlo, una duplicación metafísica de la categoría de precio» (97).

Para destruir el socialismo, el señor Struve ha elegido el método más… radical y más fácil, pero también el más frívolo: negar la ciencia en general. El escepticismo señorial del burgués ahíto y atemorizado llega aquí a su non plus ultra[6]. Como cierto abogado de Dostoievski, que al defender a alguien de la acusación de asesinato con fines de robo llega a afirmar que no hubo robo ni asesinato, así el señor Struve «refuta» la teoría del valor de Marx con la simple afirmación de que el valor es un fantasma.

«En la actualidad, ni siquiera hace falta refutarla» (la teoría del valor objetivo); «basta con describirla como lo hemos hecho aquí y en nuestra «Introducción» para mostrar que no tiene ni puede tener cabida en las construcciones científicas» (97).

Pues, ¿cómo no calificar este método tan «radical» como el más frívolo? Durante miles de años, la humanidad ha observado una regularidad en el fenómeno del intercambio, se ha esforzado por comprenderla y expresarla con mayor precisión, ha verificado sus explicaciones con millones y miles de millones de observaciones cotidianas de la vida económica, y de repente un representante de moda de una ocupación de moda —la de coleccionar citas (a punto estuve de decir: la de coleccionar sellos postales)— «suprime todo esto»: «el valor es un fantasma».

No en vano se ha dicho hace tiempo que si las verdades de las matemáticas afectaran a los intereses de los hombres (o, más exactamente, a los intereses de las clases en su lucha), esas verdades serían impugnadas enconadamente. Para impugnar las verdades irrefutables de la ciencia económica se necesita muy, pero que muy poco bagaje. Insertemos, por ejemplo, la palabrita de que el valor es un fantasma, como algo independiente del precio, y ¡asunto concluido!

No importa que esta interpolación sea absurda. El precio es la manifestación de la ley del valor. El valor es la ley de los precios, es decir, la expresión generalizada del fenómeno del precio. Hablar aquí de «independencia» solo puede ser para burlarse de la ciencia, que en todas las ramas del conocimiento nos muestra la manifestación de leyes fundamentales en el aparente caos de los fenómenos.

Tomemos, por ejemplo, la ley de la transformación de las especies y la formación de especies superiores a partir de las inferiores. Sería muy fácil declarar fantasma las generalizaciones de las ciencias naturales, las leyes ya descubiertas (reconocidas por todos, a pesar de la multitud de aparentes infracciones y desviaciones en la diversidad de casos particulares), así como la búsqueda de correcciones y complementos a las mismas. En el terreno de las ciencias naturales, a quien dijera que las leyes de los fenómenos del mundo natural son un fantasma, lo encerrarían en un manicomio o simplemente se burlarían de él. En el terreno de las ciencias económicas, a quien se pavonea tan audazmente… en cueros… con gusto lo nombran profesor, pues es, en verdad, muy apto para embrutecer a los hijitos de la burguesía.

«El precio es un hecho. Digámoslo así: el precio es el concepto de la relación de cambio real entre los bienes que se intercambian, es la relación de cambio realizada.

El valor es una norma. Digámoslo así: el valor es el concepto de la relación ideal, o debida, entre los bienes en el proceso de intercambio» (88).

¿No es cierto lo característico que resulta para el señor Struve ese comentario negligente, lanzado con ostentosa falta de seriedad, de «digámoslo así»? Deliberadamente pesado, coqueteando con términos rebuscados y neologismos, el señor Struve pasa de repente a un tono de folletín… Sería difícil declarar el valor un fantasma sin pasar a un tono de folletín.

Si el precio es una «relación de cambio realizada», es lícito preguntar: ¿entre quiénes existe esa relación? Evidentemente, entre las economías que intercambian. Si esa «relación de cambio» no surge casualmente, como excepción, por poco tiempo, sino que se repite con regularidad invariable, en todas partes y a diario, es evidente que la «relación de cambio» vincula a un conjunto de economías en un mismo régimen económico; es evidente que entre esas economías existe una división del trabajo consolidada.

He aquí cómo se derrumban, como castillos de naipes, todas las sutiles construcciones del señor Struve acerca de las relaciones «intereconómicas», que supuestamente pueden separarse de las relaciones sociales. El señor Struve echó por la puerta el concepto de producción mercantil, para volver a introducirlo a escondidas por la ventana. El famoso «empirismo» del señor Struve consiste en expulsar de la ciencia las generalizaciones desagradables para la burguesía, que, no obstante, se ve obligado a reconocer, por así decirlo, oficiosamente.

Si el precio es una relación de cambio, es inevitable comprender la diferencia entre la relación de cambio singular y la constante, entre lo casual y lo masivo, entre lo momentáneo y lo que abarca largos períodos de tiempo. Y si esto es así —y es indudablemente así—, con la misma inevitabilidad nos elevamos de lo casual y lo singular a lo estable y lo masivo, del precio al valor. El intento del señor Struve de declarar el valor como «lo debido», de aproximarlo a la ética o a la doctrina de los canonistas, etc., se derrumba como un castillo de naipes.

Al llamar «empirismo» al reconocimiento del valor como un fantasma, y «metafísica» al afán —que va «de Aristóteles» a Marx (pág. 91; habría que añadir: ¡a través de toda la economía política clásica!)— de encontrar la ley de la formación y del cambio de los precios, el señor Struve repite el procedimiento de los novísimos reaccionarios filosóficos, que consideran «metafísica» el materialismo de las ciencias naturales en general, y declaran «empirismo» un peldaño hacia la religión. La expulsión de las leyes de la ciencia no es, en realidad, más que la introducción subrepticia de las leyes de la religión. En vano se imagina el señor Struve que sus «pequeñas astucias» pueden engañar a alguien respecto a este hecho sencillo e indudable.

VII

El señor Struve, como hemos visto, eludió el combate directo con los marxistas, escudándose en el escepticismo en general. Con tanto mayor celo desparrama en su libro observaciones contra el marxismo, calculadas para atrapar al lector aplastado por un montón de citas arrancadas de contexto e inconexas.

Se aduce, por ejemplo, una cita de Saint-Simon, se mencionan varios libros sobre Saint-Simon (nuestro «sabio» practica sistemáticamente el copiado de índices bibliográficos alemanes, evidentemente como el camino más seguro… hacia un grado académico), se ofrecen extractos detalladísimos de Renouvier sobre Saint-Simon.

¿Y la conclusión?

La conclusión es esta: «Por paradójico que parezca, es un hecho histórico sencillamente indiscutible que la forma superior del socialismo, el llamado socialismo científico, es un hijo engendrado por la unión entre el pensamiento revolucionario y el reaccionario» (51–52). Porque el camino hacia el socialismo científico pasa por Saint-Simon, y «Saint-Simon es discípulo a la vez de los ilustrados del siglo XVIII y de los reaccionarios de finales del siglo XVIII y principios del XIX» (53). «Esto hay que tenerlo siempre presente: el materialismo histórico es, en esencia, un producto de la reacción contra el espíritu del siglo XVIII. Es, en primer lugar, la reacción de la concepción orgánica contra el racionalismo; en segundo lugar, la reacción del economismo contra el politicismo. Saint-Simon, además, en su período religioso, representa la reacción del sentimiento y de la religión contra las ideas del derecho y la justicia humana» (54–55). Y para remacharlo, el señor Struve repite una vez más: «el marxismo es: las fórmulas de la escuela teocrática francesa y, en general, de la reacción histórica contrarrevolucionaria, traducidas al lenguaje del positivismo, el ateísmo y el radicalismo. Habiendo jubilado a la razón, Marx siguió siendo revolucionario y socialista» (55)…

Si Marx supo asimilar y desarrollar ulteriormente, por un lado, el «espíritu del siglo XVIII» en su lucha contra el poder feudal y clerical de la Edad Media, y, por otro lado, el economismo y el historicismo (así como la dialéctica) de los filósofos e historiadores de principios del siglo XIX, esto solo demuestra la profundidad y la fuerza del marxismo, solo confirma la opinión de quienes ven en el marxismo la última palabra de la ciencia. Que en las doctrinas de los reaccionarios —historiadores y filósofos— había pensamientos profundos acerca de la sujeción a leyes y de la lucha de clases en la sucesión de los acontecimientos políticos, es algo que Marx siempre señaló con una claridad que no deja lugar a equívocos.

Y el señor Struve da volteretas y declara que el marxismo es un producto de la reacción, ¡aunque inmediatamente añade que quien conduce al marxismo no es el Saint-Simon clerical, sino el Saint-Simon historiador y economista!

Resulta que, mediante una frase contundente, sin decir una sola palabra seria sobre cuál fue la conquista de la ciencia social realizada por Saint-Simon después de los ilustrados del siglo XVIII y antes de Marx, nuestro autor ha saltado por encima de toda la ciencia social en general.

Puesto que esta ciencia fue edificada, en primer lugar, por los economistas clásicos, al descubrir la ley del valor y la división fundamental de la sociedad en clases; puesto que esta ciencia fue enriquecida ulteriormente, en conexión con ellos, por los ilustrados del siglo XVIII con la lucha contra el feudalismo y el clericalismo; puesto que esta ciencia fue impulsada, a pesar de sus concepciones reaccionarias, por los historiadores y filósofos de principios del siglo XIX, al esclarecer aún más la cuestión de la lucha de clases, al desarrollar el método dialéctico y aplicarlo, o comenzar a aplicarlo, a la vida social; entonces, el marxismo, que dio una serie de pasos gigantescos precisamente por este camino, es el desarrollo superior de toda la ciencia histórica, económica y filosófica de Europa. Tal es la conclusión lógica. En el señor Struve, la conclusión reza: por consiguiente, el marxismo ni siquiera merece ser refutado, no vale la pena hablar de las leyes del valor, etc. ¡El marxismo es un producto de la reacción!

¿Acaso el señor Struve espera engañar a sus oyentes con procedimientos tan burdos y encubrir su oscurantismo?

VIII

La obra erudita del señor Struve no sería, desde luego, una obra erudita presentada para la obtención de un grado académico, si en ella no estuviera «demostrada» la imposibilidad del socialismo.

¿Piensa usted, tal vez, que esto es excesivo? ¿En un trabajo consagrado a la cuestión del precio y la economía, así como a «algunos motivos filosóficos» de la economía política, «demostrar» la imposibilidad del socialismo sin siquiera abordar el estudio de las tendencias históricas del capitalismo?

¡Oh, para el señor Struve esto es de lo más, de lo más sencillo! Escuche:

«En última instancia, al liberalismo económico se le presenta la plena coincidencia —sobre la base de la realización de la “ley natural”— de lo racional y lo debido con lo natural y lo necesario en el proceso económico-social, su plena racionalización... El socialismo, en su forma más perfecta de socialismo histórico o llamado científico, al negar la “ley natural”, comparte al mismo tiempo esta idea fundamental del liberalismo económico. También él supone que es posible la armonía entre la construcción racional y el curso natural de las cosas, que es posible la plena racionalización del proceso económico-social» (pág. 58).

Unas cuantas frases despectivas sobre esta «fe» (pág. 59) y la conclusión de la ciencia seria (pág. 60). (Párrafo del capítulo 7 de la sección 2 del primer apartado de la primera parte de la «obra» del señor Struve):

«Confrontando el ideal socialista y el liberal con el mundo de la realidad, la investigación científico-empírica debe reconocer que la fe contenida en estos ideales no puede subsistir para ella. Ambos ideales, en sentido formal, son igualmente irrealizables, igualmente utópicos».

La verdad es que uno no da crédito a sus ojos al leer semejantes cosas. ¡A tal grado de marasmo, decadencia y prostitución ha llegado la ciencia profesoral contemporánea! El señor Struve sabe perfectamente que el socialismo científico se apoya en el hecho de la socialización de la producción por el capitalismo. Este hecho está demostrado por una multitud de fenómenos observados en todo el mundo. Sobre el grado de desarrollo y la rapidez de desarrollo de estos fenómenos existe un riquísimo material «empírico».

Y nuestro sabio, después de soslayar la cuestión de la socialización de la producción, sin haber rozado siquiera con su «investigación científico-empírica» ni una sola esfera de los numerosos hechos, ¡declara la cuestión científicamente resuelta sobre la base de unas cuantas frases vacías acerca del liberalismo y la racionalización!

No es verdad que al liberalismo se le presente una plena racionalización. No es verdad que el marxismo niegue la «ley natural». Es incorrecta y vacía, en general, toda la frase sobre la «plena racionalización»; todo esto son lamentables subterfugios, un burdo juego que persigue un solo fin: eludir la cuestión planteada de manera clara y precisa por el socialismo científico y aturdir a la juventud estudiosa con ruido y gritos acerca de la imposibilidad del socialismo.

IX

Una parte enorme de la obra del señor Struve, considerablemente más de la mitad, está dedicada a «estudios y materiales sobre la fenomenología histórica del precio».

¡Precisamente aquí podría haberse lucido nuestro ardiente partidario del «empirismo consecuente», que declara el valor como un fantasma y estudia los precios como hechos!

La estadística de los precios ha realizado en los últimos años enormes progresos. En todos los países se ha reunido una masa de materiales. Toda una serie de trabajos sobre la historia de los precios. Si un científico riguroso no puede siquiera rebajarse a refutar la teoría del valor de Marx, ¿por qué no analizar al menos algunas cuestiones fundamentales de esta teoría con ayuda del material «empírico» de la historia y la estadística de los precios? Pueden encontrarse miles de mercancías y centenares de rubros o períodos de la historia de sus precios en que la influencia de todos los factores ajenos, cualesquiera que sean, es susceptible de eliminación —con excepción del «factor» trabajo— y en que existen datos exactos sobre la cantidad de trabajo empleada para la producción de ese tipo de mercancía. ¿Por qué nuestro partidario del «empirismo consecuente», en la «investigación científica» sobre el precio, en el apartado sobre la «fenomenología histórica del precio», no ha rozado siquiera estos datos?

¿Por qué? Porque, naturalmente, el señor Struve tenía demasiado clara conciencia de lo desesperado de su posición, de la imposibilidad de refutar la teoría del valor objetivo, basado en el trabajo, y sentía instintivamente la necesidad de huir a toda prisa de cualquier investigación científica.

Las centenares de páginas de la obra del señor Struve dedicadas a «estudios y materiales sobre la fenomenología histórica del precio» constituyen un modelo extraordinariamente notable de cómo huyen de la ciencia los sabios burgueses contemporáneos. ¡Qué no hay aquí! Apuntes sobre el precio fijado por ukaz y el precio libre; unas cuantas observaciones sobre los polinesios; citas del reglamento sobre el comercio en los mercados, promulgado (¡erudición, erudición!) por el unificador de Madagascar, el rey Andrianampoinimerina en los años 178...-1810; varios artículos de la ley del rey babilonio Hammurabi (época aproximadamente 2100 años a. de C.) sobre la remuneración del médico por una operación; unas cuantas citas, preferentemente latinas, sumamente eruditas, sobre la tarifación del precio de compra de la mujer en los derechos populares germánicos; la traducción de siete artículos referentes al derecho mercantil, extraídos de las obras de los legisladores sagrados de la India, Manu y Yajnavalkia [7]; la protección del comprador en el derecho romano, etcétera, etcétera, hasta llegar a los modelos helenísticos de regulación policial de los precios en Roma y a la cristianización del derecho policial romano en la legislación de los carolingios.

X

En la vieja Rusia prerrevolucionaria imperaba la división de los científicos en dos grandes campos: los que se plegaban al ministerio y los independientes, entendiéndose por los primeros a los simples plumíferos venales y a los compiladores de obras por encargo.

Esta división grosera, que correspondía a relaciones patriarcales, semiasiáticas, ha caducado sin duda alguna y debe ser archivada. Rusia se europeíza rápidamente. La burguesía entre nosotros ha madurado casi por completo e incluso, en ciertos aspectos, ha madurado en exceso. Sus científicos no son «independientes» del gobierno, no son en modo alguno capaces de escribir por encargo, estudian con sinceridad y honestidad las cuestiones desde un punto de vista y con unos métodos que, según su convicción sincera y honesta, coinciden con los intereses de los «jefes» de nuestro comercio e industria, como el señor V. P. Riábushinski. En nuestra época, en que todo ha avanzado tanto, ganar reputación de científico sólido y obtener el reconocimiento oficial de los propios trabajos, significa demostrar la imposibilidad del socialismo mediante un par de definiciones deducidas «al modo kantiano»; significa aniquilar el marxismo, explicando a los lectores y oyentes que no vale la pena siquiera refutarlo y remitiéndose a miles de nombres y títulos de libros de profesores europeos; significa arrojar por la borda, en general, todas las leyes científicas para despejar el lugar a las leyes religiosas; significa amontonar montañas de basura y desechos altamente eruditos para atiborrar las cabezas de la juventud estudiosa.

Si todo esto resulta un poco más tosco que en los científicos burgueses de Alemania, no importa. Hay que apreciar, con todo, el hecho de que Rusia haya emprendido finalmente el camino de la europeización.