Como ve el lector, el artículo en «Sévernaia Pravda» pone de relieve, con un ejemplo, precisamente la cuestión de la lengua nacional, la inconsecuencia y el oportunismo de la burguesía liberal, que en la cuestión nacional tiende la mano a los terratenientes feudales y a los policías. Todo el mundo comprende que, además de la cuestión de la lengua nacional, la burguesía liberal actúa de manera igualmente traicionera, hipócrita y estúpida (incluso desde el punto de vista de los intereses del liberalismo) en toda una serie de otras cuestiones similares.

¿Cuál es la conclusión? La conclusión es que todo nacionalismo liberal-burgués acarrea una grandísima corrupción en el medio obrero, causa un grandísimo perjuicio a la causa de la libertad y a la causa de la lucha de clases proletaria. Ello es tanto más peligroso cuanto que la tendencia burguesa (y burgués-feudal) se encubre con la consigna de la «cultura nacional». En nombre de la cultura nacional — gran rusa, polaca, judía, ucraniana, etc. — las centurias negras y los clericales, y después también la burguesía de todas las naciones, llevan a cabo sus sucios manejos reaccionarios.

Tal es el hecho de la vida nacional contemporánea, si se la mira desde el punto de vista marxista, es decir, desde el punto de vista de la lucha de clases, si se comparan las consignas con los intereses y la política de las clases, y no con vacíos «principios generales», declamaciones y frases.

La consigna de la cultura nacional es un engaño burgués (y a menudo también de las centurias negras y clerical). Nuestra consigna es la cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial.

Aquí el bundista Sr. Liebmann se lanza al combate y me aplasta con la siguiente diatriba demoledora:

«Todo aquel que esté un poco familiarizado con la cuestión nacional sabe que la cultura internacional no es una cultura innacional[17] (cultura sin forma nacional); una cultura innacional, que no debe ser ni rusa, ni judía, ni polaca, sino solo cultura pura, es un absurdo; las ideas internacionales precisamente pueden llegar a ser cercanas a la clase obrera solo cuando están adaptadas a la lengua que habla el obrero y a las condiciones nacionales concretas en que vive; el obrero no debe ser indiferente a la situación y al desarrollo de su cultura nacional, porque a través de ella, y solo a través de ella, tiene la posibilidad de participar en la “cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial”. Esto se sabe desde hace mucho, pero de todo eso V. I. no quiere saber nada…»

Meditad sobre este típico razonamiento bundista, que, como veis, está destinado a destruir la tesis marxista que yo he expuesto. Con un aire de suma seguridad en sí mismo, como persona «familiarizada con la cuestión nacional», el bundista nos presenta los habituales puntos de vista burgueses como verdades «sabidas desde hace mucho tiempo».

Sí, la cultura internacional no es no-nacional, querido bundista. Nadie ha dicho eso. Nadie ha proclamado una cultura «pura», ni polaca, ni judía, ni rusa, etc., de modo que vuestro vano cúmulo de palabras no es más que un intento de desviar la atención del lector y cubrir la esencia del asunto con el sonido de las palabras.

En cada cultura nacional hay, aunque no estén desarrollados, elementos de cultura democrática y socialista, pues en cada nación hay una masa trabajadora y explotada, cuyas condiciones de vida engendran inevitablemente una ideología democrática y socialista. Pero en cada nación hay también una cultura burguesa (y en la mayoría, además, centurianegrista y clerical), y no solo en forma de «elementos», sino como cultura dominante. Por eso la «cultura nacional» en general es la cultura de los terratenientes, de los popes, de la burguesía. Esta verdad fundamental, elemental para un marxista, el bundista la ha dejado en la sombra, la ha «disimulado» con su cúmulo de palabras, es decir, en realidad, en lugar de revelar y explicar el abismo de clase, ha oscurecido éste al lector. De hecho, el bundista ha actuado como un burgués, cuyo interés exige difundir la fe en una cultura nacional por encima de las clases.

Al plantear la consigna de la «cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial», tomamos de cada cultura nacional solo sus elementos democráticos y socialistas, y los tomamos exclusiva e incondicionalmente como contrapeso a la cultura burguesa, al nacionalismo burgués de cada nación. Ni un solo demócrata, y menos aún un solo marxista, niega la igualdad de derechos de las lenguas o la necesidad de polemizar en la lengua materna con la burguesía «autóctona», de propagar ideas anticlericales o antiburguesas entre el campesinado «autóctono» y entre la pequeña burguesía: esto no hay ni que decirlo; con estas verdades indiscutibles el bundista encubre lo discutible, es decir, aquello en lo que consiste realmente la cuestión.

La cuestión es si es admisible para los marxistas plantear, directa o indirectamente, la consigna de la cultura nacional, o si es obligatorio predicar contra ella en todas las lenguas, «adaptándose» a todas las particularidades locales y nacionales, la consigna del internacionalismo de los obreros.

El significado de la consigna de la «cultura nacional» no se determina por la promesa o la buena intención de un intelectualillo cualquiera de «interpretar» esa consigna «en el sentido de hacer pasar a través de ella la cultura internacional». El verlo así sería un subjetivismo pueril. El significado de la consigna de la cultura nacional se determina por la relación objetiva de todas las clases del país en cuestión y de todos los países del mundo. La cultura nacional de la burguesía es un hecho (a este respecto, repito, la burguesía en todas partes pacta con los terratenientes y los popes). El nacionalismo burgués militante, que embrutece, engaña y separa a los obreros, para llevarlos a remolque de la burguesía, tal es el hecho fundamental de la época contemporánea.

Quien quiera servir al proletariado debe unir a los obreros de todas las naciones, luchando de manera inconmovible contra el nacionalismo burgués, tanto el «propio» como el ajeno. Quien defiende la consigna de la cultura nacional, tiene su lugar entre los pequeño-burgueses nacionalistas, y no entre los marxistas.

Tomad un ejemplo concreto. ¿Puede un marxista gran ruso aceptar la consigna de la cultura nacional gran rusa? No. A un hombre así hay que colocarlo entre los nacionalistas, no entre los marxistas. Nuestra tarea es luchar contra la cultura nacional dominante, centurianegrista y burguesa de los grandes rusos, desarrollando exclusivamente con espíritu internacional y en la más estrecha unión con los obreros de otros países, los gérmenes que existen también en nuestra historia del movimiento democrático y obrero. Luchar contra nuestros grandes rusos terratenientes y burgueses, contra su «cultura», en nombre del internacionalismo, luchar «adaptándose» a las particularidades de los Purishkiévich y los Struve, tal es tu tarea, y no predicar ni admitir la consigna de la cultura nacional.

Lo mismo se refiere a la nación más oprimida y perseguida, la judía. La cultura nacional judía es la consigna de los rabinos y de los burgueses, la consigna de nuestros enemigos. Pero hay otros elementos en la cultura judía y en toda la historia del judaísmo. De los 10½ millones de judíos en todo el mundo, algo más de la mitad vive en Galitzia y en Rusia, países atrasados y semisalvajes, que mantienen a los judíos por la violencia en una situación de casta. La otra mitad vive en el mundo civilizado, y allí no existe el aislamiento de casta de los judíos. Allí se han manifestado claramente los grandes rasgos progresivos y universales de la cultura judía: su internacionalismo, su sensibilidad hacia los movimientos de vanguardia de la época (el porcentaje de judíos en los movimientos democráticos y proletarios es en todas partes superior al porcentaje de judíos en la población en general).

Quien directa o indirectamente plantea la consigna de la «cultura nacional» judía, es (cualesquiera que sean sus buenas intenciones) enemigo del proletariado, partidario de lo viejo y de lo propio de la casta en el judaísmo, cómplice de los rabinos y de los burgueses. Por el contrario, aquellos marxistas judíos que se funden en organizaciones marxistas internacionales con obreros rusos, lituanos, ucranianos, etc., aportando su contribución (tanto en ruso como en yiddish) a la creación de la cultura internacional del movimiento obrero, esos judíos —en contra del separatismo del Bund— continúan las mejores tradiciones del judaísmo, luchando contra la consigna de la «cultura nacional».

El nacionalismo burgués y el internacionalismo proletario son dos consignas irreconciliablemente hostiles, que corresponden a los dos grandes campos de clase de todo el mundo capitalista y que expresan dos políticas (más aún: dos concepciones del mundo) en la cuestión nacional. Al defender la consigna de la cultura nacional, construyendo sobre ella todo un plan y un programa práctico de la llamada «autonomía cultural-nacional», los bundistas actúan de hecho como portadores del nacionalismo burgués en el medio obrero.