Nuestras tesis fueron escritas antes de esta insurrección, que debe servir de material para la verificación de las concepciones teóricas.

Las concepciones de los adversarios de la autodeterminación llevan a la conclusión de que la vitalidad de las pequeñas naciones oprimidas por el imperialismo ya se ha agotado, que no pueden desempeñar ningún papel contra el imperialismo, que el apoyo a sus aspiraciones puramente nacionales no conducirá a nada, etc. La experiencia de la guerra imperialista de 1914-1916 aporta una refutación práctica de semejantes conclusiones.

La guerra ha sido una época de crisis para las naciones de Europa occidental, para todo el imperialismo. Toda crisis desecha lo convencional, arranca las envolturas externas, barre lo caduco, pone al descubierto resortes y fuerzas más profundas. ¿Qué ha puesto al descubierto desde el punto de vista del movimiento de las naciones oprimidas? En las colonias, una serie de intentos de insurrección que, naturalmente, las naciones opresoras, con ayuda de la censura militar, se esforzaron por ocultar de todas las maneras. Sin embargo, se sabe que los ingleses reprimieron salvajemente en Singapur la insurrección de sus tropas indias; que hubo intentos de insurrección en el Annam francés (véase _Náshe Slovo_{29}) y en el Camerún alemán (véase el folleto de Junius[15]); que en Europa, por un lado, se sublevó Irlanda, a la que los ingleses «amantes de la libertad» pacificaron con ejecuciones, sin atreverse a imponer el servicio militar obligatorio a los irlandeses; y, por otro lado, el gobierno austríaco condenaba a muerte a los diputados de la Dieta checa «por traición» y fusilaba por el mismo «crimen» a regimientos checos enteros.

Por supuesto, esta lista está muy, muy lejos de ser completa. Y sin embargo demuestra que, en relación con la crisis del imperialismo, las llamaradas de las insurrecciones nacionales surgieron tanto en las colonias como en Europa, que las simpatías y antipatías nacionales se manifestaron a pesar de las draconianas amenazas y medidas represivas. Y es que la crisis del imperialismo estaba aún lejos del punto culminante de su desarrollo: la potencia de la burguesía imperialista todavía no había sido socavada (la guerra «hasta el agotamiento» puede llevar a ello, pero aún no ha llevado); los movimientos proletarios dentro de las potencias imperialistas eran todavía muy débiles. ¿Qué ocurrirá, pues, cuando la guerra lleve al agotamiento completo o cuando, aunque sea en una sola potencia, bajo los golpes de la lucha proletaria, el poder de la burguesía vacile como vaciló el poder del zarismo en 1905?

En el periódico _Berner Tagwacht_, órgano de los zimmerwaldianos hasta algunos izquierdistas, apareció el 9 de mayo de 1916, con motivo de la insurrección irlandesa, un artículo con las iniciales K. R. bajo el título: «La canción ha terminado». La insurrección irlandesa era calificada, nada más y nada menos, que de «golpe», pues «la cuestión irlandesa era una cuestión agraria», los campesinos habían sido apaciguados con reformas, y el movimiento nacionalista era ahora «un movimiento puramente urbano, pequeñoburgués, detrás del cual, a pesar del gran ruido que producía, socialmente no había mucho».

No es sorprendente que esta valoración, monstruosa por su doctrinarismo y pedantería, coincidiera con la valoración del nacional-liberal ruso, el kadete Sr. A. Kulisher (_Rech_{30}, núm. 102, 15 de abril de 1916), que también calificó la insurrección de «golpe de Dublín».

Es de esperar que, según el proverbio «no hay mal que por bien no venga», a muchos camaradas que no comprendían en qué pantano se deslizan al negar la «autodeterminación» y al tratar con desprecio los movimientos nacionales de las pequeñas naciones, se les abran ahora los ojos bajo la influencia de esta «casual» coincidencia entre la valoración de un representante de la burguesía imperialista y la de un socialdemócrata.

Solo se puede hablar de «golpe» en el sentido científico de la palabra cuando el intento de insurrección no ha revelado nada más que un círculo de conspiradores o de maníacos absurdos, sin despertar ninguna simpatía en las masas. El movimiento nacional irlandés, con siglos a sus espaldas, pasando por diversas etapas y combinaciones de intereses de clase, se expresó, entre otras cosas, en el masivo Congreso Nacional Irlandés en América (_Vorwärts_, 20. III. 1916), que se pronunció por la independencia de Irlanda; se expresó en las batallas callejeras de una parte de la pequeña burguesía urbana y de una parte de los obreros, tras una prolongada agitación de masas, manifestaciones, prohibición de periódicos, etc. Quien califica semejante insurrección de golpe es o bien el más furioso reaccionario, o bien un doctrinario irremediablemente incapaz de concebir la revolución social como un fenómeno vivo.

Pues pensar que es concebible una revolución social sin insurrecciones de pequeñas naciones en las colonias y en Europa, sin explosiones revolucionarias de una parte de la pequeña burguesía con todos sus prejuicios, sin el movimiento de las masas proletarias y semiproletarias inconscientes contra la opresión terrateniente, eclesiástica, monárquica, nacional, etc.; pensar así significa renunciar a la revolución social. ¡Debe ser que en un sitio se forme un ejército y diga: «estamos por el socialismo», y en otro, otro ejército diga: «estamos por el imperialismo», y eso será la revolución social! Solo desde un punto de vista tan pedantemente ridículo era concebible denigrar la insurrección irlandesa como un «golpe».

Quien espera una revolución social «pura» no la verá nunca. Es un revolucionario de palabra que no comprende la verdadera revolución.

La revolución rusa de 1905 fue democrático-burguesa. Consistió en una serie de batallas de todas las clases, grupos y elementos descontentos de la población. Entre ellos había masas con los prejuicios más salvajes, con los objetivos de lucha más confusos y fantásticos; había grupitos que tomaban dinero japonés, había especuladores y aventureros, etc. _Objetivamente_, el movimiento de masas rompía el zarismo y despejaba el camino a la democracia; por eso los obreros conscientes lo dirigían.

La revolución socialista en Europa no puede ser otra cosa que la explosión de la lucha de masas de todos y cada uno de los oprimidos y descontentos. Inevitablemente, sectores de la pequeña burguesía y de los obreros atrasados participarán en ella —sin esa participación no es posible la lucha de masas, no es posible revolución alguna— e, igual de inevitablemente, aportarán al movimiento sus prejuicios, sus fantasías reaccionarias, sus debilidades y errores. Pero _objetivamente_ atacarán al capital, y la vanguardia consciente de la revolución, el proletariado avanzado, al expresar esta verdad objetiva de la lucha de masas heterogénea y discordante, abigarrada y exteriormente fragmentada, sabrá unirla y orientarla, conquistar el poder, apoderarse de los bancos, expropiar los trusts odiados por todos (¡aunque por diferentes razones!) y aplicar otras medidas dictatoriales que, en su conjunto, aportan el derrocamiento de la burguesía y la victoria del socialismo, la cual no se «purificará» inmediatamente de la escoria pequeñoburguesa.

La socialdemocracia —leemos en las tesis polacas (I, 4)— «debe utilizar la lucha de la joven burguesía colonial dirigida contra el imperialismo europeo para agudizar la crisis revolucionaria en Europa». (Cursiva de los autores.)

¿No está claro que, en este aspecto, contraponer Europa a las colonias es lo menos permisible? La lucha de las naciones oprimidas _en Europa_, capaz de llegar a insurrecciones y combates callejeros, a quebrantar la férrea disciplina del ejército y el estado de sitio, esta lucha «agudizará la crisis revolucionaria en Europa» de un modo inconmensurablemente mayor que una insurrección mucho más desarrollada en una colonia remota. Un golpe de igual fuerza asestado al poder de la burguesía imperialista inglesa por una insurrección en Irlanda tiene una importancia política cien veces mayor que en Asia o en África.

Recientemente, la prensa chovinista francesa informó de que en Bélgica había aparecido el número 80 de la revista ilegal _Libre Bélgica_. Por supuesto, la prensa chovinista de Francia miente muy a menudo, pero esta información parece verosímil. Mientras que la socialdemocracia alemana chovinista y kautskiana, en dos años de guerra, no se ha creado una prensa libre, soportando lacayunamente el yugo de la censura militar (solo los elementos izquierdistas radicales publicaban, en su honor, folletos y proclamas sin censura), ¡la culta nación oprimida responde a las inauditas atrocidades de la opresión militar con la creación de un órgano de protesta revolucionaria! La dialéctica de la historia es tal que las pequeñas naciones, impotentes como factor _independiente_ en la lucha contra el imperialismo, desempeñan el papel de uno de los fermentos, uno de los bacilos que ayudan a la entrada en escena de la _auténtica_ fuerza contra el imperialismo, a saber: el proletariado socialista.

Los estados mayores, en la guerra actual, se esfuerzan cuidadosamente por utilizar todo movimiento nacional y revolucionario en el campo de sus adversarios: los alemanes, la insurrección irlandesa; los franceses, el movimiento checo, etc. Y desde su punto de vista, actúan con toda razón. No se puede tomar en serio una guerra seria sin aprovechar la más mínima debilidad del adversario, sin atrapar cada oportunidad, tanto más cuanto que no se puede saber de antemano en qué momento exacto y con qué fuerza exactamente «estallará» aquí o allá tal o cual polvorín. Seríamos muy malos revolucionarios si, en la gran guerra liberadora del proletariado por el socialismo, no supiéramos utilizar todo movimiento popular contra las desgracias particulares del imperialismo en interés de agudizar y extender la crisis. Si, por un lado, nos pusiéramos a declarar y repetir de mil maneras que estamos «contra» toda opresión nacional, y por otro lado, calificáramos de «golpe» la heroica insurrección de la parte más móvil e inteligente de ciertas clases de una nación oprimida contra los opresores, nos rebajaríamos al nivel de la misma estupidez que los kautskianos.

La desgracia de los irlandeses consiste en que se sublevaron inoportunamente, cuando la insurrección europea del proletariado aún no había madurado. El capitalismo no está organizado tan armónicamente como para que las diversas fuentes de insurrección confluyan por sí solas de inmediato, sin fracasos y derrotas. Al contrario, precisamente el carácter extemporáneo, heterogéneo y desigual de las insurrecciones garantiza la amplitud y profundidad del movimiento general; solo en la experiencia de movimientos revolucionarios inoportunos, parciales, fragmentados y por eso fracasados, las masas adquieren experiencia, aprenden, reúnen fuerzas, ven a sus verdaderos jefes, los proletarios socialistas, y preparan así el ataque general, como las huelgas aisladas, las manifestaciones urbanas y nacionales, las explosiones en el ejército, los estallidos entre el campesinado, etc., prepararon el ataque general en 1905.