El Manifiesto sobre la guerra, aprobado por unanimidad en 1912 en Basilea, se refiere precisamente a la guerra entre Inglaterra y Alemania con sus actuales aliados, que estalló en 1914. El Manifiesto declara abiertamente que ningún interés popular puede justificar una guerra así, librada «en beneficio de las ganancias de los capitalistas y de las ambiciones de las dinastías», sobre la base de la política imperialista y de rapiña de las grandes potencias. El Manifiesto declara abiertamente que la guerra es peligrosa «para los gobiernos» (de todos, sin excepción), señala su temor a la «revolución proletaria», indica con total precisión el ejemplo de la Comuna de 1871 y de octubre-diciembre de 1905, es decir, el ejemplo de la revolución y de la guerra civil. De este modo, el Manifiesto de Basilea establece, precisamente para la guerra actual, la táctica de lucha revolucionaria de los obreros a escala internacional contra sus gobiernos, la táctica de la revolución proletaria. El Manifiesto de Basilea repite las palabras de la resolución de Stuttgart de que, en caso de estallar la guerra, los socialistas deben aprovechar la «crisis económica y política» que aquella genera para «acelerar la caída del capitalismo», es decir, utilizar las dificultades creadas por la guerra para los gobiernos y la indignación de las masas para la revolución socialista.

La política de los socialchovinistas, su justificación de la guerra desde puntos de vista democrático-burgueses, su admisión de la «defensa de la patria», el voto de los créditos de guerra, la entrada en los ministerios, etc., etc., es una traición directa al socialismo, explicable únicamente, como veremos más adelante, por la victoria del oportunismo y de la política obrera nacional-liberal en el seno de la mayoría de los partidos europeos.