A veces es útil observar cómo nos juzgan desde fuera, cómo juzgan nuestra prensa obrera, nuestros sindicatos, nuestro movimiento obrero, etc. Son instructivas las opiniones de los enemigos declarados, de los enemigos encubiertos y de la gente «indeterminada» o «indeterminadamente simpatizante», siempre que sean personas con algún entendimiento, conocedoras y que entiendan aunque sea un poco de política.

A esta última categoría pertenece, sin duda, el «trudovik» o «socialista popular»[10], — pero, a decir verdad, un burgués radical o un demócrata burgués — el señor S. Yelpátievski.

Este escritor es uno de los más fieles partidarios y compañeros de armas de N. K. Mijailovski, a quien ahora ensalzan con tan poca inteligencia los «populistas de izquierda»[11], que desean, contra toda razón, pasar por socialistas. El señor S. Yelpátievski es un atento observador de la vida del habitante común ruso, a cuyos estados de ánimo se pliega «sensiblemente».

Se le puede considerar uno de los liquidacionistas rusos más avanzados, pues ya en otoño de 1906 (véase el tristemente célebre número de agosto de «Rússkoie Bogatstvo»[12] de 1906), él y sus amigos proclamaron la necesidad de un «partido abierto», atacaron la estrechez de la «clandestinidad» y se pusieron a rectificar las consignas más importantes de esa organización ilegal en el espíritu de un partido abierto, es decir, legal. De palabra y en la conciencia de estos mismos «socialcadetes» (como incluso los populistas de izquierda se vieron obligados a llamarlos entonces), su renuncia a la clandestinidad y su proclamación liquidacionista de un «partido abierto» o de la «lucha por un partido abierto» respondían al afán de ir a las «masas», de organizar a las masas.

En realidad, en el plan de los señores «socialistas populares» no había más que pusilanimidad pequeñoburguesa, filistea (ante las masas) y credulidad (ante el poder). Por lo del «partido abierto» a unos les amenazaron con la cárcel y a otros los tuvieron un tiempo en ella, y el resultado fue que se quedaron sin partido abierto y sin ninguna ligazón con las masas, sin partido abierto y sin partido alguno. Quedaron convertidos en lo que son también nuestros liquidacionistas: un grupo de legalistas-liquidacionistas, un grupo de literatos «independientes» (de la clandestinidad, pero ideológicamente dependientes del liberalismo).

Pasaron años de desaliento, descomposición y desintegración. Empezó a soplar una brisa algo distinta. Y, sensible a los estados de ánimo del habitante común, el señor S. Yelpátievski escribe en el número de enero de este año de «Rússkoie Bogatstvo» un artículo sobre el estado de espíritu de las distintas clases de la sociedad rusa, con el efectista título: «La vida sigue».

¡La vida sigue! — exclama nuestro populista, repasando en su memoria toda suerte de congresos, el discurso de Salazkin y el caso Beilis[13]. Se percibe una indudable animación en provincias, aunque «a veces no se distingue ya no sólo al cadete de derecha del octubrista de izquierda, sino incluso a veces al eserista y al socialdemócrata» (de los liquidacionistas, ¿eh, señor liquidacionista populista?) «del cadete de izquierda, si se juzga por la táctica local» (desde luego, exclusivamente legal). «Se está produciendo una especie de reagrupamiento de Rusia a ambos lados de la pared que ha dividido al país. A un lado se han reunido la nobleza unificada, la burocracia unificada, los hombres de los departamentos y los habitantes comunes que de uno u otro modo “viven del erario”; al otro lado, simplemente el habitante común, la masa de la sociedad provinciana».

Como se ve, no es amplio el horizonte de nuestro populista, ni profundo su análisis: siempre la misma contraposición liberal entre el poder y la sociedad. Sobre la lucha de clases en el seno de la sociedad, sobre la burguesía y los obreros, sobre la creciente divergencia entre liberalismo y democracia, es difícil decir nada desde el punto de vista del habitante común de provincias.

Sobre las capas bajas del campo es difícil hacer deducciones — escribe el señor S. Yelpátievski—:
«…La oscuridad y el silencio se han cernido sobre la aldea, donde mal se ve, de donde mal se oye…» El movimiento cooperativo «ha brotado de pronto y se ha extendido ampliamente…» la lucha entre los partidarios de las parcelas y los de la comunidad... «todo esto no se ha manifestado lo suficiente».

«Sí, hay que reconocer que la muralla que levanta el gobierno entre los partidarios de las parcelas y los de la comunidad con el fin de dividir y disgregar a la masa campesina se alza cada vez más, pero, por lo visto, en las aldeas no han tenido tiempo aún de formarse los sentimientos y el estado de ánimo acordes con las intenciones del gobierno. Sigue ardiendo con igual fuerza en el alma de unos y otros el deseo y la esperanza de la tierra, mientras que el anhelo de libertad, de “derechos”, antes eclipsado por la “tierra”, resalta, al parecer, con más fuerza y más imperio».

Y por último, nuestro cronista de la vida rusa, tras señalar que «precisamente los círculos de derecha repiten ahora con insistencia la palabra revolución», que esos círculos «se han asustado de verdad, que esperan realmente un conflicto, están convencidos de la inevitabilidad de una catástrofe», dice lo siguiente sobre los obreros:

«Aquí no tengo por qué hablar de los obreros organizados. En ese terreno no es preciso andar a tientas en las deducciones: allí todo está claro y a la vista de todos. Allí las opiniones están fijadas con bastante precisión; allí no sólo hay deseos y esperanzas, sino también reivindicaciones, sustentadas por impulsos volitivos, no por explosiones espontáneas, sino por métodos sistematizados y suficientemente elaborados...» (puntos suspensivos del señor Yelpátievski). «Y, sin duda, tanto las opiniones, como los deseos y las esperanzas se infiltran desde ese medio organizado al medio rural, de donde aquél salió».

Esto lo escribe un hombre que nunca perteneció a los marxistas y siempre se mantuvo al margen de los «obreros organizados». Y esta apreciación desde fuera es tanto más valiosa para los obreros conscientes.

El señor Yelpátievski, uno de los «avanzados» líderes del liquidacionismo, debería reflexionar sobre el significado de lo que ahora se ha visto obligado a reconocer.

En primer lugar, ¿entre qué obreros están «bastante precisamente fijadas las opiniones» y «suficientemente elaborados y sistematizados los métodos»? Sólo entre los adversarios del liquidacionismo (pues entre los liquidacionistas reina un caos total tanto de opiniones como de métodos), sólo entre quienes no volvieron la espalda, de modo pusilánime y precipitado, a la clandestinidad. Sólo entre ellos, en efecto, «todo está claro y a la vista de todos». Parecerá paradójico (extraño), pero es un hecho: reina el caos entre los que sienten nostalgia del «partido abierto», mientras que «todo está claro y a la vista de todos», «las opiniones están bastante precisamente fijadas y los métodos suficientemente elaborados» únicamente entre los partidarios de la «clandestinidad», entre quienes guardan fielmente el legado de esa organización ilegal supuestamente estrecha y anquilosada (véanse «Nasha Zariá», «Luch», «Nóvaia Rabóchaia Gazeta», «Sévernaia Rabóchaia Gazeta»).

El primero de los que engendraron el liquidacionismo (el líder de «Rússkoie Bogatstvo», el señor Yelpátievski) ha sido el primero en firmar su sentencia de muerte y en leer el responso sobre su tumba.

Es posible que el propio señor Yelpátievski no se dé cuenta de ello, pero la cuestión que ha planteado rebasa con mucho los límites de la comprensión personal de unos u otros políticos.

Segundo hecho, y el más importante. ¿Por qué en uno de los períodos más confusos y difíciles de la historia de Rusia, en el quinquenio 1908-1913, de todas las clases del pueblo ruso, el único que no marcha «a tientas» es el proletariado? ¿Por qué sólo él tiene «todo claro y a la vista de todos»? ¿Por qué sale de la mayor descomposición ideológica, programática, táctica y organizativa, y de todo tipo de desorganización y vaivenes —tanto entre los liberales, como entre los populistas y entre los intelectuales “también-marxistas”— con las «opiniones bastante precisamente fijadas», con «métodos sistematizados y suficientemente elaborados»? No sólo porque sea la clandestinidad la que forjaba esas opiniones y elaboraba esos métodos, sino porque existen profundísimas causas sociales, existen condiciones económicas, existen factores que actúan con fuerza cada vez mayor a cada nueva versta de ferrocarril, a cada paso adelante del comercio, de la industria, del capitalismo en la ciudad y en el campo; factores que multiplican, fortalecen, templan y cohesionan al proletariado, ayudándole a no marchar a la zaga del habitante común, a no tambalearse como los pequeñoburgueses, a no renegar cobardemente de la clandestinidad.

Quien reflexione sobre esto comprenderá cuán enorme es el daño que causan los intentos de «fundir» en un solo partido a los elementos de vanguardia de la clase de los trabajadores asalariados y al inevitablemente vacilante e inestable campesinado pequeñoburgués.

«Prosveschenie» núm. 3, marzo de 1914.

Publicado según el texto de la revista «Prosveschenie».