De lo anterior se desprende que Marx deduce la inevitabilidad de la transformación de la sociedad capitalista en socialista, total y exclusivamente, de la ley económica del movimiento de la sociedad moderna. La socialización del trabajo, que avanza cada vez con mayor rapidez en miles de formas y que se ha manifestado en el medio siglo transcurrido desde la muerte de Marx, especialmente visible en el crecimiento de la gran producción, los carteles, sindicatos y trusts capitalistas, así como en el aumento gigantesco de las dimensiones y el poder del capital financiero: ésta es la principal base material del advenimiento inevitable del socialismo. El motor intelectual y moral y el ejecutor físico de esta transformación es el proletariado, educado por el propio capitalismo. Su lucha contra la burguesía, que se manifiesta en formas diversas y de contenido cada vez más rico, se convierte inevitablemente en lucha política, dirigida a la conquista del poder político por el proletariado («dictadura del proletariado»). La socialización de la producción no puede dejar de conducir a la transferencia de los medios de producción a la propiedad de la sociedad, a la «expropiación de los expropiadores». Un aumento enorme de la productividad del trabajo, la reducción de la jornada de trabajo, la sustitución de los restos, de las ruinas de la producción pequeña, primitiva y diseminada por el trabajo colectivo perfeccionado: tales son las consecuencias directas de ese tránsito. El capitalismo rompe definitivamente el nexo entre agricultura e industria, pero al mismo tiempo, con su desarrollo superior, prepara los nuevos elementos de ese nexo, de la unión de la industria con la agricultura sobre la base de la aplicación consciente de la ciencia y la combinación del trabajo colectivo, de una nueva distribución de la población (con la supresión tanto del abandono de las aldeas, de su aislamiento del mundo y su embrutecimiento, como de la aglomeración antinatural de masas gigantescas en las grandes ciudades). Las formas superiores del capitalismo moderno preparan la nueva forma de familia, las nuevas condiciones en la situación de la mujer y en la educación de las jóvenes generaciones: el trabajo de la mujer y del niño, la disolución de la familia patriarcal por el capitalismo adquieren inevitablemente en la sociedad moderna las formas más horribles, calamitosas y repugnantes. Sin embargo, «la gran industria, al asignar a las mujeres, a los adolescentes y a los niños de ambos sexos un papel decisivo en el proceso de producción socialmente organizado, fuera de la esfera del hogar doméstico, crea la base económica para una forma superior de la familia y de las relaciones entre los sexos. Por supuesto, es igualmente absurdo considerar absoluta la forma cristiano-germánica de familia como la forma romana antigua, la griega antigua o la oriental, que, por otra parte, en su conexión mutua forman una única serie histórica de desarrollo. Es evidente que la formación de un personal obrero combinado de individuos de ambos sexos y de diversas edades, siendo, en su forma espontánea, tosca y capitalista —cuando el obrero existe para el proceso de producción y no el proceso de producción para el obrero—, una fuente pestilente de ruina y esclavitud, en condiciones adecuadas debe convertirse, por el contrario, en fuente de desarrollo humano» («El Capital», I, final del capítulo 13). El sistema fabril nos muestra «los gérmenes de la educación de la época futura, cuando para todos los niños a partir de cierta edad el trabajo productivo se combinará con la enseñanza y la gimnasia, no sólo como uno de los medios para aumentar la producción social, sino también como el único medio para producir hombres desarrollados en todos los sentidos» (ibíd.){81}. En este mismo terreno histórico, no sólo en el sentido de explicar el pasado, sino también en el de prever intrépidamente el futuro y de realizar una audaz actividad práctica encaminada a su realización, sitúa el socialismo de Marx los problemas de la nacionalidad y del Estado. Las naciones son producto inevitable y forma inevitable de la época burguesa del desarrollo social. Y la clase obrera no podía fortalecerse, madurar, constituirse sin «organizarse en el seno de la nación», sin ser «nacional» («aunque no en el sentido en que lo entiende la burguesía»). Pero el desarrollo del capitalismo rompe cada vez más las fronteras nacionales, destruye el aislamiento nacional y sustituye los antagonismos nacionales por los de clase. Por eso, en los países capitalistas desarrollados es plena verdad que «los obreros no tienen patria» y que «la unión de los esfuerzos» de los obreros, al menos de los países civilizados, «es una de las primeras condiciones de la emancipación del proletariado» («Manifiesto Comunista»){82}. El Estado, esa violencia organizada, surgió inevitablemente en una determinada fase del desarrollo de la sociedad, cuando ésta se escindió en clases irreconciliables y no podía subsistir sin un «poder» aparentemente situado por encima de la sociedad y, hasta cierto punto, independizado de ella. Nacido dentro de las contradicciones de clase, el Estado se convierte en «Estado de la clase más poderosa, económicamente dominante, que con su ayuda se convierte también en la clase políticamente dominante y, de ese modo, adquiere nuevos medios para sojuzgar y explotar a la clase oprimida. Así, el Estado antiguo fue, ante todo, el Estado de los esclavistas para someter a los esclavos; el Estado feudal, un órgano de la nobleza para someter a los campesinos siervos; y el moderno Estado representativo es el instrumento de explotación de los trabajadores asalariados por los capitalistas» (Engels, en «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado», donde expone sus puntos de vista y los de Marx){83}. Incluso la forma más libre y progresiva del Estado burgués, la república democrática, no suprime en absoluto este hecho, sino que sólo modifica su forma (vinculación del gobierno con la bolsa, venalidad —directa e indirecta— de los funcionarios y de la prensa, etc.). El socialismo, al conducir a la abolición de las clases, conduce con ello también a la abolición del Estado. «El primer acto —escribe Engels en el "Anti-Dühring"— en el que el Estado aparece realmente como representante de toda la sociedad: la expropiación de los medios de producción en provecho de toda la sociedad, será al mismo tiempo su último acto independiente como Estado. La intervención del poder estatal en las relaciones sociales se irá haciendo superflua en uno y otro campo y cesará por sí misma. El gobierno sobre las personas será sustituido por la administración de las cosas y la dirección del proceso de producción. El Estado no será "abolido"; se extinguirá»{84}. «La sociedad que organice la producción sobre la base de asociaciones libres e iguales de productores, colocará toda la máquina del Estado en el lugar que le corresponderá entonces: en el museo de antigüedades, junto al huso y el hacha de bronce» (Engels, en «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado»){85}.

Por último, en lo tocante a la actitud del socialismo de Marx ante el pequeño campesinado, que subsistirá en la época de la expropiación de los expropiadores, es necesario señalar la declaración de Engels, que expresa las ideas de Marx: «Cuando tomemos en nuestras manos el poder del Estado, no pensaremos siquiera en expropiar por la fuerza a los pequeños campesinos (sea con indemnización o sin ella), como nos veremos obligados a hacerlo con los grandes terratenientes. Nuestra misión respecto a los pequeños campesinos consistirá, ante todo, en transformar su producción privada y su propiedad privada en cooperativa, pero no por la fuerza, sino por medio del ejemplo y del ofrecimiento de ayuda social para ese fin. Y entonces dispondremos, por supuesto, de medios suficientes para demostrar al campesino todas las ventajas de ese tránsito, ventajas que ya ahora deben serle explicadas» (Engels: «El problema agrario en Occidente», ed. Alexéieva, pág. 17, trad. rusa con errores. Original en «Neue Zeit»){86}.