Una de las manifestaciones más difundidas y más dolorosas de nuestra vida social es la actitud despectiva (cuando no directamente negativa) hacia el espíritu de partido.

Es propio de los solitarios en política, de los aventureros políticos, de los Manílov de la política, renegar del espíritu de partido y pronunciar enfáticas palabras acerca de la «estrechez», la «rigidez», la intolerancia de los partidos, etc., etc. En realidad, semejantes palabras no reflejan más que la ridícula y lamentable presunción o la autojustificación de intelectuales desligados de las masas y que sienten la necesidad de encubrir su propia debilidad. La política en el sentido serio de la palabra solo pueden hacerla las masas; y una masa sin partido, que no marcha detrás de un partido fuerte, es una masa dispersa, inconsciente, incapaz de firmeza y que se convierte en juguete de políticos astutos que siempre aparecen «oportunamente» desde las clases dominantes para aprovechar las ocasiones «adecuadas».

Rusia es uno de los países más pequeñoburgueses, con el menor hábito de actividad política libre. Por eso, y solo por eso, está tan difundida en nuestro país la actitud despectiva hacia el espíritu de partido. Una de las tareas del obrero consciente en Rusia (y uno de sus grandes méritos históricos) es la lucha sistemática y perseverante contra esta actitud despectiva.

He aquí uno de los más recientes ejemplos de presuntuoso apartidismo entre los intelectuales cercanos a los partidos.

Los obreros han organizado amplias colectas para sus periódicos obreros. No es difícil comprender que las masas, si disciernen conscientemente a qué periódico hay que ayudar y a qué tendencia hay que prestar apoyo, aprenden con estas colectas una política ideológica y de principios.

Los liquidacionistas, que tan a menudo resbalan hacia la política del apartidismo, lanzaron su conocida campaña en favor del reparto por igual de las colectas. Los guiaba el simple deseo de encubrir su debilidad, y en el apuro ni siquiera tuvieron tiempo de reflexionar que en la base de semejante campaña se encuentra precisamente el principio del apartidismo.

La vida los desenmascaró de inmediato. De su consigna la vida de la sociedad pequeñoburguesa rusa hizo su propia consigna: ¡por igual en general, tanto con los liquidacionistas como con los populistas!

Desenmascarados en su aventurerismo político, esos apartidistas, que renegaron del pasado marxista en aras de sueños de algo «amplio» y tan desprovisto de principios, comenzaron a dar vueltas y a hacer piruetas. G. R., en el número 24 del periódico liquidacionista, asegura que ellos no están en absoluto por la unificación con los populistas y que tal unificación la habrían «predicado sistemáticamente» los marxistas.

Es difícil imaginar una tergiversación más burda de la verdad. Si G. R. y Cía. no fueran apartidistas, no tuvieran una actitud filistea hacia la historia del pasado marxista, sabrían que solo gracias a los marxistas («pravdistas») la cuestión de la actitud de los obreros hacia los distintos partidos quedó resuelta de modo completamente oficial hace más de seis años{42}. Solo los marxistas determinaron con precisión las bases de clase de todos los grandes partidos de Rusia; los liquidacionistas jamás pudieron hacerlo. Solo los marxistas, de entre todos los partidos de Rusia, en lugar de una actitud caótica y sin principios («de caso en caso») hacia partidos aislados, elaboraron hace seis años una respuesta precisa sobre la esencia de las distintas «corrientes» y sobre la actitud hacia ellas.

La justeza de esta respuesta ha sido confirmada desde entonces por la historia de manera brillante, del modo más irrefutable.

En dicha respuesta consta de manera exacta y clara que los populistas son la democracia pequeñoburguesa, con la cual solo son admisibles «acciones conjuntas» contra la reacción y contra el liberalismo.

Ahora G. R. y Cía., asegurando que están contra la unificación con los populistas, quieren salir del paso: dicen que están por las colectas repartidas por igual entre dos periódicos cuando se trata de «descuentos masivos», ¡pero en contra cuando las colectas se hacen «entre grupos de conscientes adeptos a un mismo ideario»! (ver n.° 24 de «Nóvaya Rabóchaya Gazeta»).

En primer lugar, la vida ya ha demostrado que de vuestra propaganda del reparto por igual se desprende un plan apartidista. Es un hecho. En ese mismo n.° 24 leemos la resolución de un grupo obrero: por igual también con los populistas. ¡Como siempre, nuestros apartidistas o independientes entran por una puerta y van a dar por otra!

En segundo lugar, ¿acaso puede llamarse grupo consciente si no sabe ilustrar a las masas? ¡No, señores apartidistas! Los conscientes dirán a las masas: haced todos vuestros descuentos, uníos todos, pero procurando al mismo tiempo discernir la tendencia de los distintos periódicos.

Hacer descuentos diciendo «por igual» significa ser apartidista, inconsciente, indiferente. Hacer descuentos diciendo: «para tal o cual tendencia» significa ser consciente y participar conscientemente en una acción común.

¡G. R. tergiversa este abecé!

Resultado: G. R. y Cía., los liquidacionistas, asegurando que están contra la unificación con los populistas, de hecho continúan manteniendo la línea de la unificación apartidista con ellos, la línea del apartidismo, profundamente nociva e inadmisible para los obreros.

La democracia obrera ha rechazado repetidamente, y en adelante debe rechazar de manera resuelta, la prédica del apartidismo, que siembra el embotamiento político entre los obreros y facilita toda clase de engaños contra ellos.

«Za Pravdu» n.° 3, 4 de octubre de 1913. Firmado: Kárpov

Se imprime según el texto del periódico «Za Pravdu»