Quisiera detenerme en la política de nuestro gobierno en la cuestión nacional. En la esfera de los asuntos que están «bajo la jurisdicción» de nuestro Ministerio del Interior, ésta es una de las cuestiones más importantes. Desde que la Duma Estatal discutió por última vez el presupuesto de este ministerio, el problema nacional en Rusia ha sido colocado en el orden del día por nuestras clases dominantes y se agudiza cada vez más.

El caso Beilis ha vuelto a atraer, una y otra vez, la atención de todo el mundo civilizado hacia Rusia, poniendo al desnudo los regímenes vergonzosos que imperan entre nosotros. En Rusia no queda ni rastro de algo parecido a la legalidad. A la administración y a la policía les está permitido todo para la persecución desenfrenada y desvergonzada de los judíos, todo les está permitido, incluso encubrir y ocultar un crimen. Tal fue precisamente el balance del caso Beilis, que mostró la más estrecha e íntima conexión…[8]

Para demostrar que no exagero cuando hablo de la atmósfera de pogromos que se respira en Rusia, se puede aducir el testimonio del propio escritor más «fiable», más conservador, que «fabrica ministros», precisamente el príncipe Mescherski. He aquí la reseña de un «hombre ruso de Kiev», que él reproduce en su revista *Grazhdanín*{32}:

«Nuestra atmósfera vital nos asfixia: vayas donde vayas, por doquier se oye el susurro de la conspiración, por doquier huele a sed de sangre, por doquier apesta a delación, por doquier odio, por doquier murmullos, por doquier gemidos»…

ése es el aire político que respira Rusia. En semejante atmósfera, hablar o pensar en derecho, legalidad, constitución y otras ingenuidades liberales de este tipo resulta sencillamente ridículo; o, para ser más exactos: resultaría ridículo si no fuera… ¡grave!

Esta atmósfera la siente a diario cualquier persona medianamente consciente y atenta en nuestro país. Pero no todos tienen suficiente valor para darse cuenta clara del significado de esta atmósfera de pogromos. ¿Por qué impera entre nosotros semejante atmósfera? ¿Por qué puede imperar? Sólo porque el país vive de hecho un estado de guerra civil mal disimulada. A algunos les resulta muy desagradable reconocer esta verdad, algunos quieren ponerle un velo a este fenómeno. A nuestros liberales, tanto a los progresistas como a los kadetes{33}, les gusta sobre todo coser ese velo con retazos de teorías casi «constitucionales». Pero me permito pensar que no hay cosa más dañina, más criminal para los representantes del pueblo, que difundir desde la tribuna de la Duma Estatal un «engaño que nos eleva».

Toda la política del gobierno con respecto a los judíos y a los demás —perdón por la expresión «gubernamental»— «extranjeros» se volverá de inmediato comprensible, natural e inevitable si miramos a la verdad a la cara y reconocemos el hecho indudable de que el país vive un estado de guerra civil mal disimulada. El gobierno no gobierna, sino que combate.

Si elige medios «auténticamente rusos», pogromistas, para la guerra, es porque no tiene otros a su disposición. Cada cual se defiende como puede. Purishkévich y sus amigos no pueden defenderse de otro modo que con la política de «pogromos», porque no tienen otra a su disposición. No hay aquí nada que lamentar, es absurdo salir del paso con palabras sobre la constitución o el derecho o el sistema de administración: aquí se trata sencillamente de los intereses de la clase de Purishkévich y compañía, de la difícil situación de esa clase.

O bien se «arreglan cuentas» de manera decidida y no sólo de palabra con esa clase, o bien se reconoce el carácter inevitable e ineludible de la atmósfera «pogromista» en toda la política de Rusia. O bien uno se resigna a esa política, o bien apoya el movimiento popular, de masas y, ante todo, proletario contra ella. Una cosa o la otra. Término medio no puede haber aquí.

En Rusia, incluso las estadísticas gubernamentales, es decir, a sabiendas exageradas y falseadas según las «miras del gobierno», cuentan a los grandes rusos sólo como el 43% de toda la población del país. Los grandes rusos en Rusia son menos de la mitad de la población. Incluso a los pequeños rusos o ucranianos, entre nosotros, oficialmente, por boca del «propio» Stolypin, los han clasificado como «extranjeros». Eso significa que los «extranjeros» en Rusia constituyen el 57% de la población, es decir, la mayoría de la población, casi 3/5, y en realidad, seguramente, más de tres quintos. Yo he sido elegido a la Duma Estatal por la provincia de Ekaterinoslav, en la que la aplastante mayoría de la población se compone de ucranianos. La prohibición de rendir homenaje a Shevchenko fue una medida tan excelente, magnífica, de una suerte y un acierto excepcionales desde el punto de vista de la agitación contra el gobierno, que no cabe imaginar una agitación mejor. Creo que todos nuestros mejores agitadores socialdemócratas contra el gobierno nunca habrían alcanzado en tan corto tiempo éxitos tan vertiginosos en el sentido antigubernamental como los que alcanzó esta medida. Después de esta medida, millones y millones de «habitantes corrientes» empezaron a convertirse en ciudadanos conscientes y a convencerse de la justeza de aquella sentencia de que Rusia es una «cárcel de naciones».

Nuestros partidos de derecha y nuestros nacionalistas gritan ahora con tanto celo contra los «mazepistas», nuestro famoso Bobrinski defiende con tan magnífica vehemencia de demócrata a los ucranianos contra la opresión del gobierno austriaco, como si Bobrinski quisiera inscribirse en el partido socialdemócrata austriaco. Pero si por «mazepismo» se entiende la atracción hacia Austria y la preferencia por sus regímenes políticos, entonces Bobrinski, tal vez, resulte no ser de los últimos «mazepistas»: ¡pues Bobrinski se queja y alborota a propósito de la opresión de los ucranianos en Austria! ¡Imagínense qué es leer o escuchar esto para los ucranianos rusos, por ejemplo, para los habitantes de la provincia de Ekaterinoslav a la que represento! Si el «propio» Bobrinski, si el nacionalista Bobrinski, si el conde Bobrinski, si el terrateniente Bobrinski, si el fabricante Bobrinski, si Bobrinski que está familiarizado con la más alta nobleza (casi con las «esferas») encuentra injusta y opresiva la situación de las minorías nacionales en Austria, donde no hay nada parecido ni a la vergonzosa zona de residencia judía, ni a las repugnantes expulsiones de judíos por capricho de gobernadores déspotas, ni al destierro de la lengua materna de las escuelas, ¿qué decir entonces de los ucranianos en Rusia? ¿Qué decir de los demás «extranjeros» en Rusia?

¿Acaso Bobrinski y los otros nacionalistas, así como los de derecha, no advierten que despiertan entre los «extranjeros» de Rusia, es decir, entre 3/5 de la población de Rusia, la conciencia del atraso de Rusia incluso en comparación con el país más atrasado de Europa, Austria?

La cuestión está en que la situación de Rusia, gobernada por los Purishkévich o, más exactamente, gimiendo bajo la bota de los Purishkévich, es tan original que los discursos del nacionalista Bobrinski explican de modo excelente y avivan la agitación socialdemócrata.

¡Esfuércese, esfuércese, ilustrísimo fabricante y terrateniente Bobrinski: usted, con toda seguridad, nos ayudará a despertar, ilustrar y sacudir a los ucranianos, tanto a los austriacos como a los rusos! Yo he oído en Ekaterinoslav a varios ucranianos decir que quieren enviar un mensaje de agradecimiento al conde Bobrinski por la exitosa propaganda en favor de la separación de Ucrania de Rusia. Y no me sorprendió escuchar eso. Vi hojas de agitación en las que en una cara figuraba el decreto de prohibición de homenajear a Shevchenko, y en la otra citas de los elocuentes discursos de Bobrinski en favor de los ucranianos… Aconsejé enviar esas hojas a Bobrinski, a Purishkévich y a los demás ministros.

Pero, si Purishkévich y Bobrinski son agitadores de primera clase en favor de la transformación de Rusia en una república democrática, nuestros liberales, incluidos los kadetes, desean ocultar a la población su coincidencia, en algunas cuestiones básicas de la política nacional, con los Purishkévich. Al hablar del presupuesto del Ministerio del Interior, que lleva a cabo la política nacional por todos conocida, yo no cumpliría con mi deber si no abordara esta coincidencia del partido k.-d. con los principios del Ministerio del Interior.

En efecto, ¿no está claro que quien desea estar, por decirlo suavemente, en la «oposición» al Ministerio del Interior debe conocer también a los aliados ideológicos de ese ministerio procedentes del campo de los kadetes?

Según informa el periódico *Rech*{34}, en San Petersburgo se celebró los días 23–25 de marzo del corriente año la conferencia ordinaria del partido k.-d. o «partido de la libertad popular».

«Las cuestiones nacionales —escribe Rech (n.º 83)— se debatieron… con particular animación. Los diputados de Kiev, a los que se sumaron N. V. Nekrásov y A. M. Koliubakin, señalaban que la cuestión nacional es un factor importante que está madurando y al que es necesario salir al encuentro de manera más decidida que antes. F. F. Kokoshkin señaló, sin embargo, que tanto el programa como la experiencia política anterior exigen tratar con mucha cautela las “fórmulas elásticas” de la autodeterminación política de las “nacionalidades”».

Así expone el asunto Rech. Y aunque esta exposición está adrede compuesta de manera que la menor cantidad posible de lectores pueda comprender la esencia del asunto, con todo, esa esencia es clara para toda persona atenta y pensante. Kíevskaya Mysl{35}, que simpatiza con los kadetes y difunde sus puntos de vista, transmite el discurso de Kokoshkin añadiendo la siguiente motivación: «Pues esto puede conducir a la desintegración del Estado».

El sentido del discurso de Kokoshkin era, sin duda, el siguiente. El punto de vista de Kokoshkin venció entre los kadetes incluso al tímido democratismo de los Nekrásov y los Koliubakin. El punto de vista de Kokoshkin es el punto de vista del nacionalista liberal-burgués granruso, que defiende los privilegios de los granrusos (aunque ellos son una minoría en Rusia), defiende codo con codo con el ministerio del interior. Kokoshkin defendía «teóricamente» la política del ministerio del interior: he ahí la esencia, he ahí el quid del asunto.

«¡Cautela con la autodeterminación política» de las naciones! ¡Como si ello no «condujera a la desintegración del Estado»! He ahí el contenido de la política nacional de Kokoshkin, que coincide plenamente con la línea fundamental de la política del ministerio del interior. Pero Kokoshkin y los demás dirigentes kadetes no son niños. Conocen perfectamente la sentencia: «No el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre». No el pueblo para el Estado, sino el Estado para el pueblo. Kokoshkin y los demás dirigentes kadetes no son niños. Comprenden perfectamente que el Estado en nuestro país es (de hecho) la clase de los Purishkévich. La integridad del Estado es la integridad de la clase de los Purishkévich. He ahí por lo que se preocupan los Kokoshkin, si se mira directamente a la esencia de su política, despojándola de sus encubrimientos diplomáticos.

Para una explicación gráfica me permitiré aducir un sencillo ejemplo. Es sabido que en 1905 Noruega se separó de Suecia en contra de las encendidas protestas de los terratenientes suecos, que amenazaban con la guerra. Afortunadamente, en Suecia los señores feudales no son omnipotentes, como en Rusia, y la guerra no llegó a producirse. Noruega, teniendo una minoría de la población, se separó pacíficamente de Suecia, democráticamente, culturalmente, y no como querían los señores feudales y el partido militar. ¿Y qué? ¿Perdió el pueblo? ¿Perdieron los intereses de la cultura? ¿O los intereses de la democracia? ¿Los intereses de la clase obrera con tal separación?

¡En absoluto! Tanto Noruega como Suecia pertenecen al número de países incomparablemente más cultos que Rusia —dicho sea de paso, precisamente porque supieron aplicar democráticamente la fórmula de la «autodeterminación política» de las naciones. La ruptura del vínculo coercitivo significó el fortalecimiento del vínculo económico voluntario, el fortalecimiento de la cercanía cultural, el fortalecimiento del respeto mutuo entre estos dos pueblos, tan próximos por la lengua y demás. La comunidad, la cercanía de los pueblos sueco y noruego de hecho salió ganando con la separación, pues la separación fue la ruptura de los vínculos coercitivos.

A partir de este ejemplo, espero que esté claro que Kokoshkin y el partido k.-d. se sitúan plenamente en el punto de vista del ministerio del interior cuando nos asustan con la «desintegración del Estado» y llaman a tratar «con cautela» la fórmula, plenamente clara e indiscutible en toda la democracia internacional, de la «autodeterminación política» de las nacionalidades. Nosotros, los socialdemócratas, somos enemigos de todo nacionalismo y partidarios del centralismo democrático. Somos adversarios del particularismo, estamos convencidos de que, en igualdad de condiciones, los Estados grandes pueden resolver con mucho mayor éxito que los pequeños las tareas del progreso económico y las tareas de la lucha del proletariado contra la burguesía. Pero nosotros valoramos el vínculo solo voluntario, y nunca el coercitivo. En todas partes donde vemos vínculos coercitivos entre las naciones, nosotros, sin predicar en absoluto la separación de cada nación, defendemos incondicional y resueltamente el derecho de cada nación a autodeterminarse políticamente, es decir, a separarse.

Defender, predicar, reconocer tal derecho significa defender la igualdad de derechos de las naciones, significa no reconocer los vínculos coercitivos, significa luchar contra todos los privilegios estatales de cualquier nación que sea, significa también educar a los obreros de las diferentes naciones en una plena solidaridad de clase.

La solidaridad de clase de los obreros de las diferentes naciones sale ganando con la sustitución de los vínculos coercitivos, feudales, militares por vínculos voluntarios.

Nosotros valoramos por encima de todo la igualdad de derechos de las naciones en la libertad popular y para el socialismo…[9] y de la defensa de los privilegios de los granrusos. Y nosotros decimos: ningún privilegio para ninguna nación, plena igualdad de derechos de las naciones y cohesión, fusión de los obreros de todas las naciones.

Hace dieciocho años, en 1896, el Congreso Internacional de Londres de las organizaciones obreras y socialistas adoptó una resolución sobre la cuestión nacional que es la única que señala los caminos correctos tanto para las aspiraciones en favor de una verdadera «libertad popular» como para el socialismo. Esta resolución dice:

«El Congreso declara que se pronuncia por el pleno derecho de autodeterminación de todas las naciones y simpatiza con los obreros de todo país que sufra actualmente bajo el yugo del despotismo militar, nacional o de otro tipo. El Congreso llama a los obreros de todos esos países a ingresar en las filas de los obreros conscientes de todo el mundo para luchar junto con ellos por la superación del capitalismo internacional y por la realización de los objetivos de la socialdemocracia internacional».

A la unidad de las filas de los obreros de todas las naciones de Rusia llamamos también nosotros, pues solo tal unidad es capaz de dar garantías de igualdad de derechos de las naciones, de libertad del pueblo y de los intereses del socialismo.

El año quinto unió a los obreros de todas las naciones de Rusia. La reacción se esfuerza por atizar la hostilidad nacional. La burguesía liberal de todas las naciones, y la granrusa ante todo y más que nada, lucha por los privilegios de su nación (ejemplo: el Kolo polaco contra la igualdad de derechos de los judíos en Polonia{36}), lucha por el aislamiento nacional, por la exclusividad nacional y con ello ayuda a la política de nuestro ministerio del interior.

Pero la verdadera democracia, con la clase obrera a la cabeza, alza la bandera de la plena igualdad de derechos de las naciones y de la fusión de los obreros de todas las naciones en su lucha de clase. Desde este punto de vista, nosotros rechazamos la llamada autonomía «cultural-nacional», es decir, la división por nacionalidades de la enseñanza escolar en un mismo Estado o la sustracción de la enseñanza escolar a la competencia del Estado con su transferencia a uniones nacionales organizadas por separado. El Estado democrático debe reconocer la autonomía de las diferentes regiones, especialmente de las regiones y distritos con una composición nacional diferente de la población. Tal autonomía no contradice en absoluto el centralismo democrático; al contrario, solo mediante la autonomía de las regiones en un Estado grande y abigarrado en cuanto a composición nacional se puede realizar un centralismo verdaderamente democrático. El Estado democrático debe reconocer incondicionalmente la plena libertad de las lenguas maternas y rechazar todos los privilegios de una de las lenguas. El Estado democrático no permitirá la opresión, la mayorización de ninguna nacionalidad por otra en ninguna región, en ninguna rama de los asuntos públicos.

Pero sustraer la enseñanza escolar de manos del Estado y dividirla por naciones, organizadas por separado en uniones nacionales, es una medida perjudicial tanto desde el punto de vista de la democracia como, aún más, desde el punto de vista del proletariado. Esto conduciría solo a consolidar el aislamiento de las naciones, mientras que nosotros debemos esforzarnos por su acercamiento. Esto conduciría al crecimiento del chovinismo, mientras que nosotros debemos ir hacia la unión más estrecha de los obreros de todas las naciones, hacia su lucha conjunta contra todo chovinismo, contra toda exclusividad nacional, contra todo nacionalismo. La política escolar de los obreros de todas las naciones es una sola: libertad de la lengua materna, escuela democrática y laica.

Terminaré una vez más expresando mi agradecimiento a Purishkévich, a Márkov 2 y a Bóbrinski por su exitosa agitación contra todo el régimen estatal de Rusia, por sus lecciones gráficas sobre la inevitabilidad de la transformación de Rusia en una república democrática.

Escrito después del 6 (19) de abril de 1914.

Publicado por primera vez en 1924 en la revista «Proletárskaia Revoliútsia» № 3

Se imprime según el manuscrito