La campaña electoral representa un interés excepcional para todo político consciente porque proporciona material objetivo sobre las opiniones, los estados de ánimo y, en consecuencia, los intereses de las distintas clases de la sociedad. Las elecciones a una institución representativa pueden compararse, en este sentido, a un censo de población: las elecciones ofrecen una estadística política. Por supuesto, esta estadística puede ser buena (bajo el sufragio universal, etc.), y puede ser mala (las elecciones a nuestro, con perdón de la palabra, parlamento); por supuesto, esta estadística —como cualquier otra— hay que aprender a criticarla y a utilizarla con espíritu crítico. Por supuesto, en fin, esta estadística debe tomarse en relación con toda la estadística social en general, y, por ejemplo, la estadística de huelgas para quienes no estén contagiados de la enfermedad del cretinismo parlamentario resultará a menudo cien veces más seria y profunda que la estadística electoral.

Pero, a pesar de todas estas reservas, es indudable que las elecciones proporcionan un material objetivo. La verificación de los deseos, estados de ánimo y opiniones subjetivas mediante el recuento de los votos de las masas de la población pertenecientes a diferentes clases siempre debe ser valiosa para un político en un sentido más o menos serio de la palabra. La lucha real de los partidos ante el elector, con el recuento de los resultados, proporciona siempre un material que verifica nuestra comprensión de cuál es la correlación de fuerzas sociales en el país y cuál es el significado de unas u otras «consignas».

Desde este punto de vista intentaremos examinar los resultados de las elecciones.

En cuanto a la estadística política, lo principal que hay que decir aquí es su evidente inutilidad en su mayor parte debido a la más desvergonzada aplicación de «medidas» de la administración: «explicaciones», presiones, detenciones, deportaciones, etc., etc., sin fin. El señor Cherevanin, por ejemplo, al hacer el balance en *Nasha Zariá* núm. 9-10 basándose en los datos de unos cientos de compromisarios de diferentes curias, se ve obligado a reconocer que «sería ridículo» tomar la disminución del porcentaje de compromisarios oposicionistas (en comparación con las elecciones a la III Duma) en la segunda curia urbana y en la campesina como prueba de un giro a la derecha. La única curia en la que los Mymretsov, Jvostov, Tolmachov, Muratov y Cía. no pudieron realizar amaños es la primera curia urbana. Y ésta mostró un crecimiento del número de compromisarios «oposicionistas» del 56 % al 67 %, con una caída de los octubristas del 20 % al 12 % y de los derechistas del 24 % al 21 %.

Pero si las «explicaciones» redujeron a la nada el significado de la estadística electoral en cuanto a los compromisarios, si las clases democráticas, generalmente excluidas de las privilegiadas por los terciojunistas, experimentaron todo el encanto de estas explicaciones, la actitud del liberalismo hacia la democracia se manifestó de todos modos en las elecciones. En este punto se obtuvo, al fin y al cabo, un material objetivo que permite verificar con la experiencia de la vida lo que pensaban y decían las diferentes «corrientes» antes de las elecciones.

La cuestión de la actitud del liberalismo hacia la democracia no es en absoluto una cuestión «sólo partidista», es decir, una cuestión que sea relevante únicamente desde el punto de vista de una de las líneas estrictamente partidistas. No. Esta cuestión es la más esencial para cualquiera que aspire a la libertad política en Rusia. Esta cuestión trata precisamente de cómo alcanzar el objeto de las aspiraciones comunes de todo lo decente y honrado en Rusia.

Al comenzar la campaña electoral de 1912, los marxistas pusieron precisamente en primer plano las consignas del democratismo consecuente, en contraposición a la política obrera liberal. La verificación de estas consignas es posible de dos maneras: en primer lugar, mediante el razonamiento y la experiencia de otros países; en segundo lugar, mediante la experiencia de la campaña de 1912. Si las consignas de los marxistas son correctas o no, debe verse ahora a partir de qué tipo de relación se configuró en la práctica entre liberales y demócratas. El objetivismo de esta verificación de las consignas consiste en que no las verificamos nosotros mismos, sino las masas, y no sólo las masas en general, sino nuestros adversarios en particular.

¿Se configuraron en las elecciones y en el resultado de las elecciones las relaciones entre liberales y democracia como esperaban los marxistas? ¿O como esperaban los liberales? ¿O como esperaban los liquidacionistas?

Para desentrañar esta cuestión, recordemos primero estas «expectativas». A principios de 1912, cuando acababa de plantearse la cuestión de las elecciones, cuando los k.-d. (en su conferencia) lanzaron la bandera de la oposición única (es decir, de dos campos) y de la admisibilidad de bloques con los octubristas de izquierda, la prensa obrera planteó la cuestión de las consignas en los artículos de Martov y Dan en *Zhivóe Delo*, y de F. L—ko y otros en *Zvezdá* (núms. 11 (47) y 24 (60), así como *Zhivóe Delo* núms. 2, 3 y 8).

Martov enarbola la consigna: «expulsar a la reacción de sus posiciones en la Duma»; Dan: «arrancar la Duma de las manos de la reacción». Martov y Dan reprochaban a *Zvezdá* sus amenazas a los liberales y su afán de extorsionar puestos en la Duma a los liberales.

Se perfilaron claramente tres posiciones:

1) Los k.-d., por la oposición única (es decir, por 2 campos) y por admitir bloques con los octubristas de izquierda.

2) Los liquidacionistas, por la consigna de «arrancar la Duma de las manos de la reacción», facilitar a los k.-d. y a los progresistas el «acceso al poder» (Martov en el núm. 2 de *Zhivóe Delo*). No extorsionar puestos a los liberales para los demócratas.

3) Los marxistas, contra la consigna de «arrancar la Duma de las manos de la reacción», pues eso significa arrancar al terrateniente de las manos de la reacción. «Nuestra tarea práctica en las elecciones no consiste en absoluto en "expulsar a la reacción de sus posiciones en la Duma", sino en fortalecer la democracia en general, y la obrera en particular» (F. L—ko en el núm. 11 (47) de *Zvezdá*)[43]. A los liberales hay que amenazarlos, extorsionarles puestos, ir a la lucha contra ellos sin temer la intimidación con los gritos sobre el peligro ultrarreaccionario (él mismo en el núm. 24 (60)[44]). Los liberales «acceden al poder» sólo cuando triunfa la democracia a pesar de las vacilaciones del liberalismo.

La divergencia entre marxistas y liquidacionistas es sumamente profunda e irreconciliable, por más fácil que a diversos bonachones les parezca la conciliación verbal de lo irreconciliable. «Arrancar la Duma de las manos de la reacción» es todo un círculo de ideas, todo un sistema político, que objetivamente significa entregar la hegemonía a los liberales. «Arrancar la democracia de las manos de los liberales» es el sistema político opuesto, que se basa en que sólo una democracia que haya salido de la dependencia de los liberales es capaz de socavar realmente a la reacción.

Vean, pues, lo que resultó en la práctica del combate sobre el que tanto se discutió y opinó antes de su comienzo.

Tomemos como testigo que determina los resultados del combate al señor V. Levitski, de *Nasha Zariá* (núm. 9-10); seguramente, a este testigo nadie lo sospechará de parcialidad hacia la línea de *Zvezdá* y *Pravda*.

He aquí cómo este testigo determina los resultados del combate en la segunda curia urbana —como es sabido, la única curia en la que hubo al menos un remoto símil de elecciones «europeas» y en la que hay, aunque sea la más mínima posibilidad de hacer un balance de los «encuentros» entre el liberalismo y la democracia.

El testigo ha contado 63 intervenciones socialdemócratas, de las cuales en 5 casos hubo una renuncia forzosa a la candidatura, en 5 un acuerdo con otros partidos y 53 intervenciones independientes. De estos 53 casos: 4 en las 4 grandes ciudades y 49 en la elección de compromisarios.

De estos 49 casos, en 9 se desconoce con quién lucharon los socialdemócratas; en 3 casos, con los derechistas (en los 3, victoria socialdemócrata); en 1 caso, con los trudoviques (victoria socialdemócrata); en los 36 casos restantes, con los liberales (21 victorias socialdemócratas; 15 derrotas).

Destacando a los liberales rusos, obtenemos 21 casos de lucha de los socialdemócratas con ellos. He aquí los resultados:

* Progresistas y k.-d. conjuntamente con progresistas o trudoviques.

Así pues, el principal adversario de los socialdemócratas fueron los liberales (36 casos contra 3); las principales derrotas a los socialdemócratas se las infligieron los kadetes.

Además, de los 5 casos de acuerdos, en dos hubo un acuerdo general de la oposición contra los derechistas; en tres, «puede hablarse de un bloque de izquierda contra los k.-d.» (bastardilla mía; pág. 98 de *Nasha Zariá* núm. 9-10). Así pues, el número de acuerdos es menor que 1/10 del número de casos de intervenciones en general. De los acuerdos, el 60 % son acuerdos contra los k.-d.

Finalmente, en las cuatro grandes ciudades los resultados son los siguientes:

Así pues, en las cuatro grandes ciudades los socialdemócratas luchan contra los kadetes, y en 1 caso los k.-d. vencen en la segunda votación con ayuda de los octubristas (considerando como tal al candidato del «partido constitucional báltico»).

Conclusiones del propio testigo:

«El monopolio kadete de la representación de la democracia urbana llega a su fin. La tarea inmediata de los socialdemócratas en esta esfera es arrebatar al liberalismo la representación en las 5 ciudades con representación independiente. Las premisas "psicológicas" (??) "e históricas" (¿y las económicas?) para esto —el "izquierdismo" del elector democrático, el fracaso de la política k.-d. y el nuevo despertar de la actuación independiente del proletariado— ya existen» (*Nasha Zariá*, rev. cit., pág. 97).