Los periódicos han señalado en repetidas ocasiones el informe del virrey del Cáucaso, que se distingue no por el reaccionarismo de las Centurias Negras, sino por un tímido «liberalismo». Entre otras cosas, el virrey se manifiesta en contra de la rusificación artificial, es decir, de la rusificación de las nacionalidades no rusas. En el Cáucaso, los representantes de las nacionalidades no rusas se esfuerzan por enseñar ruso a sus hijos, por ejemplo, en las escuelas eclesiásticas armenias, donde la enseñanza del idioma ruso no es obligatoria.

Señalando esto, uno de los periódicos liberales más difundidos en Rusia, *Rússkoe Slovo*{54} (n.º 198), extrae la justa conclusión de que la actitud hostil hacia el idioma ruso en Rusia «proviene exclusivamente» de la implantación «artificial» (habría que decir: forzosa) del idioma ruso.

«No hay por qué preocuparse por el destino del idioma ruso. Él mismo se ganará el reconocimiento en toda Rusia», escribe el periódico. Y esto es justo, pues las necesidades del intercambio económico obligarán siempre a las nacionalidades que viven en un mismo Estado (mientras quieran vivir juntas) a estudiar el idioma de la mayoría. Cuanto más democrático sea el régimen de Rusia, con tanta mayor fuerza, rapidez y amplitud se desarrollará el capitalismo, y con tanta mayor insistencia las necesidades del intercambio económico impulsarán a las distintas nacionalidades a estudiar el idioma más conveniente para las relaciones comerciales comunes.

Pero el periódico liberal se apresura a contradecirse y a demostrar su inconsecuencia liberal.

«Es poco probable —escribe— que alguien, incluso entre los adversarios de la rusificación, objete que en un Estado tan enorme como Rusia debe haber un único idioma estatal general y que ese idioma... solo puede ser el ruso».

¡Una lógica al revés! La pequeña Suiza no pierde, sino que gana, por no tener un único idioma estatal general, sino tres: alemán, francés e italiano. En Suiza, el 70 % de la población son alemanes (en Rusia, el 43 % son grandes rusos), el 22 % son franceses (en Rusia, el 17 % son ucranianos), el 7 % son italianos (en Rusia, el 6 % son polacos y el 4,5 % son bielorrusos). Si los italianos en Suiza a menudo hablan francés en el parlamento común, no lo hacen bajo la férula de una ley policial salvaje (no la hay en Suiza), sino simplemente porque los ciudadanos civilizados de un Estado democrático prefieren por sí mismos un idioma comprensible para la mayoría. El idioma francés no inspira odio a los italianos, pues es el idioma de una nación libre y civilizada, un idioma que no se impone mediante repugnantes medidas policiales.

¿Por qué entonces la «enorme» Rusia, mucho más abigarrada y terriblemente atrasada, debería frenar su desarrollo conservando privilegio alguno para uno de los idiomas? ¿No debería ser al revés, señores liberales? ¿No debería Rusia, si quiere alcanzar a Europa, acabar con todos y cada uno de los privilegios lo más rápido, completa y resueltamente posible?

Si desaparecieran todos los privilegios, si cesara la imposición de uno de los idiomas, todos los eslavos aprenderían fácil y rápidamente a entenderse entre sí y no se asustarían ante la «terrible» idea de que en el parlamento común resuenen discursos en distintos idiomas. Y las necesidades del intercambio económico determinarán por sí mismas el idioma del país dado, cuyo conocimiento sea ventajoso para la mayoría en interés de las relaciones comerciales. Y esta determinación será tanto más firme cuanto que la adopte voluntariamente la población de las distintas naciones, y tanto más rápida y amplia cuanto más consecuente sea la democracia y, en virtud de ello, más rápido sea el desarrollo del capitalismo.

También a la cuestión de los idiomas, como a todas las cuestiones políticas, los liberales la abordan como mercachifles hipócritas, que tienden una mano (abiertamente) a la democracia y la otra (a la espalda) a los señores feudales y a los policías. Estamos contra los privilegios —grita el liberal, mientras a la espalda regatea para sí ante los señores feudales ora un privilegio, ora otro.

Así es todo nacionalismo liberal-burgués, no solo el gran ruso (este es el peor de todos, debido a su carácter violento y su afinidad con los señores Purishkévich), sino también el polaco, el judío, el ucraniano, el georgiano y cualquier otro. La burguesía de todas las naciones, tanto en Austria como en Rusia, bajo la consigna de la «cultura nacional», lleva a la práctica la división de los obreros, el debilitamiento de la democracia y los trapicheos mercantiles con los señores feudales para vender los derechos populares y la libertad popular.

La consigna de la democracia obrera no es la «cultura nacional», sino la cultura internacional de la democracia y del movimiento obrero mundial. Que la burguesía engañe al pueblo con toda clase de programas nacionales «positivos». El obrero consciente le responderá: solo hay una solución para la cuestión nacional (en la medida en que, en general, sea posible su solución en el mundo del capitalismo, mundo de lucro, disputas y explotación), y esta solución es la democracia consecuente.

Pruebas de ello: Suiza, en Europa Occidental, un país de vieja cultura, y Finlandia, en Europa Oriental, un país de joven cultura.

El programa nacional de la democracia obrera: ningún privilegio incondicional para ninguna nación ni ningún idioma; la solución de la cuestión de la autodeterminación política de las naciones, es decir, de su separación estatal, por una vía plenamente libre y democrática; la promulgación de una ley estatal general, en virtud de la cual cualquier medida (de los zemstvos, municipal, comunal, etc., etc.) que implante en cualquier ámbito un privilegio para una de las naciones, que viole la igualdad de derechos de las naciones o los derechos de una minoría nacional, sea declarada ilegal y nula, y cualquier ciudadano del Estado tenga derecho a exigir la anulación de dicha medida como inconstitucional, así como el castigo penal de quienes pretendan aplicarla.

A las disputas nacionales de los distintos partidos burgueses en torno a cuestiones de idioma, etc., la democracia obrera contrapone la exigencia de: la unidad incondicional y la fusión completa de los obreros de todas las nacionalidades en todas las organizaciones obreras, sindicales, cooperativas, de consumo, educativas y de cualquier otro tipo, en contraposición a todo nacionalismo burgués. Solo esta unidad y fusión pueden defender la democracia, defender los intereses de los obreros contra el capital —que ya se ha vuelto internacional y lo es cada vez más—, defender los intereses del desarrollo de la humanidad hacia un nuevo modo de vida, ajeno a todo privilegio y a toda explotación.