Un voluminoso tomo de 930 páginas en gran formato, con letra muy apretada, en parte a dos columnas, constituye un «ensayo de reseña de las riquezas bibliográficas rusas en relación con la historia de las ideas científico-filosóficas y literario-sociales». Así reza el subtítulo del libro.

El autor y sus numerosos colaboradores, mencionados en el prefacio, han invertido un enorme trabajo y han iniciado una empresa sumamente valiosa, a la que hay que desear de todo corazón que crezca y se desarrolle en extensión y en profundidad. Es particularmente valioso, entre otras cosas, que el autor no excluya ni las publicaciones extranjeras ni las perseguidas. Ninguna biblioteca sólida podrá prescindir de la obra del Sr. Rubakin.

Los defectos de la obra son el eclecticismo del autor y el recurso insuficientemente amplio (más exactamente, apenas iniciado) a especialistas para colaborar en cuestiones determinadas.

El primer defecto guarda relación, quizá, con la curiosa prevención del autor contra la «polémica». En el prefacio, el Sr. Rubakin declara que «en toda su vida no ha participado nunca en ninguna polémica, considerando que en la inmensa mayoría de los casos la polémica es uno de los mejores modos de entenebrecer la verdad mediante toda clase de emociones humanas». El autor no advierte, en primer lugar, que sin «emociones humanas» nunca ha habido, no hay ni puede haber búsqueda humana de la verdad. El autor olvida, en segundo lugar, que quiere ofrecer una reseña de la «historia de las ideas», y la historia de las ideas es la historia del cambio y, por consiguiente, de la lucha de ideas.

Una de dos: o se adopta una actitud inconsciente ante la lucha de ideas —y entonces resulta difícil emprender su historia (por no hablar ya de participar en esa lucha)—; o se renuncia a la pretensión de «no haber participado nunca en ninguna polémica». Abro, por ejemplo, las «observaciones preliminares» del Sr. Rubakin sobre la teoría de la economía política y veo en seguida que el autor sale de esa disyuntiva mediante, en primer lugar, una polémica encubierta (una forma de polémica que tiene todos sus defectos y ninguna de sus grandes virtudes), y en segundo lugar, mediante la defensa del eclecticismo.

Al exponer el «Curso breve» de Bogdánov, el Sr. Rubakin «se permite» señalar la «interesante» analogía entre una de las conclusiones del autor-«marxista» y la «conocida fórmula del progreso de N. K. Mijailovski» (pág. 815)…

¡Oh, Sr. Rubakin, que «en toda su vida no ha participado nunca en ninguna polémica»!…

¡Y una página antes se ensalza el «rigor científico, el análisis profundo y la actitud crítica ante las teorías más importantes»… de quién diríais... del ejemplar ecléctico Sr. Tugán-Baranovski! ¡El propio Sr. Rubakin se ve obligado a reconocer que este profesor es partidario un poquito del marxismo, un poquito del populismo, un poquito de la «teoría de la utilidad marginal», y sin embargo lo califica de «socialista»! ¿Acaso escribir una cosa tan monstruosa no significa polemizar, en la peor forma posible, contra el socialismo?

Si el Sr. Rubakin hubiera dividido en cuatro partes esas más de 80.000 letras (es decir, todo un folleto) que escribió como introducción a la literatura de economía política, y hubiera encargado redactarlas, pongamos, a un centurión negro, a un liberal, a un populista y a un marxista, habría más polémica abierta, y 999 lectores de cada 1.000 encontrarían la verdad mil veces más fácil y rápidamente.

Procedimiento semejante —recurrir a representantes de la «polémica» para colaborar— lo ha aplicado el Sr. Rubakin en la cuestión del bolchevismo y el menchevismo, dedicando media paginita a mí[14] y a L. Martov. Por lo que a mí respecta, estoy sumamente satisfecho con la exposición de L. Martov, por ejemplo, con su reconocimiento de que el liquidacionismo se reduce a los intentos de «crear un partido obrero abierto» y a la «actitud negativa hacia las organizaciones clandestinas conservadas» (págs. 771-772), o con su reconocimiento de que: «el menchevismo no veía para el proletariado otra posibilidad de participación fructífera en la crisis dada» (es decir, la crisis de 1905) «que contribuir a la democracia liberal burguesa en sus intentos de apartar del poder estatal a la parte reaccionaria de las clases poseedoras, contribución que, sin embargo, el proletariado debe realizar conservando plena independencia política» (772).

En cuanto el Sr. Rubakin empieza a continuar por su cuenta el esbozo del menchevismo, aparecen errores, por ejemplo, la afirmación de que Axelrod, junto con Plejánov, «se apartó» del liquidacionismo (772). Sin hacer un cargo especial al Sr. Rubakin por semejantes errores, inevitables al principio en una publicación compilatoria tan plurifacética, no se puede dejar de desear que el autor aplique más a menudo el método de recurrir a representantes de las distintas corrientes en todos los campos del saber. Con ello ganarán la exactitud y la plenitud del trabajo, e incluso su objetividad; con ello perderán sólo el eclecticismo y la polémica encubierta.

«Prosveschenie» n.º 4, abril de 1914. Firma: V. I.

Se imprime según el texto de la revista «Prosveschenie»