Hace tiempo que se ha señalado y es generalmente reconocido que el año 1912 representa un fenómeno excepcional en el desarrollo de la lucha huelguística. Pero no todos han comprendido ni valorado correctamente este fenómeno. Tomemos los datos sobre las huelgas políticas de los primeros 11 meses del año. Obtenemos:

El número de huelguistas políticos en los primeros 9 meses se determinó, según los cálculos más prudentes, en 700 mil personas. Las huelgas con motivo de la explicación de los comisionados en Petersburgo{161} abarcaron hasta 50 mil obreros; la huelga de protesta contra las ejecuciones de Sebastopol y la huelga del 15 de noviembre, día de la apertura de la Duma, abarcaron, según datos de la Sociedad de Fabricantes de Moscú, a 188 mil personas. Estos son datos hasta el 20 de noviembre. Está claro que 900 mil es una cifra mínima. Incluso restando 100 mil de las que difícilmente pueden compararse con las de 1905-1907 (fábricas fuera del control de la inspección fabril), tenemos 800 mil.

En todo caso, el movimiento ha superado indiscutiblemente a los de 1906 y 1907, ¡y se ha quedado poco por detrás del de 1905!

¿Qué significa esto?

La envergadura nacional del movimiento en el momento actual es, por supuesto, mucho más débil que en 1905. Por consiguiente, el comienzo del auge revolucionario es inconmensurablemente más alto ahora de lo que era antes de la primera revolución. Por consiguiente, la inminente segunda revolución revela ya ahora una reserva mucho mayor de energía revolucionaria en el proletariado. Ha aumentado el número del proletariado, como mínimo en un 20 por ciento. Ha aumentado la concentración del proletariado. Se ha fortalecido la base de apoyo fundamental, puramente proletaria, del movimiento en virtud de la acelerada liberación de los vínculos con la tierra. Ha crecido en proporciones enormes, que no se pueden calcular, la masa de la población proletaria y semiproletaria en la industria «artesanal», en los oficios y en la agricultura.

Por último, han crecido la conciencia, la experiencia y la decisión de la clase democrática avanzada. Todos están de acuerdo con esto, pero no todos se deciden a pensar hasta el final lo que de ello se desprende. No todos se deciden a mirar la verdad a la cara y a reconocer que estamos ante huelgas revolucionarias de masas, ante el comienzo de un auge revolucionario.

Lo señala, ante todo, el hecho fundamental, el más objetivo y el que menos admite interpretaciones subjetivas: las dimensiones del movimiento. En ningún país del mundo, fuera de las condiciones de una situación social revolucionaria, se podría haber levantado a centenares de miles de obreros varias veces al año para acciones políticas por los motivos más diversos. Y entre nosotros este auge se desarrolla de modo espontáneo, se desarrolla porque decenas de millones de población semiproletaria y del campesinado transmiten, si puede expresarse así, a su vanguardia un estado de ánimo de indignación concentrada, que hierve a borbotones y se desborda.

La huelga revolucionaria de los obreros rusos en 1912 tiene, en el pleno sentido de la palabra, un carácter nacional. Pues por movimiento nacional no hay que entender en absoluto un movimiento con el que, en las condiciones de la revolución democrático-burguesa, sea solidaria toda la burguesía, aunque sea la burguesía liberal. Así lo ven solo los oportunistas. No. Es nacional aquel movimiento que expresa las necesidades objetivas de todo el país, dirigiendo sus duros golpes contra las fuerzas centrales del enemigo que impide el desarrollo del país. Es nacional aquel movimiento que es apoyado por la simpatía de la inmensa mayoría de la población.

Precisamente así es el movimiento político obrero del año en curso, apoyado por la simpatía de todos los trabajadores y explotados, de toda la democracia, por débil, oprimida, dispersa e impotente que esta sea. Una delimitación más definida entre el liberalismo y la democracia (lograda no sin lucha contra quienes soñaban con «arrancar la Duma de las manos de la reacción») es una enorme ventaja del nuevo movimiento. Para tener éxito, la revolución debe saber con la mayor precisión posible con quién se puede ir al combate, quién es un aliado inseguro, dónde está el verdadero enemigo.

He aquí por qué es tan grande la importancia de las manifestaciones directas de los liberales (kadetes) contra la nueva revolución. He aquí por qué una importancia absolutamente excepcional (en comparación con Europa) tiene precisamente ahora en Rusia la consigna de la república, que limpia la conciencia de la democracia que quiere luchar de aquellas ilusiones monárquicas (también «constitucionales») que tanto debilitaban la embestida de 1905. En el proceso de maduración de la nueva revolución en Rusia tienen un significado histórico dos momentos: primero, las huelgas de abril-mayo, cuando los obreros de Petersburgo —incluso a pesar de la detención de su organización dirigente, el PK— lanzaron la consigna de la república, la jornada laboral de 8 horas y la confiscación de las tierras. Segundo, las huelgas y manifestaciones de noviembre (véanse las cartas de Riga y Moscú{162}; en Petersburgo ocurrió lo mismo, pero las detenciones barrieron a nuestros corresponsales). La consigna de estas manifestaciones no fue solo «¡abajo la pena de muerte!, ¡abajo la guerra!», sino también «¡viva la clase obrera revolucionaria y el ejército revolucionario!».

En las calles de Petersburgo, Riga, Moscú, el proletariado tendió la mano a los vanguardistas del ejército campesino, que se alzaron heroicamente contra la monarquía.

La burguesía liberal está contra la nueva revolución, contra la huelga revolucionaria de masas. Pero los liberales no están en absoluto contra las huelgas políticas en general, si estas testimonian solo una «animación» y apoyan únicamente la consigna liberal de reformas constitucionales. Y objetivamente, independientemente de sus «buenos» deseos, simples servidores de la burguesía contrarrevolucionaria son nuestros liquidadores, que ambos momentos históricos del auge ¡los señalaron con «intervenciones»… contra las huelgas revolucionarias! En el nº 1 de «Nevski Gólos», el 20 de mayo de 1912, el inolvidable e incomparable V. Ezhov se alzó contra la «complicación» de las huelgas económicas con las políticas y viceversa, contra su «perjudicial mezcla» (compárese «Sotsial-Demokrat» nº 27, pág. 4[36]).

En noviembre de 1912, el liquidacionista «Luch» también empuñó las armas contra las huelgas. A los desatentos trató luego de desviarlos «hacia una pista falsa», remitiéndose a que también la fracción socialdemócrata había estado contra la huelga del 15 de noviembre. Pero quien ahonda un poco en el sentido del acontecimiento ve fácilmente la falsificación de «Luch».

Efectivamente, tanto la fracción socialdemócrata como el PK consideraron inoportuna la huelga del 15 de noviembre. Advirtieron contra esta huelga en este día. El deber de la prensa obrera era informar de ello. Y tanto «Luch» como «Pravda» lo hicieron.

Pero «Luch» no hizo solo esto.

Después del acontecimiento del 15 de noviembre (cuando con mayor ahínco fue a la huelga precisamente el distrito de Výborg, que hasta entonces había estado más vinculado a los mencheviques), después de que el movimiento creciera hasta convertirse en una manifestación, el sapientísimo «Luch» salió con artículos (el editorial y otro a continuación del editorial del 17 de noviembre, y un folletín del 21 de noviembre) con gritos contra el «peligroso derroche de fuerzas», con afirmaciones de que «por su frecuente aplicación, las huelgas dejarán de suscitar simpatía», con la consigna: «busquemos otro camino», «¡con estallidos (!?!) no se consigue nada!», con lamentos contra el «jugar a las huelgas».

He aquí qué «filosofía» la suya, señores liquidadores, conocida desde hace tiempo por los obreros de Petersburgo tanto por «Nevski Gólos» como por los discursos de los miembros de su «grupo de iniciativa», que ha despertado el legítimo odio y desprecio hacia ustedes por parte de los obreros de Petersburgo. Una huelga aislada puede fracasar o tener lugar en un momento inoportuno. ¡Pero hablar de «jugar a las huelgas» ante uno de los movimientos más grandes del mundo, que ha puesto en pie a casi un millón de proletarios, solo es permisible a los liberales y a los contrarrevolucionarios!

Las huelgas frecuentes pueden agotar a los obreros. Es muy posible que entonces haya que llamar a huelgas más cortas, a manifestaciones más preparadas. ¡Pero el acontecimiento del 15 de noviembre es precisamente notable por un nuevo paso adelante del movimiento de manifestaciones!

En lugar de reconocer honradamente su error (pues se equivocaron claramente respecto al significado del 15 de noviembre), ustedes, liquidadores, se pusieron, con aire de los liberales más insolentes, a hablar del «analfabetismo político» de la proclama revolucionaria, ¡ustedes, que repiten el abc de la política liberal!

Que los obreros juzguen lo que valen los discursos aduladores de los liquidadores sobre su «unidad» con el partido, ¡cuando en la época del surgimiento y desarrollo de huelgas y manifestaciones revolucionarias emprenden la lucha contra ellas, señalando con insultos en la prensa legal las proclamas ilegales!

Hay, por lo demás, una causa más profunda de la campaña de los liquidadores contra las huelgas. Los liquidadores son esclavos de los liberales. Y a los liberales ciertamente les ha inquietado la persistencia de las huelgas revolucionarias. Empezó a refunfuñar e incluso a enfurecerse el fabricante «progresista». A los Miliukov les dio miedo por la tranquilidad de su «bloque» con Rodzianko.

La política liquidacionista sirve para subordinar a los obreros a los liberales. La política marxista eleva a los obreros hasta el papel de dirigentes del campesinado. De esto no se puede hablar legalmente, señores liquidadores, pero deben pensar y hablar de ello quienes quieren ser socialdemócratas revolucionarios.

En la Europa libre y constitucional, la huelga política sirve por ahora (mientras no ha comenzado aún la revolución socialista) para la lucha por reformas aisladas. En la Rusia esclava, asiática, zarista, que se acerca a la siguiente revolución democrático-burguesa, ¡la huelga política es el único medio serio para conmover, agitar, sacudir, levantar a la lucha revolucionaria al campesinado y a la mejor parte del ejército campesino! Ha pasado ya, por fortuna para Rusia, el tiempo en que no había quien «fuera al pueblo», excepto heroicos solitarios populistas. Está pasando el tiempo en que los terroristas solitarios podían hablar de «excitar» al pueblo con el terror. Rusia ha avanzado desde aquellos tiempos tristes. El proletariado revolucionario en el año cinco se encontró con otro «camino hacia el pueblo», otro medio para arrastrar al movimiento a las masas.

Este medio es la huelga revolucionaria, persistente, que se traslada de un lugar a otro, de un extremo a otro del país, huelga reiterada, huelga que levanta a los atrasados a una nueva vida mediante la lucha por mejoras económicas, huelga que estigmatiza y flagela todo acto relevante de violencia, arbitrariedad y crimen del zarismo, huelga-manifestación que despliega la bandera roja en las calles de las capitales, que lleva discursos revolucionarios y consignas revolucionarias a la multitud, a la masa popular.

Una huelga así no puede ser provocada artificialmente, pero tampoco puede ser detenida cuando ha comenzado a abarcar a centenares y centenares de miles.

Que el liberal, enternecido porque lo han sentado en un sillón junto al «mismísimo» Rodzianko, diga a los obreros: «¡Hermanitos! No necesitamos estallidos, buscad otro camino, ocupaos del movimiento sindical pacífico, preparaos seriamente para un partido abierto europeo, no amotinéis al mujik, no derrochéis energía en huelgas, de lo contrario, "nosotros" dejaremos de simpatizar con vosotros!».

Los obreros sabrán valorar tales discursos y reconocerlos incluso bajo el ropaje de expresiones «casi marxistas» de cualquier escritor de «Luch».

Los obreros dirigirán toda su atención a apoyar, fortalecer, desarrollar y consolidar conscientemente la huelga revolucionaria que crece espontáneamente, para preparar la insurrección del campesinado y del ejército. Si las huelgas agotan a los obreros, hay que realizarlas de forma intercalada, dando descanso a unos y levantando a la lucha a las fuerzas descansadas o «frescas». Hay que organizar huelgas más cortas. Hay que sustituir a veces las huelgas por manifestaciones. Pero lo más importante es que las huelgas, los mítines y las manifestaciones se sucedan ininterrumpidamente, que todo el campesinado y todo el ejército se enteren de la lucha tenaz de los obreros, que la aldea, incluso la más remota, vea que en las ciudades hay inquietud, que «los suyos» se han alzado, que luchan a vida o muerte, que luchan por una vida mejor, por un salario más alto, por el cese de los desmanes y la arbitrariedad del poder, por la entrega de las tierras de los terratenientes a los campesinos, por el derrocamiento de la monarquía terrateniente del zar, por la república. Es necesario que el sordo rencor y el refunfuño contenido de la aldea, junto con la indignación del cuartel, encuentren su centro de atracción en la huelga revolucionaria de los obreros. Hay que trabajar en esto sin descanso, y veremos el día en que el proletariado, junto con el campesinado y el ejército, derribe a los terratenientes, derroque la monarquía zarista mediante la insurrección popular.

P. D. «Luch» progresa: tras el franco V. A. (nº 56), el diplomático F. D. (nº 65). Pero, a pesar de la «diplomacia», el sentido de los discursos de F. D. es el mismo: ¡contra la huelga revolucionaria! Tenemos ante nosotros a un liberal de pura cepa, que ni por asomo piensa que las huelgas despiertan a los campesinos, los conducen a la insurrección, desarrollan la agitación revolucionaria en las masas, despiertan al ejército, que de las huelgas (en la medida en que agotan) hay que pasar a las manifestaciones callejeras, etc.

Las triviales frases liberales de F. D. sobre «la lucha por el derecho de organización» como «tarea inmediata» —¡una reforma constitucional «en el orden del día» bajo Treshchenka!— no son más que el único encubrimiento de la lucha de «Luch» contra las huelgas revolucionarias. ¡Se quedan cortos, señores liquidadores!

«Sotsial-Demokrat», nº 30, 12 (25) de enero de 1913.

Se publica según el texto del periódico «Sotsial-Demokrat».