Con dolor en el corazón leerá todo obrero consciente la firma de Gorki, junto a la firma de P. Struve, bajo la protesta chovinista-clerical contra la barbarie alemana{105}.

En cierta ocasión, en una conversación acerca del arrodillamiento de Shaliapin, Gorki dijo: «no se le puede juzgar con demasiada severidad: nosotros, los artistas, tenemos otra psicología». En otras palabras: el artista actúa a menudo bajo la influencia de un estado de ánimo que alcanza en él tal fuerza que suprime cualquier otra consideración.

Que así sea. Que a Shaliapin no se le pueda juzgar con severidad. Él es artista, y nada más. Es ajeno a la causa del proletariado: hoy es amigo de los obreros, mañana un centurión negro... según el estado de ánimo.

Pero los obreros están acostumbrados a considerar a Gorki como suyo. Ellos siempre pensaron que él, con tanto ardor como ellos, toma a pecho la causa del proletariado, que ha entregado su talento al servicio de esta causa.

Por eso le escriben saludos a Gorki, por eso les es valioso su nombre. Y esta confianza de los obreros conscientes impone a Gorki una determinada obligación: cuidar su buen nombre y no darlo para firmar bajo toda clase de protestas chovinistas baratas, que pueden inducir a error a los obreros de poca conciencia. A ellos solos aún no les es dado desentrañar muchas cosas, y el nombre de Gorki puede desviarlos del camino. El nombre de Struve a ningún obrero desviará, pero el nombre de Gorki sí puede desviar.

Y los obreros conscientes, que comprenden toda la falsedad y la bajeza de esta hipócrita protesta contra los «bárbaros alemanes», no podrán dejar de reprochar al autor de «El canto del halcón». Le dirán: «¡en el difícil y crucial momento que atraviesa ahora el proletariado ruso, esperábamos que usted marchara del brazo de sus luchadores de vanguardia, y no con el señor Struve y Cía.!»

«Sotsial-Demokrat» nº 34, 5 de diciembre de 1914. 

Se imprime según el texto del periódico «Sotsial-Demokrat».