El señor profesor liberal Tugán-Baranovski ha emprendido una cruzada contra el socialismo. Esta vez no ha abordado la cuestión desde el ángulo político-económico, sino desde el de las disquisiciones generales sobre la igualdad (¿acaso estas disquisiciones generales le parecieron al profesor más apropiadas para las conversaciones religioso-filosóficas en las que ha intervenido?).

«Si se toma el socialismo —proclamó el señor Tugán— no como una teoría económica, sino como un ideal de vida, entonces, indudablemente, está ligado al ideal de igualdad, pero la igualdad es un concepto... no deducible de la experiencia ni de la razón».

He aquí el razonamiento de un científico liberal, que repite argumentos increíblemente manidos y trillados: que la experiencia y la razón testimonian claramente que los hombres no son iguales, y el socialismo basa su ideal en la igualdad. ¡De modo que el socialismo, véan ustedes, es un disparate, contradice la experiencia y la razón, etcétera!

¡El señor Tugán repite el viejo proceder de los reaccionarios: primero tergiversar el socialismo, atribuyéndole un disparate, y después refutar triunfalmente los disparates! Cuando se dice que la experiencia y la razón testimonian que los hombres no son iguales, por igualdad se entiende la igualdad de capacidades o la uniformidad de fuerzas físicas y capacidades anímicas de los hombres.

Es de por sí evidente que en este sentido los hombres no son iguales. Ningún hombre razonable ni ningún socialista lo olvida. Solo que tal igualdad no tiene ninguna relación con el socialismo. Si el señor Tugán no sabe pensar en absoluto, al menos sabe leer y, habiendo tomado una conocida obra de uno de los fundadores del socialismo científico, Friedrich Engels, contra Dühring, el señor Tugán habría podido leer allí una explicación especial de que bajo la igualdad en el terreno económico es estúpido entender otra cosa que la abolición de las clases. Pero cuando los señores profesores se ponen a refutar el socialismo, no se sabe de qué asombrarse más: de su torpeza, de su ignorancia o de su falta de escrúpulos.

Habrá que empezar por lo más elemental, dado que tenemos que habérnoslas con el señor Tugán.

Bajo la igualdad, los socialdemócratas entienden, en el terreno político, la igualdad de derechos, y en el terreno económico, como ya se ha dicho, la abolición de las clases. En cuanto al establecimiento de la igualdad humana en el sentido de igualdad de fuerzas y capacidades (físicas y anímicas), los socialistas ni siquiera lo conciben.

La igualdad de derechos es la exigencia de derechos políticos idénticos para todos los ciudadanos del Estado que hayan alcanzado cierta edad y no padezcan debilidad mental ni ordinaria ni liberal-profesoral. Esta exigencia fue planteada por primera vez, en absoluto, no por los socialistas, no por el proletariado, sino por la burguesía. La universalmente conocida experiencia histórica de todos los países del mundo lo testimonia, y el señor Tugán podría fácilmente saberlo si no invocara la «experiencia» exclusivamente con el fin de engatusar a los estudiantes y a los obreros, con el fin de complacer a los detentadores del poder mediante la «aniquilación» del socialismo.

La burguesía planteó la exigencia de igualdad de derechos de todos los ciudadanos en la lucha contra los privilegios medievales, feudales, de servidumbre y estamentales. En Rusia, por ejemplo, a diferencia de América, de Suiza, etc., se conservan hasta hoy los privilegios del estamento nobiliario en toda la vida política: en las elecciones al Consejo de Estado, en las elecciones a la Duma, en la administración local, en lo relativo a los impuestos y en muchas, muchísimas otras cosas.

Incluso el hombre más torpe y menos desarrollado puede comprender que los individuos pertenecientes al estamento nobiliario no son iguales por sus capacidades físicas y anímicas, así como tampoco son iguales entre sí los hombres pertenecientes al estamento campesino «contribuyente», «negro», «inferior» o «no privilegiado». Pero en cuanto a sus derechos, todos los nobles son iguales, y todos los campesinos son iguales en su falta de derechos.

¿Comprende ahora el señor científico y profesor liberal Tugán la diferencia entre la igualdad en el sentido de igualdad de derechos y la igualdad en el sentido de igualdad de fuerzas y capacidades?

Pasemos ahora a la igualdad en el sentido económico. En los Estados Unidos de América, como en otros Estados avanzados, no existen privilegios medievales. Todos los ciudadanos son iguales en el sentido de los derechos políticos. Pero, ¿son iguales por su posición en la producción social?

—No, señor Tugán, no son iguales. Unos poseen tierra, fábricas, capitales y viven a costa del trabajo no pagado de los obreros; estos son una ínfima minoría. Otros, la inmensa masa de la población, no tienen ningún medio de producción y viven solo de la venta de su fuerza de trabajo; estos son los proletarios.

En los Estados Unidos de América no hay nobles, pero los burgueses y los proletarios tienen iguales derechos políticos. Pero no son iguales por su posición de clase: unos, la clase de los capitalistas, poseen los medios de producción y viven a costa del trabajo no pagado de los obreros; otros, la clase de los obreros asalariados, los proletarios, no tienen medios de producción y viven de la venta de su fuerza de trabajo en el mercado.

Abolir las clases significa colocar a todos los ciudadanos en una relación idéntica con los medios de producción de toda la sociedad, significa que todos los ciudadanos tienen igual acceso al trabajo en los medios de producción sociales, en la tierra social, en las fábricas sociales, etcétera.

Esta explicación de lo que es el socialismo era necesaria para ilustrar al científico profesor liberal señor Tugán, quien, tal vez, esforzándose un poco, comprenderá ahora que esperar la igualdad de fuerzas y capacidades de los hombres en la sociedad socialista es absurdo.

Dicho brevemente: cuando los socialistas hablan de igualdad, entienden siempre por ella la igualdad social, la igualdad de la posición social, y de ningún modo la igualdad de las capacidades físicas y anímicas de los individuos aislados.

El lector preguntará, quizás con perplejidad: ¿cómo pudo ser que un científico profesor liberal olvidara estas verdades elementales, conocidas por cualquiera a partir de cualquier exposición de las concepciones del socialismo? La respuesta es simple: las peculiaridades personales de los profesores contemporáneos son tales que entre ellos se puede encontrar incluso a personas de una estupidez poco común, como el señor Tugán. Pero la posición social de los profesores en la sociedad burguesa es tal que solo se permite ocupar ese cargo a quienes venden la ciencia al servicio de los intereses del capital, solo a quienes aceptan decir contra los socialistas los desatinos más increíbles, los disparates y las sandeces más desvergonzadas. La burguesía perdonará todo esto a los profesores, con tal de que se ocupen de la «aniquilación» del socialismo.

*Put Pravdi* Nº 33, 11 de marzo de 1914.

Se imprime según el texto del periódico *Put Pravdi*.