Escrito en octubre–diciembre de 1913. Publicado en noviembre–diciembre de 1913 en la revista *Prosveschenie*, núms. 10, 11 y 12. Firmado: V. Illich. Se publica según el texto de la revista.

Es evidente que la cuestión nacional ha pasado a ocupar ahora un lugar destacado entre los problemas de la vida social de Rusia. Tanto el nacionalismo militante de la reacción, como el paso del liberalismo burgués contrarrevolucionario al nacionalismo (sobre todo al gran ruso, y después también al polaco, al judío, al ucraniano y otros), y, en fin, el recrudecimiento de las vacilaciones nacionalistas entre diversos socialdemócratas «nacionales» (es decir, no gran rusos), que han llegado incluso a violar el programa del partido, todo ello nos obliga, sin duda alguna, a prestar más atención que antes a la cuestión nacional.

El presente artículo persigue un objetivo especial: examinar, en su conexión general, precisamente estas vacilaciones programáticas de los marxistas y seudomarxistas respecto a la cuestión nacional. En el núm. 29 de *Sévernaya Pravda* (del 5 de septiembre de 1913, «Liberales y demócratas en la cuestión de las lenguas»)[16] tuve ocasión de hablar del oportunismo de los liberales en la cuestión nacional; el periódico judío oportunista *Tsait*{52} se lanzó a criticar este artículo mío en un trabajo del señor F. Liebman. Por otra parte, el oportunista ucraniano señor Lev Yurkévich (*Dzvin*{53}, 1913, núms. 7–8) salió a criticar el programa de los marxistas rusos sobre la cuestión nacional. Ambos escritores han rozado tantos problemas que, para responderles, hay que tocar los más diversos aspectos de nuestro tema. Y me parece que lo más conveniente será empezar por reproducir el artículo de *Sévernaya Pravda*.

1. Liberales y demócratas en la cuestión de las lenguas

En varias ocasiones, los periódicos han señalado la memoria del virrey del Cáucaso, que se distingue no por el espíritu de las Centurias Negras, sino por un tímido «liberalismo». Entre otras cosas, el virrey se pronuncia contra la rusificación artificial, es decir, contra la conversión forzosa de los pueblos no rusos en rusos. En el Cáucaso, los representantes de los pueblos no rusos mismos se esfuerzan por enseñar a sus hijos el ruso, por ejemplo en las escuelas parroquiales armenias, donde la enseñanza del idioma ruso no es obligatoria.

Señalando este hecho, uno de los periódicos liberales de mayor difusión en Rusia, *Rússkoe Slovo*{54} (núm. 198), extrae la justa conclusión de que la actitud hostil hacia el idioma ruso en Rusia «proviene exclusivamente» de la implantación «artificial» (habría que decir: forzosa) del idioma ruso.

«No hay por qué preocuparse del destino del idioma ruso. Él mismo se conquistará el reconocimiento en toda Rusia», escribe el periódico. Y esto es justo, pues las necesidades del intercambio económico siempre obligarán a las nacionalidades que viven en un mismo Estado (mientras quieran vivir juntas) a estudiar la lengua de la mayoría. Cuanto más democrático sea el régimen de Rusia, con tanta mayor fuerza, rapidez y amplitud se desarrollará el capitalismo, y con tanta mayor insistencia las necesidades del intercambio económico empujarán a las diferentes nacionalidades a estudiar la lengua más cómoda para las relaciones comerciales comunes.

Pero el periódico liberal se apresura a contradecirse y a demostrar su inconsecuencia liberal.

«Difícilmente –escribe–, incluso entre los adversarios de la rusificación, habrá quien se oponga a que en un Estado tan inmenso como Rusia deba existir una lengua estatal común y a que esa lengua… sólo pueda ser el ruso».

¡Lógica al revés! La pequeña Suiza no pierde, sino que gana, por el hecho de no tener una sola lengua estatal común, sino tres: alemán, francés e italiano. En Suiza, el 70 % de la población son alemanes (en Rusia, un 43 % de gran rusos), el 22 %, franceses (en Rusia, un 17 % de ucranianos), el 7 %, italianos (en Rusia, un 6 % de polacos y un 4,5 % de bielorrusos). Si los italianos en Suiza hablan a menudo en francés en el parlamento común, no lo hacen bajo la férula de una ley policíaca bárbara (en Suiza no existe tal cosa), sino simplemente porque los ciudadanos civilizados de un Estado democrático prefieren por sí mismos una lengua comprensible para la mayoría. La lengua francesa no inspira odio a los italianos, pues es la lengua de una nación libre y civilizada, una lengua no impuesta mediante repugnantes medidas policíacas.

¿Por qué, entonces, la «inmensa» Rusia, mucho más abigarrada y terriblemente atrasada, ha de frenar su desarrollo conservando un privilegio cualquiera para una de las lenguas? ¿No debería ser al revés, señores liberales? Si Rusia quiere alcanzar a Europa, ¿no debería acabar con todos y cada uno de los privilegios lo más rápidamente, lo más plenamente y con la mayor decisión posible?

Si desaparecieran todos los privilegios, si cesara la imposición de una de las lenguas, todos los eslavos aprenderían fácil y rápidamente a entenderse unos a otros y no se asustarían ante la «terrible» idea de que en el parlamento común resonaran discursos en lenguas diferentes. Y las propias necesidades del intercambio económico determinarían por sí mismas la lengua del país dado cuyo conocimiento es ventajoso para la mayoría en interés de las relaciones comerciales. Y esta determinación sería tanto más firme por ser adoptada voluntariamente por la población de las diversas naciones, tanto más rápida y amplia cuanto más consecuente fuera el democratismo y, en virtud de ello, más rápido fuera el desarrollo del capitalismo.

Los liberales abordan la cuestión de las lenguas, como todos los problemas políticos, como mercachifles hipócritas que tienden una mano (abiertamente) a la democracia y la otra mano (a la espalda) a los señores feudales y a los policías. ¡Estamos contra los privilegios! –grita el liberal, mientras a la espalda regatea con los señores feudales ya uno, ya otro privilegio.

Así es todo nacionalismo liberal-burgués, no sólo el gran ruso (que es el peor de todos, debido a su carácter violento y a su parentesco con los señores Purishkévich), sino también el polaco, el judío, el ucraniano, el georgiano y cualquier otro. La burguesía de todas las naciones, tanto en Austria como en Rusia, bajo la consigna de la «cultura nacional», lleva a la práctica la división de los obreros, la debilitación de la democracia, las transacciones mercantiles con los señores feudales para vender los derechos del pueblo y la libertad popular.

La consigna de la democracia obrera no es la «cultura nacional», sino la cultura internacional del democratismo y del movimiento obrero mundial. Que la burguesía engañe al pueblo con toda clase de programas nacionales «positivos». El obrero consciente le responderá: hay una sola solución de la cuestión nacional (en la medida en que, en general, sea posible resolverla en el mundo del capitalismo, mundo de lucro, de disputas y de explotación), y esa solución es el democratismo consecuente.

Pruebas: Suiza, en Europa Occidental, país de cultura vieja, y Finlandia, en Europa Oriental, país de cultura joven.

El programa nacional de la democracia obrera: absolutamente ningún privilegio para ninguna nación ni para ningún idioma; la solución de la cuestión del derecho político de autodeterminación de las naciones, es decir, de su separación estatal, por una vía plenamente libre y democrática; la promulgación de una ley estatal general en virtud de la cual cualquier medida (de los zemstvos, de las ciudades, de las comunas, etc., etc.) que establezca un privilegio para una de las naciones, que vulnere la igualdad de derechos de las naciones o los derechos de una minoría nacional, sea declarada ilegal y nula, y cualquier ciudadano del Estado tenga derecho a exigir la anulación de dicha medida, como anticonstitucional, y la sanción penal de quienes intentaran ponerla en práctica.

A la lucha nacionalista de los distintos partidos burgueses en torno a las cuestiones de la lengua, etc., la democracia obrera contrapone la reivindicación de la unidad incondicional y de la fusión completa de los obreros de todas las nacionalidades en todas las organizaciones obreras, sindicales, cooperativas, de consumo, culturales y de todo tipo, en contraposición a cualquier nacionalismo burgués. Sólo esa unidad y esa fusión pueden defender la democracia, defender los intereses de los obreros contra el capital –que ya se ha vuelto internacional y lo es cada día más–, y defender los intereses del desarrollo de la humanidad hacia un nuevo régimen de vida, ajeno a todo privilegio y a toda explotación.

2. «Cultura nacional»

Como ve el lector, el artículo en Sévernaya Pravda explica, a través de un ejemplo —la cuestión de la lengua oficial común—, la inconsecuencia y el oportunismo de la burguesía liberal, que en el problema nacional tiende la mano a los señores feudales y a los policías. Cualquiera comprende que, además de la cuestión de la lengua oficial común, la burguesía liberal actúa de manera igualmente traicionera, hipócrita y estúpida (incluso desde el punto de vista de los intereses del liberalismo) en toda una serie de otros problemas similares.

¿Cuál es la conclusión? La conclusión es que todo nacionalismo liberal-burgués inflige una grandísima corrupción en el seno de la clase obrera, ocasiona un grandísimo daño a la causa de la libertad y a la causa de la lucha de clase proletaria. Esto es tanto más peligroso cuanto que la tendencia burguesa (y feudal-burguesa) se encubre con la consigna de la «cultura nacional». En nombre de la cultura nacional —gran-rusa, polaca, judía, ucraniana, etcétera—, las centurias negras y los clericales, y tras ellos los burgueses de todas las naciones, llevan a cabo sus sucios y reaccionarios manejos.

Tal es el hecho de la vida nacional contemporánea si se la contempla a la manera marxista, es decir, desde el punto de vista de la lucha de clases, si se cotejan las consignas con los intereses y la política de las clases, y no con vanos «principios generales», declamaciones y frases.

La consigna de la cultura nacional es un engaño burgués (y, a menudo, un engaño de las centurias negras y clerical). Nuestra consigna es la cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial.

Aquí el bundista señor Libman se lanza al combate y me fulmina con la siguiente demoledora diatriba:

«Cualquiera que esté aunque sea un poco familiarizado con la cuestión nacional sabe que la cultura internacional no es una cultura no nacional[17] (cultura sin forma nacional); una cultura no nacional, que no deba ser ni rusa, ni judía, ni polaca, sino sólo una cultura pura, es un absurdo; las ideas internacionales pueden precisamente volverse cercanas a la clase obrera sólo cuando están adaptadas a la lengua que habla el obrero y a las condiciones nacionales concretas en que vive; el obrero no debe ser indiferente a la situación y al desarrollo de su cultura nacional, porque a través de ella, y sólo a través de ella, obtiene la posibilidad de participar en la “cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial”. Esto se sabe desde hace mucho, pero de todo esto V. I. no quiere saber nada…»

Reflexionemos sobre este típico razonamiento bundista, llamado, como se digna usted ver, a destruir la tesis marxista que yo he expuesto. Con aires de suma suficiencia, como persona «familiarizada con la cuestión nacional», el señor bundista nos presenta, cual verdades «sabidas desde hace mucho», las habituales concepciones burguesas.

Sí, la cultura internacional no es no nacional, estimado bundista. Nadie ha dicho eso. Nadie ha proclamado una cultura «pura», ni polaca, ni judía, ni rusa, etcétera, de modo que su vacía acumulación de palabras es sólo un intento de desviar la atención del lector y ocultar la esencia del asunto con el ruido de las palabras.

En cada cultura nacional existen, aunque sea de forma no desarrollada, elementos de cultura democrática y socialista, pues en cada nación hay una masa trabajadora y explotada, cuyas condiciones de vida engendran inevitablemente una ideología democrática y socialista. Pero en cada nación existe también una cultura burguesa (y en la mayoría, además, una cultura de las centurias negras y clerical), no sólo en forma de «elementos», sino en forma de cultura dominante. Por eso, la «cultura nacional» en general es la cultura de los terratenientes, los curas y la burguesía. Esta verdad fundamental, elemental para un marxista, el bundista la ha dejado en la sombra, la ha «cubierto de palabras» con su acumulación de vocablos, es decir, de hecho, en lugar de desvelar y explicar el abismo de clase, se lo ha oscurecido al lector. De hecho, el bundista ha actuado como un burgués, cuyo interés íntegro exige difundir la fe en una cultura nacional supraclasista.

Al plantear la consigna de la «cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial», nosotros tomamos de cada cultura nacional sólo sus elementos democráticos y socialistas, los tomamos única e incondicionalmente en contraposición a la cultura burguesa, al nacionalismo burgués de cada nación. Ningún demócrata, y menos aún ningún marxista, niega la igualdad de derechos de las lenguas o la necesidad de polemizar en la lengua materna con la burguesía «propia», de propagar ideas anticlericales o antiburguesas al campesinado y a la pequeña burguesía «propios»: no hay nada que discutir al respecto; con estas verdades indiscutibles el bundista oscurece lo discutible, es decir, aquello en que realmente reside la cuestión.

La cuestión es si es admisible que los marxistas planteen, directa o indirectamente, la consigna de la cultura nacional, o si es obligatorio predicar contra ella en todas las lenguas, «adaptándose» a todas las particularidades locales y nacionales, la consigna del internacionalismo obrero.

El significado de la consigna de la «cultura nacional» no lo determina la promesa o la buena intención de tal o cual intelectual de «interpretar» esta consigna «en el sentido de realizar a través de ella la cultura internacional». Mirarlo así sería un subjetivismo infantil. El significado de la consigna de la cultura nacional está determinado por la correlación objetiva de todas las clases del país dado y de todos los países del mundo. La cultura nacional de la burguesía es un hecho (teniendo en cuenta, repito, que la burguesía en todas partes lleva a cabo pactos con los terratenientes y los curas). El nacionalismo burgués militante, que embrutece, idiotiza y divide a los obreros para llevarlos a remolque de la burguesía: he ahí el hecho fundamental de la época contemporánea.

Quien quiera servir al proletariado debe unir a los obreros de todas las naciones, luchando de manera consecuente contra el nacionalismo burgués, tanto «propio» como ajeno. Quien defienda la consigna de la cultura nacional, su lugar está entre los nacionalistas pequeñoburgueses, y no entre los marxistas.

Tomemos un ejemplo concreto. ¿Puede un marxista gran-ruso aceptar la consigna de una cultura nacional gran-rusa? No. A tal persona hay que situarla entre los nacionalistas, no entre los marxistas. Nuestra tarea es luchar contra la cultura nacional dominante, la de las centurias negras y la burguesía gran-rusa, desarrollando exclusivamente con espíritu internacional y en la más estrecha unión con los obreros de otros países los gérmenes que existen también en nuestra historia del movimiento democrático y obrero. Luchar contra sus propios terratenientes y burgueses gran-rusos, contra su «cultura», en nombre del internacionalismo; luchar, «adaptándose» a las peculiaridades de los Purishkévich y los Struve: he ahí tu tarea, y no la de predicar o admitir la consigna de la cultura nacional.

Lo mismo vale para la nación más oprimida y perseguida, la judía. La cultura nacional judía es la consigna de los rabinos y los burgueses, la consigna de nuestros enemigos. Pero hay otros elementos en la cultura judía y en toda la historia de la judería. De los diez millones y medio de judíos en todo el mundo, un poco más de la mitad vive en Galitzia y en Rusia, países atrasados, semisalvajes, que mantienen a los judíos por la fuerza en una situación de casta. La otra mitad vive en el mundo civilizado, y allí no existe el aislamiento de casta de los judíos. Allí se han manifestado claramente los grandes rasgos progresivos de alcance mundial de la cultura judía: su internacionalismo, su sensibilidad hacia los movimientos de vanguardia de la época (el porcentaje de judíos en los movimientos democráticos y proletarios es en todas partes más elevado que el porcentaje de judíos en la población en general).

Quien directa o indirectamente plantea la consigna de la «cultura nacional» judía (sean cuales fueren sus buenas intenciones) es enemigo del proletariado, partidario de lo viejo y lo casteísta en la judería, cómplice de los rabinos y los burgueses. Por el contrario, aquellos judíos marxistas que se funden en organizaciones marxistas internacionales con los obreros rusos, lituanos, ucranianos, etcétera, aportando su contribución (tanto en ruso como en yidis) a la creación de la cultura internacional del movimiento obrero, esos judíos —en contra del separatismo del Bund— continúan las mejores tradiciones de la judería, luchando contra la consigna de la «cultura nacional».

El nacionalismo burgués y el internacionalismo proletario: he aquí dos consignas irreconciliablemente hostiles, correspondientes a los dos grandes campos de clase del mundo capitalista y que expresan dos políticas (más aún: dos concepciones del mundo) en la cuestión nacional. Al defender la consigna de la cultura nacional, al construir sobre ella todo un plan y un programa práctico de la llamada «autonomía cultural-nacional», los bundistas actúan de hecho como portadores del nacionalismo burgués en el seno de la clase obrera.

### 3. El espantajo nacionalista del «asimilacionismo»

La cuestión del asimilacionismo[18], es decir, de la pérdida de las particularidades nacionales y del paso a otra nación, permite mostrar de manera gráfica las consecuencias de las vacilaciones nacionalistas de los bundistas y de sus correligionarios.

El señor Liebman, al transmitir y repetir fielmente los argumentos habituales, o más bien los procedimientos de los bundistas, calificó la exigencia de unidad y fusión de todos los obreros de las distintas nacionalidades de un Estado dado en organizaciones obreras únicas (véase el final del artículo de *Sévernaya Pravda* citado más arriba) de «viejo cuento asimilacionista».

«Por consiguiente —dice el señor F. Liebman a propósito del final del artículo de *Sévernaya Pravda*—, a la pregunta de ¿a qué nacionalidad pertenece usted?, el obrero debe responder: yo soy socialdemócrata.»

Esto lo considera nuestro bundista como el colmo de la agudeza. En realidad, se desenmascara definitivamente con tales agudezas y gritos sobre el «asimilacionismo», dirigidos contra una consigna consecuentemente democrática y marxista.

El capitalismo en desarrollo conoce dos tendencias históricas en la cuestión nacional. Primera: el despertar de la vida nacional y de los movimientos nacionales, la lucha contra toda opresión nacional, la creación de Estados nacionales. Segunda: el desarrollo y la multiplicación de todo tipo de vínculos entre las naciones, la demolición de las barreras nacionales, la creación de la unidad internacional del capital, de la vida económica en general, de la política, de la ciencia, etc.

Ambas tendencias constituyen una ley mundial del capitalismo. La primera predomina al comienzo de su desarrollo, la segunda caracteriza al capitalismo maduro y que marcha hacia su transformación en sociedad socialista. Con ambas tendencias cuenta el programa nacional de los marxistas, defendiendo, en primer lugar, la igualdad de derechos de las naciones y de las lenguas, la inadmisibilidad de cualesquiera privilegios a este respecto (así como el derecho de las naciones a la autodeterminación, de lo que se tratará más adelante por separado), y, en segundo lugar, el principio del internacionalismo y de la lucha irreconciliable contra el contagio del proletariado por el nacionalismo burgués, aunque sea el más refinado.

Cabe preguntar: ¿de qué habla nuestro bundista cuando clama al cielo contra el «asimilacionismo»? De violencias contra las naciones, de privilegios de una de las naciones, no podía hablar aquí, pues en este contexto no encaja en absoluto la palabra «asimilacionismo»; —pues todos los marxistas, tanto individualmente como en calidad de un todo oficial único, han condenado de manera completamente definida e inequívoca la más mínima violencia nacional, opresión o desigualdad de derechos; —pues, en fin, incluso en el artículo de *Sévernaya Pravda* contra el que se abalanzó el bundista, esta idea común a todos los marxistas está expresada con absoluta determinación.

No. Aquí no son posibles los subterfugios. El señor Liebman condenaba el «asimilacionismo», entendiendo por ello no las violencias, ni la desigualdad de derechos, ni los privilegios. ¿Queda algo real en el concepto de asimilacionismo una vez descontada toda violencia y toda desigualdad de derechos? Indudablemente, sí. Queda aquella tendencia histórico-mundial del capitalismo a demoler las barreras nacionales, a borrar las diferencias nacionales, a *asimilar* las naciones, tendencia que con cada decenio se manifiesta con mayor fuerza y que constituye uno de los más grandes motores que transforman el capitalismo en socialismo.

No es marxista, ni siquiera demócrata, quien no reconoce y defiende la igualdad de derechos de las naciones y de las lenguas, quien no lucha contra toda opresión o desigualdad nacional. Esto es indudable. Pero es igualmente indudable que aquel presunto marxista que pone por los suelos a un marxista de otra nación tachándolo de «asimilacionismo», representa de hecho simplemente a un pequeño burgués nacionalista. A esta poco honorable categoría de personas pertenecen todos los bundistas y (como veremos enseguida) los nacional-sociales ucranianos del tipo de los señores L. Yurkévich, Dontsov y Cía.

Para mostrar concretamente todo el carácter reaccionario de los puntos de vista de estos pequeños burgueses nacionalistas, aduciremos datos de tres tipos.

Quienes más gritan contra el «asimilacionismo» de los marxistas ortodoxos rusos son los nacionalistas judíos en Rusia en general, y los bundistas en particular. Entretanto, como se desprende de los datos anteriormente citados, de los 10 1/2 millones de judíos en todo el mundo, aproximadamente la mitad vive en el mundo civilizado, en condiciones del mayor «asimilacionismo», mientras que solo los desdichados, oprimidos, privados de derechos, aplastados por los Purishkévich (rusos y polacos) judíos de Rusia y de Galitzia viven en condiciones del menor «asimilacionismo», del mayor aislamiento, hasta llegar a la «zona de residencia», la «norma porcentual» y otras delicias purishkevichianas.

Los judíos en el mundo civilizado no son una nación, se han asimilado en su mayor parte —dicen K. Kautsky y O. Bauer—. Los judíos en Galitzia y en Rusia no son una nación, son, por desgracia (y por culpa no suya, sino de los Purishkévich), aún una casta. Tal es el juicio indiscutible de personas que conocen indiscutiblemente la historia del pueblo judío y que toman en consideración los hechos antes citados.

¿De qué hablan estos hechos? De que contra el «asimilacionismo» solo pueden gritar los pequeños burgueses reaccionarios judíos, que desean hacer retroceder la rueda de la historia, obligarla a marchar no del orden de cosas de Rusia y Galitzia hacia el orden de cosas de París y Nueva York, sino al revés.

Contra el asimilacionismo jamás gritaron aquellas celebridades histórico-mundiales, las mejores personalidades del pueblo judío, que dieron al mundo a los dirigentes avanzados de la democracia y del socialismo. Contra el asimilacionismo gritan únicamente los contempladores reverentes del «trasero» judío.

Sobre las dimensiones en que transcurre en general el proceso de asimilación de las naciones en las condiciones actuales del capitalismo avanzado, se puede formar una idea aproximada, por ejemplo, a partir de los datos sobre la emigración a los Estados Unidos de Norteamérica. Europa envió allí en 10 años, de 1891 a 1900, 3,7 millones de personas, y en nueve años, de 1901 a 1909, 7,2 millones de personas. El censo de 1900 contabilizó en los Estados Unidos más de 10 millones de extranjeros. El estado de Nueva York, en el que según el mismo censo había más de 78 mil austríacos, 136 mil ingleses, 20 mil franceses, 480 mil alemanes, 37 mil húngaros, 425 mil irlandeses, 182 mil italianos, 70 mil polacos, 166 mil provenientes de Rusia (en su mayor parte judíos), 43 mil suecos, etc., se asemeja a un molino que tritura las diferencias nacionales. Y lo que en grandes dimensiones internacionales ocurre en Nueva York, ocurre también en cada gran ciudad y poblado fabril.

Quien no esté hundido en los prejuicios nacionalistas, no puede dejar de ver en este proceso de *asimilación* de las naciones por el capitalismo un grandísimo progreso histórico, la destrucción del anquilosamiento nacional de diversos rincones apartados, especialmente en países atrasados como Rusia.

Tomemos a Rusia y la actitud de los rusos hacia los ucranianos. Naturalmente, todo demócrata, por no hablar ya de un marxista, luchará resueltamente contra la inaudita humillación de los ucranianos y exigirá la plena igualdad de derechos para ellos. Pero sería una traición directa al socialismo y una política estúpida incluso desde el punto de vista de las «tareas nacionales» burguesas de los ucranianos, debilitar el vínculo y la alianza existentes ahora, dentro de los límites de un solo Estado, entre el proletariado ucraniano y el ruso.

El señor Lev Yurkévich, que también se autodenomina "marxista" (¡pobre Marx!), nos ofrece una muestra de esta política insensata. En 1906 —escribe el señor Yurkévich— Sokolovski (Basok) y Lukashévich (Tuchapski) afirmaban que el proletariado ucraniano se había rusificado por completo y que no necesitaba una organización propia. Sin intentar aportar un solo hecho sobre la esencia del asunto, el señor Yurkévich se abalanza contra ambos por esto, vociferando histéricamente —en pleno espíritu del más burdo, torpe y reaccionario nacionalismo— que eso es "pasividad nacional", "renuncia nacional", que esas personas "escindieron (!!) a los marxistas ucranianos", etc. Hoy, a pesar del "auge de la conciencia nacional ucraniana entre los obreros", una minoría de los trabajadores es "nacionalmente consciente", y la mayoría —asegura el señor Yurkévich— "se halla todavía bajo la influencia de la cultura rusa". Y nuestra tarea —exclama el filisteo nacionalista— "no es ir detrás de las masas, sino conducirlas, esclarecerles las tareas nacionales (la causa nacional)" ("Dzvin", pág. 89).

Toda esta argumentación del señor Yurkévich es enteramente nacionalista burguesa. Pero incluso desde el punto de vista de los nacionalistas burgueses, entre los cuales unos quieren la plena igualdad de derechos y la autonomía de Ucrania, y otros un Estado ucraniano independiente, esta argumentación no resiste la crítica. El adversario de las aspiraciones liberadoras de los ucranianos es la clase de los terratenientes gran rusos y polacos, y también la burguesía de esas dos mismas naciones. ¿Qué fuerza social es capaz de enfrentarse a estas clases? La primera década del siglo XX dio una respuesta práctica: esa fuerza es exclusivamente la clase obrera, que conduce tras de sí al campesinado democrático. Al pretender dividir y, con ello, debilitar a la fuerza verdaderamente democrática, sin cuyo triunfo la violencia nacional sería imposible, el señor Yurkévich traiciona los intereses no solo de la democracia en general, sino también los de su propia patria, Ucrania. Con la acción conjunta de los proletarios gran rusos y ucranianos, una Ucrania libre es posible; sin esa unidad, de ella no puede ni hablarse.

Pero los marxistas no se limitan a la óptica nacionalista burguesa. Desde hace ya varias décadas se ha perfilado plenamente el proceso de desarrollo económico más rápido del sur, es decir, de Ucrania, que atrae desde la Gran Rusia a decenas y cientos de miles de campesinos y obreros hacia las haciendas capitalistas, las minas, las ciudades. El hecho de la "asimilación" —en estos límites— del proletariado gran ruso y ucraniano es indiscutible. Y este hecho es absolutamente progresivo. El capitalismo reemplaza al mujik torpe, anquilosado, sedentario y embrutecido como un oso, gran ruso o ucraniano, por un proletario móvil, cuyas condiciones de vida rompen la estrecha cerrazón específicamente nacional, tanto la gran rusa como la ucraniana. Supongamos que entre la Gran Rusia y Ucrania se erigiera con el tiempo una frontera estatal; en ese caso también, la progresividad histórica de la "asimilación" de los obreros gran rusos y ucranianos sería indiscutible, tan progresiva como la refundición de naciones en América. Cuanto más libres lleguen a ser Ucrania y la Gran Rusia, tanto más amplio y rápido será el desarrollo del capitalismo, que atraerá entonces con mayor fuerza aún a la masa obrera de todas las naciones desde todas las regiones del Estado y desde todos los Estados vecinos (en caso de que Rusia resultase ser un Estado vecino respecto a Ucrania) a las ciudades, a las minas, a las fábricas.

El señor Lev Yurkévich actúa como un auténtico burgués y, además, como un burgués miope, estrecho, torpe, es decir, como un filisteo, cuando descarta los intereses de la comunicación, la fusión, la asimilación del proletariado de las dos naciones en aras del éxito momentáneo de la causa nacional ucraniana. La causa nacional primero, la proletaria después, dicen los nacionalistas burgueses y, tras ellos, los señores Yurkévich, Dontsov y otros semejantes desventurados marxistas. La causa proletaria ante todo, decimos nosotros, pues ella asegura no solo los intereses duraderos y fundamentales del trabajo y los intereses de la humanidad, sino también los intereses de la democracia, y sin democracia es impensable una Ucrania autónoma o independiente.

Por último, en la argumentación del señor Yurkévich, extraordinariamente rica en perlas nacionalistas, es preciso señalar aún lo siguiente. La minoría de los obreros ucranianos es nacionalmente consciente, dice él, —"la mayoría se halla todavía bajo la influencia de la cultura rusa".

Cuando se trata del proletariado, esta contraposición de la cultura ucraniana en su conjunto a la cultura gran rusa, también en su conjunto, significa la más descarada traición a los intereses del proletariado en beneficio del nacionalismo burgués.

Hay dos naciones en cada nación moderna —decimos nosotros a todos los nacional-sociales. Hay dos culturas nacionales en cada cultura nacional. Existe la cultura gran rusa de los Purishkévich, los Guchkov y los Struve, pero también existe la cultura gran rusa caracterizada por los nombres de Chernishevski y Plejánov. Existen dos culturas semejantes en la ucraninidad, como las hay en Alemania, Francia, Inglaterra, entre los judíos, etc. Si la mayoría de los obreros ucranianos se halla bajo la influencia de la cultura gran rusa, sabemos con certeza que, junto a las ideas de la cultura clerical y burguesa gran rusa, actúan también allí las ideas de la democracia y la socialdemocracia gran rusas. Combatiendo contra el primer tipo de "cultura", el marxista ucraniano siempre distinguirá la segunda cultura y dirá a sus obreros: "toda posibilidad de comunicación con el obrero gran ruso consciente, con su literatura, con su círculo de ideas, debe ser asida, aprovechada, afianzada con todas las fuerzas; eso lo exigen los intereses fundamentales tanto del movimiento obrero ucraniano como del gran ruso".

Si el marxista ucraniano se deja arrastrar por un odio plenamente legítimo y natural hacia los opresores gran rusos hasta el punto de trasladar aunque sea una pizca de ese odio, aunque sea solo el distanciamiento, a la cultura proletaria y a la causa proletaria de los obreros gran rusos, ese marxista se deslizará con ello al pantano del nacionalismo burgués. Del mismo modo, también el marxista gran ruso se deslizará al pantano del nacionalismo, y no solo del burgués sino del de las Centurias Negras, si olvida siquiera por un minuto la exigencia de la plena igualdad de derechos de los ucranianos o su derecho a formar un Estado independiente.

Los obreros gran rusos y ucranianos deben, juntos y, mientras vivan en un mismo Estado, en la más estrecha unidad y fusión organizativas, defender la cultura común o internacional del movimiento proletario, con una actitud de absoluta tolerancia hacia la cuestión del idioma de la propaganda y hacia la consideración de las particularidades puramente locales o puramente nacionales en esa propaganda. Tal es la exigencia incondicional del marxismo. Toda prédica de separación de los obreros de una nación respecto de los de otra, todo ataque al "asimilacionismo" marxista, toda contraposición, en cuestiones concernientes al proletariado, de una cultura nacional en su conjunto a otra cultura nacional supuestamente íntegra, etc., es nacionalismo burgués, contra el cual es obligatoria una lucha despiadada.

### 4. "Autonomía cultural-nacional"

La cuestión de la consigna de la "cultura nacional" tiene para los marxistas una importancia enorme no solo porque determina el contenido ideológico de toda nuestra propaganda y agitación sobre la cuestión nacional en contraposición a la propaganda burguesa, sino también porque todo un programa, el de la tristemente célebre autonomía cultural-nacional, está construido sobre esta consigna.

El pecado fundamental y de principio de este programa es que aspira a encarnar en la vida el más refinado y el más absoluto nacionalismo, llevado hasta sus últimas consecuencias. La esencia de este programa: cada ciudadano se inscribe en una u otra nación, y cada nación constituye un todo jurídico, con derecho a la imposición coactiva de contribuciones a sus miembros, con parlamentos nacionales (dietas), con "secretarios de Estado" (ministros) nacionales.

Tal idea, aplicada a la cuestión nacional, se asemeja a la idea de Proudhon aplicada al capitalismo. No destruir el capitalismo y su base —la producción mercantil—, sino depurar esta base de abusos, excrecencias, etc.; no abolir el intercambio y el valor de cambio, sino, al contrario, "constituirlo", tornarlo universal, absoluto, "justo", desprovisto de oscilaciones, crisis, abusos: he aquí la idea de Proudhon.

Así como Proudhon es pequeñoburgués, así como su teoría absolutiza, eleva a la categoría de joya de la creación el intercambio y la producción mercantil, así es pequeñoburguesa la teoría y el programa de la «autonomía cultural-nacional», que absolutiza, eleva a la categoría de joya de la creación el nacionalismo burgués, depurándolo de violencias e injusticias, etc.

El marxismo es irreconciliable con el nacionalismo, incluso con el más «justo», «puro», sutil y civilizado. El marxismo opone a todo nacionalismo el internacionalismo, la fusión de todas las naciones en una unidad superior, que crece ante nuestros ojos con cada versta de ferrocarril, con cada trust internacional, con cada unión obrera (internacional por su actividad económica y, luego, también por sus ideas, por sus aspiraciones).

El principio de nacionalidad es históricamente inevitable en la sociedad burguesa y, teniendo en cuenta esta sociedad, el marxista reconoce plenamente la legitimidad histórica de los movimientos nacionales. Pero para que este reconocimiento no se convierta en una apología del nacionalismo, es necesario que se limite rigurosamente a lo que hay de progresivo en esos movimientos, que este reconocimiento no conduzca a la ofuscación de la conciencia proletaria por la ideología burguesa.

Es progresivo el despertar de las masas del letargo feudal, su lucha contra toda opresión nacional, por la soberanía del pueblo, por la soberanía de la nación. De aquí el deber incondicional del marxista de defender el democratismo más resuelto y más consecuente en todos los aspectos de la cuestión nacional. Ésta es una tarea, principalmente, negativa. Pero el proletariado no puede ir más allá en el apoyo al nacionalismo, pues más allá comienza la actividad «positiva» (afirmativa) de la burguesía, tendiente a fortalecer el nacionalismo.

Derribar toda opresión feudal, toda opresión de las naciones, todo privilegio de una de las naciones o de una de las lenguas es un deber incondicional del proletariado como fuerza democrática, un interés incondicional de la lucha de clase proletaria, que se ve empañada y obstaculizada por las querellas nacionales. Pero apoyar al nacionalismo burgués más allá de estos límites estrictamente delimitados, situados en determinados marcos históricos, significa traicionar al proletariado y pasarse al lado de la burguesía. Existe aquí una frontera que a menudo es muy sutil y que olvidan por completo los socialnacionales bundistas y ucranianos.

Lucha contra toda opresión nacional: sí, sin duda. Lucha por todo desarrollo nacional, por la «cultura nacional» en general: no, sin duda. El desarrollo económico de la sociedad capitalista nos muestra en todo el mundo ejemplos de movimientos nacionales insuficientemente desarrollados, ejemplos de la formación de grandes naciones a partir de varias pequeñas o en detrimento de algunas pequeñas, ejemplos de asimilación de naciones. El principio del nacionalismo burgués es el desarrollo de la nacionalidad en general, de ahí la exclusividad del nacionalismo burgués, de ahí la irresoluble querella nacional. El proletariado, en cambio, no solo no se propone defender el desarrollo nacional de cada nación, sino que, por el contrario, previene a las masas contra dichas ilusiones, defiende la más completa libertad de la circulación capitalista, acoge con satisfacción toda asimilación de las naciones, excepto la violenta o la basada en privilegios.

Consolidar el nacionalismo en una esfera determinada, demarcada «con justicia», «constituir» el nacionalismo, separar de manera firme y sólida a todas las naciones entre sí mediante una institución estatal especial: tal es la base ideológica y el contenido de la autonomía cultural-nacional. Esta idea es completamente burguesa y completamente falsa. El proletariado no puede apoyar ninguna consolidación del nacionalismo; por el contrario, apoya todo lo que contribuye a borrar las diferencias nacionales, a derribar las barreras nacionales, todo lo que estrecha cada vez más los vínculos entre las nacionalidades, todo lo que conduce a la fusión de las naciones. Actuar de otro modo significa ponerse del lado de la pequeña burguesía nacionalista reaccionaria.

Cuando el proyecto de autonomía cultural-nacional fue discutido por los socialdemócratas austríacos en su congreso de Brünn (en 1899){55}, casi no se prestó atención a la valoración teórica de dicho proyecto. Pero es instructivo señalar que se adujeron dos argumentos contra ese programa: 1) conduciría al reforzamiento del clericalismo; 2) «su resultado sería la perpetuación del chovinismo, su introducción en cada pequeña comunidad, en cada pequeño grupo» (pág. 92 de las actas oficiales del congreso de Brünn, en alemán. Existe una traducción rusa en una publicación del partido nacionalista judío «Serp»{56}).

No cabe duda de que la «cultura nacional», en la acepción habitual de esta palabra, es decir, las escuelas, etc., se halla en la actualidad bajo la influencia predominante de los clericales y los chovinistas burgueses en todos los países del mundo. Cuando los bundistas, defendiendo la autonomía «cultural-nacional», dicen que la constitución de las naciones hará que la lucha de clases en su seno sea pura de toda consideración ajena, incurren en una visible y ridícula sofística. La lucha de clases seria, en toda sociedad capitalista, se libra ante todo en la esfera económica y política. Separar de ahí la esfera escolar es, en primer lugar, una utopía absurda, pues no se puede desvincular la escuela (así como la «cultura nacional» en general) de la economía y la política; y, en segundo lugar, es precisamente la vida económica y política del país capitalista la que obliga a cada paso a romper las absurdas y caducas barreras y prejuicios nacionales, mientras que la separación de lo escolar, etc., conservaría, agudizaría y reforzaría el clericalismo «puro» y el chovinismo burgués «puro».

En las sociedades anónimas, capitalistas de distintas naciones se sientan juntos, fusionándose plenamente unos con otros. En la fábrica trabajan juntos obreros de distintas naciones. Ante toda cuestión política realmente seria y profunda, la agrupación se hace por clases y no por naciones. La «exención de la competencia del Estado» de lo escolar, etc., y su transferencia a las naciones significa precisamente el intento de separar de la economía, que fusiona a las naciones, la esfera, por así decirlo, más ideológica de la vida social, en la que es más fácil la «pura» cultura nacional o el cultivo nacional del clericalismo y del chovinismo.

En su realización práctica, el plan de autonomía «extraterritorial» (sin territorio, no ligada a la tierra en la que vive tal o cual nación) o «cultural-nacional» significaría tan solo una cosa: la división de la enseñanza por nacionalidades, es decir, la introducción de curias nacionales en la enseñanza. Basta con representarse claramente esta verdadera esencia del famoso plan bundista para comprender todo su carácter reaccionario incluso desde el punto de vista de la democracia, por no hablar ya del punto de vista de la lucha de clase del proletariado por el socialismo.

Un ejemplo y un proyecto de «nacionalización» de la enseñanza mostrarán gráficamente la esencia del asunto. En los Estados Unidos de América del Norte, toda la vida se mantiene hasta hoy dividida en estados del norte y del sur; los primeros, con las mayores tradiciones de libertad y de lucha contra los esclavistas; los segundos, con las mayores tradiciones de esclavitud, con vestigios de persecución de los negros, con su opresión económica, su postración cultural (44% de analfabetos entre los negros y 6% entre los blancos), etc. Pues bien, en los estados del norte los negros estudian junto con los blancos, en las mismas escuelas. En el sur hay escuelas especiales —«nacionales» o raciales, como se prefiera— para los negros. Parece que éste es el único ejemplo de «nacionalización» de la escuela en la práctica.

En el este de Europa hay un país en el que hasta hoy son posibles casos como el de Beilis, donde los judíos están condenados por los señores Purishkévich a una situación peor que la de los negros. En ese país surgió hace poco en el ministerio un proyecto de nacionalización de la escuela judía. Por fortuna, esa utopía reaccionaria difícilmente se realizará, al igual que la utopía de los pequeños burgueses austríacos, que desesperaron de realizar una democracia consecuente, de poner fin a las querellas nacionales e inventaron compartimentos estancos para las naciones en la enseñanza, para que no pudieran pelearse por el reparto de las escuelas... sino que se «constituyeran» para la eterna querella de una «cultura nacional» contra otra.

En Austria, la autonomía cultural-nacional quedó en considerable medida como una invención de literatos, que los propios socialdemócratas austríacos no tomaron en serio. En cambio, en Rusia la adoptaron en su programa todos los partidos burgueses del judaísmo y algunos elementos pequeño burgueses y oportunistas de distintas naciones, como los bundistas, los liquidadores en el Cáucaso, la conferencia de los partidos nacionales rusos de orientación narodnikista de izquierda. (Dicha conferencia —señalemos entre paréntesis— tuvo lugar en 1907, y su decisión fue adoptada con la abstención de los socialistas revolucionarios rusos y de los socialpatriotas polacos del P.P.S.{57}. ¡La abstención es un modo sorprendentemente característico de la actitud de los eseristas y los socialpatriotas polacos ante la cuestión de principio más importante en el terreno del programa nacional!)

En Austria fue precisamente Otto Bauer, el principal teórico de la "autonomía cultural-nacional", quien dedicó un capítulo especial de su libro a demostrar la imposibilidad de plantear este programa para los judíos. En Rusia, precisamente en el judaísmo, todos los partidos burgueses —y su portavoz, el Bund— adoptaron este programa[19]. ¿Qué significa esto? Significa que la historia, mediante la práctica política de otro Estado, desenmascaró el absurdo de la invención de Bauer, del mismo modo que los bernsteinianos rusos (Struve, Tugán-Baranovski, Berdiáev y Cía.) desenmascararon con su rápida evolución del marxismo al liberalismo el verdadero contenido ideológico de la bernsteiniada alemana.

Ni los socialdemócratas austríacos ni los rusos incorporaron la autonomía "cultural-nacional" en su programa. Pero los partidos burgueses del judaísmo en el país más atrasado, y una serie de grupos pequeñoburgueses pseudo socialistas, la adoptaron para introducir, en forma refinada, las ideas del nacionalismo burgués en el seno de la clase obrera. Este hecho habla por sí solo.

Ya que hemos tenido que referirnos al programa austríaco sobre la cuestión nacional, no podemos dejar de restablecer la verdad, a menudo tergiversada por los bundistas. En el Congreso de Brünn fue presentado un programa puro de "autonomía cultural-nacional". Es el programa de los socialdemócratas sudeslavos, cuyo § 2 reza: "Cada pueblo residente en Austria, sin relación con el territorio ocupado por sus miembros, constituye un grupo autónomo que administra de manera completamente independiente todos sus asuntos nacionales (lingüísticos y culturales)". Este programa fue defendido no solo por Kristan, sino también por el influyente Ellenbogen. Pero fue retirado; no obtuvo ni un solo voto. Se adoptó un programa territorialista, es decir, que no crea ningún grupo nacional "sin relación con el territorio ocupado por los miembros de la nación".

En el programa adoptado, el § 3 reza: "Las regiones autónomas de una misma nación constituyen conjuntamente una unión nacional unitaria, que resuelve sus asuntos nacionales de manera plenamente autónoma" (cf. "Prosveshchenie", 1913, núm. 4, pág. 28{58}). Es evidente que también este programa de compromiso es incorrecto. Expliquémoslo con un ejemplo. La comunidad colonial alemana en la provincia de Sarátov, más el suburbio alemán de obreros en Riga o en Lodz, más el poblado alemán cerca de San Petersburgo, etc., constituyen una "unión nacional unitaria" de los alemanes en Rusia. Es obvio que los socialdemócratas no pueden reclamar semejante cosa ni consagrar una unión de este tipo, aunque, por supuesto, no niegan en absoluto la libertad de toda clase de uniones, incluida la unión de cualquier comunidad de cualquier nacionalidad en un Estado dado. Pero de la separación, por ley estatal, de alemanes, etc., de distintas localidades y clases de Rusia en una unión nacional alemana unitaria pueden ocuparse los curas, la burguesía, los pequeño burgueses, quien sea, pero no los socialdemócratas.

### 5. Igualdad de derechos de las naciones y derechos de la minoría nacional

El procedimiento más difundido de los oportunistas rusos al discutir la cuestión nacional es remitirse al ejemplo de Austria. En mi artículo en "Sévernaya Pravda"[20] (núm. 10 de "Prosveshchenie", págs. 96-98), que los oportunistas atacaron con furia (el Sr. Semkovski en "Nóvaya Rabóchaya Gazeta", el Sr. Liebman en "Zeit"), afirmo que solo hay una solución de la cuestión nacional, en la medida en que esta es posible en el mundo del capitalismo, y esa solución es el democratismo consecuente. Como prueba, me remito, entre otras cosas, a Suiza.

Esta referencia no gusta a los dos oportunistas arriba mencionados, que intentan refutarla o atenuar su significado. Kautsky, verán ustedes, dijo que Suiza es una excepción; que en Suiza hay una descentralización muy particular, una historia especial, condiciones geográficas especiales, una distribución de la población de lengua extranjera sumamente original, etc., etc.

Todo esto no son más que intentos de eludir la esencia de la discusión. Por supuesto, Suiza es una excepción en el sentido de que no es un Estado nacional íntegro. Pero igualmente una excepción (o atraso —agrega Kautsky) son Austria y Rusia. Por supuesto, en Suiza solo condiciones históricas y de vida cotidiana particulares y originales aseguraron más democratismo que en la mayoría de los países europeos vecinos.

Pero ¿a qué viene todo esto si se trata de un modelo del cual hay que tomar ejemplo? En todo el mundo, en las condiciones actuales, son una excepción los países en los que una u otra institución está realizada sobre bases democráticas consecuentes. ¿Acaso esto nos impide defender, en nuestro programa, el democratismo consecuente en todas las instituciones?

La peculiaridad de Suiza: su historia, sus condiciones geográficas y demás. La peculiaridad de Rusia: la fuerza del proletariado, nunca vista en la época de las revoluciones burguesas, y el terrible atraso general del país, que objetivamente provoca la necesidad de un movimiento hacia adelante excepcionalmente rápido y decidido, so pena de toda clase de desventajas y derrotas.

Nosotros elaboramos el programa nacional desde el punto de vista del proletariado; ¿desde cuándo se recomienda tomar como modelo los peores ejemplos en lugar de los mejores?

En todo caso, ¿acaso no es un hecho indiscutible e irrefutable que la paz nacional bajo el capitalismo se ha realizado (en la medida en que es realizable) exclusivamente en los países de democratismo consecuente?

Si esto es indiscutible, las persistentes remisiones de los oportunistas a Austria en lugar de Suiza siguen siendo un procedimiento plenamente kadete, pues los kadetes siempre copian las peores y no las mejores constituciones europeas.

En Suiza hay tres lenguas estatales, pero los proyectos de ley, cuando hay referéndum, se imprimen en cinco lenguas, es decir, además de las tres estatales, en dos dialectos "románicos". Según el censo de 1900, estos dos dialectos son hablados en Suiza por 38 651 habitantes de un total de 3 315 443, es decir, poco más del uno por ciento. En el ejército, a los oficiales y suboficiales "se les concede la más amplia libertad de dirigirse a los soldados en su lengua materna". En los cantones de los Grisones y del Valais (en cada uno poco más de cien mil habitantes), ambos dialectos gozan de plena igualdad de derechos[21].

Cabe preguntarse: ¿debemos predicar y defender esta experiencia viva de un país avanzado, o tomar prestadas de los austríacos invenciones como la "autonomía extraterritorial", no ensayadas en ninguna parte del mundo (y ni siquiera adoptadas por los propios austríacos)?

La prédica de esta invención es la prédica de la división de la enseñanza escolar por nacionalidades, es decir, una prédica directamente perjudicial. En cambio, la experiencia de Suiza muestra que en la práctica es posible y se ha logrado asegurar la mayor paz nacional (comparativamente) bajo un democratismo consecuente (de nuevo, comparativamente) de todo el Estado.

"En Suiza —dicen las personas que han estudiado esta cuestión— no hay cuestión nacional en el sentido europeo oriental. Incluso la palabra (cuestión nacional) es aquí desconocida... Suiza dejó atrás la lucha de nacionalidades, en los años 1797-1803"[22].

Esto significa que la época de la gran Revolución Francesa, que dio la solución más democrática a las cuestiones candentes de la transición del feudalismo al capitalismo, supo, de paso, entre otras cosas, "resolver" también la cuestión nacional.

¡Y que intenten ahora los Sres. Semkovski, Liebman y demás oportunistas afirmar que esta solución "exclusivamente suiza" es inaplicable a cualquier distrito o incluso a una parte de un distrito de Rusia, donde solo entre 200 000 habitantes hay dos dialectos de cuarenta mil ciudadanos que desean gozar en su región de una plena igualdad de derechos en materia de lengua!

La prédica de la igualdad absoluta de las naciones y las lenguas destaca en cada nación únicamente los elementos consecuentemente democráticos (es decir, solo a los proletarios), uniéndolos no por la nacionalidad, sino por la aspiración a mejoras profundas y serias del régimen general del Estado. Por el contrario, la prédica de la «autonomía nacional-cultural», a pesar de los buenos deseos de individuos y grupos aislados, divide a las naciones y, en la práctica, aproxima a los obreros de una nación con su burguesía (la aceptación de esta «autonomía nacional-cultural» por todos los partidos burgueses de la judería).

En vínculo indisoluble con el principio de igualdad absoluta está la garantía de los derechos de la minoría nacional. En mi artículo en «Sévernaya Pravda», este principio se expresa casi del mismo modo que en la resolución posterior, oficial y más precisa, de la conferencia de los marxistas. Esta resolución exige «la inclusión en la constitución de una ley fundamental que declare nulo cualquier privilegio de una de las naciones y cualquier violación de los derechos de la minoría nacional».

El señor Libman intenta burlarse de esta formulación, preguntando: «¿De dónde se sabe, pues, en qué consisten los derechos de la minoría nacional?». ¿Acaso, dicen, pertenece a estos derechos el derecho a «su propio programa» en las escuelas nacionales? ¿Cuán grande debe ser la minoría nacional para tener derecho a sus propios jueces, funcionarios, escuelas en su lengua materna? El señor Libman desea deducir de estas preguntas la necesidad de un programa nacional «positivo».

Pero, en realidad, estas preguntas muestran con claridad qué cosas reaccionarias introduce de contrabando nuestro bundista bajo el disfraz de una discusión supuestamente sobre pequeños detalles y particularidades.

«¡Su propio programa» en su escuela nacional!... Los marxistas, querido nacionalsocial, tenemos un programa escolar común, que exige, por ejemplo, una escuela obligatoriamente laica. Desde el punto de vista marxista, en un Estado democrático no es admisible en ningún lugar ni momento la desviación de este programa común (y su complementación con cualesquiera materias «locales», lenguas, etc., se determina por decisión de la población local). Mientras que del principio de «sustraer a la gestión del Estado» la enseñanza escolar y entregarla a las naciones se desprende que nosotros, los obreros, ¡dejamos que «las naciones» en nuestro Estado democrático gasten el dinero del pueblo en una escuela clerical! ¡El señor Libman, sin darse cuenta él mismo, ha ilustrado palmariamente el carácter reaccionario de la «autonomía nacional-cultural»!

«¿Cuán grande debe ser la minoría nacional?». Esto ni siquiera lo define el programa austriaco, tan querido por los bundistas: este dice (aún más brevemente y con menos claridad que entre nosotros): «El derecho de las minorías nacionales se protege por una ley especial, que debe ser promulgada por el parlamento imperial» (§ 4 del programa de Brünn).

¿Por qué, entonces, nadie ha importunado a los socialdemócratas austriacos con la pregunta de cómo es exactamente esa ley? ¿A qué minoría exactamente y qué derechos exactamente debe garantizar?

Porque todas las personas razonables comprenden lo inoportuno e imposible de definir las particularidades en un programa. El programa establece solo los principios fundamentales. En este caso, el principio fundamental está implícito en los austriacos y expresado directamente en la resolución de la última conferencia de los marxistas rusos. Este principio es: no admisión de ningún privilegio nacional y de ninguna desigualdad nacional.

Tomemos un ejemplo concreto para aclarar la cuestión al bundista. En la ciudad de San Petersburgo, según los datos del censo escolar del 18 de enero de 1911, había en las escuelas primarias del ministerio de «instrucción» pública 48.076 alumnos. De ellos, 396 eran judíos, es decir, menos del uno por ciento. Además, había alumnos: 2 rumanos, 1 georgiano, 3 armenios, etc.{59} ¿Acaso se puede elaborar un programa nacional «positivo» tal que abarque esta diversidad de relaciones y condiciones? (Y Petersburgo está aún lejos, por supuesto, de ser la ciudad nacionalmente más «abigarrada» de Rusia.) Parece que ni siquiera los especialistas en «sutilezas» nacionales, como los bundistas, elaborarán tal programa.

En cambio, si en la constitución del Estado hubiera una ley fundamental sobre la nulidad de toda medida que viole los derechos de la minoría, cualquier ciudadano podría exigir la anulación de una disposición que denegara, por ejemplo, la contratación, a cargo del erario, de maestros especiales de lengua judía, historia judía, etc., o la provisión de un local estatal para conferencias a niños judíos, armenios, rumanos, incluso a un solo niño georgiano. En cualquier caso, no hay nada imposible en satisfacer todos los deseos razonables y justos de las minorías nacionales sobre la base de la igualdad de derechos, y nadie dirá que la propaganda de la igualdad de derechos sea perjudicial. Por el contrario, la propaganda de la división de la enseñanza escolar por naciones, la propaganda, por ejemplo, de una escuela judía especial para niños judíos en Petersburgo sería indudablemente perjudicial, y la creación de escuelas nacionales para todas las minorías nacionales, para 1, 2, 3 niños, es sencillamente imposible.

Además, es imposible determinar en ninguna ley estatal general cuán grande debe ser la minoría nacional para tener derecho a una escuela especial o a maestros especiales para materias complementarias, etc.

Por el contrario, una ley estatal general sobre la igualdad de derechos puede perfectamente ser elaborada en detalle y desarrollada en legalizaciones especiales, en disposiciones de los parlamentos regionales, de las ciudades, de los zemstvos, de las comunas, etc.

### VI. Centralización y autonomía

El señor Libman escribe en su réplica:

«Tomen ustedes Lituania, la región Báltica, Polonia, Volinia, el sur de Rusia, etc., en todas partes encontrarán una población mixta; no hay una sola ciudad donde no haya una gran minoría nacional. Por muy lejos que se lleve la descentralización, en todas partes se encontrarán en distintas localidades (principalmente en las comunas urbanas) diversas nacionalidades juntas, y es precisamente el democratismo el que entrega la minoría nacional en manos de la mayoría nacional. Pero, como es sabido, V.I. se muestra hostil a esa estructura estatal federativa y a la descentralización infinita que tienen lugar en la Confederación Suiza. Se pregunta, ¿a qué vino lo de poner a Suiza como ejemplo?»

A qué vino lo de poner a Suiza como ejemplo ya fue explicado más arriba. Exactamente del mismo modo se explicó que el problema de la protección de los derechos de la minoría nacional es soluble solo mediante la promulgación de una ley estatal general en un Estado consecuentemente democrático, que no se desvíe del principio de igualdad de derechos. Pero en la cita aducida, el señor Libman repite una más de las objeciones (u observaciones escépticas) más corrientes (y más erróneas) que se hacen habitualmente contra el programa nacional marxista y que, por ello, merece ser analizada.

Los marxistas, por supuesto, se muestran hostiles a la federación y a la descentralización, por la sencilla razón de que el capitalismo requiere para su desarrollo Estados lo más grandes y lo más centralizados posible. En igualdad de las demás condiciones, el proletariado consciente siempre defenderá el Estado más grande. Siempre luchará contra el particularismo medieval, siempre saludará la más estrecha cohesión económica posible de grandes territorios, en los que pueda desplegarse ampliamente la lucha del proletariado contra la burguesía.

El desarrollo amplio y rápido de las fuerzas productivas por el capitalismo requiere territorios grandes, cohesionados estatalmente y unificados, en los que solo puede cohesionarse, destruyendo todos los viejos tabiques medievales, estamentales, localistas, pequeño-nacionales, confesionales y demás, la clase burguesa, y junto con ella, su inevitable antípoda: la clase proletaria.

Del derecho de las naciones a la autodeterminación, es decir, a la separación y formación de un Estado nacional independiente, hablaremos por separado[23]. Pero, mientras y en la medida en que distintas naciones constituyan un Estado único, los marxistas no predicarán en ningún caso ni el principio federativo ni la descentralización. El gran Estado centralizado es un enorme paso histórico adelante de la fragmentación medieval hacia la futura unidad socialista de todo el mundo, y no hay ni puede haber otro camino hacia el socialismo que a través de tal Estado (indisolublemente vinculado al capitalismo).

Pero sería imperdonable olvidar que, al defender el centralismo, defendemos exclusivamente el centralismo democrático. A este respecto, toda la pequeña burguesía en general y la pequeña burguesía nacionalista (incluido el difunto Dragománov) han introducido tal confusión en la cuestión que es necesario dedicar tiempo una y otra vez a desentrañarla.

El centralismo democrático no solo no excluye el autogobierno local con autonomía de las regiones que se distinguen por condiciones económicas y de vida particulares, por una composición nacional especial de la población, etc., sino que, por el contrario, exige necesariamente tanto lo uno como lo otro. Entre nosotros se confunde constantemente el centralismo con la arbitrariedad y el burocratismo. La historia de Rusia, naturalmente, tenía que engendrar tal confusión, pero esta sigue siendo absolutamente inadmisible para un marxista.

Será más fácil explicarlo con un ejemplo concreto.

Rosa Luxemburg, en su extenso artículo “La cuestión nacional y la autonomía”[24], entre muchos errores divertidos (de los que hablaremos más adelante), comete también el error particularmente divertido de intentar limitar la reivindicación de la autonomía únicamente a Polonia.

Pero veamos primero cómo define ella la autonomía. Rosa Luxemburg reconoce —y, siendo marxista, está obligada, por supuesto, a reconocer— que todas las cuestiones económicas y políticas más importantes y esenciales para la sociedad capitalista deben ser competencia en modo alguno de las dietas autónomas de las distintas regiones, sino exclusivamente del parlamento central, estatal general. Entre estas cuestiones figuran: la política aduanera, la legislación comercial e industrial, las vías de comunicación y los medios de enlace (ferrocarriles, correos, telégrafo, teléfono, etc.), el ejército, el sistema impositivo, el derecho civil[25] y penal, los principios generales de la enseñanza escolar (por ejemplo, la ley sobre la escuela exclusivamente laica, sobre la instrucción universal, sobre el programa mínimo, sobre la organización democrática del régimen escolar, etc.), la legislación sobre la protección del trabajo, sobre las libertades políticas (derecho de coalición), etc., etc.

A la competencia de las dietas autónomas —sobre la base de la legislación estatal general— corresponden las cuestiones de importancia puramente local, regional o puramente nacional. Desarrollando también esta idea con gran —por no decir excesiva— minuciosidad, Rosa Luxemburg señala, por ejemplo, la construcción de ferrocarriles de importancia local (núm. 12, pág. 149), las carreteras locales (núms. 14–15, pág. 376), etc.

Es completamente evidente que no se puede concebir un Estado moderno verdaderamente democrático sin conceder tal autonomía a toda región que tenga peculiaridades económicas y de vida más o menos sustanciales, una composición nacional especial de la población, etc. El principio del centralismo, necesario en interés del desarrollo del capitalismo, no solo no es socavado por tal autonomía (local y regional), sino que, al contrario, precisamente se lleva a la práctica —democráticamente, y no burocráticamente— gracias a ella. El desarrollo amplio, libre y rápido del capitalismo se haría imposible, o al menos se vería sumamente dificultado sin tal autonomía, que facilita tanto la concentración de los capitales como el desarrollo de las fuerzas productivas y la cohesión de la burguesía y del proletariado en la escala de todo el Estado. Pues la injerencia burocrática en cuestiones puramente locales (regionales, nacionales, etc.) es uno de los mayores obstáculos al desarrollo económico y político en general y, en particular, uno de los obstáculos al centralismo en lo serio, en lo grande, en lo fundamental.

Por eso es difícil contener una sonrisa al leer cómo nuestra magnífica Rosa Luxemburg se esfuerza, con un aire completamente serio y con palabras “puramente marxistas”, por demostrar que la reivindicación de la autonomía es aplicable solo a Polonia, ¡solo como excepción! Aquí no hay, por supuesto, ni una gota de patriotismo del “propio campanario”; aquí solo hay consideraciones “prácticas”... por ejemplo, con respecto a Lituania.

Rosa Luxemburg toma cuatro gubernias: Vilna, Kovno, Grodno y Suvalki, asegurando a los lectores (y a sí misma) que en ellas viven “principalmente” lituanos, y, al sumar la población de estas gubernias, obtiene un porcentaje de lituanos igual al 23% de toda la población, y si se agrega a los lituanos la žemaitija, el 31% de la población, menos de un tercio. La conclusión, por supuesto, es que la idea de la autonomía de Lituania es “arbitraria y artificial” (núm. 10, pág. 807).

El lector que conoce los notorios defectos de nuestra estadística oficial rusa verá inmediatamente el error de Rosa Luxemburg. ¿A qué venía tomar la gubernia de Grodno, en la que los lituanos constituyen solo el 0,2%, dos décimas por ciento? ¿A qué venía tomar toda la gubernia de Vilna, y no solo su uezd de Troki, donde los lituanos constituyen la mayoría de la población? ¿A qué venía tomar toda la gubernia de Suvalki, determinando el número de lituanos en el 52% de su población, y no los uezd lituanos de esa gubernia, es decir, 5 uezd de 7, en los que los lituanos constituyen el 72% de la población?

Resulta ridículo discurrir sobre las condiciones y exigencias del capitalismo moderno y tomar no las divisiones administrativas “modernas” y “capitalistas”, sino las divisiones medievales, feudales, burocrático-oficiales de Rusia, y además en su forma más tosca (gubernias, y no uezd). Es claro como el día que no se puede hablar ni siquiera de una reforma local más o menos seria en Rusia sin destruir estas divisiones y sustituirlas por divisiones verdaderamente “modernas”, que respondan verdaderamente a las exigencias no del fisco, ni de la burocracia, ni de la rutina, ni de los terratenientes, ni de los popes, sino del capitalismo; y entre las exigencias modernas del capitalismo se encontrará, sin duda, la exigencia de la mayor unidad posible de la composición nacional de la población, pues la nacionalidad, la identidad de lengua, es un factor importante para la conquista completa del mercado interior y para la plena libertad del intercambio económico.

Es curioso que este error evidente de Rosa Luxemburg sea repetido por el bundista Medem, que quiere demostrar no las particularidades “excepcionales” de Polonia, sino la inaplicabilidad del principio de la autonomía nacional-territorial (¡los bundistas están por la autonomía nacional-extraterritorial!). Nuestros bundistas y liquidadores recogen por todo el mundo todos los errores y todas las vacilaciones oportunistas de los socialdemócratas de diferentes países y de diferentes naciones, metiendo en su bagaje indefectiblemente lo peor de la socialdemocracia mundial: los recortes de los escritos bundistas y liquidacionistas podrían formar, juntos, un modélico museo socialdemócrata del mal gusto.

La autonomía regional —argumenta de forma edificante Medem— sirve para una región, para un “krai”, pero no para circunscripciones letonas, estonias, etc., con una población de medio millón a 2 millones, con una extensión de una gubernia. “Eso no sería una autonomía, sino un simple zemstvo... Sobre ese zemstvo habría que construir una verdadera autonomía...”, y el autor condena la “demolición” de las viejas gubernias y uezd[26].

En realidad, la “demolición” y la desfiguración de las condiciones del capitalismo moderno es la conservación de las divisiones administrativas medievales, feudales, oficiales. Solo las personas imbuidas del espíritu de estas divisiones pueden, “con aire docto de experto”, reflexionar sobre la contraposición del “zemstvo” y la “autonomía”, preocupándose de que, según el patrón, la “autonomía” debe ser para las grandes regiones, y el zemstvo para las pequeñas. El capitalismo moderno no exige en absoluto estos patrones burocráticos. Por qué no puede haber circunscripciones nacionales autónomas con una población no solo de medio millón, sino incluso de 50 000 habitantes; por qué dichas circunscripciones no pueden unirse de la manera más diversa con circunscripciones vecinas de diferentes dimensiones para formar un “krai” autónomo único, si es conveniente, si es necesario para el intercambio económico, todo esto sigue siendo un misterio para el bundista Medem.

Obsérvese que el programa nacional de Brünn de la socialdemocracia se sitúa íntegramente en el terreno de la autonomía nacional-territorial, proponiendo dividir Austria «en lugar de las tierras históricas de la corona» en distritos «nacionalmente delimitados» (§ 2 del programa de Brünn). Nosotros no iríamos tan lejos. Es indudable que la composición nacional homogénea de la población es uno de los factores más seguros para un intercambio comercial libre, amplio y verdaderamente moderno. Es indudable que ningún marxista – y ni siquiera ningún demócrata consecuente – defenderá las tierras austriacas de la corona ni las provincias y distritos rusos (no son tan malos como las tierras austriacas de la corona, pero aun así son muy malos), ni pondrá en duda la necesidad de sustituir estas divisiones caducas por divisiones basadas, en la medida de lo posible, en la composición nacional de la población. Es indudable, por último, que para eliminar toda opresión nacional es de suma importancia crear distritos autónomos, aunque sean de la más pequeña extensión, con una composición nacional íntegra y homogénea, hacia los cuales puedan «gravitar» y con los cuales puedan establecer vínculos y uniones libres de todo tipo los miembros de dicha nacionalidad dispersos por diversos rincones del país o incluso del globo. Todo esto es indiscutible; todo esto solo puede ser cuestionado desde un punto de vista burocrático anquilosado.

Pero la composición nacional de la población es uno de los factores económicos más importantes, aunque no el único ni el más importante entre otros. Las ciudades, por ejemplo, desempeñan un papel económico decisivo bajo el capitalismo, y las ciudades en todas partes – en Polonia, en Lituania, en Ucrania, en la Gran Rusia, etc. – se distinguen por la composición nacional más abigarrada de la población. Separar las ciudades de las aldeas y distritos que gravitan económicamente hacia ellas por motivos «nacionales» es absurdo e imposible. Por eso los marxistas no deben situarse total y exclusivamente en el terreno del principio «nacional-territorialista».

Y es mucho más acertada que la austriaca la solución de la cuestión esbozada por la última conferencia de los marxistas rusos. Dicha conferencia formuló al respecto la siguiente tesis:

«...es necesaria... una amplia autonomía regional» (por supuesto, no solo para Polonia, sino para todas las regiones de Rusia) «y una autoadministración local plenamente democrática, determinándose los límites de las regiones autoadministradas y autónomas» (no según las fronteras de las actuales provincias, distritos, etc.) «a partir de la consideración, por la propia población local, de las condiciones económicas y de modo de vida, de la composición nacional de la población, etc.»[27]

La composición nacional de la población se sitúa aquí junto a otras condiciones (en primer lugar las económicas, luego las del modo de vida, etc.) que deben servir de base para establecer nuevas fronteras acordes con el capitalismo moderno, y no con el formalismo burocrático y el atraso asiático. Solo la población local puede «considerar» con plena exactitud todas estas condiciones, y sobre la base de tal consideración el parlamento central del Estado determinará las fronteras de las regiones autónomas y las competencias de las dietas autónomas.

Nos queda aún examinar la cuestión del derecho de las naciones a la autodeterminación. En torno a esta cuestión, toda una colección de oportunistas de todas las nacionalidades ha emprendido la tarea de «popularizar» los errores de Rosa Luxemburgo: el liquidacionista Semkovski, el bundista Liebman y el socialnacionalista ucraniano Lev Yurkévich. A esta cuestión, extremadamente embrollada por toda esta «colección», dedicaremos el próximo artículo{60}.