La reunión del Comité Central aprobó la resolución sobre la cuestión nacional publicada en la «Notificación»[32] y colocó la cuestión del programa nacional en el orden del día del congreso.

Por qué y de qué manera la cuestión nacional ha pasado a ocupar en el momento actual un lugar prominente —tanto en toda la política de la contrarrevolución como en la conciencia de clase de la burguesía y en el partido socialdemócrata proletario de Rusia— se señala detalladamente en la propia resolución. Apenas hay necesidad de detenerse en ello, dada la completa claridad de la situación. En la literatura teórica marxista, esta situación de cosas y las bases del programa nacional de la socialdemocracia ya han sido esclarecidas en los últimos tiempos (en primer lugar destaca aquí el artículo de Stalin{92}). Por eso, en el presente artículo consideramos oportuno limitarnos al planteamiento puramente partidista de la cuestión y a las aclaraciones de aquello que la prensa legal, sofocada por la opresión stolipinista-maklakovista, no puede decir.

La socialdemocracia en Rusia se está formando apoyándose por entero en la experiencia de los países más avanzados, es decir, de Europa, y en la expresión teórica de esta experiencia, a saber, el marxismo. La peculiaridad de nuestro país y la peculiaridad del momento histórico de la creación en él de la socialdemocracia consiste, en primer lugar, en que en nuestro país —a diferencia de Europa— la socialdemocracia comenzó a formarse antes de la revolución burguesa y continúa formándose durante ella. En segundo lugar, en nuestro país la inevitable lucha por la separación de la democracia proletaria de la democracia burguesa general y pequeñoburguesa —lucha básicamente idéntica a la que atravesaron todos los países— transcurre en condiciones de victoria teórica completa del marxismo en Occidente y entre nosotros. Por ello, la forma de esta lucha no es tanto una lucha por el marxismo, sino una lucha a favor o en contra de teorías pequeñoburguesas, encubiertas con frases «casi marxistas».

Así están las cosas desde el «economismo» (1895–1901) y el «marxismo legal» (1895–1901, 1902). Solo quienes temen la verdad histórica pueden olvidar la estrechísima e inmediata conexión y parentesco de estas corrientes con el menchevismo (1903–1907) y el liquidacionismo (1908–1913).

En la cuestión nacional, la vieja «Iskra»{93}, que preparó en 1901–1903 el programa del POSDR, junto con la primera y fundamental fundamentación del marxismo en la teoría y la práctica del movimiento obrero de Rusia, luchó, como en las demás cuestiones, contra el oportunismo pequeñoburgués. Este se expresaba, en primer lugar, en las aficiones o vacilaciones nacionalistas del Bund. Contra el nacionalismo del Bund libró una tenaz lucha la vieja «Iskra», y olvidar esta lucha significa nuevamente convertirse en un Iván Desmemoriado, desligarse de la base histórica e ideológica de todo el movimiento obrero socialdemócrata de Rusia.

Por otra parte, durante la aprobación definitiva del programa del POSDR en agosto de 1903, en el segundo congreso, se libró una lucha —no consignada en las actas del congreso, pues tuvo lugar en la comisión de programa, a la que asistía casi todo el congreso— contra el tosco intento de varios socialdemócratas polacos de poner en duda el «derecho de las naciones a la autodeterminación», es decir, de desviarse hacia el oportunismo y el nacionalismo desde un flanco completamente distinto.

Y ahora, diez años después, la lucha transcurre por esas mismas dos líneas fundamentales, lo que demuestra a su vez, de manera semejante, la profunda conexión de esta lucha con todas las condiciones objetivas de la cuestión nacional en Rusia.

En Austria, en el Congreso de Brünn (1899), se rechazó el programa de la «autonomía cultural-nacional» (defendida por Kristan, Ellenbogen y otros, y expresada en el proyecto de los eslavos del sur). Se adoptó la autonomía nacional territorial, y solo la propaganda por la socialdemocracia de la unión obligatoria de todas las regiones nacionales es un compromiso con la idea de la «autonomía cultural-nacional». La inaplicabilidad de esta idea al judaísmo fue subrayada especial y particularmente por los principales teóricos de la desafortunada idea.

En Rusia —como siempre— hubo personas que se propusieron como tarea inflar un pequeño error oportunista hasta convertirlo en un sistema de política oportunista. Así como Bernstein en Alemania engendró a los kadetes de derecha en Rusia —Struve, Bulgákov, Tugán y Cía.—, así el «olvido del internacionalismo» de Otto Bauer (¡según la valoración del archiprudente Kautsky!) engendró en Rusia la plena aceptación de la «autonomía cultural-nacional» por todos los partidos burgueses del judaísmo y por toda una serie de corrientes pequeñoburguesas (el Bund y la conferencia de los partidos nacionales eseristas en 1907). La atrasada Rusia ofrece, por así decirlo, un ejemplo de cómo los microbios del oportunismo europeo occidental engendran epidemias enteras en nuestro suelo salvaje.

Entre nosotros gustan de señalar que a Bernstein lo «tol eran» en Europa, pero olvidan añadir que en ninguna parte del mundo, salvo en la «santa» madrecita Rusia, el bernsteinianismo no ha engendrado struvismo, ni el «bauerianismo» ha llevado a la justificación por parte de los socialdemócratas del refinado nacionalismo de la burguesía judía.

La «autonomía cultural-nacional» significa precisamente el nacionalismo más refinado y, por ello, más nocivo, significa la corrupción de los obreros con la consigna de la cultura nacional, la propaganda de una división profundamente perjudicial e incluso antidemocrática de la enseñanza escolar por nacionalidades. En una palabra, este programa contradice absolutamente el internacionalismo del proletariado, respondiendo solo a los ideales de los filisteos nacionalistas.

Pero hay un caso en que los marxistas están obligados, si no quieren traicionar a la democracia y al proletariado, a defender una reivindicación especial en la cuestión nacional, a saber: el derecho de las naciones a la autodeterminación (§ 9 del programa del POSDR), es decir, a la separación política. La resolución de la reunión explica y motiva esta reivindicación tan detalladamente que no queda lugar a ningún malentendido.

Por eso nos detendremos solo brevemente en la caracterización de las objeciones asombrosamente ignorantes y oportunistas que se hacen contra este punto del programa. Señalemos a este respecto que en los 10 años de existencia del programa, ninguna parte del POSDR, ni una sola organización nacional, ni una sola conferencia regional, ni un solo comité local, ni un solo delegado de congreso o de reunión ha tratado de plantear la cuestión de la modificación o la supresión del § 9.

Esto es necesario tenerlo en cuenta. Esto nos muestra de inmediato si hay una sola gota de seriedad y de espíritu de partido en las objeciones contra este punto.

Ahí tienen al señor Semkovski, del periódico de los liquidacionistas. Él, con la ligereza de un hombre que ha liquidado el partido, declara: «por ciertas consideraciones no compartimos la propuesta de Rosa Luxemburgo de excluir completamente el § 9 del programa» (n.° 71 de «Nóvaya Rabóchaya Gazeta»).

¡Consideraciones secretas! ¿Y cómo no «mantener secretos» con semejante ignorancia de la historia de nuestro programa? ¿Cómo no «mantener secretos» cuando el mismo señor Semkovski, incomparable por su ligereza (¡qué importa ahí algún partido y programa!) hace una excepción para Finlandia?

«¿Qué hacer... si el proletariado polaco quisiera, en el marco de un solo Estado, librar una lucha conjunta con todo el proletariado ruso, y las clases reaccionarias de la sociedad polaca, por el contrario, quisieran separar Polonia de Rusia y reunieran en un referéndum (consulta general de la población) la mayoría de votos a favor de esto: deberíamos nosotros, los socialdemócratas rusos, votar en el parlamento central junto con nuestros camaradas polacos contra la separación o, para no violar el “derecho a la autodeterminación”, a favor de la separación?»

¿Qué hacer, en efecto, cuando se plantean preguntas de tal ingenuidad, de una confusión tan sin salida?

El derecho a la autodeterminación, querido señor liquidacionista, significa precisamente que la cuestión no la resuelve el parlamento central, sino el parlamento, la Dieta, el referéndum de la minoría que se separa. Cuando Noruega se separó (en 1905) de Suecia, lo decidió únicamente Noruega (que es la mitad de pequeña que Suecia).

Hasta un niño verá que el señor Semkovski confunde de manera atroz.

El «derecho a la autodeterminación» significa un régimen democrático tal en el que no solo hubiera democracia en general, sino en el que, en especial, no pudiera haber una solución no democrática de la cuestión de la separación. La democracia, en general, es compatible con el nacionalismo militante y opresor. El proletariado exige una democracia que excluya el mantenimiento forzoso de una de las naciones en los límites del Estado. Por eso, «para no violar el derecho a la autodeterminación», estamos obligados no a «votar a favor de la separación», como supone el perspicaz señor Semkovski, sino a votar por conceder a la región que se separa que decida por sí misma esta cuestión.

Parecería que, incluso con las capacidades intelectuales del señor Semkovski, no es difícil adivinar que ¡el «derecho al divorcio» no exige votar a favor del divorcio! Pero tal es ya el destino de los críticos del § 9, que olvidan el abecé de la lógica.

Cuando Noruega se separó de Suecia, el proletariado sueco, si no quería seguir al filisteísmo nacionalista, estaba obligado a votar y a hacer agitación contra la anexión forzosa de Noruega, lo que pretendían los curas y los terratenientes de Suecia. Esto es evidente y no demasiado difícil de comprender. La democracia nacionalista sueca podía no llevar a cabo tal agitación, que el principio del derecho a la autodeterminación exige del proletariado de las naciones dominantes y opresoras.

«¿Qué hacer si los reaccionarios están en mayoría?», pregunta el señor Semkovski. Una pregunta digna de un alumno de 3.er grado de secundaria. ¿Y qué hacer con la constitución rusa si la votación democrática da la mayoría a los reaccionarios? El señor Semkovski plantea una pregunta ociosa, vacía, que no viene al caso: de esas preguntas de las que se dice que siete tontos pueden preguntar más de lo que setenta listos pueden responder.

Cuando los reaccionarios constituyen la mayoría en una votación democrática, en general sucede y puede suceder una de dos cosas: o bien la decisión de los reaccionarios se aplica en la vida, y sus consecuencias perjudiciales apartan a las masas más o menos rápidamente hacia el lado de la democracia contra los reaccionarios; o bien el conflicto entre la democracia y los reaccionarios se resuelve mediante una guerra civil o de otro tipo, lo cual es posible (incluso los Semkovski han oído hablar de ello, seguramente) también en la democracia.

El reconocimiento del derecho a la autodeterminación «hace el juego al nacionalismo burgués más empedernido», asegura el señor Semkovski. Esto es un disparate infantil, porque el reconocimiento de este derecho no excluye en absoluto ni la propaganda y agitación contra la separación, ni la denuncia del nacionalismo burgués. En cambio, es absolutamente indiscutible que la negación del derecho a la separación ¡«hace el juego» al nacionalismo granruso centurionegrista más empedernido!

Ahí está precisamente el quid del ridículo error de Rosa Luxemburgo, del que hace tiempo se burlaron tanto en la socialdemocracia alemana como en la rusa (agosto de 1903): que, por miedo a hacer el juego al nacionalismo burgués de las naciones oprimidas, se hace el juego no solo al nacionalismo burgués, sino también al nacionalismo centurionegrista de la nación opresora.

Si el señor Semkovski no fuera tan virginalmente puro en materia de historia del partido y del programa del partido, habría comprendido su obligación de refutar a Plejánov, quien hace 11 años en «Zariá»{94}, defendiendo el proyecto de programa del POSDR (que se convirtió en programa desde 1903), destacó especialmente (pág. 38) el reconocimiento del derecho a la autodeterminación y escribió sobre ello:

«Esta reivindicación —no obligatoria para los demócratas burgueses, ni siquiera en teoría— es obligatoria para nosotros, como socialdemócratas. Si nos hubiéramos olvidado de ella o no nos hubiéramos decidido a exponerla, temiendo rozar los prejuicios nacionales de nuestros compatriotas de la tribu granrusa, entonces en nuestros labios se habría convertido en una mentira vergonzosa el grito de combate de la socialdemocracia internacional: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”».

Plejánov ya en «Zariá» destaca el argumento fundamental, desarrollado detalladamente en la resolución de la reunión: un argumento al que durante 11 años los señores Semkovski no se han dignado prestar atención. En Rusia hay un 43 % de granrusos, pero el nacionalismo granruso domina sobre el 57 % de la población y oprime a todas las naciones. A los nacional-reaccionarios ya se han unido entre nosotros los nacional-liberales (Struve y Cía., los progresistas, etc.) y han aparecido las «primeras golondrinas» del nacional-democratismo (recuérdese el llamamiento del señor Peshejónov en agosto de 1906 a una actitud cautelosa hacia los prejuicios nacionalistas del mujik){95}.

En Rusia, solo los liquidacionistas consideran terminada la revolución democrático-burguesa, y el acompañante de tal revolución en todas partes del mundo han sido y suelen ser los movimientos nacionales. En Rusia, precisamente en toda una serie de periferias, vemos naciones oprimidas que gozan de mayor libertad en los Estados vecinos. El zarismo es más reaccionario que los Estados vecinos, constituyendo el mayor obstáculo para el libre desarrollo económico y atizando con todas sus fuerzas el nacionalismo de los granrusos. Por supuesto, para un marxista, en igualdad de condiciones, siempre son preferibles los grandes Estados que los pequeños. Pero es ridículo y reaccionario el solo hecho de admitir la idea de la igualdad de condiciones bajo la monarquía zarista con las condiciones de todos los países europeos y la mayoría de los asiáticos.

La negación del derecho de las naciones a la autodeterminación en la Rusia actual es, por lo tanto, un oportunismo indudable y una renuncia a la lucha contra el nacionalismo granruso centurionegrista, omnipotente hasta hoy.

«Sotsial-Demokrat» n.° 32, 15 (28) de diciembre de 1913.

Se publica según el texto del periódico «Sotsial-Demokrat».