Tras el ruido de las consabidas frases liberales, con demasiada frecuencia olvidamos la verdadera posición de clase de los auténticos «amos» del partido liberal. El príncipe Evgueni Trubetskói, en el número 12 de *Rússkaya Mysl*, desenmascara magníficamente esta posición, mostrando de forma palpable hasta qué punto se han aproximado ya entre nosotros los terratenientes liberales como Trubetskói y los terratenientes derechistas como Purishkévich en todas las cuestiones serias.

Una de esas cuestiones más serias es la política agraria de Stolypin. El ilustre terrateniente liberal dice de ella:

«Desde el comienzo del mandato de Stolypin como primer ministro, todas las preocupaciones gubernamentales por el campo se determinan principalmente por dos motivos: el miedo a la *pugachovschina*, que tantos desastres causó en 1905, y el afán de crear, como contrapeso a la *pugachovschina*, un nuevo tipo de campesino: acomodado y, por tanto, celoso de la propiedad, impermeable a la propaganda revolucionaria…»

Ya con la palabreja «*pugachovschina*», nuestro liberal revela su pleno acuerdo con los Purishkévich. La única diferencia es que los Purishkévich pronuncian esa palabra con ferocidad y amenazas, mientras que los Trubetskói lo hacen a lo Manílov, empalagosamente, con suavidad, con frases sobre la cultura, con repugnantes y falsas exclamaciones sobre la «nueva comunidad campesina» y la «democratización del campo», con conmovedores discursos sobre lo divino.

Gracias a la nueva política agraria, la burguesía campesina crece mucho más rápido que antes. Es indiscutible. La burguesía campesina no puede dejar de crecer bajo cualquier régimen político y bajo cualquier sistema agrario de Rusia, pues Rusia es un país capitalista, plenamente insertado en el circuito del capitalismo mundial. El principito liberal lo sabría si tuviera al menos nociones elementales sobre los «principios fundamentales del marxismo», de los que habla con infinita suficiencia y con igualmente infinita ignorancia. Pero el principito orienta todos sus esfuerzos a velar la cuestión fundamental de cómo se desarrolla el capitalismo sin Purishkévich alguno y bajo la omnipotencia de su clase. El principito se extasía con los éxitos de las cooperativas, del cultivo de pastos, del «aumento del bienestar», sin decir una sola palabra ni de la carestía de la vida, ni de la ruina masiva de los campesinos, ni de la miseria desesperada y las hambrunas, ni de las prestaciones personales, etc. «Los campesinos se aburguesan»; esto el principito lo ve y se entusiasma con ello, pero no quiere ver que se convierten en obreros asalariados en condiciones de mantenimiento de relaciones feudales y de servidumbre por deudas.

«El primer contacto de la intelectualidad —escribe— con las amplias masas campesinas se produjo ya en 1905, pero entonces tenía un carácter completamente distinto: destructivo y no constructivo. Entonces la unión se daba únicamente con el fin de destruir conjuntamente las viejas formas de vida, y por ello era superficial. El intelectual demagogo no aportaba su propio contenido independiente a la conciencia y a la vida campesinas, sino que más bien se dejaba guiar por los instintos de las masas populares, los adulaba, adaptando a ellos su programa y su táctica de partido».

¡Conocidos discursos dignos de Purishkévich! Un pequeño ejemplo: si en las 2.000 *desiatinas* de tierra de los señores Trubetskói se organizaran 80 granjas campesinas de 25 *desiatinas* cada una, eso sería «destrucción»; y si se organizan una docena o dos de granjas similares en tierras de comuneros arruinados, eso sería «construcción». ¿No es así, ilustre príncipe? ¿No adivinará usted que en el primer caso Rusia sería realmente «burgués-democrática», mientras que en el segundo seguirá siendo, durante largas décadas, la Rusia de los Purishkévich?

Pero el príncipe liberal, escondiéndose de las preguntas desagradables, asegura a los lectores que los grandes terratenientes, al vender sus tierras, desaparecerán definitivamente «pronto, muy pronto».

«Si el gobierno con sus medidas no acelera demasiado la futura revolución, cuando ésta llegue, la cuestión de la "expropiación forzosa" dejará por completo de ser una cuestión, pues ya casi no habrá nada que expropiar».

Según las últimas estadísticas del Ministerio del Interior{115}, en 1905 había 70 millones de *desiatinas* en manos de 30.000 terratenientes y una cantidad igual en manos de 10.000.000 de campesinos, ¡pero al príncipe liberal no le importa! Asegurar a los lectores que los Purishkévich desaparecerán muy «pronto» le hace falta para defender a los Purishkévich. Lo único que le interesa de verdad es que

«en el campo habrá suficientes personas interesadas en la propiedad para luchar no solo contra la propaganda *pugachov*, sino también contra cualquier propaganda socialista».

¡Gracias por la franqueza!

«¿Cuál será el resultado?», pregunta el príncipe liberal. «¿Reeducará el gobierno, con ayuda de la intelectualidad» (que va a las cooperativas, etc.), «a los campesinos transformándolos en pequeños terratenientes de buenas intenciones, o, por el contrario, será la intelectualidad, a costa de los préstamos gubernamentales, la que les dé educación?»

El príncipe espera que no ocurra ni lo uno ni lo otro. Pero esto es solo un giro de lenguaje hipócrita. En realidad, como hemos visto, apoya con toda su alma la reeducación de los campesinos para convertirlos en «pequeños terratenientes de buenas intenciones», asegurando que «la intelectualidad echa raíces en la tierra» y que para el «programa agrario demagógico» de los socialistas (contradictorio de raíz —en opinión de su ilustrísima— con los «principios fundamentales del marxismo»; ¡no se rían, lectores!) no habrá lugar.

No son sorprendentes tales puntos de vista en un terrateniente. No sorprende su indignación por el crecimiento del ateísmo ni sus discursos piadosos. Lo sorprendente es que aún haya en Rusia personas tan necias que no comprendan que, mientras tales terratenientes y tales políticos marquen la pauta en todo el partido liberal, incluido el partido kadete, es ridículo esperar que una verdadera defensa de los intereses del pueblo pueda darse «con la participación» de los liberales y los kadetes.

*Put Pravdy* n.º 13, 5 de febrero de 1914.

Se publica según el texto del periódico *Put Pravdy*.