Desde el punto de vista de la teoría del marxismo en general, la cuestión del derecho de autodeterminación no presenta dificultades. No puede hablarse seriamente de poner en duda la resolución de Londres de 1896, ni de que por autodeterminación se entienda únicamente el derecho a la separación, ni de que la formación de Estados nacionales independientes sea la tendencia de todas las revoluciones democrático-burguesas.

La dificultad la crea, hasta cierto punto, el hecho de que en Rusia luchan y deben luchar juntos el proletariado de las naciones oprimidas y el proletariado de la nación opresora. Defender la unidad de la lucha de clase del proletariado por el socialismo, rechazar todas las influencias burguesas y de las Centurias Negras del nacionalismo: he ahí la tarea. Entre las naciones oprimidas, la separación del proletariado en un partido independiente conduce a veces a una lucha tan encarnizada contra el nacionalismo de dicha nación, que se falsea la perspectiva y se olvida el nacionalismo de la nación opresora.

Pero este falseamiento de la perspectiva sólo es posible por poco tiempo. La experiencia de la lucha conjunta de los proletarios de diferentes naciones muestra con demasiada claridad que los problemas políticos debemos plantearlos no desde el punto de vista «cracoviano», sino desde el punto de vista de toda Rusia. Y en la política de toda Rusia dominan los Purishkévich y los Kokoshkin. Sus ideas imperan, su persecución de los alógenos por «separatismo», por pensar en la separación, se predica y se practica en la Duma, en las escuelas, en las iglesias, en los cuarteles, en centenares y miles de periódicos. Este veneno gran ruso del nacionalismo envenena toda la atmósfera política de Rusia. Desgracia de un pueblo que, al sojuzgar a otros pueblos, fortalece la reacción en toda Rusia. Los recuerdos de 1849 y 1863 constituyen una viva tradición política que, si no se producen tempestades de muy vasta escala, amenaza con dificultar durante largos decenios todo movimiento democrático y, en particular, socialdemócrata.

No puede caber duda de que, por muy natural que a veces pueda parecer el punto de vista de algunos marxistas de las naciones oprimidas (cuya «desgracia» consiste a veces en el hecho de que las masas de la población estén obcecadas por la idea de «su» liberación nacional), en realidad, por la correlación objetiva de las fuerzas de clase en Rusia, la renuncia a defender el derecho de autodeterminación equivale al peor oportunismo, al contagio del proletariado con las ideas de los Kokoshkin. Y estas ideas son, en esencia, las ideas y la política de los Purishkévich.

Por eso, si el punto de vista de Rosa Luxemburgo podía justificarse al principio como una estrechez específicamente polaca, «cracoviana»[47], en la actualidad, cuando el nacionalismo se ha fortalecido en todas partes, y ante todo el nacionalismo gubernamental, gran ruso, cuando él dirige la política, semejante estrechez resulta ya imperdonable. En realidad, a ella se aferran los oportunistas de todas las naciones, que rehúyen la idea de las «tempestades» y los «saltos», que consideran concluida la revolución democrático-burguesa y que se arrastran tras el liberalismo de los Kokoshkin.

El nacionalismo gran ruso, como todo nacionalismo, pasará por diversas fases, según predomine una u otra clase en el país burgués. Hasta 1905 conocíamos casi únicamente a los nacional-reaccionarios. Después de la revolución, surgieron entre nosotros los nacional-liberales.

En esta posición se hallan de hecho entre nosotros tanto los octubristas como los kadetes (Kokoshkin), es decir, toda la burguesía actual.

Y más adelante es inevitable el surgimiento de nacional-demócratas gran rusos. Uno de los fundadores del partido «socialista popular», el señor Peshejónov, ya expresó este punto de vista cuando llamó (en el número de agosto de Rússkoie Bogatstvo de 1906) a ser prudentes con respecto a los prejuicios nacionalistas del mujik. Por mucho que nos calumnien a nosotros, los bolcheviques, diciendo que «idealizamos» al mujik, nosotros siempre hemos distinguido y distinguiremos rigurosamente la sensatez del mujik de su prejuicio, el democratismo mujik contra Purishkévich y la tendencia mujik a reconciliarse con el pope y el terrateniente.

La democracia proletaria debe tomar en cuenta el nacionalismo de los campesinos gran rusos (no en el sentido de concesiones, sino en el de lucha) ya desde ahora, y probablemente lo tendrá en cuenta por bastante tiempo[48]. El despertar del nacionalismo en las naciones oprimidas, que tan fuertemente se manifestó después de 1905 (recordemos, por lo menos, al grupo de los «autonomistas-federalistas» en la I Duma, el crecimiento del movimiento ucranio, del movimiento musulmán, etc.), provocará inevitablemente el fortalecimiento del nacionalismo de la pequeña burguesía gran rusa en las ciudades y en el campo. Cuanto más lenta sea la transformación democrática de Rusia, tanto más tenaz, más brutal y más encarnizada será la persecución nacional y las querellas de la burguesía de las diferentes naciones. La particular reaccionariedad de los Purishkévich rusos engendrará (y fortalecerá) en este caso aspiraciones «separatistas» entre unas u otras naciones oprimidas, que a veces gozan de una libertad mucho mayor en los Estados vecinos.

Semejante estado de cosas plantea al proletariado de Rusia una tarea doble, o más exactamente, bilateral: luchar contra todo nacionalismo y, en primer término, contra el nacionalismo gran ruso; reconocer no sólo la plena igualdad de derechos de todas las naciones en general, sino también la igualdad de derechos en lo tocante a la edificación estatal, es decir, el derecho de las naciones a la autodeterminación, a la separación; y, junto con esto, y precisamente en interés de una lucha exitosa contra todo género de nacionalismo de todas las naciones, defender la unidad de la lucha proletaria y de las organizaciones proletarias, su fusión más estrecha en una comunidad internacional, en contraposición a las aspiraciones burguesas al aislamiento nacional.

Plena igualdad de derechos de las naciones; derecho de autodeterminación de las naciones; fusión de los obreros de todas las naciones: este programa nacional lo enseña el marxismo a los obreros, lo enseña la experiencia de todo el mundo y la experiencia de Rusia.

El artículo ya estaba compuesto cuando recibí el número 3 de Nuestra Gaceta Obrera, donde el señor Vl. Kosovski escribe sobre el reconocimiento del derecho de autodeterminación para todas las naciones:

«Habiendo sido trasladado mecánicamente de la resolución del I Congreso del partido (1898), que a su vez lo tomó de las decisiones de los congresos socialistas internacionales, dicho derecho, como se ve por los debates, fue comprendido por el Congreso de 1903 en el mismo sentido en que lo entendía la Internacional Socialista: en el sentido de autodeterminación política, es decir, la autodeterminación de la nación en el sentido de la independencia política. Por tanto, la fórmula de la autodeterminación nacional, al designar el derecho a la separación territorial, no toca en absoluto la cuestión de cómo regular las relaciones nacionales dentro de un organismo estatal dado, para las nacionalidades que no pueden o no quieren salir del Estado existente».

De aquí se desprende que el señor Vl. Kosovski tenía en sus manos las actas del II Congreso de 1903 y conoce perfectamente el sentido real (y único) del concepto de autodeterminación. Compárese con esto el hecho de que la redacción del periódico bundista Zeit lance al señor Liebman para mofarse del programa y declararlo poco claro. ¡¡Extrañas costumbres de «partido» las de los señores bundistas...! Por qué Kosovski declara que la adopción de la autodeterminación por el Congreso fue un traslado mecánico, «Alá sabe». Hay personas a las que «les entran ganas de objetar», pero el qué, el cómo, el por qué, el para qué, eso no les es dado.