El señor Libman escribe en su objeción:

«Tomen ustedes Lituania, la región del Báltico, Polonia, Volinia, el sur de Rusia, etc.: en todas partes encontrarán una población mixta; no hay una sola ciudad donde no exista una gran minoría nacional. Por muy lejos que se lleve la descentralización, en todas partes se hallarán, en distintas localidades (principalmente en las comunidades urbanas), distintas nacionalidades juntas, y precisamente el democratismo entrega la minoría nacional en manos de la mayoría nacional. Pero, como es sabido, V. I. se muestra hostil a esa estructura estatal federativa y a la descentralización ilimitada que tienen lugar en la Confederación Suiza. Cabe preguntar: ¿para qué citó el ejemplo de Suiza?»

Para qué cité el ejemplo de Suiza ya ha sido explicado más arriba. Del mismo modo se ha explicado que el problema de la protección de los derechos de la minoría nacional solo es resoluble mediante la promulgación de una ley estatal general en un Estado consecuentemente democrático, que no se aparte del principio de igualdad de derechos. Pero en la cita aducida, el señor Libman repite aún una de las objeciones (u observaciones escépticas) más corrientes (y más falsas) que se hacen habitualmente contra el programa nacional marxista y que merecen, por tanto, ser analizadas.

Los marxistas, naturalmente, se muestran hostiles a la federación y a la descentralización, por la sencilla razón de que el capitalismo exige para su desarrollo Estados lo más grandes y lo más centralizados posible. En igualdad de condiciones, el proletariado consciente defenderá siempre el Estado más grande. Luchará siempre contra el particularismo medieval, saludará siempre la más estrecha cohesión económica posible de grandes territorios en los que pueda desplegarse ampliamente la lucha del proletariado contra la burguesía.

El desarrollo amplio y rápido de las fuerzas productivas por el capitalismo requiere territorios grandes, estatalmente cohesionados y unificados, únicos en los que puede cohesionarse la clase burguesa, destruyendo todas las viejas barreras medievales, estamentales, estrechamente locales, pequeñonacionales, confesionales y demás, y junto con ella su inevitable antípoda: la clase de los proletarios.

Del derecho de las naciones a la autodeterminación, es decir, a la separación y a la formación de un Estado nacional independiente, hablaremos por separado[23]. Pero, mientras y en la medida en que distintas naciones constituyan un Estado único, los marxistas no predicarán en ningún caso ni el principio federativo ni la descentralización. El gran Estado centralizado es un enorme paso histórico adelante, desde la fragmentación medieval hacia la futura unidad socialista de todo el mundo, y no hay ni puede haber otro camino al socialismo que a través de ese Estado (indisolublemente ligado al capitalismo).

Pero sería inadmisible olvidar que, al defender el centralismo, defendemos exclusivamente el centralismo democrático. A este respecto, toda suerte de pequeñoburgueses en general, y el pequeñoburgués nacionalista en particular (incluido el difunto Dragománov), han introducido tal confusión en el asunto que es necesario dedicar una y otra vez tiempo a desentrañarla.

El centralismo democrático no solo no excluye la autogestión local con autonomía de regiones que se distinguen por condiciones económicas y de vida peculiares, por una composición nacional especial de la población, etc., sino que, por el contrario, exige necesariamente tanto lo uno como lo otro. Entre nosotros se confunde constantemente el centralismo con la arbitrariedad y el burocratismo. La historia de Rusia, naturalmente, debía engendrar tal confusión, pero esta sigue siendo absolutamente inadmisible para un marxista.

Lo más fácil será explicarlo con un ejemplo concreto.

Rosa Luxemburgo, en su extenso artículo «La cuestión nacional y la autonomía»[24], entre muchos errores divertidos (de los que hablaremos más abajo), comete también el error particularmente divertido de intentar limitar la reivindicación de autonomía a Polonia solamente.

Pero veamos primero cómo define ella la autonomía. Rosa Luxemburgo reconoce —y, siendo marxista, está obligada, por supuesto, a reconocerlo— que todas las cuestiones económicas y políticas más importantes y esenciales para la sociedad capitalista deben ser competencia en modo alguno de las dietas autónomas de regiones aisladas, sino exclusivamente del parlamento central, estatal general. Entre estas cuestiones figuran: la política aduanera, la legislación comercial e industrial, las vías de comunicación y los medios de enlace (ferrocarriles, correos, telégrafo, teléfono, etc.), el ejército, el sistema fiscal, el derecho civil[25] y penal, los principios generales de la enseñanza escolar (por ejemplo, la ley sobre la escuela exclusivamente laica, sobre la instrucción universal, sobre el programa mínimo, sobre la estructura democrática del régimen escolar, etc.), la legislación sobre protección del trabajo, sobre las libertades políticas (derecho de coalición), etc., etc.

Son competencia de las dietas autónomas —sobre la base de la legislación estatal general— las cuestiones de significación puramente local, regional o puramente nacional. Desarrollando también esta idea con gran —por no decir excesiva— meticulosidad, Rosa Luxemburgo señala, por ejemplo, la construcción de ferrocarriles de importancia local (n.º 12, pág. 149), las carreteras locales (n.º 14-15, pág. 376), etc.

Es absolutamente evidente que no se puede concebir un Estado moderno realmente democrático sin conceder tal autonomía a toda región con peculiaridades económicas y de vida más o menos sustanciales, con una composición nacional especial de la población, etc. El principio de centralismo, necesario en interés del desarrollo del capitalismo, no solo no es socavado por tal autonomía (local y regional), sino que, por el contrario, precisamente por ella es llevado a la práctica democráticamente, y no burocráticamente. El desarrollo amplio, libre y rápido del capitalismo se haría imposible, o al menos extremadamente difícil, sin esa autonomía que facilita tanto la concentración de capitales como el desarrollo de las fuerzas productivas y la cohesión de la burguesía y el proletariado a escala estatal general. Pues la injerencia burocrática en las cuestiones puramente locales (regionales, nacionales, etc.) es uno de los mayores obstáculos para el desarrollo económico y político en general, y en particular uno de los obstáculos al centralismo en lo serio, en lo grande, en lo fundamental.

Por eso es difícil contener una sonrisa al leer cómo nuestra magnífica Rosa Luxemburgo se esfuerza, con aires de completa seriedad y con palabras «puramente marxistas», por demostrar la aplicabilidad de la reivindicación de autonomía ¡solo a Polonia, solo por vía de excepción! Por supuesto, no hay aquí ni una pizca de patriotismo de «su propia parroquia»; aquí solo hay consideraciones «prácticas»... por ejemplo, respecto a Lituania.

Rosa Luxemburgo toma cuatro gubernias: la de Vilna, la de Kovno, la de Grodno y la de Suvalki, asegurando a los lectores (y a sí misma) que en ellas viven «principalmente» lituanos, con lo cual, juntando la población de estas gubernias, obtiene un porcentaje de lituanos igual al 23% de toda la población, y si a los lituanos se añaden los samogitios, el 31% de la población, menos de un tercio. La conclusión que se obtiene, por supuesto, es que la idea de la autonomía de Lituania es «arbitraria y artificial» (n.º 10, pág. 807).

El lector familiarizado con las archiconocidas deficiencias de nuestra estadística oficial rusa verá de inmediato el error de Rosa Luxemburgo. ¿A santo de qué tomar la gubernia de Grodno, en la que los lituanos constituyen solo el 0,2%, dos décimas de tanto por ciento? ¿A santo de qué tomar toda la gubernia de Vilna, y no solo su uyezd de Troki, en el que los lituanos constituyen la mayoría de la población? ¿A santo de qué tomar toda la gubernia de Suvalki, determinando el número de lituanos en el 52% de su población, y no los uyezd lituanos de esta gubernia, es decir, 5 uyezd de 7, en los que los lituanos constituyen el 72% de la población?

Resulta ridículo discurrir sobre las condiciones y exigencias del capitalismo moderno y tomar divisiones administrativas de Rusia no «modernas» ni «capitalistas», sino medievales, feudales, oficial-burocráticas, y además en su forma más tosca (gubernias, y no uyezd). Está claro como el día que no puede ni hablarse de ninguna reforma local medianamente seria en Rusia sin suprimir estas divisiones y sustituirlas por divisiones realmente «modernas», que respondan realmente a las exigencias no del fisco ni de la burocracia, no de la rutina, no de los terratenientes, no de los popes, sino del capitalismo, y entre las exigencias modernas del capitalismo estará, indudablemente, la exigencia de la mayor unidad posible de la composición nacional de la población, pues la nacionalidad, la identidad de lengua, es un factor importante para la conquista plena del mercado interior y para la plena libertad del intercambio económico.

Es curioso que este error manifiesto de Rosa Luxemburgo lo repita el bundista Medem, quien quiere demostrar no las peculiaridades «excepcionales» de Polonia, sino la inutilidad del principio de autonomía nacional-territorial (¡los bundistas abogan por la autonomía nacional-extraterritorial!). Nuestros bundistas y liquidacionistas recopilan por todo el mundo todos los errores y todas las vacilaciones oportunistas de los socialdemócratas de diferentes países y diferentes naciones, metiendo en su bagaje infaliblemente lo peor de la socialdemocracia mundial: los recortes de los escritos bundistas y liquidacionistas podrían componer, todos juntos, un modélico museo socialdemócrata del mal gusto.

La autonomía regional —discurre el didáctico Medem— sirve para una región, para un «país», pero no para circunscripciones letonas, estonias, etc., con una población de medio millón a dos millones, con una extensión de una gubernia. «Eso no sería autonomía, sino un simple zemstvo... Por encima de este zemstvo habría que construir la verdadera autonomía...», y el autor condena la «ruptura» de las viejas gubernias y uyezd[26].

De hecho, la «ruptura» y la deformación de las condiciones del capitalismo moderno es la conservación de las divisiones administrativas medievales, feudales, oficiales. Solo personas imbuidas del espíritu de estas divisiones pueden «con docto aire de entendidos» reflexionar sobre la contraposición de «zemstvo» y «autonomía», preocupándose de que, según el patrón, la «autonomía» deba ser para regiones grandes y el zemstvo para las pequeñas. El capitalismo moderno no exige en absoluto esos patrones burocráticos. Por qué no puede haber circunscripciones nacionales autónomas con una población no solo de medio millón, sino incluso de 50.000 habitantes, por qué tales circunscripciones no pueden unirse de la manera más diversa con circunscripciones vecinas de diferentes dimensiones en un «país» autónomo único, si ello es conveniente, si es necesario para el intercambio económico, todo esto sigue siendo un secreto para el bundista Medem.

Observemos que el programa nacional de Brünn de la socialdemocracia se sitúa por entero en el terreno de la autonomía nacional-territorial, proponiendo dividir Austria «en lugar de las tierras históricas de la Corona» en circunscripciones «nacionalmente delimitadas» (§ 2 del programa de Brünn). Nosotros no iríamos tan lejos. Es indudable que la composición nacional unitaria de la población es uno de los factores más seguros para el intercambio comercial libre y amplio, realmente moderno. Es indudable que ningún marxista —e incluso ningún demócrata decidido defenderá las tierras de la Corona austríacas y las gubernias y uyezd rusos (no son tan malos como las tierras de la Corona austríacas, pero aun así son muy malos), ni objetará la necesidad de sustituir estas divisiones anticuadas por divisiones basadas, en lo posible, en la composición nacional de la población. Es indudable, por último, que para eliminar toda opresión nacional es sumamente importante crear circunscripciones autónomas, incluso de la más pequeña magnitud, con una composición nacional íntegra y unitaria, pudiendo «gravitar» hacia estas circunscripciones, y entablar relaciones y alianzas libres de todo tipo, los miembros de la nacionalidad dada diseminados por distintos confines del país o incluso del globo terráqueo. Todo esto es indiscutible, todo esto solo puede ser impugnado desde un punto de vista burocrático anquilosado.

Pero la composición nacional de la población es uno de los factores económicos más importantes, pero no el único ni el más importante entre otros. Las ciudades, por ejemplo, desempeñan un importantísimo papel económico bajo el capitalismo, y las ciudades en todas partes —en Polonia, en Lituania, en Ucrania, en la Gran Rusia, etc.— se distinguen por la más abigarrada composición nacional de la población. Separar a las ciudades de las aldeas y circunscripciones que gravitan económicamente hacia ellas por el motivo «nacional» es absurdo e imposible. Por eso, los marxistas no deben situarse por entero y exclusivamente en el terreno del principio «nacional-territorialista».

Y es mucho más acertada que la austríaca la solución de la tarea esbozada por la última conferencia de los marxistas rusos. Esta conferencia planteó sobre la cuestión dada la siguiente tesis:

«...es necesaria... una amplia autonomía regional» (por supuesto, no solo para Polonia, sino para todas las regiones de Rusia) «y una autogestión local plenamente democrática, determinándose los límites de las regiones autogestionadas y autónomas» (no por los límites de las actuales gubernias, uyezd, etc.) «sobre la base del cálculo, por la propia población local, de las condiciones económicas y de vida, de la composición nacional de la población, etc.»[27]

La composición nacional de la población se sitúa aquí al lado de otras condiciones (en primer lugar las económicas, después las de vida, etc.), que deben servir de base para establecer nuevas fronteras que correspondan al capitalismo moderno, y no a la burocracia zarista ni al asiaticismo. Únicamente la población local puede «calcular» con plena exactitud todas estas condiciones, y sobre la base de tal cálculo, el parlamento central del Estado determinará los límites de las regiones autónomas y las competencias de las dietas autónomas.

Nos queda aún examinar la cuestión del derecho de las naciones a la autodeterminación. De esta cuestión se ha encargado de «popularizar» los errores de Rosa Luxemburgo toda una colección de oportunistas de todas las nacionalidades: el liquidacionista Semkovski, el bundista Libman y el nacional-social ucraniano Lev Yurkévich. A esta cuestión, embrollada en grado sumo por toda la «colección», dedicaremos el siguiente artículo{60}.