La cuestión del asimilacionismo[18], es decir, de la pérdida de las particularidades nacionales, del paso a otra nación, permite representar de manera palpable las consecuencias de las vacilaciones nacionalistas de los bundistas y de sus correligionarios.

El señor Libman, al transmitir y repetir fielmente los argumentos corrientes, o, mejor dicho, los procedimientos de los bundistas, calificó la reivindicación de la unidad y la fusión de los obreros de todas las nacionalidades de un Estado determinado en organizaciones obreras únicas (véase más arriba el final del artículo de *Sévernaia Pravda*) de «viejo cuento asimilacionista».

«En consecuencia –dice el señor F. Libman a propósito de la conclusión del artículo de *Sévernaia Pravda*–, a la pregunta: ¿a qué nacionalidad pertenece usted?, el obrero debe responder: soy socialdemócrata».

Nuestro bundista considera esto el colmo del ingenio. En realidad, se desenmascara definitivamente con semejantes agudezas y con el griterío sobre el «asimilacionismo», dirigido contra una consigna consecuentemente democrática y marxista.

El capitalismo en desarrollo conoce dos tendencias históricas en la cuestión nacional. Primera: el despertar de la vida nacional y de los movimientos nacionales, la lucha contra toda opresión nacional, la creación de Estados nacionales. Segunda: el desarrollo y la multiplicación de todo tipo de vínculos entre las naciones, el derribo de las barreras nacionales, la creación de la unidad internacional del capital, de la vida económica en general, de la política, de la ciencia, etc.

Ambas tendencias constituyen una ley mundial del capitalismo. La primera predomina al comienzo de su desarrollo, la segunda caracteriza al capitalismo maduro y que marcha hacia su transformación en sociedad socialista. El programa nacional de los marxistas tiene en cuenta ambas tendencias, defendiendo, en primer lugar, la igualdad de derechos de las naciones y las lenguas, la inadmisibilidad de cualesquiera privilegios en este terreno (así como el derecho de las naciones a la autodeterminación, del que se hablará más adelante por separado), y, en segundo lugar, el principio del internacionalismo y de la lucha irreconciliable contra el contagio del proletariado por el nacionalismo burgués, por muy refinado que este sea.

Cabe preguntarse: ¿de qué habla, pues, nuestro bundista cuando clama al cielo contra el «asimilacionismo»? No podía hablar aquí de violencias contra las naciones, de privilegios de una de las naciones, porque la palabra «asimilacionismo» no viene al caso en absoluto; porque todos los marxistas, tanto individualmente como en su conjunto oficial único, han condenado de manera completamente definida e inequívoca la más mínima violencia, opresión o desigualdad nacional; porque, en fin, también en el artículo de *Sévernaia Pravda* contra el que se abalanza el bundista, esta idea común a todos los marxistas está expresada con una firmeza absoluta.

No. Aquí no caben subterfugios. El señor Libman condenaba el «asimilacionismo», entendiendo por tal no las violencias, ni la desigualdad, ni los privilegios. Descontada toda violencia y toda desigualdad, ¿queda algo real en el concepto de asimilacionismo? Indudablemente, sí. Queda la tendencia histórico-universal del capitalismo a derribar las barreras nacionales, a borrar las diferencias nacionales, a asimilar las naciones, tendencia que con cada decenio se manifiesta con mayor fuerza y constituye uno de los más grandes motores que transforman el capitalismo en socialismo.

No es marxista, ni siquiera es demócrata, quien no reconoce y no defiende la igualdad de derechos de las naciones y las lenguas, quien no lucha contra toda opresión o desigualdad nacional. Esto es indudable. Pero también es indudable que aquel presunto marxista que pone por los suelos a un marxista de otra nación tachándolo de «asimilacionismo» representa en realidad, sencillamente, a un pequeñoburgués nacionalista. A esta categoría de gente poco respetable pertenecen todos los bundistas y (como veremos en seguida) los nacional-sociales ucranianos del tipo de los señores L. Yurkévich, Dontsov y Cía.

Para mostrar de manera concreta todo el carácter reaccionario de las concepciones de estos pequeñoburgueses nacionalistas, aduciremos datos de tres tipos.

Quienes más gritan contra el «asimilacionismo» de los marxistas ortodoxos rusos son, en general, los nacionalistas judíos de Rusia, y entre ellos, particularmente, los bundistas. Sin embargo, como se desprende de los datos arriba citados, de los diez millones y medio de judíos que hay en el mundo, aproximadamente la mitad vive en el mundo civilizado, en las condiciones de mayor «asimilacionismo», mientras que solamente los desdichados, oprimidos, privados de derechos, aplastados por los Purishkévich (rusos y polacos) judíos de Rusia y de Galitzia viven en las condiciones de menor «asimilacionismo», de mayor aislamiento, hasta el extremo de la «zona de residencia», la «norma porcentual» y demás primores purishkevichianos.

Los judíos del mundo civilizado no constituyen una nación, se han asimilado en su mayor parte, dicen K. Kautsky y O. Bauer. Los judíos de Galitzia y de Rusia no constituyen una nación, son, por desgracia (y no por culpa suya, sino de los Purishkévich), todavía una casta. Tal es el juicio indiscutible de personas que conocen de manera indiscutible la historia del pueblo judío y toman en consideración los hechos arriba expuestos.

¿De qué hablan estos hechos? De que contra el «asimilacionismo» sólo pueden gritar los pequeñoburgueses reaccionarios judíos que quieren hacer girar hacia atrás la rueda de la historia, obligarla a ir no del régimen de Rusia y Galitzia al régimen de París y Nueva York, sino al revés.

Contra el asimilacionismo jamás clamaron aquellas figuras relevantes del pueblo judío, mundial e históricamente célebres, que dieron al mundo a los dirigentes avanzados de la democracia y del socialismo. Contra el asimilacionismo sólo gritan los reverentes contempladores de la «trastienda» judía.

Sobre las proporciones que en general adquiere el proceso de asimilación de las naciones en las condiciones actuales del capitalismo desarrollado, puede uno formarse una idea aproximada, por ejemplo, a partir de los datos sobre la emigración a los Estados Unidos de América. Europa envió allí, en diez años, de 1891 a 1900, 3,7 millones de personas, y en nueve años, de 1901 a 1909, 7,2 millones de personas. El censo de 1900 contó en los Estados Unidos más de 10 millones de extranjeros. El estado de Nueva York, que según ese mismo censo contaba con más de 78 mil austríacos, 136 mil ingleses, 20 mil franceses, 480 mil alemanes, 37 mil húngaros, 425 mil irlandeses, 182 mil italianos, 70 mil polacos, 166 mil procedentes de Rusia (en su mayor parte judíos), 43 mil suecos, etc., semeja un molino que tritura las diferencias nacionales. Y lo que en proporciones grandes, internacionales, ocurre en Nueva York, ocurre igualmente en cada gran ciudad y en cada poblado fabril.

Quien no esté atascado en prejuicios nacionalistas no puede dejar de ver en este proceso de asimilación de las naciones por el capitalismo un grandísimo progreso histórico, la destrucción del anquilosamiento nacional de diversos rincones apartados, particularmente en países atrasados como Rusia.

Tomemos a Rusia y la actitud de los granrusos hacia los ucranianos. De suyo se comprende que todo demócrata, por no hablar ya de un marxista, luchará resueltamente contra la inaudita humillación de los ucranianos y exigirá su plena igualdad de derechos. Pero sería una traición directa al socialismo y una política estúpida, incluso desde el punto de vista de las «tareas nacionales» burguesas de los ucranianos, debilitar el vínculo y la alianza, hoy existente dentro de los límites de un solo Estado, del proletariado ucraniano y el granruso.

El señor Lev Yurkévich, que se llama a sí mismo también «marxista» (¡pobre Marx!), da una muestra de esta política estúpida. En 1906 –escribe el señor Yurkévich–, Sokolovski (Basok) y Lukashévich (Tuchapski) afirmaban que el proletariado ucraniano se había rusificado por completo y que no necesitaba una organización especial. Sin intentar aducir un solo hecho sobre el fondo de la cuestión, el señor Yurkévich se abalanza por esto contra ambos, vociferando histéricamente –por completo en el espíritu del más bajo, torpe y reaccionario nacionalismo– que esto es «pasividad nacional», «renuncia nacional», que estas personas «¡¡dividieron a los marxistas ucranianos!!», etc. Entre nosotros, ahora, a pesar del «auge de la conciencia nacional ucraniana entre los obreros», una minoría de los obreros es «nacionalmente consciente», mientras que la mayoría –asegura el señor Yurkévich– «se encuentra todavía bajo la influencia de la cultura rusa». Y nuestra tarea –exclama el pequeñoburgués nacionalista– es «no ir a remolque de las masas, sino conducirlas tras nosotros, explicarles las tareas nacionales (la causa nacional)» (*Dzvin*, pág. 89).

Todo este razonamiento del señor Yurkévich es enteramente nacionalista burgués. Pero incluso desde el punto de vista de los nacionalistas burgueses, de los cuales unos quieren la plena igualdad de derechos y la autonomía de Ucrania, y otros, un Estado ucraniano independiente, este razonamiento no resiste la crítica. El adversario de las aspiraciones liberadoras de los ucranianos es la clase de los terratenientes granrusos y polacos, y, después, la burguesía de esas mismas dos naciones. ¿Qué fuerza social es capaz de rechazar a estas clases? El primer decenio del siglo XX dio una respuesta fáctica: esa fuerza es exclusivamente la clase obrera, que conduce tras de sí al campesinado democrático. Al esforzarse por dividir y con ello debilitar una fuerza realmente democrática, con cuya victoria sería imposible la violencia nacional, el señor Yurkévich traiciona los intereses no sólo de la democracia en general, sino también los de su patria, Ucrania. Con la acción unida de los proletarios granrusos y ucranianos, una Ucrania libre es posible; sin esa unidad, de ella no puede ni hablarse.

Pero los marxistas no se limitan al punto de vista nacional burgués. Desde hace ya varios decenios se ha definido plenamente el proceso de un desarrollo económico más rápido del sur, es decir, de Ucrania, que atrae de la Gran Rusia a decenas y centenares de miles de campesinos y obreros hacia las empresas capitalistas, las minas, las ciudades. El hecho de la «asimilación» –dentro de estos límites– del proletariado granruso y ucraniano es indiscutible. Y este hecho es incondicionalmente progresivo. El capitalismo pone, en lugar del torpe, anquilosado, sedentario y embrutecido mujik granruso o ucraniano, al proletario móvil, cuyas condiciones de vida rompen la estrechez específicamente nacional, tanto la granrusa como la ucraniana. Admitamos que entre la Gran Rusia y Ucrania se establezca con el tiempo una frontera estatal; también en ese caso será indiscutible la progresividad histórica de la «asimilación» de los obreros granrusos y ucranianos, como es progresiva la trituración de las naciones en América. Cuanto más libres sean Ucrania y la Gran Rusia, tanto más amplio y más rápido será el desarrollo del capitalismo, el cual atraerá entonces con mayor fuerza aún a la masa obrera de todas las naciones, de todas las regiones del Estado y de todos los Estados vecinos (si Rusia resultara ser un Estado vecino con respecto a Ucrania) a las ciudades, a las minas, a las fábricas.

El señor Lev Yurkévich procede como un auténtico burgués y, además, como un burgués miope, estrecho y torpe, es decir, como un pequeñoburgués, cuando desecha los intereses de la comunicación, la fusión y la asimilación del proletariado de dos naciones en aras del éxito momentáneo de la causa nacional ucraniana. La causa nacional primero, la proletaria después, dicen los nacionalistas burgueses y los señores Yurkévich, Dontsov y demás pseudomarxistas que van tras ellos. La causa proletaria ante todo, decimos nosotros, pues ella asegura no sólo los intereses duraderos y cardinales del trabajo y los intereses de la humanidad, sino también los intereses de la democracia, y sin democracia son impensables una Ucrania autónoma o independiente.

Por último, en el razonamiento del señor Yurkévich, extraordinariamente rico en perlas nacionalistas, hay que señalar también lo siguiente. La minoría de los obreros ucranianos es nacionalmente consciente, dice él; «la mayoría se encuentra todavía bajo la influencia de la cultura rusa» (bílshist perebuváie shche pid vplívom rosíiskoi kulturi).

Cuando se trata del proletariado, esta contraposición de la cultura ucraniana en su conjunto a la cultura granrusa, también en su conjunto, significa la más desvergonzada traición a los intereses del proletariado en favor del nacionalismo burgués.

Hay dos naciones en cada nación moderna, decimos nosotros a todos los nacional-sociales. Hay dos culturas nacionales en cada cultura nacional. Existe la cultura granrusa de los Purishkévich, los Guchkov y los Struve, pero existe también la cultura granrusa caracterizada por los nombres de Chernyshevski y Plejánov. Existen las mismas dos culturas en lo ucraniano, lo mismo que en Alemania, Francia, Inglaterra, entre los judíos, etc. Si la mayoría de los obreros ucranianos se halla bajo la influencia de la cultura granrusa, sabemos firmemente que, junto con las ideas de la cultura clerical y burguesa granrusa, actúan allí también las ideas de la democracia y la socialdemocracia granrusas. Luchando contra el primer tipo de «cultura», el marxista ucraniano destacará siempre la segunda cultura y dirá a sus obreros: «toda posibilidad de comunicación con el obrero granruso consciente, con su literatura, con su círculo de ideas, debemos, a toda costa, captarla, aprovecharla, afianzarla; así lo exigen los intereses cardinales tanto del movimiento obrero ucraniano como del granruso».

Si el marxista ucraniano se deja arrastrar por un odio completamente legítimo y natural hacia los granrusos opresores hasta el punto de trasladar aunque sea una partícula de ese odio, aunque sea sólo el distanciamiento, a la cultura proletaria y a la causa proletaria de los obreros granrusos, ese marxista se deslizará con ello al pantano del nacionalismo burgués. De la misma manera, también el marxista granruso se deslizará al pantano del nacionalismo, y no sólo del burgués, sino incluso del de las Centurias Negras, si olvida por un solo instante la reivindicación de la plena igualdad de derechos de los ucranianos o su derecho a constituir un Estado independiente.

Los obreros granrusos y ucranianos deben defender juntos y, mientras vivan en un mismo Estado, en la más estrecha unidad orgánica y fusión, la cultura común o internacional del movimiento proletario, manteniendo una absoluta tolerancia en lo que atañe a la cuestión del idioma de la propaganda y a la consideración de las particularidades puramente locales o puramente nacionales en esa propaganda. Tal es la exigencia incondicional del marxismo. Toda prédica de separación de los obreros de una nación respecto a los de otra, todo ataque contra el «asimilacionismo» marxista, toda contraposición, en las cuestiones que atañen al proletariado, de una cultura nacional en su conjunto a otra cultura pretendidamente nacional en su conjunto, etc., es nacionalismo burgués, contra el cual es obligatoria una lucha despiadada.