La prensa nacionalista armó un escándalo terrible a propósito del «caso» de Alejin. ¡Por favor! ¡Los austríacos han ofendido a Rusia, han arrestado sin culpa alguna a un ingeniero ruso bajo sospecha de espionaje, han vejado al detenido! No terminaban los exabruptos «patrióticos» contra Austria.

Y he aquí que ahora se ha revelado toda la mecánica –una mecánica nada complicada, vieja, conocida desde hace tiempo– de este asunto. El señor Alejin fue víctima del «colaborador» de la policía austríaca Weismann, quien por 2000 coronas (800 rublos) al mes acechaba a los espías rusos en Austria.

El ingeniero ruso, que no entendía alemán –y, evidentemente, además de eso, era semisalvaje–, cayó ingenuamente en el anzuelo del provocador, que lo llevaba a inspeccionar arsenales.

«Nóvoe Vremia» y otros periódicos nuestros de orientación centurianegrista y gubernamental defienden a capa y espada a los Azev rusos. Pero cuando un Azev resultó estar al servicio de Austria, los rusos bienintencionados ardieron de «honesta» indignación.

Pero resultó, además, que Weismann es un antiguo espía y provocador ruso. La carrera de este Weismann es de lo más instructiva.

Su padre era dueño de un prostíbulo. El hijo, después de semejante preparación, se convirtió en espía ruso en Austria, en Viena, vigilando además a los emigrados políticos rusos. De 1901 a 1905, Weismann sirvió así a la policía rusa, siendo al mismo tiempo espía militar y político.

Luego Weismann se peleó con la policía rusa y pasó al servicio de la policía austríaca.

Muy sencillo.

El pobre Alejin resultó víctima de un antiguo espía ruso. ¡Cómo no iban a indignarse los lacayunos periódicos rusos por esta «perfidia» de Austria!