El capitalismo no puede permanecer quieto ni un solo minuto. Tiene que avanzar y avanzar sin cesar. La competencia, que se agudiza especialmente en épocas de crisis como la nuestra, obliga a inventar cada vez nuevos medios para abaratar la producción. Y el dominio del capital convierte todos estos medios en instrumentos para una mayor opresión del obrero.

El sistema Taylor es uno de esos medios.

Recientemente, en Estados Unidos, los partidarios de este sistema aplicaron los siguientes procedimientos.

Se fija una lamparita eléctrica a la mano del obrero. Se fotografían sus movimientos y se estudia el desplazamiento de la lamparita. Se comprueba que ciertos movimientos son «superfluos» y se obliga al obrero a evitarlos, es decir, a trabajar con más intensidad, sin perder ni un segundo en descansar.

Se elaboran planos completos de nuevas construcciones fabriles de manera que no se pierda ni un solo minuto superfluo en el suministro de materiales a la fábrica, en su traslado de un taller a otro, en la evacuación del producto acabado. Se emplea sistemáticamente el cinematógrafo para estudiar el trabajo de los mejores obreros y para aumentar su intensidad, o sea, para «acicatear» más al obrero.

Por ejemplo, durante un día entero se filmó el trabajo de un montador. Estudiados sus movimientos, se introdujo un banco especial, tan alto que el montador no tenía que perder tiempo en agacharse. Se asignó un muchacho como ayudante del montador. El muchacho tenía que entregarle cada pieza de la máquina de una manera determinada, la más racional. ¡A los pocos días, el montador realizaba el mismo trabajo de ensamblaje de la máquina en una cuarta parte del tiempo que antes empleaba!

¡Qué éxito de productividad del trabajo!..., pero el salario del obrero no se aumenta en cuatro veces, sino a lo sumo en una vez y media, y eso solo al principio. En cuanto los obreros se acostumbran al nuevo sistema, el salario vuelve a reducirse al nivel anterior. El capitalista obtiene una ganancia enorme, y el obrero trabaja con una intensidad cuatro veces mayor, agotando sus nervios y sus músculos cuatro veces más rápido.

Al obrero recién ingresado lo llevan al cinematógrafo de la fábrica, que le muestra la producción «modelo» de su trabajo. Le obligan a «alcanzar» ese modelo. A la semana, le muestran en el cinematógrafo su propio trabajo y lo comparan con el «modelo».

Todos estos enormes perfeccionamientos se llevan a cabo contra el obrero, conduciendo a una mayor represión y opresión de él, y además limitándose a una distribución racional, sensata, del trabajo dentro de la fábrica.

Surge de manera natural la idea: ¿y la distribución del trabajo en el conjunto de la sociedad? ¡Qué abismo de trabajo se desperdicia hoy en día por el desorden y el caos de toda la producción capitalista! ¡Cuánto tiempo se pierde en el traspaso de la materia prima al fabricante a través de cientos de compradores y revendedores, en medio de la incertidumbre de la demanda del mercado! No solo el tiempo, sino también los propios productos se pierden y se estropean. ¡Y la pérdida de tiempo y de trabajo en la entrega del producto acabado a los consumidores a través de una multitud de pequeños intermediarios, que tampoco pueden conocer las necesidades de los compradores y realizan un cúmulo no solo de movimientos superfluos, sino de compras superfluas, viajes superfluos, etcétera, etcétera!

El capital organiza y regula el trabajo dentro de la fábrica para oprimir aún más al obrero, para aumentar su ganancia. Pero en toda la producción social el caos subsiste y se agrava, conduciendo a crisis en las que las riquezas acumuladas no encuentran compradores, mientras millones de obreros mueren y pasan hambre al no hallar trabajo.

El sistema Taylor —sin saberlo y contra la voluntad de sus autores— prepara el tiempo en que el proletariado tomará en sus manos toda la producción social y nombrará sus propias comisiones obreras para la correcta distribución y regulación de todo el trabajo social. La gran producción, las máquinas, los ferrocarriles, el teléfono, todo eso brinda miles de posibilidades de reducir a la cuarta parte el tiempo de trabajo de los obreros organizados y garantizarles un bienestar cuatro veces mayor del que tienen ahora.

Y las comisiones obreras, con ayuda de los sindicatos, sabrán aplicar estos principios de distribución racional del trabajo social cuando este se vea liberado de la esclavitud impuesta por el capital.

«El camino de la verdad» n.º 35, 13 de marzo de 1914. Firmado: M. M.

Se publica según el texto del periódico, cotejado con el manuscrito.